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El problema de querer combatir la pobreza con pintura en Bogotá

El proyecto Habitarte, que ha hecho intervenciones con pintura en tres barrios bogotanos, le ha dado protagonismo a comunidades periféricas. Pero queda mucho por hacer para considerarlo "una transformación social".

por Tania Tapia Jáuregui
16 Agosto 2018, 9:54pm

Barrio Buenavista. Foto: cortesía de la Fundación Orbis.

Artículo publicado por VICE Colombia.


Cualquiera que haya atravesado la calle 190 hacia al norte y haya mirado a la derecha, hacia los cerros, habrá visto un grupo de casas de colores ancladas en la montaña. Son menos de 75.000 metros cuadrados de construcciones apiñadas, no es mucho, pero eso basta para que algunos azules, naranjas, morados y amarillos encendidos hagan que el grupo de casas resalte hasta la Autopista Norte.

Las casas hacen parte del barrio Buenavista, uno de los barrios que conforman el sector de El Codito, y la pintura que lo cubre es parte de un proyecto, producto de una alianza público-privada, de la Alcaldía de Bogotá y de la Fundación Orbis Pintuco bautizado “Habitarte: Barrios con vida, color y arte”.

Buenavista es uno de los tres barrios en Bogotá que ha sido intervenido con lo que la Alcaldía y la fundación llaman macromurales: casas pintadas que desde cierto lugar, a cierta distancia, forman una sola imagen. Los otros dos son el El Consuelo, en el centro de la ciudad, y Los Puentes en la localidad Rafael Uribe Uribe. Los tres son barrios populares, de paisajes aladrillados, erigidos en las faldas de las montañas y con las dificultades propias de un barrio bogotano de bajos recursos.

“Habitarte”, que antes se llamaba “Desmarginalizar”, es una iniciativa que propone a manera de mantra que “el color transforma vidas”. Con ese postulado la Alcaldía y la Fundación Orbis Pintuco sostienen que pintar las fachadas de un barrio marginado es una manera de intervenir en los procesos sociales de esa comunidad. Si se cambia y mejora el espacio, dicen, y además se involucra a la comunidad en la pintada para que trabajen juntos, dicen, se logra una mejor convivencia, se llega “al corazón del barrio”. Así aseguran que se genera el cambio.

Sin embargo, la propuesta no deja de sonar sospechosa, floja y superficial. ¿De verdad pintar casas le cambia la vida a la gente? ¿Pintar de amarillo neón algunas casas que antes eran color ladrillo tiene algún impacto sobre problemas como la pobreza y la inseguridad que azota a muchos de los barrios bogotanos?

Miguel Ayala, director de la Fundación Orbis —propiedad del Grupo Orbis, una de las 50 compañías privadas más grandes en Colombia—, reconoce que su premisa, la de decir que con pintura se arreglan las cosas, puede sonar mal, así lo ha hecho entender en distintas ocasiones y de varias maneras:

“La Fundación reconoce que el color no alimenta niños, ni educa, ni cura enfermos”, dice en una publicación que comenta los resultados del proyecto; “Es importante rescatar que Habitarte tiene mucho más allá que simplemente el color que estamos viendo”, dijo el pasado 9 de agosto en una visita oficial de medios al barrio Buenavista; “Lo que buscamos no es pintar casas, no es nuestro fondo, nuestro fondo es cómo a través de esa pintura logramos generar dinámicas de transformación”, me dijo el mismo día.

La visita del 9 de agosto, a la que fuimos invitados varios medios de comunicación, tenía como fin eso mismo: explicar qué había detrás de la pintura, cuál era la transformación social que la Alcaldía y la fundación aseguraban se había detonado a partir del cambio cromático de los barrios.

Lo que nos explicaron fueron esencialmente tres cosas: la primera es que haber involucrado a la comunidad en el proceso de diseño del macromural y en el proceso de la pintada había contribuido a fortalecer los vínculos de la comunidad.

La segunda es que además de pintar casas, la fundación ayudó a que los vecinos hicieran del barrio un corredor turístico. A partir de ese mismo día, el 9 de agosto, el barrio Buenavista tendría a disposición de cualquier visitante un recorrido por el barrio que a través de estaciones explicaría las dinámicas del barrio.

La tercera es que después de la intervención en las fachadas de las casas, se habían realizado varios cursos de la mano de otra organización, llamada Tierra S.O.S, con los que se habían capacitado a 56 personas del barrio en cuatro disciplinas: manipulación de alimentos, estuco y pintura, trabajo en alturas y belleza. Esa fue toda la información.

Además, agregó Ayala el día de la presentación del proyecto, gracias a la intervención artística, Buenavista y los otros dos barrios se han convertido en “barrios con mejores condiciones en temas de seguridad”.

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Barrio Buenavista desde calles más abajo. Foto cortesía de la Fundación Orbis.

Sin embargo, a medida que fue avanzando el recorrido por el barrio y la inauguración de su “corredor turístico”, la grandeza con la que se presentaban los logros de “transformación social”, de “mejores condiciones” y de “reconstrucción del tejido social” sonaba más a eso: una grandeza en la presentación, en los discursos, que parecía poco sustentable en la realidad.

No nos mostraron todas las estaciones del recorrido turístico, apenas algunas. En la primera, una mujer del barrio nos esperaba para contarnos, a manera de fábula, cómo en los inicios del barrio las familias bajaban juntas a una quebrada a recoger agua porque no tenían servicio de acueducto en sus casas. Mientras la escuchábamos, los miembros de la fundación animaban al resto a plantar unos árboles que tenían listos para la actividad en el borde de un pastal.

Así fue más o menos el resto del recorrido: las mujeres del barrio contaban alguna historia —en muchas ocasiones con tintes pintorescos o de superación personal— mientras nos mostraban los ceniceros que una de ellas hacía con latas de cerveza o los pasos de breakdance de otros miembros más jóvenes del barrio. Muchas veces desde las esquinas, otras personas del barrio miraban extrañadas al grupo de gente que se aglomeraba con pinceles frente a un muro del barrio que ahora, en el corredor turístico, había sido bautizado como “El rincón de las mandalas”.

A la cabeza de todo esto está Temilde Chocontá Acuña, una mujer del barrio y líder comunitaria que se echó al hombro las ambiciones y promesas de la Alcaldía y de la fundación. Ella es la líder que logró que muchos de sus vecinos, que al principio estaban reacios a la llegada de la Alcaldía —un miedo entendible cuando se tiene la imagen de que la institucionalidad llega es para ejercer control—, fue ella quien los convenció de abrirse a la idea de pintar el barrio con otros colores. Cuando le pregunté me dijo que había terminado siendo la líder por coincidencia, pero que disfrutaba serlo con tal de ver su barrio más bonito y a la gente más unida. “Yo lo que me propongo lo tengo que terminar, y eso es lo que he hecho con esta iniciativa”, me dijo.

Pero también me confesó que hubo otros que no se convencieron, “que definitivamente no estaban de acuerdo con las políticas del alcalde”, y que en principio incluso algunos presidentes y líderes de Juntas de Acción Comunal no asistieron a las primeras reuniones convocadas en el barrio por la Alcaldía.

Casa cultural del barrio Buenavista. Foto cortesía de la Fundación Orbis.

Eso, sin embargo, parece haber ido cambiando. Marcela Castillo, presidenta de la Junta de Acción Comunal de Buenavista, me aseguró por teléfono que ella está contenta con el cambio del barrio y que le parece que no ha traído sino cosas positivas a su comunidad. Así también me lo confesaron varios otros miembros de la misma Junta de Acción Comunal.

El recorrido de ese día terminó en el salón cultural del barrio, donde nos esperaban algunas de las personas que habían asistido a los cursos de capacitación ofrecidos por la fundación. Arepas, muñecas, cupcakes, alcancías con el logo de Pintuco y otras artesanías eran algunos de los productos resultantes.

Cuando quise preguntar más sobre los cursos y me acerqué a uno de los miembros de Tierra S.O.S —quienes, me habían dicho, estuvieron a cargo de ese aspecto—— no me supieron dar razón de cómo había sido el desarrollo de los cursos. Uno le preguntó a otro y ese a otro hasta que finalmente terminé otra vez con Temilde Chocontá: ella, parecía, era la única que tenía razón completa del proceso de capacitación que la fundación había hecho en su barrio. Fue ella quien me contó que los talleres habían estado abiertos a todo el que quisiera asistir y que al final pudieron aprovecharlos los habitantes cuyo horario laboral era lo suficientemente flexible para poderle sacar tiempo a los cursos.

Una habitante de Buenavista, la dueña de una tienda del barrio que no me quiso dar su nombre, me contó que una amiga de ella había hecho uno de los cursos, uno en el que aprendió a hacer yogur. No se dedica a eso ahora, no es su negocio, me contó, lo hace sobre todo en su tiempo libre, como una actividad extra. “Como ella está en eso de los Scouts, hace yogur para ellos”, me dijo.

A ella le pregunté también sobre el tema de seguridad que momentos antes el director de la Fundación Orbis nos había asegurado había mejorado desde la pintada de las casas. Su respuesta fue una cara de sorpresa, junto con la noticia de que solo en esa semana, en horas de la mañana y en dos días distintos, habían robado a dos señoras a un par de calles de su tienda. “Eso sigue igual”, me dijo.

Lo mismo me dijo Marcela Castillo, la presidenta de la Junta de Acción Comunal, cuando le pregunté si el proyecto de la Alcaldía había mejorado la seguridad. “Ah no, la seguridad sí está cada vez peor. El día que vinieron a inaugurar eso, había un funcionario de la Secretaría de Seguridad, yo le conté sobre el problema de seguridad en el barrio y él se comprometió conmigo a resolver la situación. No me ha vuelto a llamar. Aquí no vienen a poner la cara, apenas lo hicieron el día que vinieron a la inauguración”, me dijo por teléfono.

¿Y entonces cuál es la transformación social y el mejoramiento de condiciones que la Alcaldía y la fundación aseguran está detrás de los nuevos colores de Buenavista, El Consuelo y Los Puentes? Al parecer, en esa magnitud que prometen, solo en el discurso. A tal punto llega el enredo y la tautología discursiva que Miguel Ayala, en la entrevista que le hice, me explicó que “[nuestro] propósito superior es la transformación de vidas con color. (...) Y ese propósito de transformar vidas con color lo hacemos a través del color”.

No obstante, si se hace a un lado lo que parece una promesa fallida de la Alcaldía y de la fundación, lo que no se puede negar es que la labor de intervenir los barrios con pintura ha sido una proeza técnica única en Bogotá. Según aseguró el alcalde Peñalosa en 2017, en ese año la Alcaldía invirtió 17.000 millones de pesos para pintar 34.000 casas en Bogotá. Para 2018 serían 13.000 millones de pesos más, aseguró, para pintar un total de 65.000 viviendas.

Para la intervención, la Alcaldía y la fundación designaron a varios grafiteros y colectivos de grafiti de Bogotá que se encargarían de la logística y el diseño de la labor. En Buenavista fue Franco y otros tres artistas del colectivo APC, en El Consuelo el designado fue el colectivo MDC y en Los Puentes Ink Crew. Franco, quien hace parte de APC y de Ink Crew, me contó que el diseño del macromural en Buenavista fue hecho de la mano con la comunidad: él y los otros artistas llegaron a un acuerdo con los habitantes del barrio sobre cómo se pintarían las fachadas de sus casas.

La intervención incluyó además varios murales pequeños que están distribuidos por todo el barrio. “Dentro del recorrido tenemos 26 murales pequeños. Esto también fue una idea que construimos los creadores con la comunidad para enriquecer este macromural. La idea es que no solo veamos el impacto del color desde abajo, sino que también llegue a la forma en que se vive el barrio adentro”, me dijo Franco el día en que fue inaugurado el corredor turístico en Buenavista.

El proyecto, además de darle una nueva cara a algunos barrios y de poner en el ojo de los medios de comunicación a comunidades que por lo demás suelen pasar desapercibidas, parece estarle ofreciendo oportunidades y recursos a artistas y grafiteros. Un gesto que además sorprende si se tiene en cuenta que hace apenas un año Enrique Peñalosa dijo a los cuatro vientos —en uno de sus tantos desatinos públicos— que el grafiti generaba criminalidad.

“Creo que Peñalosa tiene un discurso que es un poco contradictorio. Haber subido a la Alcaldía diciendo que el grafiti era una vaina que generaba criminalidad, sin ningún tipo de datos o estudios, es verracamente peligroso porque nos criminaliza a nosotros como artistas”, me dijo por teléfono Dj Lu, un grafitero que lleva años pintando en paredes bogotanas y participando en convocatorias públicas hechas por la Alcaldía de la ciudad.

Para Dj Lu, este cambio de opinión de la Alcaldía hacia el grafiti en el proyecto de Habitarte es una mejora, pero es un acercamiento que está lejos de ser perfecto. Dj Lu, que de hecho me aseguró que era cercano al barrio de Los Puentes y ha tenido contacto con su comunidad, me dijo que el hecho de poder regenerar los barrios a partir de la pintura comunitaria es valioso. “Yo he hablado con gente que dice que le daba pena su barrio, pero desde que sucedió esto, y empezaron a salir en los periódicos, ya se sienten orgullosos de vivir en los Puentes”, me dijo.

Uno de los murales en las calles del barrio Buenavista. Foto cortesía de la Fundación Orbis.

Pero agregó que no estaba de acuerdo con el proceso por el cual se había escogido a los artistas que hicieron la intervención. De hecho, el día de la visita de medios a Buenavista cuando le pregunté a Franco cómo había sido la convocatoria, Miguel Ayala, de la Fundación Orbis, nos interrumpió para hacerme entender que no hubo convocatoria. “Ya sabíamos a quiénes llamar. Es que abordar esto requiere una parte técnica muy compleja. Ya sabíamos quiénes tenían la capacidad y el conocimiento para este tipo de procesos”, me dijo ese día.

“Eso está mal —me dijo Dj Lu sobre ese tema—. ¿Cómo es posible que si yo voy a dar tres estímulos de 20 millones cada uno, le dé el estímulo dos veces a la misma persona? No tiene que ver con Franco, ni con su trabajo, Franco es mi pana y lo admiro como artista, me parece que es cuestión de las dinámicas de la Alcaldía”.

No deja de ser paradójico que en los barrios en los que se sufre más la inconformidad con las instituciones, y en los que menos hay espacios de opinión pública, hasta el grafiti esté vetado de ser un espacio libre y público de opinión.

Para Dj Lu, aunque la Alcaldía de Peñalosa ahora parezca ser más amable con el grafiti y con los artistas, la verdad es otra. En primer lugar, me contó, ha reducido significativamente los recursos de las convocatorias públicas destinadas al grafiti. Y, además, ha establecido reglas específicas en esas convocatorias que le hacen trampa a la naturaleza misma del arte urbano. “El año pasado abrieron una beca que pedía que los que se presentaran solo trataran temáticas relacionadas con la fauna y la flora bogotana. Es decir, el hombre de entrada se quita el chicharrón de que el grafiti pueda criticar lo que él hace o algún aspecto político o poner el dedo en la llaga. Eso es lo que el arte urbano ha hecho y lo que el arte debe hacer”, me aseguró.

Y eso, definitivamente, es algo que también se aplica al macromural y a los murales más pequeños ubicados en Buenavista. La mayoría de ellos eran caras, animales, personajes lavados de cualquier significado o intención política o crítica. Y está bien, eso también es una parte importante del arte urbano en Bogotá, pero no deja de ser paradójico que en los barrios en los que se sufre más la inconformidad con las instituciones, y en los que menos hay espacios de opinión pública, hasta el grafiti esté vetado de ser un espacio libre y público de opinión.

Dj Lu agregó sobre la intervención que —como lo puede sospechar cualquier bogotano que haya visto desde lejos las fachadas pintadas de Buenavista y conozca las políticas peñalosistas— mirando la cosa en profundidad, “estos son pañitos de agua tibia. Al barrio no se le está mejorando su infraestructura, ni su salubridad, ni sus vías de acceso, ni sus aspectos culturales. Al barrio solamente se le está echando un poquito de pintura en sus fachadas. Yo creería que estos barrios necesitan intervenciones mucho más profundas y radicales”, me confesó el grafitero.

Ese también parece ser el sentimiento de los habitantes de Buenavista. Cuando hablé con Marcela Castillo, la presidenta de la Junta de Acción Comunal de Buenavista, me aseguró que aunque está contenta con la transformación del barrio, aún hay muchos problemas por los que ella y su comunidad están peleando y a los que parece que la Alcaldía no le están parando muchas bolas.

“Ahora tenemos un problema con el transporte. Nos quitaron la ruta 260 y ahora quieren quitar otras dos rutas. La frecuencia de los buses es terrible. La gente tiene que esperar una hora entera para que pasen tres buses”, me dijo Marcela cuando le pregunté si las cosas habían cambiado en el barrio como Miguel Ayala había asegurado que había sucedido. “Cuando hicieron la inauguración de la pintura el Alcalde vino y dijo varias cosas. A una señora le prometió que le iba a arreglar la casita pero acá no ha pasado nada”, me aseguró Marcela, quien además agregó que ningún funcionario de la Alcaldía ha vuelto al barrio desde que terminaron de pintar.

¿Y entonces dónde está el cambio? El chiste se cuenta solo: en la fachada.