Ilustración por @aca_ibanez.

“Debajo de un camión escondimos a uno que habíamos matado a golpes”: Testimonios de policías

Secuestrar, robar, extorsionar y matar siempre son mejores con una placa en el cinturón.

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11 Marzo 2019, 5:30pm

Ilustración por @aca_ibanez.

Artículo publicado por VICE México.

Durante febrero de 2016 trabajé como ayudante en un documental, para el que estábamos en busca de policías que denunciaran frente a la cámara la podredumbre en la que a diario chapotea la policía.

El testimonio de Doble C, que yo recuerde, fue apenas el principio de una serie de historias que, aún ahora, al escucharlas me hacen sentir desamparado.

Doble C

Doble C, una mujer policía de la Ciudad de México, se despatarró en el sillón más grande que hay en mi departamento y luego, muy tranquila, me confesó que en sus días de descanso se dedica al secuestro exprés.

Al principio pensé que Doble C blofeaba porque parecía como si estuviera hablando frivolidades. Le creí cuando sacó su celular y me mostró un video donde ella, que fue quien lo grabó desde el asiento de copiloto de un taxi, va gritándole a un tipo asustadísimo —que podríamos ser tú o yo—, que viaja en la parte trasera y que es sometido por dos hombres con cara de bulldog. “El jefe nos pide a la semana tres mil pesos a cada uno y yo gano diez mil al mes, ¿de dónde crees que voy a sacar tanto dinero?”, se excusó cuando le pregunté si se daba cuenta de que era la protagonista de una historia terrorífica, una donde gente que aborda taxis o que sale de bares es secuestrada por policías para que, en el mejor de los escenarios, le saquen plata y le ocasionen una diabetes del pinche susto.

Si no hubiese sido porque Doble C llevaba puesto el uniforme, no hubiera pensado que era policía. Mucho menos que secuestraba los lunes, que casi siempre son sus días de descanso. “En la policía todo cuesta”, se quejó Doble C y me contó que las patrullas se rentan por año y que ese arriendo alcanza los 15 mil pesos; además, por cada día que el oficial use el vehículo debe pagar una cuota de 300 pesos. “Una patrulla significa que vas a extorsionar al ciudadano”, me dijo y yo me la imaginé trepada atrás del volante, recorriendo las calles como un tiburón con el hocico abierto. Doble C me ofreció otras tarifas en el mundillo de quienes, según el anticuado título, son los guardianes de la paz y la justicia: me dijo, por ejemplo, que al armero hay que pagarle diez pesos para asegurar una pistola automática y hay que soltarle otros cinco pesos para alcanzar un par de esposas. “A la verga la policía”, canta Remik González, un rapero tijuanese.

A.E.

Recuerdo la historia de A.E., un policía del Estado de México que se estrenó en el cuerpo antimotines en mayo de 2006, en la represión al pueblo de Atenco. “La orden de los jefes”, que era la orden de Enrique Peña Nieto, en ese entonces gobernador, “fue romperle la madre a la gente”, me dijo A.E. con un vozarrón que aún no entiendo por qué lo asocié con las cicatrices en sus puños. “Debajo de un camión escondimos a uno que habíamos matado a golpes”, me contó, “y lo escondimos por miedo a que desde los helicópteros de la prensa alguien grabara el cadáver”.

A.E. me recibió en su casa, que se reducía a tres cuartos con techo de lámina de asbesto y un patio grande y de tierra donde un par de gallinas coexistían con cuatro gatos haraganes. “Los antimotines somos unos perros: no nos dan de comer y no nos dejan dormir para que el día del operativo seamos unos salvajes”, me dijo A.E. y luego me contó que, durante una marcha para protestar por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, lo llevaron a él y a sus compañeros para hacerse pasar como elementos del Estado Mayor y poder golpear a los manifestantes. A.E. aceptó contarnos todo lo que sabía con su nombre y su apellido. Fue una pena que el documental naufragara. A.E. quería revelar información sobre los jefes que les revendían armas a los municipios mexiquenses, armas que el Gobierno Federal le enviaba al Gobierno del Estado para enfrentar la violencia. Quería dar nombres de los mandos que aún ahora deben de controlar la seguridad de los mercados y de las tiendas departamentales. Quería contar cómo los policías le siembran droga a la gente y cómo les roban las carteras a los detenidos, algo que en el argot policíaco se conoce como Dos de bastos. Quería denunciar que un compañero de trabajo recibió varios golpes en una manifestación y quedó mal y en la institución no se han hecho responsables. Quería decir, viendo a la cámara, algo así como: “A los que están drogados o son psicópatas tenemos que madrearlos para que nos respeten”.

P.D.

A P.D. la conocí en Neza, al final de una reunión de policías que, hartos de las corruptelas de sus superiores, planeaban enfrentar la pudrición. Ella se quejó de que en toda su carrera, o sea, en más de diez años, solo había pisado tres veces el campo de tiro y veía muy difícil ir pronto porque su jefe, que seguro todavía hoy debe ser el que autoriza la entrada a la zona de entrenamiento, le cobraba 200 pesos por visita. P.D. también me contó que el agrupamiento al que pertenecía lo componían 70 elementos y que de 16 patrullas, sólo servían cuatro, situación que no afligía a los jefes porque entre más vehículos descompuestos, más era el dinero destinado a la gasolina que se robaban.

Recuerdo que P.D. fue voladora algún tiempo, es decir, cobraba sin trabajar y la mitad de ese dinero debía entregárselo a su jefe. Dejó de ser voladora porque entró otro jefe que no sólo le pidió plata, sino también que se acostara con él. De los uniformes, me contó que se los vendían y que la única vez que la institución la había vestido había sido un mes atrás, durante la visita del Papa Francisco a Ecatepec. Y sobre los arrestos, que ella llamaba “puestas a disposición”, me platicó que cada semana tienen un número que se les exige cumplir y por eso, muchas veces, ha detenido a gente inocente. “He hecho puestas a disposición sin que yo haya participado”, me dijo, “nomás me cuentan cómo estuvo el arresto y luego declaro; son órdenes de los jefes”.

J.N.

Otro policía que me asustó fue J.N. El día que lo entrevisté traía un brillo paranoico en sus ojos y arrastraba las palabras como si hubiera tragado pegamento. Intentamos hablar en el garage de su casa, pero su mujer y él se estaban miente y miente la madre, así que J.N., con cierta pena, optó por invitarme a almorzar al mercado que quedaba cerca. “Mi esposa cree que soy un culero pero gasto no le falta”, se desahogó el macho mientras caminábamos. Luego me contó que él había nacido con el don de investigador, que desde niño él resolvía mucho antes el misterio en cada episodio de La reportera del crimen. La vida, sin embargo, sólo le había alcanzado para ser granadero en el DF, así que la idea que me hice del tipo que podía incluso resolver la muerte de Kurt Kobain se fue a la mierda.

Sentados en una marisquería, J.N. pidió un caldo de camarón y luego me confió que no había día de descanso que no se drogara con inhalantes. “¿Inhalantes?”, le pregunté. “Es lo más barato”, me respondió y, como me aventó una mirada que me atravesó como si yo fuera de vidrio, ya no le dije nada. “Han habido días que me pongo agresivo o que se me va el avión y es cuando he amanecido en los separos”, me contó. “¿Y de ahí te vas a trabajar?”, le pregunté. “De ahí mero”, me contestó.

“Han querido correrme por no hacer el examen de confianza pero saben que si me corren voy a decir todo lo que sé”, dijo y se rio. “¿Y qué es todo lo que sabes?”, le sonsaqué. “Sé qué jefes están metidos con la maña y cuáles le llevan su cuota a Mancera”.

Fue J.N. quien me dijo que toda policía mexicana tiene cuatro puntos cardinales: el hostigamiento laboral, el acoso sexual, la corrupción y la tortura. “No hay confesión que no lleve madrazos de por medio”, volvió a reírse J.N. y a mí me quedó la sensación de estar frente a un hombre que ya se le habían caído los tornillos de la cabeza. “Cuando fui patrullero en Neza madreábamos a los detenidos y no creo que eso haya cambiado”, me dijo cuando pagamos la cuenta. Después lo acompañé a una abarrotería donde compró un Tonicol, dos ampolletas de ginseng y un par de pastillas de Super Tiamina 300 Ancalmo. Me regaló todo: dijo que era mejor que el Viagra.

Hoy sé que secuestrar, robar, extorsionar y matar siempre son mejores con una placa en el cinturón.

@alexxxalmazan