Hotel del Migrante: testimonios de mexicanos deportados en la frontera de Mexicali

"Volveré a intentar cruzarme la frontera en diez horas. Espero que todo salga bien".

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12 Julio 2017, 12:00pm

El Hotel del Migrante es un edificio que de manera gratuita aloja y alimenta a mexicanos que fueron deportados de Estados Unidos. Sus puertas también las abre a migrantes nacionales y extranjeros que hacen una pausa en su camino al "sueño americano" para contratar los servicios de un pollero (traficante de indocumentados que los cruza ilegalmente desde suelo mexicano), un raitero (choferes que recogen en carretera del sur de California a los migrantes que cruzaron a pie el desierto para llevarlos a Los Ángeles, California), o simplemente para descansar y hacer una valoración de los peligros del cruce que están a punto de realizar.

Este particular albergue está ubicado en el callejón Reforma, del Centro Histórico de Mexicali, a 300 metros del puerto fronterizo de entrada y salida entre México y Estados Unidos, por el que diariamente son expulsados decenas de mexicanos desde las distintas entidades de EU. El Hotel del Migrante fue edificado sobre el lúgubre Bar 13 Negro, en una zona de tolerancia abarrotada de bares y cantinas en donde la prostitución femenil y homosexual son la constante, de la misma manera que los es el narcomenudeo y el consumo de heroína y metanfetamina. Frente a este refugio se encuentra el estacionamiento de varios pisos, "El Tecolote", que décadas atrás funcionó como casino de apuestas en el que se divertía el gánster neoyorquino Al Capone durante el periodo de la Ley Seca (1920-1933).

Este espacio de ayuda humanitaria es auspiciado por Ángeles Sin Fronteras, una asociación civil fundada por el activista social Sergio Tamai Quintero, nieto de un migrante japonés que en 1900 llegó a la capital bajacaliforniana a iniciar una nueva vida. En este hotel trabajan en conjunto migrantes repatriados y ciudadanos mexicalenses desde el año 2009, cuando se recrudecieron las deportaciones de connacionales, que llegaron a 215,000 deportados, según cifras del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos.

Casa de campaña en la azotea del Hotel del Migrante; Estados Unidos al fondo a la izquierda.

El Hotel del Migrante mantiene una población flotante de entre 200 y 250 personas —hombres en su mayoría—, aunque en el verano de 2016 llegaron a tener 800 migrantes, de los cuales 700 eran haitianos. De esos 700 ya solamente quedan 120, que esperarán cuatro años hasta que cambie el gobierno del actual presidente, Donald Trump. Por lo pronto, la mayoría está regularizando su estancia en México para poder trabajar legalmente y reponer los 5,000 o 6,000 dólares que les costó realizar este viaje hasta EU.

Los siguientes son los testimonios de quienes habitan temporalmente este hotel. Cada uno debe pagar una cuota de 30 pesos diarios para lograr juntar entre todos la renta de 30 mil pesos mensuales del edificio. Datos de la Secretaría de Gobernación exponen que de enero a mayo del 2017 fueron repatriados 63,352 mexicanos. El estado de Baja California ocupó el segundo lugar como punto de recepción con 17,245, solo debajo de Tamaulipas, con 18,764 repatriados. En cambio, los tres principales estados de origen de los migrantes repatriados a México en el 2017 corresponden a Michoacán (6,081), Guerrero (5,652) y Oaxaca (5,082).

Pedro lavándose los dientes. Al fondo Gastón, mira hacia la terraza del hotel.

Pedro pide que su rostro no sea fotografiado. En cambio me da la espalda con el pretexto de cepillarse los dientes, aunque en el fondo quiere que lo que perdure sea la imagen de un dragón impreso en la espalda de su camisa. Sinaloense, oriundo del puerto de Mazatlán, llegó a Mexicali en 1987 a los veinte de edad.

Una vez que pisó la frontera mexicana y después de un intenso y breve amorío, cruzó sin papeles migratorios la frontera para trabajar en Phoenix, Arizona. Una vida cómoda rodeó a Pedro, lo suficiente para tener auto, casa y ahorros en el banco, hasta que fue detenido por exceso de velocidad en una zona escolar: "Me detuvieron y el policía ya me iba a dejar ir con una infracción, pero me pidió que abriera la cajuela del auto, y pues, traía 30 kilos de mariguana que estaba transportando a una casa. Mi trabajo era en una fábrica de muebles, pero uno comete errores".

Pedro fue encarcelado. Por el delito que cometió pudo permanecer varios años en prisión, pero debido a una política migratoria implementada en esos días y a que contaba con una residencia de trabajo que le otorgaba mínimos derechos en Estados Unidos, lo deportaron aunque con la posibilidad de volver dentro de diez años; siempre y cuando lleve a cabo un costoso y lento proceso legal.

Pedro

Once meses después de mi detención me liberaron, pero la cárcel perdió toda mi ropa y mi cartera con mis documentos. Los oficiales me dieron tres opciones: esperarme unas semanas más en prisión hasta que localizaran mi cartera y mi ropa, deportarme en ese momento con la ropa de la prisión, o deportarme con ropa de algún ex prisionero que la hubiera olvidado. Agarré la última opción. Me regresé con un pantalón y una sudadera tres tallas más grandes de los que yo uso, sin identificaciones y con cinco dólares en la bolsa. Treinta años después volví a México como vagabundo por una ciudad que no conocía: Nogales, Sonora.

Nogales es la frontera más culera. En cuanto pisas suelo mexicano te roban todito. Y son mujeres las que te chingan; como hienas, todas se te van encima. Lo bueno fue que a mí ya me estaban esperando. Desde el centro de detención hablé por teléfono para que me recogieran unos conocidos. Ellos me pagaron el autobús para venirme a Mexicali. Por acá es más fácil brincarse el cerco.

Desde que iba en el autobús de migración que me llevaba a la frontera para deportarme, unos tipos nos aconsejaron a los primerizos: "En cuanto nos bajemos del autobús córranle y no se detengan hasta llegar al sitio de taxis, porque si no, te robarán hasta la pasta de dientes". Y era cierto. En cuanto pisas suelo mexicano un grupo de mujeres te asalta: tenis, reloj, chamarra, pantalón; ¡son como pirañas! Y sí hay policía, pero ellos no hacen nada, es una mafia. Es la forma de recibir a los paisanos.

En el hotel ya tengo dos años viviendo. Pronto rentaré una casa. Trabajo como cocinero en un puesto de mariscos. Soy de Sinaloa y soy bueno para preparar cocteles y ceviches. Me he estado viendo con una novia que tuve cuando viví unos meses aquí en Mexicali en los años 80; queremos rentar una casa juntos. Sí me gustaría regresar a Phoenix. Posiblemente en ocho años lo intente de nuevo. Tendré sesenta y dos años para ese entonces.

Óscar lavando ropa bajo un temperatura de 48 grados centígrados; al fondo su vivienda hecha con cobijas.

Óscar

Me llamo Óscar y soy de Mérida, Yucatán. Llegué a la frontera hace siete años. Crucé por Sonora y me fui a trabajar a los campos agrícolas de Eloy, Arizona. Hace dos años me deportaron después de una redada que hubo en el fill (campo de cosecha). Tenía cinco años viviendo ahí. Estoy muy afectado por el calor de Mexicali; estamos como a 52 grados centígrados. Me dedico a limpiar parabrisas a los autos que hacen fila en la calle Colón para ir a Estados Unidos. Seguido me dan vómitos, diarrea, dolor de panza. Vivo aquí en la azotea del hotel en una casa de campaña. No me gusta bajar a los pasillos para no tener problemas con los haitianos. Son muy reservados y medio mamones; no les gusta mezclarse.

El hotel nos cobra 30 pesos diarios por tener donde bañarnos, donde dormir y por agua con suero. Se supone que nomás podemos estar una semana para reponernos, pero aun así algunos llevamos dos años viviendo aquí.

Apenas se acabe el calor en septiembre me iré a Sonoyta, Sonora, para cruzarme con una mochila con 20 kilos de mariguana. Si traficas mota los narcos te llevan gratis hasta Los Ángeles, California; te recogen en la carretera y un auto se lleva la mota y otro te lleva a ti. Y si te quieres regresar solo, caminando, te pagan con cocaína. Quiero irme a Los Ángeles, porque allá vive mi papá y mis tíos maternos.

Antonio dentro de su habitación.

Antonio

Yo me vine de Fresno, California, a México con un primo. Eso fue hace dos años. No fui deportado; me salí solo. Soy originario de Jalisco. Me vine porque en Fresno se me había acabado el trabajo.

Allá la hice de todo: de fontanero, de panadero, de cargador en un tianguis y en una compañía tapando la comida de las vacas en los establos. En esos días que me quedé sin trabajo un primo venía de fin de semana a Mexicali a visitar a sus suegros y se me hizo fácil venirme con él y su esposa. Una parte de mí sabía que sería difícil regresar pero otra parte de mi cabeza no pensaba.

La primera vez que crucé a Estados Unidos tenía 19 años de edad; crucé por Tijuana con un coyote que nos consiguió mi papá a mi mamá y mis hermanos; pero después mi papá nos abandonó cuando ya estábamos en Estado Unidos. Ahora que me quiero regresar ya no puedo. Todavía en el año 2000 salí de California para ir al velorio de mi mamá en Guadalajara y volví a cruzarme por Nogales, Sonora. Pero ahora que quiero volver a cruzar por Mexicali está muy difícil. Hace un año intenté cruzar por las montañas del Cerro del Centinela (sobre la carretera federal 2, Mexicali-Tijuana) hasta Brawley, California; caminé durante un día por el desierto, haciendo descansos. La idea era agarrar un raitero (transportista) en el freeway número 8 (a dos kilómetros de la frontera en suelo estadounidense) que va de Mexicali a San Diego, pero no tenía 300 dólares para pagarle y que me llevara a Los Ángeles. Tuve que caminar en la arena bajo el sol como a 45 grados centígrados.

Aquí en Mexicali me dedico a preparar tacos y tortas en un local adentro del túnel del cruce peatonal fronterizo entre Mexicali y Caléxico. Esa comida que preparo la compran los fileros (trabajadores agrícolas mexicanos) que van para el fill.

Jesús descansando antes de intentar cruzar de nuevo hacia Estados Unidos.

Jesús

Me llamo Jesús. Viví de ilegal tres años en Browley, California. Soy de Durango. Dejé embarazada a mi novia, pero es menor de edad, por eso tuve que regresarme a México. Sé que es un delito tener relaciones sexuales con menores. Como está embaraza quise ir a visitarla al hospital, pero me agarró la migra. Esta es la tercera vez que lo intento. Me dedico a la jardinería y a la carpintería.

Esta última vez me brinqué el cerco de la frontera y corrí entre las casas y lo logré. Ya andaba caminando por la calle Tercera de Caléxico cuando me detuvo un agente de migración y me pidió mis papeles, y como no los traía, pues me arrestaron y me subieron a la patrulla. Estuve detenido dos días; me deportaron hace ocho horas.

Volveré a intentar cruzarme la frontera en diez horas. Espero que todo salga bien, aunque si me detienen me arrestarán por cuatro meses. En el centro de detención me trataron de la chingada, muy sarra. Te insultan muy cabrón los agentes de migración. Ni saben español pero te dicen: "Chinga a tu madre pinche mexicano". A mí me golpearon en las costillas; así como no queriendo me pegaron con el puño en los riñones.

Armando no tiene habitación y duerme en una colchoneta sin ventilador soportando una temperatura de 45 grados centígrados.

Armando

Soy de Guadalajara, Jalisco. Está bien gacho el centro de detención de inmigrantes. Nomás te dan dos tacos de comer por día. Me encerraron cuatro días y ni siquiera me dejaron hablar por teléfono. Mi destino es la ciudad de Los Ángeles, California; allá vive mi tío. Él me mandó dinero para el avión que me trajo a Mexicali. Pero estoy dudoso, no sé qué hacer. Un pollero me cobra 4,500 dólares pero no los tengo. Lo intentaré una vez más por mi cuenta, en unas dos horas, ya que descanse. Espero lograr mi objetivo esta vez. Lo más difícil es brincar el cerco; está muy alto, son como cinco metros. Me detuvieron hace dos días y el joven con el que me brinqué se cortó todo los dedos de una mano, le salió mucha sangre. Esta vez espero poder lograrlo.

Rodrigo descansando antes de realizar su sueño: llegar a Los Ángeles, California.

Rodrigo

Me agarraron brincándome la valla de Caléxico. Ya había corrido como 15 minutos cuando me agarró la migra y me detuvo. No es la primera vez que intento llegar a Los Ángeles; el año pasado intenté cruzar por Tijuana y me detuvieron durante 12 horas y luego me deportaron. A los dos meses crucé por Agua Prieta, Sonora, hacia Arizona. Ya me faltaba poco para llegar a la ciudad de Douglas cuando me detuvo la patrulla fronteriza. Me tuvieron encerrado un mes en Nogales, Arizona, y dos en Tucson, en donde me llevaron a juicio. Ya no puedo cruzar por Arizona porque si me detienen me encarcelan por varios años.

En México hay trabajo, pero para los que tienen estudios. Yo sólo acabé hasta segundo de secundaria. No me gusta el trabajo de campo, me gusta más como de oficina. En México me pagan 600 pesos a la semana por barrer. Eso lo gano en un día por lo mismo en Estados Unidos. Mi sueño es llegar a Los Ángeles con mi familia. Ya tengo seis meses en la frontera tratando de cruzar. En una hora lo intentaré de nuevo, será mi sexta vez. Espero lograrlo.

Salvador mira hacia Caléxico, California.

Salvador

Está fácil brincarte al otro lado. Me brinqué hace tres semanas, por segunda vez. Puse una escalerita cerca de los outlets y corrí hasta el centro comercial, pero ahí me agarró la migra. Me encerraron y me deportaron hace unos días. Ya llevó cuatro meses aquí en el hotel. Trabajo haciendo carritos y motos con botes de aluminio. Vi a un señor hacerlos y le copié. Ahora todas las tardes me pongo a venderles a las personas que hacen fila en el carro para cruzar a Caléxico. Los vendo a cien pesos.

Estoy esperando que se seque la ropa que acabo de lavar. Si la descuido me la roban. El otro día un tecato (adicto a la heroína) me la robó y cuando le reclame me puso un putazo y yo le tuve que pegar unos palazos en la espalda.

En unos días lo volveré a intentar. Nomás que se me desinflamen las piernas; las traigo muy hinchadas, no sé por qué. Allá de dónde vengo hace un chingo de calor, Tierra Caliente. Vivo aquí en la azotea en una casa de campaña. El calor no me hace y eso que hemos estado como a 52 grados centígrados. Tengo que tomar suero todo el día y ponerme frente a un abanico que está en uno de los pasillos del hotel. Como sea la he librado y no me he muerto, porque ya van como seis muertos de golpe de calor. Antier se murió un adicto a la heroína en la banqueta del hotel.

Sabino (camiseta de tirantes blanca y lentes oscuros) escucha música junto a sus compañeros de hotel.

Sabino es trabajador del hotel del migrante. Fue deportado hace tres meses de Houston, Texas. Una noche después de su jornada laboral visitó un bar en donde conoció a una mujer atractiva. Platicaron y decidieron pasar un rato más íntimo en el hotel donde Sabino vivía. Ya en la recámara Sabino bajó a la recepción a comprar una Coca Cola. Manipulaba la máquina de dulces y refrescos cuando una mano se posó en su hombro al tiempo que en inglés una voz transportaba un mensaje que no entendió muy bien. Pero no hizo falta. Inmediatamente supo que eran agentes del ICE; el fin a cinco años de residencia y trabajo como indocumentado en un país del que no quería salir.

Sabino

Ni siquiera me alcancé a despedir de mi amiga. Los agentes del ICE (Immigration and Customs Enforcement) me llevaron detenido y ni siquiera llevaba puestos los zapatos ni la camiseta.

Me dedicaba a reparar techos de casas; "ruferos" le llaman a los que hacen ese trabajo (degradación de roof). Soy de Chilapa, Guerrero. Entré a Texas por Reynosa, Tamaulipas. Tengo tres meses en Mexicali. Trabajo en el hotel como guardia y boteando en las calles para distintas causas sociales. Aquí vivo en el hotel. En dos meses más me regreso a Tamaulipas, a volverlo a intentar.

Jimmy frente a un cooler; el último resquicio de esperanza en una de la ciudades más calurosas del mundo.

Jimmy

Me llamo Jimmy. Llegué hace cinco días a Mexicali. Soy de la Isla de San Andrés, en el caribe, entre Colombia y Nicaragua. Entré a Chiapas en tren y así me fui hasta Oaxaca. Y de Oaxaca hasta Mexicali en tren por varias semanas. No he intentado cruzar a Estados Unidos pero esa es mi intención. Un amigo que está en Denver, Colorado, está juntando un capital económico, un billetico para apoyarme y que le pueda pagar a un pollero.

Tengo una semana en Mexicali. He trabajado haciendo mudanzas, trabajos de albañil y de soldadura. Llegué muy deshidratado; pensé que moriría. Desde que estaba en Oaxaca supe de la existencia de este hotel. En cada cuarto cabemos cuatro personas. Como soy negro todo piensan que soy haitiano.

Roberto arreglándole la suela a un par de zapatos que le obsequiaron.

Roberto

Soy de Hermosillo, Sonora. Me deportaron del estado de Colorado por Tijuana. Quiero regresar a Colorado, por eso vendo chicles, para juntar dinero para el regreso. Allá sembraba tomate, uva, sandía y calabaza en los campos agrícolas. También trabajé cultivando mariguana dentro de un invernadero propiedad de un gringo obeso que fue chofer de autobuses en Canadá.

Un día llegó la policía al invernadero y me entregó a los agentes de migración. Me encerraron nueve meses hasta que me deportaron a México. Ya en Tijuana anduve vagando hasta que en una taquería me dieron trabajo de mesero. Un día se me ocurrió decirle al patrón que me diera oportunidad de cantar. Canté una de Los Mendivil y una de los Tucanes de Tijuana. Siempre quise ser cantante, me gusta cantarle a la gente, y claro, sacar unos billetes.

A Mexicali llegué de aventón con 200 pesos en la bolsa. Compro comida de lo que saco de vender chicles. A veces sólo me alcanza para tortillas o pan con agua. Hace como un mes me quedé dormido con unos amigos en un lote baldío en donde estábamos tomando tequila. Un bato llegó con un bat de béisbol y nos asaltó a todos, puros vendedores de semáforo. Nos robó los dulces, los chicles, las paletas y los zapatos. Nada pudimos hacer, unos estaban dormidos y otros borrachos. Acabo de conseguir unos zapatos de nuevo. Me vine al Hotel del Migrante porque vivir en la calle es muy difícil.

Ahora lo único que quiero es entrenar lucha libre y ganar algo de dinero. Me sé el tope suicida del El Santa, la lanza zacatecana del Perro Aguayo, la llave de a caballo de Gory Guerrero, la filomena, la cruceta del Enfermero, la urracarrana, el tirabuzón, y la Nelson del Rayo de Jalisco. Cuando recién llegué a Mexicali usaba para vender chicles una máscara de Tinieblas que me vendió un trapecista de un circo, nomás que un policía me pidió que me la quitara porque no podía estar disfrazado en la calle. Como no le hice caso me encerró 36 horas y me quitó mi máscara.

Tengo 39 años y muchos sueños por cumplir, por eso tomo unas vitaminas que me dio el doctor del Seguro Popular. Poco a poco he dejado de tomar mezcal Tonayán; se me estaba haciendo un hoyo en el estómago.