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Xul Solar, el amigo de Borges que era pintor, astrólogo y músico

Místico inventor, traductor y genio, Xul Solar es único en su arte y especie.

por Juan José Relmucao
31 Enero 2018, 11:30pm

Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari. Xul Solar. ¿Quién? "Hombre versado en todas las disciplinas, curioso de todos los arcanos, padre de escrituras, de lenguajes, de utopías, de mitologías, huésped de infiernos y de cielos, autor ‘panajedrecista’ y astrólogo, perfecto en la indulgente ironía y en la generosa amistad, Xul Solar es uno de los acontecimientos más singulares de nuestra época".

El que habla no es otro que Jorge Luis Borges, sinónimo de literatura en español e íntimo amigo de Xul. Claro que en esta descripción -tomada de sus Textos Recobrados de los años 40 - el hombre de El Aleph no empezó por el principio: Xul Solar fue un maestro de la pintura. Surrealismo, dadaísmo, cubismo, todo lenguaje liberador la forma podía confluir en su obra con un estilo y un color distinguibles de un golpe de vista.

Nacido en San Fernando, a 50 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, en 1887, Schulz Solari provenía de una familia que le inculcó, quizás por ósmosis, el hacer artístico. Su padre ingeniero y su abuelo compositor le cedieron un linaje del hacer y del la estética, y ya de muy joven, Schulz obedece ese mandato infinito que definió su vida en el resto de los años: conocer más y más y más. Como muchos artistas sudamericanos de su época, el chico tomó un buque y zarpó hacia Europa, donde lo esperaban familiares en la ciudad italiana de Zagli. Era 1912. Volvería 12 años después ya convertido en Xul Solar, con un enorme bagaje de influencias estéticas y con más de 200 libros adquiridos en el Viejo Continente. ¿Qué pasó en el medio?

Sucedió qué Xul embistió con fuerza los caminos europeos con base en su sed insaciable de conocimiento. Fue testigo del surgimiento del expresionismo previo a la primera Guerra Mundial, vivió en la París de Picasso y Modigliani en pleno estallido bélico y conoció a los futuristas italianos que lo empujaban más y más a abandonar formas estructuradas en pos de un lenguaje pictórico propio.

Y, por supuesto, asistió a cuanta conferencia sobre esoterismo que pudo. La antroposofía, la teosofía, la cábala, el I Ching.... también religiones como el hinduismo y el budismo fueron exploradas por Xul, quien en 1924 empezó un vínculo clave para complementar su formación espiritual y estética. En París, y durante un mes, Xul fue discípulo de Aleister Crowley y se ordenó en la orden Astrum Argentum, sociedad esotérica conducida por el mago inglés.

El interés del pintor por conocer otros mundos lo condujo hasta The Beast, que le enseñó a realizar viajes astrales a través de meditaciones concentradas en la visualización de los 64 hexagramas del I Ching. Crowley instruyó a Xul, le facilitó el juego de hexagramas y los resultados no tardaron en aparecer.

"Veo un gran muro chino de ladrillo, una gran puerta en él, con el hexagrama entro a través de la puerta cerrada, a un espacio oscuro y tranquilo. Es algo como un templo, más de sabiduría que de plegaria. Vislumbro como una boca de horno rojiza. Cerca de ella un mago sentado de piernas cruzadas. Pregunte su nombre. Dice sin sonido, Wac. Pregunto por la ley del hexagrama y responde en silencio: Constancia, estudio, sabiduría". El fragmento corresponde a Los San Signos, libro de Xul donde recopila las visiones que surgieron tras las enseñanzas de Crowley. A su regreso a Argentina, en los intercambios por carta que mantuvieron, el mago lo reconoció como "el mejor de los videntes" que había tenido hasta el momento.

Regreso a Sudamérica y amistad con Borges

Recién llegado de su viaje por una volcánica Europa de guerras y efervescentes movimientos artísticos nacidos al calor de los fusiles, el pintor no tardó en incorporarse a la vanguardia artística de la Buenos Aires de los años 20, que por ese entonces, era un hervidero de intelectuales y artistas. Ahí iniciaría su amistad más reconocida. Jorge Luis Borges, que por entonces había publicado su primer libro de poesía, era un joven veinteañero que quedó encandilado por el conocimiento esotérico de Xul y sus ideas -adelantadas y proféticas- sobre la globalización. La panlingua y el neocriollo, los idiomas que inventó el pintor -hablaba seis con fluidez- fueron una cruza del español, el portugués, el inglés, el latín y otras lenguas que Xul intentó promover para lograr una comunicación global común entre las naciones. A Borges, un apasionado del lenguaje, la idea caló hondo y lo llevó a escribir un cuento inspirado en la lengua mundial: "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius".

"Quizás el único cosmopolita ciudadano del universo que he conocido fue Xul Solar”, supo afirmar el escritor sobre su íntimo. Y más: en una de sus conferencias sobre su amigo, Borges lo describió: "El pensamiento de Xul era incesante. A diferencia del resto, y del que me incluyo, donde el pensamiento es un fenómeno que ocurre de tarde en tarde, donde generalmente estamos percibiendo (...) En cambio Xul, me dio la impresión exacta de haber leído muchísimo y, sobre todo, de querer cambiar las cosas".

El camino compartido por ambos, ese que se adentraba tras las fronteras de lo metafísico y que tanto se plasmó en sus obras, los unió en largas conversaciones sobre ritos y mundos y alternativas para la conciencia cotidiana. Tal fue la comunión entre pintor y escritor, que Borges lo invitó a ilustrar uno de los libros más representativos de la primera época de su obra: El idioma de los argentinos.

Para Xul vendrían años de proliferación, evolución y estudio constante. Su obra alcanzaría reconocimiento internacional y se convertiría en un clásico inconfundible de la pintura latina. Esa obra a la que Borges se refirió como "documentos del mundo ultraterreno, del mundo metafísico en que los dioses toman las formas de la imaginación que los sueña". "La apasionada arquitectura -consideró el escritor- los colores felices, los muchos pormenores circunstanciales, los laberintos, los homúnculos y los ángeles inolvidablemente definen este arte delicado y monumental".

Con varias exposiciones individuales en su país y partícipe de muestras colectivas en América y Europa, su deseo infinito de compartir conocimiento tendría eco en las entrevistas que, un poco extrañados, medios del mundo le realizarían. Allí se presentaba como pintor, astrólogo, inventor, músico, cabalista, liberal...

Para resumir esa fusión de dos figuras irrepetibles de las artes, podemos citar una de las ilustraciones de El Idioma de los Argentinos. En ella, un dibujo de Xul tiene un epígrafe escrito por Borges que podemos leer como un leitmotiv exploratorio de ambos:

"Lector: Por la vereda de las coplas hemos llegado a la metafísica. Ya eres el poseedor de tu ignorancia; y la mía no te hace falta".

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