Distrito Feral

Distrito Feral: La vaquita marina confronta su extinción

Navegamos en la embarcación más grande de Greenpeace en su campaña para evitar la extinción del cetáceo más pequeño del mundo, y el único endémico de México.

por Andrés Cota
30 Julio 2015, 3:00pm

Imágenes por el autor y Carlos Aguilera

Despertarse a las 4:44 de la madrugada para abordar un taxi con la certeza de que te cobrará desmedidamente por el servicio —nada como los ojos de gusto que hace un taxista cuando mencionas la palabra: aeropuerto— siempre debe ir acompañado por una buena razón. En este caso el destino es Mexicali y el motivo de abandonar la cama: alcanzar a la tropa de Greenpeace en el alto Golfo de California para acompañarlos en su misión de conservación de la vaquita marina.

Estamos en verano y por supuesto que en Baja California hace calor. A juzgar por el panorama, no sería del todo descabellado freír un huevo sobre el carro. El termómetro marca treinta y ocho grados y son apenas las 9 de la mañana.

Dos horas de desierto sobre ruedas y un par de rayitas de mercurio más tarde llegamos a San Felipe, población pesquera localizada a los pies de escarpadas cimas rocosas que se hunden en dunas amarillas y aguas cobalto. Si todo sale bien en unos minutos más abordaremos una lancha que nos llevará mar adentro, lugar en el que aguarda el "Esperanza", el navío más grande de la organización ecologista y sobre el cual pasaré unos días como corresponsal para este medio.

Mala suerte. A Maritza, una de mis acompañantes, que además es la directora del programa internacional de océanos de la asociación, le niegan el acceso a embarcar. Sucede que es extranjera, entró al país vía San Diego-Tijuana y por azares del destino —o torpeza de los agentes aduanales— su pasaporte no está sellado ni cuenta con forma migratoria. Sobra decir que la capitanía de puerto es sumamente estricta en lo que a documentos refiere (de otra manera te podrían desaparecer a bordo y nadie se enteraría). Así que ni hablar, la chileno-estadunidense no podrá subir al barco. O, al menos, no de inmediato. Se verá forzada a regresar hasta Mexicali, realizar el trámite pendiente en la frontera y luego volver sobre sus pasos. Imposible no sentir un poco de compasión por ella, le quedan como mínimo unas seis horas de carretera y ella viene desde Australia.

El asistente de la capitanía de puerto, un tipo de semblante duro y que, a pesar del calor infernal, lleva guantes negros, me conduce hasta el muelle. Cuando lo alcanzamos, me indica que suba a una lancha fuera del agua; misma que, a su vez, está montada sobre un remolque. Obedezco. Después me da la instrucción de que me ponga el chaleco salvavidas y lo amarre, lo cual a esta temperatura definitivamente constituye una orden difícil de acatar, pero no tengo mucho tiempo para dudarlo, pues el remolque arranca en reversa con un tirón y somos proyectados vertiginosamente por una rampa de cemento hasta la orilla y botados al agua a gran velocidad.

—No se agüite compa, es nada más un jaloncito— me dice el lanchero, cuyos ojos se esconden bajo unos de esos lentes polarizados tornasol que hacen imposible leer sus intenciones.

—¿Va para el barco ese del arcoíris verdad?... ¿De qué va su jale o que chow?— me pregunta, en cuanto nos recuperamos del chicotazo y arrancamos.

—Vengo a hacer un reportaje para una revista— respondo procurando ser lo más escueto posible, aún no sé si este lanchero es de los aliados con el proyecto o si nada más me anda venadeando.

—No pos de lo que debería reportar es de cómo el pinche Peña Nieto nos tiene jodidos. Que si la mentada vaquita o que si la totoaba... ¿Sabe usted qué es eso?

Niego con la cabeza. Aunque por supuesto que sí lo sé. De hecho, justo a eso es a lo que vine hasta aquí.

La vaquita marina, phocoena sinus, es una marsopa (mamífero marino pariente de los delfines y las ballenas) endémica del alto Golfo de California. Presenta cabeza achatada con manchas oscuras en los ojos y boca, es color gris plomizo y rara vez supera el metro y medio de largo. Su naturaleza es tímida (nunca se ha podido fotografiar ni filmar a un individuo bajo el agua) y suele nadar en parejas. Se trata del cetáceo más pequeño del mundo y, hoy en día, el que afronta el riesgo de extinción más inminente: su situación actual es tan precaria que se estima, según datos de Greenpeace y la CONAM, que solo quedan cincuenta y siete ejemplares con vida.

La totoaba, Totoaba macdonaldi, también es endémica de estos lares. Se trata de un pez de talla grande y aspecto hosco, que en tiempos pasados se contaba por cientos de miles en la región. Sin embargo, la sobre-pesca y el factor de que su vejiga natatoria sea tremendamente codiciada en China, alcanzando precios de hasta 60 mil dólares por pieza en el mercado negro de Hong Kong, la han empujado también al borde de la extinción y actualmente está prohibida su captura. Al parecer, en el oriente lejano, el órgano del pez, antes considerado como alimento afrodisíaco, en el presente representa uno de los máximos símbolos de estatus o poder posibles. Por ejemplo, el regalo que le podría dar un empresario chino a un político ambicioso para sobornarlo.

La relación entre ambas especies es desfavorable para la vaquita, pues aproximadamente el 70 por ciento de mortandad de la especie se debe a que cae en las redes ilegales que ansían tomar parte en el poderoso flujo capital de la economía totoabera.

Pero bueno, de vuelta a la lancha. El punto es que por ahora me hago güey al respecto y niego enfáticamente con la cabeza.

—Pos son dos pescaditos pendejos que vinieron a armar todo un cagazón. Ahora ya ni camarón nos dejan sacar los muy cabrones. Es más güero, hasta la pesca de escama está prohibida.

—Tsss...— murmuro para seguirle dando cuerda.

—Así es compa. Todo está muerto. Al menos de aquí a dos años, ya valió verga. Y no hay ni cómo hacerle.

La verdad es que no exagera mucho cuando declara esto. Las antes sumamente productivas pesquerías de San Felipe, Puerto Peñasco y Santa Clara, Sonora, se han puesto en pausa, al menos legalmente, desde abril de este año, momento en el que se estableció la exclusión total de pesca en el polígono oceánico donde habitan los últimos sobrevivientes de vaquitas. Este decreto afecta directamente a un par de centenares de familias y se manifiesta en el área, en primera instancia, con numerosas propiedades en venta y una calma pasmosa, casi como de pueblo fantasma, en los muelles. Y un poco más por debajo de la superficie, al menos según asegura mi interlocutor, con un incremento en el consumo y tráfico de cristal (meta-anfetamina o ice pa los cuates). Situación por demás preocupante, pero que habría que explorar más a fondo para comprobar su verdadero alcance.

—¿Y entonces de qué viven?— le pregunto, mientras contemplo el áspero paisaje que remite a una película de Mad Max y es inhóspito para el cultivo.

—Pos de la feria que nos da el gobierno, mijo... Pero son puras mirruñas. Apenas dos bolas a la semana... ¿Sabe usted lo que es mantener a la vieja y a los morros con ocho varos mensuales?... Está bien canijo, porque acá en Baja los precios se manejan como en el gabacho. Todo está bien pinche caro.

El fondo que otorgó el gobierno, y que asciende a poco más de mil millones de pesos, tiene previsto compensar a los pescadores locales que contaban con licencia, alrededor de 720 permisos, durante los dos años que se extenderá la veda. Después nadie sabe que sucederá. La medida se antoja como una maniobra improvisada de Peña Nieto para ganar tiempo. Un recurso que sirve más como un pivote para liberar la presión que han impuesto los medios y a la vez esperar a que la atención del público se disipe, que una solución real. Sin ir más lejos, el comité internacional para recuperación de la vaquita (CIRVA) recomendaba que fueran veinte los años de prohibición.

Recuerdo que hace unos meses leí un reportaje que seguía el intrincado camino de trafico ilegal de las vejigas de totoaba desde las costas mexicanas hasta las orientales, pasando por Estados Unidos. Dicho escrito menciona que los tejidos codiciados del pez se compran a pie de playa en un precio que oscila entre los tres y nueve mil dólares y después van incrementando su valor conforme se abren paso a través de una extensa red criminal de corrupción internacional. Tres mil cueros de rana. Cincuenta mil pesos por pieza. De pronto la compensación del gobierno suena como una medida no muy apelativa para el emprendedor costeño promedio.

Luego ya no hablamos más. La lancha gana velocidad. Saltamos sobre las olas y el lanchero le trepa varios decibeles al estéreo.

Mientras disfruto de UB40, Scorpions, Guns and Roses y Tears for Fears, pienso que, aunque biológicamente no tengan nada en común, la historia de la vaquita, de cierta manera, se asemeja a la del ajolote de Xochimilco, Ambystoma mexicanum.


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Sin embargo, tras rumiar un poco la idea, me percato de que en términos ecológicos en realidad no comparten tanto y que las razones de que sus poblaciones estén literalmente a punto de desaparecer obedecen a razones muy distintas. El ajolote, principalmente por la destrucción de su hábitat y la introducción de especies exóticas, y la vaquita, en cambio, por motivos bastante más estúpidos: la plusvalía china creada en torno a la vejiga de un pez. Situación que ya no solo me parece francamente surrealista sino prácticamente maquiavélica. Y no es que yo tenga algo en particular contra el gigante asiático, pero no pasemos por alto lo que acontece en este instante con el rinoceronte blanco y la caza indiscriminada de su cuerno.

De vuelta al tren de pensamiento original, el pequeño cetáceo y el extravagante anfibio figuran como los animales mexicanos más amenazados en la actualidad. Siendo el caso de la vaquita tan solo un poco más cruento, pues, a diferencia del ajolote, no se le puede propagar en cautiverio. En fin, me deprimo un poco al darme cuenta de que muy posiblemente ninguna de ellas llegará a la siguiente década. Lo que me lleva a recordar al baji o delfín del río amarillo, un peculiar cetáceo de agua dulce chino cuyos últimos sobrevivientes desaparecieron recientemente como consecuencia de las actividades humanas.

Me pregunto consternado si, aún realizando todos los esfuerzos posibles, cincuenta y siete individuos serán suficientes para mantener la población de vaquitas. Vuelvo a pensar en el rinoceronte blanco y en cómo la variedad norteña de estos mamíferos se reduce ahora apenas a cinco individuos, con solo un macho entre ellos.

Claro que es imperante hacer todo lo que se pueda al respecto de la especies amenazadas, pero, ¿por qué siempre tenemos que esperar hasta malabarear con el borde de la extinción para tomar medidas?

Sigo sumergido en estos sombríos pensamientos cuando sobre el horizonte líquido aparece la silueta del barco. Al principio parece como de juguete, pero pronto su contorno comienza a ganar dimensión y se rompe el espejismo. El "Esperanza" es masivo. Se extiende por setenta metros de largo y se levanta varios pisos sobre el nivel del mar. Pesa alrededor de 600 toneladas. Cuenta con helipuerto, dos grúas grandes, tres Zodiacs (lanchas rápidas con borda de goma icónicas del activismo marítimo), tres Dingis (como las Zodiacs pero más pequeñas) y un gran radar redondo. Sobre su parte frontal se dibuja el emblemático arcoíris de la asociación ambientalista.

La embarcación, un navío soviético de bomberos construido en 1985, adaptado para realizar acciones no violentas e investigación, surca los océanos del mundo para la organización desde el 2002. Ha perseguido barcos balleneros en el Ártico, asediado cargueros de maderas ilegales en Holanda, interceptado cargamentos de plutonio en Sudáfrica y ahora se encuentra en México para unirse a los esfuerzos de rescate de la vaquita y otras campañas ecologistas.

Asciendo la escalera de cuerda precipitadamente y me encuentro con miradas de desconcierto. Sucede que nadie a bordo sabe quién es o para quién trabaja el lanchero que me trajo. Y ni modo de preguntarle, porque ya se encuentra a cientos de metros de distancia. Se suponía que me debía de haber recogido una de las Zodiacs en el muelle. Con lo cual se esfuman mis dudas de si el lanchero habría sido uno de los totoaberos enemigos. Seguramente me había utilizado como excusa para aproximarse a echarle un ojo a la embarcación y de paso averiguar un poco respecto a la campaña en su contra. Me alegro de no haber abierto la bocota que me caracteriza.

Sin embargo, el entorno de sospecha se esfuma rápidamente, los activistas me dan la bienvenida y penetro en los adentros del monstruo marino sobreexcitado como niño en rush de glucosa.

Las entrañas del navío se componen por una serie de pasillos y escaleras laberínticos en los que se distribuyen camarotes, regaderas, oficinas, cocina, comedor, gimnasio, lavandería, biblioteca, sauna, sala de juegos, bodegas, congeladores con comida suficiente para un mes, desalinizadores de agua, puente de mando y cuartos de motores y maquinas gigantes con paneles llenos de botones tentadores que catalizan inmediatamente imágenes mentales de películas tipo Dr. Strangelove.

Tardo aproximadamente dos días en lograr desplazarme sin perderme o desorientarme por los intestinos revueltos del barco y otro más, para ser capaz de recordar todos los rostros de las personas que viajan a bordo. Es curioso, pero al principio se sufre la angustiante impresión de que de todos lados sale gente. Siempre que se dobla una esquina, o se abre una puerta, aparece alguien nuevo.

No obstante, en total no llegamos ni a cuarenta pasajeros.

De los treinta y siete individuos que estamos en este momento sobre el barco, diecinueve son miembros de la tripulación y el resto parte de la campaña de la vaquita. Excepto un fotógrafo subacuático de nombre Carlos, autor de varias de las imágenes aquí incluidas, y un servidor, todos son miembros activos de Greenpeace.

El conjunto es heterogéneo en lo que a nacionalidades y aspectos refiere. Hay un gigante maorí de nombre Tereapin, una italiana llamada Cat más fuerte que la mayoría de hombres que yo conozca y un vato bien fresco de las islas Mauricio, que se presenta como Bala. También hay representantes de Bulgaria, Inglaterra, Holanda, Rusia, Alemania, Chile, España, Sudáfrica, Argentina, Uruguay, Hong Kong y Tasmania. Cada uno de ellos con historias marinas por demás interesantes, incluyendo ser perseguidos por piratas en las costas africanas o haber estado un par de meses recluidos en una prisión rusa acusados de terrorismo.

Los navegantes siguen una existencia trimestral: tres meses en tierra por tres meses embarcados, alternando entre los distintos cruceros de la empresa. La cotidianidad a bordo está dictada por horarios rigurosos y se gobierna por una jerarquía de puestos bien definida (pero en general se diría que reina un grato ambiente de informalidad). 7:30 desayuno, 8:00 limpieza general, 9:00-12:00 trabajo, 12:30 comida, 13:00-18:00 trabajo, 18:30 cena y de 19:00 en adelante, sano esparcimiento, que solo tolera cerveza o vino como lubricante de la convivencia.

Cuando se declara que el chef es el hombre más importante a bordo, más incluso que el capitán, no se exagera. Después de todo, hay otros oficiales que, de ser necesario, podrían suplir las labores del cabecilla de la nave. No así en el caso de la cocina. Los tripulantes son público cautivo y durante casi cien días dependen totalmente de las manos de quien les prepara los alimentos.

Babu, nuestro cocinero, es un señor hindú de barba crecida y semblante estilo película de Bollywood que lleva más de treinta años cocinando en alta mar y la última década para Greenpeace. En cada comida ofrece dos o tres platillos distintos, un par de ensaladas y no menos de cinco guarniciones que satisfacen al paladar omnívoro y vegano por igual, o bueno, mejor dicho, por separado. Y vaya cómo nos gusta el buffet a los que adolecemos de sentimiento de saciedad. Día con día noto como los kilos se me acumulan. No obstante, no siento culpa, pues estando en la compañía con la que estoy presumo que serán kilos 100 por ciento orgánicos. A según, más sanos. Da igual, la verdad es que la comida es variada y está bastante buena.

La parte práctica, o al menos el trabajo de campo, de la campaña consiste en realizar dos patrullajes diarios a bordo de las Zodiacs, el primero de 6:00 a 11:00 y el segundo de 17:00 a 20:00, para buscar redes ilegales o pescadores furtivos y comprobar que el polígono de exclusión de pesca se esté, en efecto, respetando.

La técnica es sencilla pero agotadora y requiere de la tenacidad y obstinación con la que solo los activistas cuentan. Básicamente consiste en escudriñar el espejo de la superficie en busca de boyas o botellas de plástico que pudieran evidenciar la presencia de redes agalleras o de camarón y utilizar un granpin, especie de gancho de arrastre, para procurar dar con las redes totoaberas que se colocan un poco más profundo. Una vez localizada la red, se registra testimonio de su existencia por medio de fotos —las clásicas imágenes de ambientalistas orgullosos mostrando mantas de cómo salvan el planeta, que podrán parecer un tanto gratuitas o de propaganda, pero que a lo largo de los años le han servido a la organización como una de sus estrategias más eficientes para crear consciencia en los medios y exitosas para recaudar fondos— y posteriormente se da aviso a la PROFEPA para que remueva la red en cuestión.

Todo esto calcinándose durante largas horas bajo el sol inclemente y sin perder el entusiasmo que les caracteriza.

Me viene a la mente un gritó que soltó Carmen Salinas al pasar junto a los miembros de Greenpeace cuando realizaban su acción en la estela de luz hace algunos meses. "Ya pónganse a trabajar, pinches mugrosos", vociferó la doña desde su camioneta... Ah que señora, si supiera la chingas que se meten estos muchachos. Y bueno, aunque tampoco vamos a negar que la organización ha contado con pasajes controvertidos y recibido críticas en cuanto a sus métodos y resultados, la impresión que me llevo de este primer acercamiento en persona con ellos es que, al menos todos los que conocí, son personas comprometidas, agradables y honestas. Alejadas del estereotipo del bio-activista clásico, vegano de hueso colorado, fanático e impulsivo que te podría patear si te viera fumando un cigarro o tomando una Coca-Cola.

El doctor Miguel Rivas, científico de la campaña, me comenta que la vaquita es un relicto pleistocénico con un área de distribución bastante limitada y que, como tal, se teoriza que su población nunca ha sido muy grande; pudiera ser que varios cientos o pocos de miles sea su número normal. Hecho que implicaría que se trata de una especie con tolerancia marcada a la endogamia. De ser así, aún siendo tan contados los sobrevivientes, quizás sí podrían albergar esperanzas de recuperarse. Claro, si las medidas de conservación no se toman a la ligera.

Después Miguel me habla sobre el método empleado para contarlas. La clave está en los hidrófonos repartidos a lo largo y ancho del alto Golfo. Aparatos que recogen las ondas sonoras que emiten las marsopas en sus llamados o cantos y por medio de los cuales es posible hacer una estimación de cuántas quedan.

Hidrófonos.

En los distintos patrullajes que han tenido lugar durante los cuatro días que llevo a bordo se han encontrado ocho redes ilegales. No son tantas como se esperaba. Y ninguna de ellas es totoabera. Lo cual podría ser algo bueno, podría sugerir, por ejemplo, que quizá no haya tantas redes. Por otro lado, tampoco hay que pecar de ingenuidad; el área bajo inspección es enorme y la tarea de peinarla sobre lanchas procurando localizar escurridizos filamentos de nylon se asemeja a encontrar una aguja en un pajar. Un pajar que además es sumamente profundo y dinámico, ya que cambia con las corrientes.

Lo que es seguro, si es que a la presente administración realmente le interesa ganar esta batalla y no solo alardear de que se trata de un gobierno verde, es que se requiere de mucha más vigilancia por parte de los organismos correspondientes (PROFEPA, CONAM y Marina) y no por medio de medidas panfletarias como los drones que se anunciaron recientemente, y de cuya utilidad potencial dudan algunos científicos, sino con más efectivos en el agua.

También sería necesario hacer presión diplomática para que las presas estadunidenses que bloquean el flujo del río Colorado incrementen la cantidad de agua que liberan, pues el caudal ahora está reducido a un 10% de su torrente natural y conlleva consecuencias devastadoras sobre la nación Cucapá, pueblo indígena que habita en la zona, de por sí ya fuertemente castigado por la pobreza, y que confronta extorsiones por parte de las autoridades por invadir las aguas del polígono de exclusión de pesca en busca de sustento.

Suena muy complicado o inviable extender la veda de pesca por tiempo indefinido. Los efectos sobre la población son simplemente demasiado drásticos y no es factible entregar una compensación económica perpetua o inventar de la nada un nuevo sistema financiero para la región. Por lo que la única solución real a largo plazo sería el desarrollo de una red selectiva para las especies que sí se permite explotar que no atente contra la vaquita.

Otra posibilidad, quizá un poco más remota, pero aún así realizable si los distintos gobiernos involucrados lo tomaran como enmienda, sería desmantelar la poderosa red de trafico de vejiga de totoaba. Y bueno, ya siendo abiertamente soñadores, lo más efectivo, sin duda, sería cambiar la psique oriental con relación a la fauna. De otra manera, aún cuado se salven la vaquita y la totoaba, siempre habrá algún otro animal en su mira.