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Cultura

Catfish: confesiones de una adicta a las mentiras en las redes

Sé que lo que he hecho está mal, es una estafa y que he hecho mucho daño. Se ha convertido en una adicción enfermiza que me ha llevado a sacrificar mi vida social por tener relaciones virtuales construidas sobre una mentira.
21 Julio 2015, 3:00pm

Esta no es una de las cuentas falsas que se mencionan en el artículo. Foto por usuario de Flickr Karl-Ludwig Poggemann.

Esta es la historia según le fue relatada a Arielle Pardes.

El término catfish en su nueva acepción fue acuñado en 2010 por Nev Schulman para su película homónima, que trata sobre personas que se dedican a crear perfiles falsos en internet para manipular a otros usuarios. Antes de eso, un catfish era simplemente el nombre en inglés del siluro, un pez bigotudo que se alimenta de lo que encuentra en el fondo marino. Una desafortunada comparación, pues los siluros son criaturas muy tontas. Sin embargo, hay que ser muy meticuloso y calculador para conseguir engañar a alguien en la red. Y hablo por experiencia, ya que llevo ocho años fingiendo ser otras personas en internet.

En la primera cuenta falsa que abrí usé el nombre de Joey. Por aquel entonces estaba en secundaria y no era de las personas cool. Un día me di cuenta de que podía crear un perfil falso para llamar la atención de la gente que me interesaba. Seleccioné unas cuantas fotos de Photobucket, abrí una página en MySpace y añadí a todos los de la escuela. Usaba esa cuenta para hacer comentarios sobre mi verdadero perfil de MySpace, de forma que la gente podía ver publicaciones de Joey diciendo lo guapa que yo era y cosas así. Fue muy sencillo y nadie se dio cuenta.

Pero mi actividad principal con las cuentas falsas empezó en 2008, cuando mi vida cambió a peor: no tenía amigos. Había sufrido maltrato infantil, mi padre estaba en prisión y mi madre era drogadicta. Yo quería ser cualquier persona menos quien era; quería un resultado diferente, una vida distinta. Anhelaba ser otra persona. Y con MySpace, me di cuenta que podía.

Allí encontré una chica que me pareció genial y tomé prestadas diez de sus fotos para crear un nuevo perfil con el nombre de Amanda Williams. Escogí un nombre genérico, de modo que si alguien lo buscaba, aparecerían suficientes resultados como para no levantar demasiadas sospechas. Las fotos se las había robado a una tal Samantha, amiga de unos chicos de mi escuela. Era guapa y toda una sensación: llevaba el pelo teñido de fucsia, muchos piercings y, lo que era más importante, sus fotos mostraban a una chica muy segura de sí misma.

Mi personaje ficticio, Amanda, era la versión de mí misma que tan desesperadamente deseaba ser. Amanda tenía los mismos gustos musicales que yo y ambos compartíamos los mismos intereses. Sin embargo, a diferencia de mí, Amanda era todo autoestima y vitalidad. Además era guapa, por lo que mucha gente la añadía a sus contactos y le enviaba mensajes para ligar con ella. Así era MySpace: ponías una cara bonita y venía la gente en manada.

Consumía todo mi tiempo libre en las redes sociales, forjando la vida ficticia de Amanda Williams como si fuera un avatar de Los Sims.

Amanda Williams enseguida se hizo muy popular. Su perfil tenía cientos de amigos y yo por fin había conseguido llamar la atención de toda la gente que me interesaba. Pensé que Amanda encajaría con el grupito de los "populares" de la escuela, así que, a través de su perfil, envié un mensaje a una de las chicas en el que Amanda le decía lo genial que yo era. Supuse que si alguien como Amanda decía que le gustaba yo, también lo haría el resto de chicas cool del instituto. Pero me salió el tiro por la culata. Las chicas se dieron cuenta que el número de teléfono que tenía Amanda en su página de MySpace era el mismo que el mío y descubrieron todo. Pasé de causar la más absoluta indiferencia al rechazo total.

Aquello debió haberme hecho tirar la toalla, pero la experiencia me sirvió para agudizar mis capacidades de engaño en la red. Creé una segunda cuenta, idéntica a la de Amanda Williams, con las mismas fotos, pero esta vez me aseguré de bloquear a todo el que fuera al mismo colegio que yo. Me volví paranoica y obsesiva con la cuenta. Después, mi madre me sacó de la escuela y me matriculó en una escuela de formación profesional porque en la escuela no dejaban de acosarme. En la nueva escuela disponía de más tiempo libre, que pasaba conectada a internet. Lo que podía haber sido una oportunidad para cultivar mi vida social se convirtió en un acicate para seguir con mis mentiras en la red. Consumía todo mi tiempo libre en las redes sociales, forjando la vida ficticia de Amanda Williams como si fuera un avatar de Los Sims.


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Me volví muy metódica a la hora de crear las cuentas: buscaba fotos de chicas guapas pero que no fueran demasiado populares. Cuando un perfil tenía más de 1.000 seguidores en Instagram, existía el riesgo de que alguien pudiera reconocer las fotos. Una vez creada la cuenta, empiezo a agregar gente que viva en la misma ciudad que hubiera decidido que fuera la residencia de mi avatar. No importaba a quién añadiera al principio, era solo gente de relleno. Como apunta Schulman en Catfish, si no tienes una lista de amigos lo suficientemente nutrida, la cuenta parecerá falsa. Por tanto, para que parezca real, es preciso que tengas muchos amigos de la misma ciudad de la que dices ser. Cuando ya tengo unos 150 de estos amigos, empiezo a añadir a la gente que realmente me interesa.

No publico todas las fotos robadas de golpe, sino que las voy subiendo poco a poco, como haría cualquier persona. También me aseguro de bloquear a todas las amistades de la chica a la que le estoy robando las fotos en Facebook. He llegado a pasarme días enteros en esta tarea para garantizar que ninguno de sus amigos descubra que le estoy robando fotos para usarlas en una cuenta falsa.

A continuación, debo crear subcuentas para dar más verosimilitud a mi perfil. Sería muy sospechoso que alguien no tuviera ni una foto etiquetada, ¿verdad? Estas subcuentas hacen las veces de amigos falsos de mi perfil falso. Para ello, cojo vídeos de Instagram y los publico en Facebook. He aprendido a usar Photoshop para eliminar las marcas de autenticidad de las fotos de otros usuarios. Si tuviera que dar un consejo sobre internet, sería: no confíes en nadie. Aunque te envíe una foto con una marca de autenticidad. Si parece demasiado bonito para ser real, probablemente lo es.

Cuando era Amanda Williams, le importaba a la gente. Cuando era yo misma, me volvía invisible.

Aunque todo lo que había en las cuentas era falso —las fotos, las historias, las amistades...—, nada me hacía sentir más yo misma que aquello. Mediante esos perfiles podía abrirme a la gente como nunca lo había hecho en la vida real. Las chicas de mi edad tenían novios y mejores amigas, y yo tenía a mis amigos de MySpace, gente que se preocupaba por mí, que escuchaba mis problemas y que se interesaba por cómo me había ido en el día. Cuando era Amanda Williams, le importaba a la gente. Cuando era yo misma, me volvía invisible.

Nunca he pedido dinero mediante mis perfiles falsos, solo atención. Me hacía sentir bien que alguien me dijera que era "guapa" o "sexy", incluso pese a que sabía que no hablaban de mí. Nadie me ha dicho eso en la vida real. Al contrario, me han llamado ballena de tierra a causa de mi sobrepeso. Siento pánico al rechazo y detesto la vulnerabilidad que conlleva ser yo misma. Me aterroriza que alguien me diga que soy fea, gorda, asquerosa o que no merezco que me quieran.

Una vez tuve una relación a través de una cuenta falsa en la que hubo amor, o al menos todo el amor que puede haber en una relación por internet. Finalmente rompí con él y le confesé que no era quien le había dicho ser, con la esperanza de que lo entendería. Pero él se desconectó y nunca más me dirigió la palabra. Aquello me torturó durante años: ¿habría podido tener aquella relación siendo yo misma? ¿Cómo habría sido si no le hubiera mentido? Muchos de los que crean perfiles falsos son sociópatas —y quizá yo también lo sea—, pero yo también he sufrido mucho con estas falsas identidades.

Foto de usuario de Flickr Jake Rust.

Sé que lo que he hecho está mal, es una estafa y que he hecho mucho daño. Se ha convertido en una adicción enfermiza que me ha llevado a sacrificar mi vida social por tener relaciones virtuales construidas sobre una mentira. He perdido a la mayoría de mis amigos de verdad por mi afán manipulador.

Durante estos ocho años he creado unas 20 cuentas, contando solo las principales. Si añadimos las subcuentas, probablemente sea diez veces más. Esto ha sido lo único que ha aportado cierta estabilidad a mi vida. Las personas que he conocido a través de mis cuentas falsas son las únicas con las que puedo hablar por teléfono o que responderán a mis mensajes. Esas personas no existen en mi vida real.

Suplantar identidades ha dejado de ser divertido, una diversión que nunca ha compensado la angustia y el vacío que siento hoy. Tengo 21 años y nunca he tenido una amiga de verdad o una relación de verdad. Nunca he tenido un trabajo. He malgastado mi adolescencia dedicándome a mentir. Me he aislado hasta tal punto que cuando estoy entre un grupo de gente sufro crisis de ansiedad. A duras penas salgo de casa porque el mundo que he creado está en mi ordenador.

Actualmente estoy yendo al psicólogo, pero me está costando más de lo que jamás habría imaginado. Todavía tengo una cuenta falsa activa, pero no soy capaz de desprenderme de ella. Mentir se ha convertido en parte de mi vida. Tengo la sensación de que si borro esa cuenta, no me quedaría nada. No sería nada. Mi existencia depende de ese perfil, que hasta ahora me ha definido. Llevo ocho años cultivando amistades y relaciones para Amanda, creando la chica que me gustaría ser, y mientras Amanda crecía, yo me cerraba todas las puertas.