Reconciliarme con mis sueños y mi pasado es mi forma de evolucionar

Nuestra generación no se queja por todo, denunciamos la violencia psicológica; no somos respondones, usamos la voz para cambiar lo que no nos gusta en el mundo.

por Mati González Gil; ilustración de Camilo Castro
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07 Marzo 2019, 7:00pm

Ilustración: Camilo Castro | VICE Colombia

Artículo publicado por VICE Colombia.

Presentado por Plataforma Evolucionarios


VICE Colombia me pidió que escribiera sobre mi evolución y mis luchas. La más obvia y visible es que soy trans, y hasta les explico con clichés: fui oruga y me transformé en una mariposa libre; “ahora soy mujer”; “pude ser quien yo realmente era”; y hasta les agrego un “porque yo no me volví mujer, siempre lo fui”, mientras les blanqueo los ojos y me indigno.

Sin embargo, hay unas evoluciones que son menos visibles que las de mi apariencia física que me parecen más interesantes de explorar. Siguiendo con la metáfora súper creativa, antes de que la mariposa tenga alas y sea libre pasa por estados de crisálida y de pupa: hay una transformación hacia adentro. Esa transformación interna, caótica y dolorosa, ha sido el motivo de mi evolución, el motor de mis luchas personales, —y por lo tanto políticas— y de mi trabajo como activista.

Soy hija de un Manizales conservador, aparentador y traqueto. En mi casa, mi papá maltrataba a mi mamá, a mi hermana y a mi. Muchas veces entraba a defenderlas y me ponía en la mitad. Más tarde, en terapia, descubrí que mi mamá también me manipulaba emocionalmente porque desde una edad demasiado temprana me incluía en las peleas que tenía con mi papá.

Desafortunadamente, la violencia es como un vampiro que te muerde y deja muchas cosas en ti: también te transforma por dentro. Te siembra una semilla tóxica en el corazón. Mi mayor lucha, entonces, ha sido contra estas herencias. Renunciar a ser hombre, teniendo el nombre de mi abuelo paterno y siendo el nieto preferido de mi abuela implicaba desilusionar a mi familia paterna y materna. Es decir, mi libertad y mi destino ya estaba determinándose desde incluso antes de nacer, a partir de códigos sociales que nos siguen poniendo etiquetas a diestra y siniestra, sin contar con el consentimiento de los etiquetados.

Entonces, nunca me sentí como un hombre, y mi evolución radicó, precisamente, en tener el coraje suficiente para romper el silencio y desviarme del destino para el que me habían criado.

Por hablar y criticar las reglas de la casa, me enfrenté toda la vida al estigma de pensar diferente. Y en mi casa, la que desobedece y se atreve a pensar por sí misma o a denunciar la violencia, automáticamente es clasificada como una perra. Así le dijeron a mi tía cuando quiso ser modelo y publicista; a otra por vivir su sexualidad como le daba la gana; Yo, por mi forma de ser, mi trabajo y por trans, también he sido calificada como me lo ha dicho mil veces en tono burlón y de chiste mi papá: como la hija perra.

No seas perra es una de mis voces internas que empieza a atacar con más fuerza cuando me gusta un man, cuando quiero decir lo que pienso, cuando me voy a defender de alguien, cuando quiero decir que no estoy de acuerdo con el status quo y, sobre todo, cuando busco justicia en mi vida. No seas perra con tu novio el que te maltrata, ni con tu jefa la que te explota, ni con el medio que ayer te borró de tu canal de YouTube.

Virginie Despentes en La Teoría de King Kong dice que este primate representa nuestra fuerza antes de las normas sociales y culturales. No es hombre ni mujer, ni bueno ni malo y está ubicado en un lugar de realidad paralela a la civilización, el Estado y los medios de comunicación. Para la autora, cuando lo muestran en un espectáculo con cadenas están representando la forma en la cuál se representa la sexualidad en nuestra cultura: encadenada.

Zafarse de esas cadenas es, al menos para mí, un gran acto evolutivo. Conectarnos con esa sexualidad instintiva, antes de las etiquetas y la paranoia sexual, es más difícil de lo que creemos porque sólo lo conocemos como espectáculo: nuestro King Kong es llevado a la civilización para demostrar grandeza, libertad y salvajismo, pero es una ilusión porque está encadenado, sujeto entre lazos que son herencias que no queremos traicionar porque las consideramos sagradas. Pero evolucionar se trata de deshacerse de las cadenas y liberar al mono.

En mi caso, unas de esas herencias, de esas cadenas, vino en forma de: “Tenés que ser agradecida y no morder la mano que te da de comer”; “hay que ser sumisa”; “acuérdate que ellos te ayudaron y les debes estar eternamente agradecida”, “antes mucha gracia que se fijaron en ti”; me dice la voz con acento paisa de mi abuela en mi cabeza. Una voz en coro, imposible de silenciar, malintencionada y dañina.

El resultado de la evolución depende del proceso. Podemos evolucionar mil veces en las mismas herencias si no nos atrevemos a reconciliarnos con nuestras perras, King Kongs, ovejas negras o el animal interno que ustedes quieran. Por eso, para transformarnos, como cuando los bebés aprenden a caminar, nos tenemos que distanciar de los brazos de nuestros padres y enfrentarnos a la realidad. La dignidad radica en la posibilidad de la deslealtad.

Tal vez esa sea una de las claves para que podamos evolucionar y hacerlo con menos culpa y vergüenza y con más responsabilidad y empatía hacia el resto y nosotros mismos. Como en la película The Smiling Lombana de Daniela Abad, donde la directora se reencuentra con una herencia difícil (su abuelo era traqueto) y se reconcilia con ella rompiendo el silencio y el estigma que la acompañó durante años.

Mi generación no se queja por todo, denunciamos la violencia psicológica; no somos respondones, usamos la voz para cambiar lo que no nos gusta en el mundo; no somos soñadores ridículos, somos soñadores a secas; no somos perras, o bueno, si, pero en otro sentido: imitando la lógica de Virginie Despentes en La Teoría de King Kong, la protagonista de la película esta vez no renuncia a su King Kong interno.

Evolucionar también es reencontrarse con la posibilidad de ser raro. Reconocer los límites de la lealtad ha sido nuestra mayor virtud porque muchos hemos decidido, como proyecto político para transformar el mundo, permitirle evolucionar y nunca serle desleales a nuestros niños chiquitos soñadores. Hemos aprendido, cada vez más, a no sacrificarnos en nombre de nada ni nadie. Esta vez, la fuerza de nuestro ser —y no la lealtad por sacrificio— será la voz que más vamos a seguir escuchando para continuar, como lo diría Marlene Wayar, en el arte de construir la mejor versión de nosotros mismos.

Esta columna es presentada por Evolucionarios, un nuevo concepto que, como esta columna, trata de poner en evidencia que la nuestra es una generación en constante evolución, un grupo de gente joven que ha asumido como propia la bandera de sacudir lo establecido, repensarlo y construirlo de una mejor manera para que el futuro sea más claro para todos. Evolucionario es atreverse a amplificar estas voces, a ser parte misma de la transformación. Son diez años de innovación, de cambio, de empujar los límites, son también años de luchas positivas, de transformaciones complejas de las que Samsung ha sido participe y no un espectador nostálgico, sino un agente activo de evolución. Esta columna es muestra de ello. Para conocer más sobre los evolucionarios visita su página.