Nuevas excavaciones revelan cómo los aztecas sacrificaban a los españoles

"Las recientes excavaciones sugieren que, por mucho que la historia sea contada por los vencedores, los huesos y los artefactos encontrados son capaces de articular el relato de los perdedores".

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nov. 30 2015, 4:00pm

Este artículo fue publicado originalmente en VICE News, nuestra plataforma de noticias.

En los albores del verano de 1520, la vida de los cinco mil habitantes de Sultepec-Tecoaque era plácida.

Sus vecinos —a los que se conocía como acolhuas o texcocanos— eran vasallos de la poderosa ciudad de Texcoco, un estado miembro de la Triple Alianza azteca, el imperio de los antiguos habitantes de México. La capital de aquel imperio era la ciudad de Tenochtitlán, situada unos 50 kilómetros al oeste de la actual Ciudad de México.

Incluso mientras las tropas del conquistador español Hernán Cortes avanzaban hacia su victoria sobre el imperio Azteca, los vecinos del campo seguían cultivando trigo, judías, agave y aguacates. Ofrecían flores a los dioses y llevaban vidas frugales.

Sin embargo, aquella placidez se perdió para siempre después que los Acolhuas interceptaran una caravana española en la que viajaban cientos de personas. Estas fueron convertidas en prisioneras y encerradas en el pueblo. Más tarde, serían sacrificadas y, probablemente, también devoradas.

De pronto, este pequeño e irrelevante asentamiento se convirtió en la punta de lanza de la resistencia indígena frente la invasión europea, ante la que terminaría sucumbiendo.

La historia era de sobras conocida por los historiadores españoles. Sin embargo, las excavaciones arqueológicas que se han llevado a cabo en la zona han descubierto ahora un tesoro de artefactos y de restos de calaveras que arrojan nuevas luces sobre los acontecimientos y descubren una panorámica desconocida de la perspectiva indígena.

"No tiene nada que ver con lo que habíamos descubierto hasta ahora. Aquí, realmente, los conquistadores padecieron un buen revés", cuenta a VICE News, Enrique Martínez Vargas, el jefe de la excavación. "Es un lugar en el que queda constancia de que la invasión no fue nunca tan fácil".

Imagen vía el Fondo Antiguo de la Universidad de Sevilla.

Antes de que se realizaran las excavaciones, se sabía que la caravana se dirigía a Tenochtitlán en junio de 1520. La delegación iba encabezada por el mismo Cortés, hasta que este fue convocado para que luchar contra un levantamiento azteca en la capital. Su derrota en Tenochtitlán y su subsiguiente retirada pasó a los anales de la historia como la célebre Noche Triste.

Mientras tanto, la caravana, desprovista de su líder, fue interceptada y capturada por los Acolhuas en una de las victorias más sonadas de los indígenas contra los invasores españoles. Los prisioneros fueron llevados hasta Sultepec.

Cuando Cortés se enteró más tarde de lo que había sucedido allí, destinó a doscientos hombres a caballo para que arrasaran la ciudad. Fue en febrero de 1521. Seis meses después, Tenochtitlán sucumbió ante la embestida española y arrancó una sangrienta colonización que duraría 300 años.

Sultepec nunca fue reconstruido, pero la memoria de lo que sucedió quedó grabada en su nombre. Desde entonces el asentamiento pasó a ser conocido como Tecoaque, sílabas que reproducen la leyenda del "lugar donde se comieron a la gente".

Si bien Cortés escribió sendas cartas en las que relataba lo sucedido en Sultepec-Tecoaque, las clamorosas derrotas padecidas no eran nada por lo que conquistador alguno hubiese deseado ser recordado. De tal forma, los documentos que han sobrevivido de la pesadilla son escasos.

Las excavaciones no arrancaron hasta 1992, y no ha sido hasta la última ronda de perforaciones cuando los arqueólogos descubrieron los artefactos y los restos óseos que han despertado su excitación a día de hoy.

El enclave en que han sido hechos los hallazgos está rodeado de una tierra de cultivo y no muy lejos de la autopista. Se trata de una zona residencial donde se acumulan las viviendas. Los restos de una pirámide circular delatan la ubicación del centro ceremonial.

Muchos de los descubrimientos más interesantes fueron localizados en un amplio sistema de desagües de canales y de cisternas plagado de objetos —tanto hispánicos como precolombinos— además de restos humanos y de animales. Los arqueólogos sospechan que los habitantes arrojaron muchos objetos a los pozos cuando descubrieron que la armada española estaba en camino y sedienta de venganza.

"Los españoles arrasaron el lugar y lo quemaron entero cuando llegaron. Sin embargo, los objetos fueron preservados intactos en los pozos", explica Martínez, un eminente arqueólogo que trabaja para el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Martínez asegura que el examen de las calaveras y de los fragmentos de huesos sugieren que en el convoy interceptado viajaban 550 personas. Se calcula que eran 15 españoles, 45 soldados rasos, mujeres, niños y alrededor de 300 indígenas tlaxacaltecas, que, en aquel momento, eran aliados de Cortés.

Sin embargo, en las averiguaciones no existe mención alguna que hubiesen mujeres en la caravana. De hecho, se advierte de la presencia de hombres africanos y mulatos, probablemente cubanos.

Entre los artefactos encontrados, también se han localizado unas pequeñas estatuas en las que se reproducen siluetas de origen europeo y africano. Algunas de ellas habían sido decapitadas.

Las excavaciones revelan que los prisioneros de la caravana habrían sido retenido en celdas improvisadas desprovistas de puerta. Según Martínez, las víctimas habrían sido sacrificadas a lo largo de siete meses, siempre bajo ceremonias rituales. El arqueólogo cree que, durante aquellas ceremonias, los indígenas pedían a los dioses que les ofrecieran protección contra los invasores. Los sacerdotes locales eran los encargados de decidir el orden de los sacrificios en virtud de la edad y del género de cada víctima.

Los sacrificios se llevaron a cabo en la pirámide, y estaban separadas de la población general por sus murallas.

Los estudios de los huesos sugieren que los cuerpos fueron mutilados y que la carne habría sido cortada de sus huesos, e ingerida.

Imagen vía el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México.

Cerca del centro de la pirámide, los arqueólogos encontraron un estante donde se colgaban las calaveras de los sacrificados. También se han encontrado restos de cabezas de caballo, lo que sugiere que los animales en cuestión fueron tratados con una reverencia ritual, algo que no sucede con los cerdos. Estos fueron animales exportados por los españoles para ser comidos. Los indígenas los mataron y se desecharon sus esqueletos sin siquiera haberlos probado.

Las excavaciones también subrayan como la cadena de acontecimientos previos a la captura de la caravana habrían supuesto un giro radical en las vidas de los habitantes de Sultepec.

"Antes de la llegada de los españoles este era un lugar como otros muchos", explica Martínez. "No era especialmente importante. Era una típica comunidad agrícola donde los campesinos plantaban productos que luego eran transportados hasta Tenochtitlán. No había presencia militar considerable y no tenía ningún valor religioso extraordinario".

Martínez cree que es posible que los habitantes de Sultepec quisieran enviar a los prisioneros a Tenochtitlán. Sin embargo se les pidió que se los quedaran y que procedieran a sacrificarles.

"No hay demasiados signos de que se hubiesen producido sacrificios humanos antes", explica Martínez. "Sin embargo, con la llegada de los españoles, la población aumentó repentinamente en 550 habitantes, todos ellos prisioneros".

El asentamiento creció muy deprisa a partir de entonces. La llegada de soldados indígenas y de sacerdotes de Tenochtitlán lo convirtieron en un importante centro religioso, donde se derramaba la sangre en honor a los dioses. La súbita importancia de Sultepec también sería el motivo de su destrucción —que los españoles orquestarían—.

"Los descubrimientos que hemos hecho aquí han enriquecido muchísimo nuestro conocimiento sobre el momento de contacto entre los españoles y los indígenas", cuenta Martínez.

"Las particularidades del momento de contacto den Sultepec demuestran que los conquistadores no lo tuvieron tan fácil como muchos libros de historia sugieren. Las recientes excavaciones sugieren que, por mucho que la historia sea contada por los vencedores, los huesos y los artefactos encontrados son capaces de articular el relato de los perdedores".

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