capital criminal

Tijuana: la ciudad de moda de los 2,094 asesinatos

Nunca se había matado tanto, más del doble de personas que hace una década. Nunca tampoco había tenido tanto turismo: el año pasado recibió 11.5 millones de visitantes. Esta es una historia de violencia en una de las ciudades más turísticas de México.

por Alejandra Sánchez Inzunza y José Luis Pardo Veiras
23 Noviembre 2018, 12:00am

Ilustración por Vice.

Artículo publicado por VICE México.

En la morgue de Tijuana hay 150 cuerpos para 150 frigoríficos y en la pizarra en la que se apuntan con letra pequeña las necropsias para mañana no entra un nombre más. Desde hace una semana, Melina Moreno, la encargada de la fosa común, espera con ansias la autorización para enterrar los cadáveres no identificados, que son la mayoría. En la sala de espera para entrar a reconocer los cadáveres, los familiares se cuentan con los dedos de una mano. A veces hay tantos muertos que los cuerpos se acomodan en el patio del recinto. Esos días los vecinos de la morgue que viven en un edificio de lujo se quejan por el olor a muerto.

Nunca se ha matado tanto en la historia de Tijuana: dos mil 94 asesinatos hasta el 31 de octubre de 2018. La ciudad tiene una de las tasas de homicidio más altas del mundo: 125.7 por cada 100 mil habitantes, según el Sistema Nacional de Seguridad Pública. Pero muchos tijuanenses y visitantes —11.5 millones sólo en 2017—, apenas notan los síntomas de que es el año más violento de la ciudad. El olor a podredumbre es lo único que traspasa la frontera entre esa Tijuana violenta y la Tijuana de moda.

Derrik Chinn sabe que nunca se ha matado tanto, pero tampoco había tenido tantos clientes como ahora. Está en medio de un camión gallinero a 30 grados y con cumbia de fondo, con 18 estadounidenses que quieren ver los prototipos del muro prometido por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que sólo se pueden observar desde el lado mexicano. A veces lleva a los turistas por los viñedos del Valle de Guadalupe, a las playas de Ensenada, a restaurantes de lujo, cervecerías artesanales, mercados, a la lucha libre o al béisbol. Todos, cuenta, quieren vivir la “verdadera experiencia tijuanense”.

“Es irónico que los turistas no tienen miedo, aunque la violencia es peor que nunca. No están tomando conciencia de lo que está pasando”, dice este rubio de Ohio, quien sonríe con facilidad durante la conversación con VICE. Unos momentos antes de empezar el recorrido de Turista Libre contó al grupo los datos de homicidios en la ciudad. Hubo algún gesto de sorpresa, pero nadie se asustó.

Se han cometido más del doble de homicidios que en 2008 —843—, el año más sangriento de la guerra entre el Cártel de Sinaloa y el de los Arellano Félix, pero los turistas extranjeros se sientan todos los días entre los foodtrucks del centro Telefónica para degustar la comida de mar y tierra y la cerveza artesanal de una de las cocinas más vanguardistas de México; llenan los doce pisos del Hong Kong Gentlemen’s Club y en los barrios más pudientes sigue el boom inmobiliario de edificios que le prometen a la élite local y a los estadounidenses la misma arquitectura y estilo de vida de San Diego, California, a la mitad de precio.

La violencia crece al mismo tiempo que la vanguardia.

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OPERATIVOS DE NOCHE. Las fuerzas de seguridad recorren las playas de Tijuana; en esta ocasión se encontraron con un cerdo en la arena. Foto por Hans-Maximo Musielik.
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PASEOS DE DÍA. Derrik Chinn tiene el programa Turista Libre, que lleva a los visitantes por sitios culturales y explica el pasado de la ciudad, alejado del típico turismo de fiesta y drogas. Foto por Hans-Maximo Musielik.

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En un bar que forma parte de la oferta 24/7 de una ciudad donde el tiempo se vuelve cíclico un narcotraficante bebe una limonada. Pide que lo llamemos Luis para salvaguardar su identidad y dice que para entender lo que pasa en Tijuana hay que hablar de lo de “arriba” —el tráfico internacional de drogas— y de lo de “abajo” —el narcomenudeo—.

A mediados de la década pasada, el Cártel de Sinaloa llegó para quitarle el poder a los Arellano Félix, los grandes traficantes de Tijuana. Esa guerra marcó una etapa de asesinatos, secuestros a empresarios, grandes balaceras en medio de los lugares turísticos. “Ahora es una guerra por las esquinas, por el mercado de aquí”, dice este hombre de 28 años , que viste una camiseta y unos pantalones de marca ceñidos.

En esa época, Luis estaba en una prisión federal de Estados Unidos porque lo habían detenido cruzando migrantes. Dice que fue ahí donde aprendió de los veteranos a sobrevivir en su negocio y lo que le permite —además de la corrupción de algunos policías— trabajar con cierta tranquilidad en una ciudad en la que hoy, según las autoridades, el Cártel Jalisco Nueva Generación se alió con el Cártel de Tijuana —que nunca despareció—, para derrocar del poder al Cártel de Sinaloa. El récord de homicidios de 2008 se batió en 2016, luego en 2017 y aunque 2018 aún no acaba ya es con diferencia el año más violento de la historia: más de 100 por ciento respecto al tope de hace una década.

Unos días antes Eduardo Rodríguez, el director de la Policía Estatal Preventiva, hacía el mismo análisis: “El tráfico internacional sigue y seguirá y nuestro deber es controlarlo de los dos lados de la frontera, pero ahora se está peleando el narcomenudeo, los puntos de droga de los barrios más excluidos. La pequeña ventaja para la sociedad es que se están muriendo los narcomenudistas. Si usted no vende droga es muy probable que se muera de viejo. El mes pasado (julio) fue el más violento probablemente de la historia, pero para mí ahora hay menos violencia que en 2008, porque antes había terrorismo urbano. Le llamo terrorismo a que el ciudadano tenga miedo de pisar la calle porque algo le pueda pasar, a que el turista no venga a la ciudad por miedo”.

Los muertos en Tijuana se concentran, en su inmensa mayoría, en la zona Este de la ciudad, muy alejados de los centros turísticos. El traficante y el policía están de acuerdo en que, dependiendo de qué Tijuana se habite, una historia de violencia no es lo mismo que una historia de terror.

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BAJO PUENTES. Adictos a la heroína que viven en un canal seco reciben de trabajadores sociales de la asociación Prevencasa agujas limpias y cápsulas de naloxona, que utilizan en caso de sobredosis. Foto por Hans-Maximo Musielik.
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SOBRE CALLES. Las avenidas principales están llenas de turistas que buscan bares y antros, pero también la intensa vida gastronómica y cultural de la ciudad. Foto por Hans-Maximo Musielik.

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La movida cultural y gastronómica de Tijuana coexiste con la violencia emanada del narcotráfico. Al mediodía del martes 21 de agosto, por ejemplo, un hombre prepara su coche para cruzar kilos de cristal por la frontera más transitada del mundo. Una mujer de Sinaloa busca desesperada el cuerpo de su hermano, que fue asesinado hace un mes. Decenas de adictos a la heroína hacen cola en el canal donde viven para conseguir agujas limpias y cápsulas de naloxona en caso de una posible sobredosis. A las afueras de la ciudad, se ultiman las obras para la inauguración de un memorial en el lugar donde Santiago Meza, El Pozolero, disolvía cuerpos en ácido. La supervisan dos hombres: los dos se llaman Fernando, los dos tienen a un hijo desaparecido. Se han cumplido doce horas sin asesinatos y las autoridades han hecho una rueda de prensa para anunciarlo, pero un momento después unos sicarios matan a un hombre, que era pollero, en el centro de la ciudad.

Dos días antes, en un edificio alto y moderno, un lugar ideal para probar la comida local en varios tiempos y con un buen maridaje, Javier Plascencia preparaba una cena a puerta cerrada para un grupo de degustadores de vino en su restaurante Misión 19, uno de los más cosmopolitas de Tijuana.

“La ciudad sigue con su violencia, pero no es tan fuerte como antes. En cifras es peor, pero se siente menos. Antes no se respetaba lo turístico, las escuelas, había matazones por todas partes. La siguen teniendo, pero ya no hay secuestro de empresarios. Todos nosotros ya estamos tranquilos”, explica uno de los chefs más reputados de México, quien hace una década huyó a San Diego después de ver balaceras a dos metros de distancia, de que clientes y amigos fueran asesinados y de un intento de secuestro a su hermano.

“La Avenida Revolución era un ghost town, estaba todo cerrado, con letreros de Se renta y Se vende. Nuestros negocios bajaron 40 por ciento”, comenta Plascencia.

Cuando acabó la guerra en 2010, un grupo de empresarios, entre ellos su familia, decidió cambiar la imagen de Tijuana y explotar su gastronomía y su cultura. Su iniciativa contagió a muchos jóvenes restauranteros. Los Plascencia también retomaron el famoso Ceasar’s, que hoy vuelve a estar lleno de turistas, y avenida Revolución dio un giro. Comenzó el boom de la cerveza artesanal, de la cultura tijuanense con lugares como el Cine Tonalá —un centro cultural—. Al turismo de la fiesta descontrolada se sumó uno en el que los turistas van a comer y beber bien.

La violencia, dice el chef, siempre va a existir en la ciudad fronteriza con tanta droga: “Hay que acostumbrarse y cuidar al turista”.

El martes 21 por la tarde, un narcotraficante chatea nervioso con la persona que estaba por cruzar la frontera con varios kilos de cristal. El fin de semana anterior, uno de sus transportistas fue detenido con un cargamento y dice que no puede perder otro mientras enumera levantones, venganzas y asesinatos en los últimos meses.

Está en una casa blanca de dos pisos cuando, de repente, llega un coche. El narcotraficante abre el portón y un hombre le da otros cinco kilos de cristal, producidos en un laboratorio de Sinaloa, que suele comprar a menos de 500 dólares el kilo. Cuando la droga cruza la frontera el precio se duplica. Una vez que se reparte en dosis y se corta puede triplicarse. Mientras nos enseña los kilos sobre la mesa del comedor, respira aliviado porque le acaban de informar que el hombre que esta mañana se preparaba para cruzar la frontera lo ha conseguido.

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FRONTERA TURÍSTICA. Muchos de los visitantes quieren conocer los prototipos del muro prometido por Donald Trump, que sólo pueden observarse desde el lado mexicano. Foto por Hans-Maximo Musielik.
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FRONTERA VIOLENTA. La saturación de la morgue hizo que cambiara una ley para que los cuerpos pudieran ser trasladados más pronto a las fosas comunes, donde apilan los cuerpos no identificados. Foto por Hans-Maximo Musielik.

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Hasta diciembre de 2016, cuando llegaban diez cadáveres a la morgue, los doctores ponían el grito en el cielo, recuerda Melina Moreno, pero desde entonces, si llegan diez cuerpos, es un día tranquilo. Ahora el promedio ronda los 20, la mayoría por homicidio, y solo hay un médico más. Una necropsia sencilla puede durar entre dos y tres horas, explica la Dra. Mercedes Quiroz, directora del Semefo; una complicada hasta tres días. Casi todos los homicidios se cometen con armas de fuego y la mayoría de los cuerpos tienen varios impactos de bala. Hay que estudiar la trayectoria de cada uno. Al Semefo han llegado cabezas sin cuerpo y cuerpos sin cabeza, que aparecen un tiempo después.

“Aunque no te paguen las horas extras, te quedas, porque sabes que al día siguiente puede ser peor”, dice Moreno, que ya trabajaba en el Semefo hace una década. Recuerda que en 2008 entraban muchos cadáveres de personas de élite, abogados, ahora la mayoría son jóvenes, dice, “que parecen vendedores de droga”. Para ella esta ola de violencia es peor. “Son muchos más”.

Los cuerpos, además, entran, pero no salen.

—¿Dónde están las familias? —se preguntaba el día en que los frigoríficos estaban llenos y la sala de espera casi vacía.

Para responder, entre todas las fuentes consultadas, hay dos teorías. La primera es que muchos de los muertos no son de Tijuana ni tienen familia en la ciudad. La segunda es que la mayoría de los muertos son de los barrios pobres de la zona Este, y el Semefo, enclavado en un barrio rico, está demasiado lejos. Quizás las familias tengan para el pasaje de ida, pero si deben esperar no tienen con qué pagar un alojamiento y el regreso a casa. El presidente de la Asociación Unidos por los Desaparecidos, Fernando Ocegueda, explica una tercera: la ley cambió para que los cuerpos se puedan ir a la fosa común después de cinco días por la saturación de la morgue. Con tantos muertos, algunos desaparecen entre el papeleo.

Marisol Quintero lleva semanas tratando de sacar a su hermano para llevarlo a Los Mochis, Sinaloa. Hace año y medio que él vivía en Tijuana. Le decía a su familia que trabajaba como albañil o carpintero. Pero el 26 de junio desapareció. Lo buscó en cárceles y hospitales, hasta que algunos amigos le dijeron que estaba muerto.

Quintero viajó a Tijuana para buscarlo en el Semefo. Allí le enseñaron un álbum con decenas de caras y partes del cuerpo de los muertos del último mes. Algunos de personas calcinadas o en estado de descomposición. Quintero buscaba los tatuajes de su hermano que decían: “Perdón por tus lágrimas madre” (en inglés) y “Seamos libres, lo demás no importa nada”. Tampoco tuvo suerte.

Un mes después, el 9 de agosto, le llamaron para decirle que lo habían encontrado. Quintero regresó y cuando llegó al Semefo encontró su fotografía, pero no su cuerpo. Fernando Quintero apareció mes y medio después de su muerte en una fosa común con 15 cuerpos encima de él. Ahora Marisol Quintero necesita entre 35 mil y 50 mil pesos (entre mil 800 y dos mil 600 dólares) para exhumar a su hermano y enterrarlo en una tumba con nombre.

“Quienes vivimos aquí, nos frustra y nos duele, pero es como estar enfermo con una enfermedad crónica. Estamos constantemente viviendo con ella y vuelve, entonces tienes que adaptarte”, comenta Chinn, el guía de tours atípicos que se empeña en mostrar la buena cara de Tijuana.

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CONTRASTES. Soldados, marinos y policías vigilan la boyante vida nocturna de Tijuana y sus alrededores, al tiempo que los homicidios alcanzan niveles históricos. Esta imagen fue tomada en Rosarito, un municipio con intensa actividad de bares y antros. Foto por Hans-Maximo Musielik.

* Este reportaje forma parte de la serie Capital Criminal, un viaje por siete ciudades de los siete países más violentos de América Latina. Brasil, Venezuela, Colombia, Honduras, El Salvador, Guatemala y México concentran un 34 por ciento de los asesinatos que se cometen en todo el mundo. Esta serie no es otro ranking sobre tasas de homicidios, es una investigación del proyecto En Malos Pasos de Dromómanos, en colaboración con Instinto de Vida y VICE Noticias, para entender por qué y cómo se mata en nuestras calles.

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