La historia sugiere que Estado Islámico podría convencer a EEUU de que su existencia sea legitimada

La historia sugiere que existen determinados motivos que han permitido a la insurgencia y a los revolucionarios, incluso a aquellos que arrastran deleznables episodios de violencia a sus espaldas, tender lazos diplomáticos con la administración de EEUU.

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01 julio 2016, 8:20am

Soldados sirios queman una bandera de Estado islámico. (Imagen por Joseph Eid/Getty Images)

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La idea de que Washington reconozca legítimamente algún día a Estado Islámico, la organización terrorista que autoproclamó su Califato hace ya dos años, suena a ciencia ficción en el mejor de los casos. Y suena exactamente como una pesadilla en el peor de todos ellos.

La organización terrorista está cada vez más aislada y sigue esgrimiendo el mismo mensaje de odio ultraviolento hacia el mundo. Su guerra está apuntalada sobre la publicación de vídeos de decapitaciones, ejecuciones sumarias y de otras atrocidades; y sobre la organización de atentados terroristas por todo el globo, cuya autoría los yihadistas llevando reivindicando desde los dos últimos años. Todos ellos son actos que han sido repudiados en masa por la comunidad internacional.

Pero por muchas que sean las atrocidades en las que ha incurrido la formación yihadista, lo cierto es que la historia ha demostrado que no habría que descartar que la organización terrorista termine estableciendo algún vínculo en el futuro con Occidente en general, y con Estados Unidos en particular.

A lo largo del último siglo, Washington ha terminado tendiendo puentes con toda suerte de regímenes revolucionarios y con ultraviolentas formaciones insurgentes. Y, a menudo, lo ha hecho, después de condenar públicamente la existencia de las mismas.

Los ejemplos irían desde la reconciliación con los Castro en Cuba, al nuevo aire que ha cobrado su relación con la antes proscrita república islámica de Irán; o más recientemente, con su aproximación a las tribus suníes de Irak. La formación de tal inesperado vínculo depende de cuatro factores: la supervivencia prolongada de la organización a la que se condona, que afluya una amenaza paralela o alternativa, que se modere el carácter de la organización en cuestión, o que el grupo repudiado termine consolidando un estado legítimo.

Normalmente, cuanto más resiste el enemigo mayores son sus probabilidades de obtener cierto reconocimiento. Es un proceso que puede llevar una década —en 2011, diez años después de que arrancara la guerra con Afganistán, Hilary Clinton, que entonces era secretaria de Estado de su país, señaló que estaba dispuesta a contemplar el inicio de las conversaciones de paz con los talibanes —; o bien un camino que podría extenderse durante medio siglo, o, quien sabe, durante la eternidad entera.

En 1959 Fidel Castro lideró la revolución cubana. Entonces le faltó tiempo para alinear a su régimen en paralelo al soviético, lo que supuso la creación de una sucursal comunista en el mismo umbral de Estados Unidos en el momento culminante de la Guerra Fría. Estados Unidos intentó fulminar primero a Castro a través de un embargo económico.

Luego orquestó la desastrosa invasión de Cuba liderada por los expatriados cubanos que intentaron reconquistar el país desde la infausta playa de Girón, en la Bahía de Cochinos. Por no hablar de las tramas de asesinato que consistieron en explosionar caracolas de mar o en emplear bolígrafos venenosos. A la postre, Castro sobrevivió a 10 administraciones estadounidenses, y en 2014 el actual presidente, Barack Obama, anunció la normalización de sus relaciones con Cuba y la reapertura de la embajada de Estados Unidos en La Habana.

'La historia sugiere que si una insurgencia es capaz de gobernar un país durante unos cuantos años, sin perjuicio de lo atroz que haya sido su comportamiento, será reconocida por otros estados'.

No existe ninguna garantía de que el gobierno Estado Islámico vaya a extenderse durante 50 años — ni siquiera 10. La organización está retrocediendo y ya ha perdido cerca de una cuarta parte del territorio al que proclamó como su Califato en Siria e Irak. Las pérdidas de territorio no han dejado de producirse desde enero de 2015 y a lo largo de las últimas semanas las fuerzas de la coalición han logrado arrebatar a los yihadistas el control de la ciudad iraquí de Faluya, uno de los bastiones de la resistencia terrorista.

Además, Estado Islámico ha perdido en acción a muchos de sus comandantes más importantes y cada vez se está encontrando con más dificultades para seguir reclutando a fieles. De hecho, incluso en el caso de que la organización terrorista se las apañe para seguir controlando el territorio que todavía le queda, Estados Unidos seguirá necesitando desarrollar algún interés estratégico para que sea posible algún tipo de reconciliación, lo que marcaría el preámbulo de cualquier maniobra de reconocimiento legítimo a los terroristas.

Las nuevas amenazas que se ciernen sobre la zona podrían convertirse en el detonante que desencadene tal situación. En 1933 el presidente estadounidense Frankin D. Roosevelt decidió poner fin a años de hostilidades y decidió reconocer a la Unión Soviética. A fin de cuentas, los intereses estadounidenses habían cambiado. Sucedió mientras Estados Unidos atravesaba de pleno su Gran Depresión económica. El país estaba entonces desesperado por conseguir cualquier estímulo comercial, y Roosevelt decidió entonces concentrarse entonces en el ejemplo de la expansión japonesa por el Lejano Oriente.

De manera parecida, durante la década 1960, las relaciones diplomáticas entre China y Estados Unidos se desmoronaron, lo que ofreció a Washington la posibilidad de negociar con el país asiático la manera de aproximarse a sus rivales comunistas, para así sembrar las disensiones entre todos ellos. Después de llevar las negociaciones en secreto, el presidente estadounidense Richard Nixon visitó China en 1971 y caminó triunfalmente por la Gran Muralla, sellando el preámbulo de una reconciliación que desembocaría en el completo restablecimiento de sus relaciones diplomáticas seis años después.

Para que Estados Unidos pueda alinearse de cualquier manera con Estado Islámico sería necesario de manera prácticamente ineludible, que afluyera alguna clase de amenaza en Oriente Medio. Bastaría con cualquier circunstancia que sea capaz de disminuir la nefasta percepción que se tiene de la organización yihadista para posibilitarlo.

Se trata de un reto sideral; sin embargo, en el futuro, cualquier agresión orquestada por China o por Rusia podría convertirse en el catalizador de tamaña e improbable reconciliación. Así, por ejemplo, cuando la Unión Soviética invadió Afganistán en 1979, Estados Unidos aprovechó para enviar una remesa de armas a los rebeldes islamistas muyahidines. Claro que, ahora mismo, el estallido de una nueva Guerra Fría global es una posibilidad que no está contemplada en las cartas.

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Es posible que lo más inconcebible para que algo tan aberrante suceda sea que Estado Islámico cambie radicalmente su despreciable comportamiento y se someta al juego que dictan las normas internacionales. A menudo, los líderes radicales se convencen tras alcanzar el poder que la rebelión global es inminente. Y cuando tales esperanzas fracasan, el estado revolucionario acostumbra a adaptarse al canon global, y termina comportándose más o menos como cualquier otro país.

Los revolucionarios soviéticos arrancaron su periplo convencidos de que los trabajadores de todo el mundo se sublevarían. Sin embargo, hacia 1930 ya habían entrado de pleno a jugar sobre el tablero de la diplomacia en el que jugaban el resto de líderes globales. Lo mismo sucedió con los líderes de la China comunista.

De la misma manera, después de la revolución iraní de 1979, el nuevo régimen teocrático se pasó por el forro el libro no escrito de la diplomacia internacional y asaltó la embajada de Estados Unidos en Teherán. Aquella operación que terminó con decenas de funcionarios estadounidenses convertidos en rehenes de los islamistas.

Sin embargo, en las décadas sucesivas el nuevo Irán dejaría de comportarse como un país no tan radicalmente religioso, y más como un poder regional como cualquier otro. El año pasado Irán suscribió un acuerdo con un grupo de países, entre los que se contaba Estados Unidos, en el que se comprometía a limitar su programa nuclear a cambio del levantamiento parcial de algunas de las sanciones internacionales que todavía pesan en su contra.

'Mientras Estado Islámico siga siendo una organización terrorista, nunca será percibido como un actor legítimo'.

Por mucho que la política estadounidense se defina, entre otras cosas, por no negociar jamás con terroristas, Washington ha negociado repetidamente con grupos violentos que todavía no existen como estados, como las tribus suníes de Irak. La administración estadounidense terminaría reclutando a estas tribus para que estas combatieran a Al-Qaeda como parte del movimiento de sublevación contra los talibanes.

Sin embargo, mientras Estado Islámico siga siendo una organización terrorista, nunca será percibido como un actor legítimo. La organización terrorista necesitaría emprender el camino que separa al terrorismo de las políticas pacíficas, un camino parecido al que emprendió el ejército republicano irlandés en Irlanda del Norte, después de haber matado a cientos de civiles y de soldados británicos. Hoy, sin embargo, el brazo político del que fue el IRA, el Sinn Féin, es un miembro reconocido, democrático y parlamentario del gobierno de Irlanda del Norte.

Pese a todo, Estado Islámico no está dando muestra alguna de que su actitud se vaya a moderar. Y mucho menos aún de que tenga intención alguna de abandonar el esclavismo, las torturas o los atentados terroristas. Hacer algo así sería como cuestionar su propia identidad. No obstante, sí que existe algo que podría permitir que Estado Islámico adquiera cierta legitimidad en el escenario internacional sin tener que hacer demasiadas concesiones: que asuma el liderazgo de su propio país; que podría ser Siria o Irak.

La historia sugiere que si una insurgencia es capaz de gobernar un país durante unos cuantos años, sin perjuicio de lo atroz que haya sido su comportamiento, será reconocida por otros estados. En tal caso, le bastaría con anunciar la creación de su propio estado, el Califato — a no ser que muchas de las fronteras de Oriente Medio se desmoronen y un flamante grupo de países nuevos emerja de sus cenizas; un escenario, que, suena, a todas luces, como algo imposible.

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Por muy extravagante que parezca, la escala de las masacres de Estado Islámico no es, necesariamente, un factor que obligue a descartar sus posibilidades de convertirse en un nuevo estado. Josef Stalin y Mao Zedong fueron responsables directos de la ejecución de millones de inocentes — sus cifras, de hecho, están a años luz de las de Estado Islámico —, y sin embargo, Estados Unidos no tuvo ningún problema en combatir junto a la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Por no hablar de la visita de Nixon a Mao que terminaría en el restablecimiento de sus relaciones diplomáticas. Claro que la gran diferencia es que aquellas ejecuciones en masa jamás fueron filmadas ni mostradas al resto del planeta.

Y tal es un argumento que serviría para apoyar la tesis de que la situación de Estado Islámico no tiene parangón. La orquestación de sus atrocidades conjugada con su constante difusión de vídeos de torturas y de asesinatos ayudará a que la organización terrorista siga siendo percibida como una facción malvada que excluye cualquier posibilidad de que nadie se le aproxime.

Lo cierto es que a día de hoy parece muy improbable que la organización yihadista pueda seguir el rumbo que ha dictado a lo largo del último siglo la política exterior estadounidense, el mismo que ha permitido que otras organizaciones terroristas, revolucionarias y estados canallas hayan mejorado sus relaciones diplomáticas con la administración de Estados Unidos.

Dominic Tierney es profesora asociada de Ciencias Políticas en la Universidad de Swarthmoe, y es también autora del libro The right way to lose a war: America in an age of unwinnable conflicts [La correcta manera de perder una guerra: Estados Unidos en una época de guerras imposibles de ganar].

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