Cultura

Renové mi licencia para conducir en CDMX usando una peluca y fue mucho más divertido

No sé si fue performance, gracia o travesura infantil.

por Luis Carreño
24 Enero 2019, 8:05pm

Fotos por el autor y un amable señor desconocido que tomó las exteriores.

Artículo publicado por VICE México.

Detesto manejar. Cuando iba en la universidad pasaba aproximadamente 16 horas por semana al interior de un vehículo. Al mes eran 64 y al año 768. Mi carrera duró cerca de 8 semestres, o sea que, en total, podríamos calcular mi licenciatura en un trayecto de 3072 horas de estrés, contaminación, enojos y encierro: 128 días al interior de un vehículo. Cuando terminé de estudiar prometí no volver a los vehículos motorizados y me hice de una bicicleta que hasta la fecha me lleva por todos lados, sin enojos o estrés, salvo cuando cae una tormenta, se revienta una llanta o sucede una imprudencia.

A pesar de esto, la licencia para conducir tiene muchas ventajas en la CDMX, entre ellas que es un documento oficial. Esto quiere decir que está a la par de la credencial para votar expedida por el Instituto Nacional Electoral, tu cédula profesional y el pasaporte. Pero, ¿por qué es tan fácil renovarla? ¿Quién ha tenido problemas para realizar el trámite? Incluso antes había menos filas.

Basta con llevar una identificación vigente, comprobante de domicilio, 800 pesos mexicanos y 4 horas de tiempo. Para estas alturas tenía todo, lo que no quería era tropezarme con la burocracia y destinar tanto tiempo al trámite, así que, buscando alternativas y posibles distractores, llegué a una que me pareció atípica, inofensiva y extravagante: usar una peluca y quitarme de encima dos años capilares. Se preguntarán, ¿de dónde demonios sacas una peluca de pelo corto? Pues la tienda donde la compré ya está cerrada, pero hay varios lugares donde puedes comprarlas.



Llevo usando el pelo largo desde el último año de prepa y esta peluca viene desde ahí, pues las políticas arcaicas de mi bachillerato prohibían asistir a tomar clases con pelo largo —o pantalones rotos, aretes o cualquier cosa de “revoltoso”—, así que mi último año, cuando te sacan más fotos y mierdas por el estilo, lo pasé usando esta hermosa peluca con la única intención de no ceder ante las normas pendejas de mi colegio.

Fue así que el día de ayer, desde muy temprano, me arreglé el peinado y me monté la peluca, me desplacé a uno de los módulos de la tesorería cerca del metro Chabacano y saqué un turno para que me atendieran. Todo esto con la peluquita de Playmobil. Nunca pensé que nadie —o por lo menos la gente de ahí— notaría mi travesura, pero así fue, pasaron las horas, estaba harto, recordando lo horrible que es la burocracia y los trámites, hasta que después de mucho tiempo me hicieron pasar a un mostrador.

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La peluca ya estaba ladeada, subida y despeinada, estaba —además de muy molesto— seguro de que por lo menos me preguntarían qué demonios llevaba en la cabeza, pero en menos de 7 minutos tenía en mis manos mi nueva licencia, como si lo único que hubiera importado fuera pagar los derechos. Además no marcaron en ella mi condición de miope y astígmata, algo bien peligroso, de verdad.

Cuando me dieron la licencia no sabía qué era lo que más sentía: felicidad por haber terminado el trámite, satisfacción por haber logrado mi cometido infantil, hambre porque no había comido, o quizás, la sensación de sentirme, una vez más, como un dígito ante el monstruo de la burocracia, un número más para sus estadísticas vehiculares.

Las consideraciones para otorgar una licencia para conducir en México deberían de ser más estrictas y ordenadas, menos capitalistas y más dinámicas, y con prioridades mucho más claras, porque a pesar de que algunos sepamos manejar —según nosotros—, hoy tengo una licencia vigente por tres años que no dice nada sobre mi miopía o astigmatismo, que no responde a mis 4 años que llevo sin conducir y que además de todo, parece salida de Aventuras en el Tiempo o Volver al futuro, porque según ella, ayer tenía un casquete corto y hoy una melena.

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