Cultura

Lo que aprendí sobre el racismo siendo el único chino en un 'festival chino'

Cerca de 20,000 personas se reúnen todos los años para ponerse delineador en los ojos y gritarse “Ni hao” en el festival chino de la ciudad bávara de Dietfurt.

por Marvin Xin Ku
13 Abril 2019, 2:00pm

Todas las fotos por Alexander Freundorfer

Artículo publicado originalmente por VICE Alemania.

Está por todas partes. La carnicería de la ciudad se ha rebautizado como “La carnicería de China” y la panadería se ha transformado en “Panadería china” y vende “donas y pretzels chinos”. Hay cerveza clara, muebles de roble oscuro y farolillos chinos rojos y los “¡Ni hao!” resuenan incesantemente por todas partes.

En medio de toda esta escena, yo soy el único chino real a la vista.

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Vecinos de Dietfurt vestidos con ‘trajes típicos asiáticos’ disfrutan de sus bebidas

El origen de mi confusión reside en la pequeña ciudad alemana de Dietfurt, situada junto al río Altmühl, al sureste del país. Todos los años, el jueves antes del Miércoles de Ceniza la ciudad se transforma en la “China bávara” y sus habitantes, en “chinos” que se visten con ropas “tradicionales” y se maquillan la cara de amarillo. Y no estoy hablando de un festival minoritario: cada año acuden unas 20,000 personas de distintos puntos de Alemania.

Crecí en el norte de Alemania como hijo de inmigrantes chinos y he vivido el racismo desde que iba a la guardería, incluso antes de saber qué significaba. Viajé a Dietfurt para intentar entender no solo esta extraña tradición, sino también a la gente que forma parte de ella. ¿Qué motiva a la gente de Dietfurt a celebrar esta fiesta aparentemente racista año tras año? ¿Y hasta qué punto es válida la excusa de que es una “tradición”?

La llamada para despertar

Es la una de la madrugada del mismo día del carnaval. Treinta vecinos, ataviados con chalecos de pieles y pelucas rojas y con la cara pintada de colores, están reunidos en un restaurante chino de las afueras de la ciudad. Sus cantos y gritos de celebración se oyen desde fuera. Es la tradicional llamada para despertar. Desde ese momento, el grupo de payasos iniciará un ruidoso desfile por toda la ciudad para despertar a todo el mundo e inaugurar oficialmente el carnaval.

Uno de los payasos es Franz, cuyo marcado acento delata que es oriundo de Dietfurt. Tiene los brazos tatuados, una llamativa cadena de metal en el cuello, un albornoz amarillo con flores y una peluca que parece un enorme algodón de azúcar. Tiene la barba trenzada en dos partes, sujetas con ligas de vivos colores. A sus 56 años, Franz lleva 38 años participando en el carnaval.

“Antes, recorríamos más de 24 kilómetros en un día”, me cuenta, asegurándome que él y los otros payasos se toman su papel muy en serio y que nada puede evitar que cumplan con su deber. “No importa que esté todo helado o haya una capa de 15 centímetros de nieve”.

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Franz

En lugar de los chistes racistas sobre chinos que esperaba, hoy sirven sopa agridulce con pan de centeno. Franz hace una señal al chef chino, Yuen, y pide otro cuenco de sopa para mí. “¿Quieres más pan?”, me pregunta. No llevo ni 30 minutos sentado a la mesa con él y ya me siento como uno más.

A las dos de la madrugada, nos preparamos para despertar a las figuras importantes de la ciudad: el alcalde, el dentista y el comité de organización del carnaval. Se tocan trompetas y trombones mientras dos hombres empujan un cañón doble antiguo. “Cuando lo disparamos, se enteran hasta en la ciudad de al lado”, dice Franz. Juntos marchamos hacia el centro de la ciudad.

Dietfurt tiene 6,000 habitantes, pero parece aún más pequeña. Hay más carnicerías que supermercados y muchos restaurantes de kebab. La única calle principal se llama “Calle Principal”, y otra de las calles tiene el nombre de la estación de tren, pese a que esta ya no existe. Hay un autobús que sale de la ciudad cinco veces al día. Los vecinos me aseguran encantados que es más fácil salir de Dietfurt que entrar.

Entonces, ¿cómo empezó a celebrarse aquí este festival?

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Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo, el obispo de la ciudad vecina de Eichstätt envió a su tesorero a Dietfurt a recaudar impuestos. La noticia llegó a oídos de los habitantes de Dietfurt, que establecieron barricadas en las puertas de la ciudad para impedir la entrada al tesorero. Preso de la ira, el recaudador regresó y se quejó de que la gente de Dietfurt se estaba escondiendo detrás de sus murallas “como los chinos”. No está muy claro si esta historia ocurrió de verdad ni cuándo.

En cualquier caso, desde entonces la gente de Dietfurt decidió identificarse con la cultura china. En 1928, los miembros de la Orquesta de la Ciudad de Dietfurt fueron los primeros en tocar disfrazados: 16 hombres y mujeres con sombreros, trenzas y atuendos chinos. En 1954, Dietfurt eligió a su primer emperador.

El emperador

Sesenta y cinco años después, Manfred Koller se mira en el espejo del baño y se aplica cuidadosamente delineador en los ojos. Este obrero de 51 años se inclina sobre el lavamanos sosteniendo un botecito de brillantina dorada y un bote de kohl a mano. Dentro de unas horas, se convertirá en el “Emperador Fu-Gao-Di”.

El emperador tiene todo el día programado: una visita a una guardería, almuerzo con la tradicional salchicha blanca, una conferencia de prensa y una gala. Toma el bote de kohl y se aplica un poco en el rabillo del ojo.

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Koller se aplica el maquillaje

Le pregunto qué está haciendo. “Intento hacer que mis ojos parezcan rasgados”, me explica. Entiendo.

Si en algún momento le resulta violento pintarse ojos rasgados mientras yo lo observo, no lo demuestra. “¿Alguna vez te has puesto a pensar que quizá estás ofendiendo a alguien con todo esto?”, le pregunto. “No, en absoluto, porque solo es una forma de resaltar el contorno facial; no es tan malo”, responde.

El emperador lame un cotonete y se aplica maquillaje negro en la barba, que ya tiene arreglada al estilo Fu Manchú. Le resulta “un poco difícil” hablar del tema. No tiene malas intenciones, me asegura. Más bien al contrario. “La cultura china nos parece muy interesante”, señala. “A ningún chino de verdad le ha parecido mal esto”.

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El emperador está listo

El emperador está convencido de que el hecho de que los disfraces que usa están importados de China demuestra el esfuerzo que ponen en rendir homenaje a la cultura china. Si por alguna razón no puede importarlos, recurre a réplicas de fabricación propia.

En su “rincón carnavalesco”, una especie de altar dedicado a China, hay una estatua de piedra de Guan Yu protegida por tres espadas samurái. Guan Yu fue un antiguo general cuya figura se usa hoy como símbolo de fuerza. Inicialmente, el emperador me asegura que la estatua y las espadas fueron “un regalo de China”, aunque luego admite “que no son de China, pero podrían pasar perfectamente por chinas”.

Para su nombre, buscaba algo realmente “auténtico”, me explica. Un amigo chino de Manfred lo ayudó a investigar y finalmente se decantó por el nombre Fu-Gao-Di. “ Perfecto, pensé. ¡Eso puedo pronunciarlo!”, me cuenta el emperador entre risas.

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Niños de la escuela de Dietfurt en una representación

Dos horas después, el nombre del emperador resuena con fuerza e el gimnasio de un colegio. “¡Fu-Gao-Di! ¡Fu-Gao-Di!”. El espacio está lleno de Hulks, payasos y princesas Elsa.

“¡Saludos, mis descendientes!”, grita el emperador al micrófono. Los niños corean su nombre al unísono, acompañando sus gritos golpeando el suelo con los pies. En la puerta principal hay dos cámaras chinos registrando cada momento.

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Son las 11 de la mañana y una periodista de una cadena de televisión bávara va asaltando a cualquier persona con rasgos asiáticos para preguntarle qué opina de todo esto.

Luego llega la hora de tomar una cerveza matutina. La taberna Sheippl está abarrotada y emana un agradable aroma a cerveza y pretzels recién hechos. Me siento como puedo en la mesa del emperador, al que saludo con un afectuoso “¡Ni hao!”. Va ataviado con una túnica dorada y un sombrero rectangular decorado con perlas que hacen que recuerde a una versión bávara del emperador de Mulan. Pide una salchicha blanca con mostaza que comparte conmigo y con otro hombre vestido de monje budista.

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Comiendo bratwurst con el emperador

Nada de esto está bien, pero a la vez tampoco está del todo mal. Sí, las calles están llenas de gente con la cara pintada de amarillo y vestida como caricaturas de chinos. Y sí, todo esto es una payasada que intentan justificar diciendo que no pretenden ofender a nadie. Sin embargo, por otro lado, se aprecia un esfuerzo sincero por parte de mucha gente. Como Pia, que trabaja en la oficina de turismo y se encarga de traer a ponentes chinos de verdad para que participen en el festival. O como Horst, que luce un changshan, una túnica tradicional que compró en Pekín en 1996. O Max, que dedicó 110 horas a tallar la corona de dragón del emperador.

Dietfurt tiene establecida una cooperación cultural con la ciudad de Nanjing, que a su vez celebra un Festival de la Amistad Bávara-China todos los veranos. Todos los años, Dietfurt invita al cónsul general de China a su carnaval. Obviamente, no hay ninguna excusa para las caras pintadas de amarillo, pero yo creo que en el fondo, las gentes de Dietfurt sienten un aprecio auténtico por la cultura china.

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El desfile

A la una de la tarde, los habitantes de Dietfurt están en la calle, dándolo todo. Un grupo de chinos llegados de Múnich toman fotos de todo, atónitos. “¿Cómo le pueden gustar tanto los chinos a la gente de toda una ciudad?”, me pregunta uno de ellos.

Cuando empieza el desfile, hay tanta gente que uno no puede casi moverse. De las carrozas empiezan a llover caramelos, varios de los cuales me dan en la cabeza. Pero estoy tan metido en la fiesta que no me molesta, y me uno a los gritos: “¡FU-GAO-DI!”. El emperador se acerca, baja de la carroza del dragón, se sienta en su trono y empieza a leer un texto sobre la eterna amistad que une a Alemania y China. Dietfurt estalla de júbilo.

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Se presentaron 20,000 personas a saludar al emperador

Al día siguiente, toda la ciudad se recupera de una resaca colectiva. Las calles están llenas de fideos chinos y botellas rotas. Entro a una carnicería y me topo con seis tipos borrachos, todavía de celebración.

“¡Konichiwaaaa!”, grita uno.

“¡Dios mío, una persona china de verdad! ¿Qué está haciendo aquí?”, añade otro. “Bueno, ser chino no es una costumbre muy buena”, añade un tercero.

Afortunadamente, he dejado de enojarme por comentarios como ese. Los conozco demasiado bien, y ese es precisamente el problema. Si tu aspecto es diferente, el racismo se convierte en una constante en tu vida. La cuestión es cómo decides tomártelo tú.

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El autor en su habitat natural

Para mí, el racismo es que la gente te rechace basándose únicamente en tu origen o color de piel. O que crean que un “disfraz de chino” consiste en un kimono y unos palillos, “porque qué más da, todo es de por ahí, de Asia”. Pero ¿hasta qué punto es denigrante que toda una ciudad celebre la cultura china según su percepción de la misma, que se consideren chinos, hayan convertido su festival en un referente e inviten a ponentes chinos a dar charlas?

En Dietfurt, aprendí que la intención y el aprecio desempeñan un papel muy importante en todo esto. Para mí, hay una gran diferencia entre la gente que se pinta la cara de amarillo o lleva un atuendo algo torpe y la que muestra un interés auténtico por la cultura china. Tanto el qipao como el changshan son prendas tradicionales chinas que ya no se llevan mucho en la China moderna. ¿Apropiación cultural? Pues quizás, pero de alguna forma resulta conmovedor ver que hay gente en Dietfurt más preocupada por “mi cultura” que yo mismo.

Sin duda, muchos aspectos del carnaval chino de Dietfurt son racistas, pero también habría que tener en cuenta que todo el mundo participa. Me acogieron muy cálidamente durante todas las festividades, como chino y como persona, en general. El racismo que pude apreciar no venía necesariamente de esas personas que iban disfrazadas de tópicos culturales absurdos, sino de gente —a menudo de fuera de la ciudad— que no era capaz o no quería distinguir entre lo que era falso y lo que era genuinamente chino.