sexo

Masturbarse en la ducha es lo peor cuando tienes pene

Todo el cuerpo se convierte en una estructura al borde del colapso y en cualquier momento puedes derrumbarte y partirte el cuello.

por Pol Rodellar; ilustración de Aina Carrillo
09 Julio 2018, 3:14pm

Este artículo apareció originalmente en VICE España.

Esa noche me sorprendí a mí mismo de pie, en la bañera del hotel, intentando masturbarme. No podía hacerlo en la habitación porque allí estaba mi hija durmiendo y habría sido todo muy incómodo, así que ese cuarto de baño era mi único espacio compatible con la masturbación.

Estábamos de vacaciones en Berlín y llevaba unos días sin darle al asunto y por unas circunstancias que ahora no vienen al caso me encontré, de repente, con esa necesidad. Como digo, aquella noche me descubrí un tanto sorprendido porque odio profundamente masturbarme en una ducha.

El odio que siento es proporcional al amor que le han proferido las legiones de fans que tiene esta práctica onanista. Porque existe la idea equivocada de que, si eres un ser vivo con pene, la mejor jalada es la que te vas a dar en la ducha. Me veo obligado a centrar este tema en los “seres con pene” porque ya es de sobra conocida la buena relación que existe —y que es, en este caso, real— entre las vaginas y las alcachofas de ducha, pues el resultado que se obtiene con un mínimo esfuerzo es demencial; de hecho, esta premisa —máximo placer/mínimo esfuerzo—, es el material con el que se construyen los sueños humanos.

En el caso de los penes, la cosa cambia por completo. En el imaginario lingámico existe la fantasía de que la paja en la ducha —el llamado “duchote” entre otras muchas más variantes— es una experiencia casi divina, un placer digno de los dioses, pese a que esto sea algo totalmente infundado. Es una cuestión estética, la gente dispara frases como “Ufa, menuda paja me voy a dar en la regadera esta noche”, como en un intento de alcanzar nuevos límites de virilidad —como si eso fuera el súmmum de las pajas, el pico máximo, el club Bilderbeg del onanismo masculino—, pero la verdad es que la masturbación más incómoda es la que nace y muere en la ducha.

Se nos vende como un momento de tranquilidad e intimidad en el que estamos, evidentemente, desnudos bajo el agua, como atravesando una cascada nunca vista por el ser humano, rodeados por el vapor y con el rabo chocando contra la pared y desestabilizando los botes de champú, cosa que, en cierto modo, estimula el miembro.

El agua no deja de caer, recorre nuestro cuerpo y nos purifica, nos limpia y exorciza todos nuestros demonios; luego nos sujetamos el miembro con las manos para untarlo con un líquido cremoso que la mayoría de la gente conoce como “gel de ducha” pero que los “duchotistas” profesionales llaman “ese material que funciona como un lubricante pero sin ser igual de caro que un lubricante que hace que parezca que estés metiendo el rabo en la boca de Dios”. Todo apunta a que esto va a ser una buena fiesta, ¿verdad? Pues no.

Los males de la paja en la ducha son varios, espero que los suficientes como para derrumbar este mito. Para empezar, es un esfuerzo físico inaudito. No sé por qué, pero si se hace de pie en la ducha, parece que la fuerza de gravedad se ha doblado, cosa que genera un cansancio extra que nos lleva a que esa-cosa-que-tienen-los-hombres-de-eyacular-rápido desaparezca por completo; esa pesadilla de tantos hombres sería una bendición en el “duchote”.

Es un efecto dominó: el incremento considerable del tiempo de paja (un segundo normal equivale como a 16 “segundos duchote”) hace que se tengan que concentrar todas las energías en intentar que la mano y el brazo no se queden más tensos que una columna dórica, cosa que hace que se pierda resistencia en el resto del cuerpo. Hay que ir gestionando pausas y momentos en los que no pase nada.

Las piernas se convierten en hilos temblorosos como las de esos monigotes que venden por la calle y que se supone que bailan solos. El peligro es real, en cualquier momento puedes derrumbarte y partirte el cuello. Todo el cuerpo se convierte en una estructura en tensión, al borde del colapso. Seguir, pausa, seguir, pausa, ejercicios de estiramientos, seguir.

Como veis, en ningún momento nos hemos centrado en los genitales ni en la mente. No hay tiempo para generar excitación, la cruda realidad del cuerpo destruye las fantasías. Estamos cansados y nuestro pene también, cosa que hace que la dureza de éste empiece a menguar. La perspectiva de derrota se cierne sobre nosotros y no queremos aceptarlo. Se supone que aquí hemos venido a jugar y se va a jugar hasta el final.

Ignorando el temblor de las piernas intentamos retomar, en vano, el asunto pero el problema es que ya no queremos masturbarnos —pasar un buen rato—, ahora solo queremos un resultado técnico, totalmente frío, alejado del placer, un gesto fisiológico vacío. Es entonces cuando se pierde todo el erotismo y el cerebro, en vez de pensar en situaciones y sensaciones sexuales maravillosas, se centra en los minutos que estamos perdiendo con toda esta mierda.

En un patético último intento, te agachas y te sientas al suelo de la ducha mientras ves cómo toda esperanza se escurre por el sumidero. Lloras. Eso sí, la ducha es el mejor sitio en el que llorar, porque nadie te puede ver, porque las lágrimas se confunden con el agua y parece que no estés llorando.


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Porque esta es otra: esta práctica la percibo más como una fantasía de perdedor, de ese ser cuya vida es tan infernal que su único momento de tranquilidad, alivio y felicidad se encuentra en la paja de la ducha, cuando, con la cabeza apoyada en las baldosas, intenta eyacular pensando en el cuerpo de su mujer cuando era joven, esa misma mujer que ya no quiere hacer el amor con él y que le dice que “si no fuera por los niños ya me habría pegado un tiro porque hace años que no siento absolutamente nada”. En fin, ese fracaso anunciado en la ducha se supone que será la única experiencia placentera que este pobre ser tendrá durante el día.

Toda sexualidad se habrá evaporado y solo quedará la batalla de un funcionario que gestiona los problemas de su cuerpo y de su mente.

Recuerda esto: la masturbación de ducha debería ser solo una alternativa cuando, por algún motivo, no puedes hacerlo en los sitios habituales: cama, sofá o la silla delante del ordenador. Dicho esto, si el “duchote” te lo hace otra persona, no habrá ningún problema, pues no serás tú el que tendrá que hacer todo este esfuerzo.

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