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Rescate en alta mar: así trabaja la flota de MSF en la costa de Libia

En 2015 rescataron a más de 20.000 personas y este año pueden ser muchos más. La flota de MSF vuelve a zarpar para hacer frente a una emergencia aún mayor tras el cierre de la ruta de los Balcanes. Así es un día cualquiera a bordo del Dignity 1.

por KARLOS ZURUTUZA
16 Mayo 2016, 6:20am

Refugiados e inmigrantes son subidos a bordo desde una lancha auxiliar, o directamente a cubierta. (Imagen por Karlos Zurutuza)

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No son ni las ocho de la mañana cuando suena la primera alarma del día: "hemos avistado otra balsa, prepárense para el rescate", comunica la capitana Madeleine Habib por megafonía. Media hora más tarde el buque maniobra junto a un centenar de personas hacinadas en un bote de goma.

Así empezaba un día más a bordo del Dignity 1 en octubre del año pasado. Tras un parón invernal en el que las condiciones del mar reducen el significativamente el número de pateras, este buque de 50 metros de eslora y 19 tripulantes volvía a zarpar de Malta hacia las costas de Libia el pasado 24 de abril. Junto con el Argos y el Aquarius, es uno de los tres barcos de Médicos sin Fronteras (MSF) que retoma las operaciones en el Mediterráneo por segundo año consecutivo.

En 2015 rescataron a más de 20.000 y este año pueden ser muchos más. El reciente cierre de la ruta de los Balcanes, unido al traslado forzoso de miles de inmigrantes irregulares que intentan cruzar a España desde Marruecos postula a Libia como el principal puerto de salida de migrantes y refugiados en 2016.

Las operaciones de rescate siguen siendo una rutina sujeta a un escrupuloso protocolo de actuación. Tras parar el motor a unos 200 metros de la patera, un equipo de cuatro tripulantes carga una montaña de chalecos salvavidas en una de las zodiacs auxiliares antes de saltar a ella. Desde allí, Stavros Suisi, intérprete de MSF a bordo, da las primeras instrucciones con la ayuda de un altavoz.

"Vamos a rescatarles pero no empezaremos a subirles a bordo hasta que se pongan los chalecos". Suisi, de madre griega y padre tunecino, lo repite en inglés, francés y árabe. El tripulante habla de un momento "muy delicado" del proceso. "Un brote de pánico puede provocar el vuelco de la embarcación, y casi ninguno de los refugiados sabe nadar", asegura.

Los refugiados son subidos a bordo progresivamente en grupos de doce desde la embarcación auxiliar, hasta que la balsa queda vacía e inerte en el mar. Empapados, descalzos y desorientados; muertos de frío, de miedo y de sed, los hombres se sujetan los pantalones con una mano, y a la barandilla de cubierta con la otra. Las mujeres, muchas con sus hijos en brazos, llegan siempre en peores condiciones que ellos.

"Gracias por salvarnos la vida", dicen algunos nada más poner pie a bordo. Algunos rezan en señal de agradecimiento, incluso antes de tomar el primer trago de agua en demasiadas horas. No hay consenso sobre en qué dirección queda la Meca en mitad del mar.

A pesar de su frágil aspecto, las balsas de goma o "gomones" flotan más y son más seguras que los barcos de pesca usados por los traficantes de personas. Imagen por Karlos Zurutuza

Se registra a los recién llegados, se identifica a los menores de edad con un cordel en la muñeca, y se acomoda a los hombres en cubierta y a las mujeres en la cabina del barco. Tras ser atendida por el personal médico de MSF, Peace, una nigeriana de 16 años explica que sus padres fueron asesinados por Boko Haram, un grupo extremista islámico con base en el noreste de Nigeria.

"Aquello es el infierno. Boko Haram está saqueando y quemando las casas, las iglesias, e incluso las mezquitas. Tuve que correr para salvar mi vida y sólo pude escapar gracias a la ayuda de amigos", recuerda esta adolescente que aún sueña con ser peluquera en Europa.

Contra todo pronóstico, Peace consiguió finalmente llegar a Libia, última escala en la ruta hacia Europa para refugiados de todas partes de África. Pero la supervivencia allí seguía siendo un desafío:

"Me habían dicho que los libios eran gente agradable pero resultó que era mentira. Nos trataron como a las bestias. Muchas mujeres son golpeadas, violadas y asesinadas en centros de detención, o vendidas como esclavas sexuales", lamenta la nigeriana. Al igual que el resto, ella también se hará la prueba del SIDA a bordo del Dignity.

Peace ostentaba el dudoso honor de ser parte del mayor desplazamiento humano desde la Segunda Guerra Mundial. En 2015 más de un millón de personas llegaron a Europa a través del Mediterráneo según datos de ACNUR. Por el momento, la Organización Internacional para la Migración apunta a que el número de muertos durante la travesía ha aumentado un 27 por ciento respecto a las mismas fechas del año pasado.

Violaciones, secuestros y terroristas suicidas: la guerra de Boko Haram contra las mujeres. Leer más aquí.

Isa Ibrahim descansa en cubierta junto al resto de los hombres. Mientras recupera fuerzas con esas galletas energéticas que se reparten durante las emergencias, este joven de 27 años explica que jamás volverá a su Togo natal. Las suyas son razones de peso:

"Mi familia está abiertamente involucrada en la brujería y todos en mi pueblo lo saben. Recibía amenazas de todos lados: de mis vecinos, pero también de mis familiares porque me negaba a participar en sus prácticas", recuerda Ibrahim de la cubierta inferior del buque. Se escapó junto a su hermana pero a ella la mataron antes de que pudiera salir del país rumbo a Libia.

Ibrahim y el resto de los refugiados en aquella primera balsa serían transferidos al día siguiente a un buque Noruego de mayor capacidad rumbo a Reggio Calabria, justo en la punta de Italia. Así, el Dignity puede quedarse a la espera en la llamada "zona de búsqueda y rescate", una línea imaginaria que se extiende a lo largo de 30 millas náuticas de la costa libia.

"Necesitamos dos días para llegar desde aquí hasta el puerto italiano más cercano así que, en la medida de lo posible, tratamos de trasladar a los refugiados a un barco más grande y tener así espacio para los que han de llegar", señala Juan Matías, un argentino de 34 años, coordinador del proyecto Dignity.

Siempre que las circunstancias lo permiten, los rescatados son transferidos a otro buque para poder permanecer en la llamada "zona de rescate". (Imagen por Karlos Zurutuza)

Trata de esclavos

Durante la estancia de una semana a bordo, VICE News fue testigo de siete rescates; casi un millar personas, la inmensa mayoría de origen subsahariano.

Jilal Sahagmana, de 19 años, llegó en una tercera balsa. Perdió a sus padres en la guerra en Sierra Leona natal y su hermana mayor cuidó de él hasta que el ébola se la llevó dos años atrás. Finalmente, el joven consiguió reunir los 500 dólares para pagar a las mafias y cruzar el Sahara hasta Libia. Pensó que ya había visto suficiente durante esa peligrosa y extenuante travesía a través del desierto. Estaba equivocado.

"El día que pisé Trípoli me metieron en la cárcel y me entregaron un teléfono móvil para que llamara a mis familiares en Sierra Leona. `Diles que mataremos inmediatamente si no nos pagan 1.000 dinares (libios) [alrededor de 735 dólares]', me dijeron los guardias mientras me golpeaban".

Sahagmana pasó dos meses encerrado hasta que el dinero llegó a manos de sus captores. "Tuve suerte", decía. "A aquellos que no pueden pagar los matan, o los venden como esclavos a alguien que tiene un negocio en la construcción".

La mayoría de las historias recogidas a bordo sobre los centros de detención seguían un patrón recurrente. Amin Jabi, un senegalés de 20 años, pasó por exactamente la misma pesadilla. La única diferencia para él era que ya había sido secuestrado antes, y por una banda que le había exigido la misma cantidad de dinero.

"En Trípoli conocí a un gambiano que había sido secuestrado en un taxi", Jabi explicaba. "El conductor hizo una llamada y, al cabo de un rato, lo vendió literalmente a unos criminales".

Secuestros, torturas y tráfico de migrantes africanos en Libia en su camino hacia Europa. Leer más aquí.

Aproximadamente uno de cada diez rescatados por el Dignity en 2015 eran mujeres. (Imagen por Karlos Zurutuza)

Desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XIX, los puertos de Trípoli y Bengasi eran el destino final para caravanas de esclavos procedentes del interior de África. Probablemente haya que remontarse hasta entonces para dar con una situación tan dramática como la actual. Ya en 2010 Europa iba camino de normalizar sus relaciones con Libia, no sólo por el interés en sus reservas de gas y petróleo sino también por el deseo de varios Estados europeos de transferir el control migratorio a Trípoli.

Operaciones navales conjuntas, devoluciones "en caliente" a Libia y muchos millones de euros eran parte de los acuerdos firmados entre Berlusconi y Gadafi. Se mostraron altamente efectivos hasta 2011, el año en que Europa perdió al "gran vigilante" en la orilla opuesta del Mediterráneo.

Dadas las dimensiones de la crisis, la operación de "búsqueda y rescate" de MSF acaba de comenzar pero todavía no hay fecha para su final. Marta Soszynska, responsable de comunicación de MSF a bordo del Dignity aseguraba que la duración de la misión depende tanto de las condiciones climáticas como de las necesidades. El deterioro de la situación de la seguridad en Libia y la emergencia humanitaria por todas sus fronteras apunta a que el flujo de personas volverá a ser difícilmente gestionable.

"Hubo incluso quien llegó a dar a luz en el barco", recordaba Soszynska, actualmente en la oficina de Barcelona de MSF. "A pesar de su avanzado estado de gestación y de las terribles condiciones del mar, aquella desgraciada no dudó en saltar a un bote de goma. Eso te da una idea de lo que dejan atrás".

Sigue a Karlos Zurutuza en Twitter: @KarlosZurutuza

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