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Cultura

‘Navajazo’, documentiras desde la frontera

Entrevistamos a Ricardo Silva sobre su última película, en la que hace retratos de personajes que llevan una vida bien cabrona en Tijuana.

por Alfredo González Reynoso
05 Noviembre 2013, 4:00pm

El cine de Ricardo Silva es tan provocador como un escupitajo en la cara. O como una costra abierta, dice él. Un cine que documiente para enunciar una ficcioverdad socialmente evadida. Es este híbrido el que lo pone en un lugar ético liminal, por no decir resbaloso. Silva le llama “etnoficción”: colocar parámetros preestablecidos (artificiales, ficticios) sobre una realidad para generar lo que no estaba en mente (lo inesperado, verdadero).

Es aquí donde se entiende Navajazo, su último documental, que se presenta este miércoles 6 de noviembre a las 11:30 am en la Universidad del Claustro de Sor Juana, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Navajazo, dice su sinopsis, es: “Un apocalipsis imaginado es presentado ante nosotros a través de retratos de personajes que luchan por sobrevivir en un ambiente hostil, donde sólo se tienen a ellos mismos y lo único que tienen en común es el deseo de seguir viviendo, sin importar el costo”. Antes de su proyección, platiqué con Ricardo Silva sobre su película y otras cosas. Acá lo que nos dijo:

VICE: Seguido pasas del documental a la ficción y viceversa. ¿Has tenido problemas por eso con las personas que aparecen en tu trabajo?
Ricardo Silva:
Los problemas parecen nunca terminar cuando te manejas en estas circunstancias: actores que no quieren trabajar ya conmigo, amenazas y alguno que otro atraco. Algunos de estos problemas surgen porque a veces estas personas no tienen realmente trabajos fijos. Es difícil ponerse de acuerdo con ellos, menos cuando cuentas con un presupuesto de dos mil dólares para toda la película.

En una ocasión rentamos un cuarto de hotel para un casting de pornografía. Todo estaba listo para la sesión, pero uno de nuestros entrevistados tenía en su bolsa una cantidad grande de cristal. El asunto terminó en una pequeña redada donde fuimos encarcelados y tuvimos que pagar unas fianzas grandes. Nunca sabes qué puede pasar en estas grabaciones, pero siempre ocurre algo con magia. Sí somos responsables de lo que ocurre mientras estamos: sobredosis, todo lo que pasa ahí…  Tenemos que estar listos.

¿Qué es eso de la “etnoficción” y de dónde sale?
Sale de estar cansado de ver cómo se trata a los sujetos de un documental ―ya sean marginados sociales o una etnia en medio del Amazonas―: como salvajes nobles, en nombre de una supuesta objetividad. Se les trata como a retrasados mentales. “Etnoficción” viene de la etnografía y la ficción. Realmente este término lo tomé de un autor que leí hace tiempo: Martin Lienhard. La etnoficción, dice Lienhard, “es la recreación literaria del discurso del otro, la fabricación de un discurso étnico artificial… El autor, en la etnoficción, se coloca la máscara del otro”. Eso me condujo a pensar en la libertad, pensar que el espectador ignora a dónde estoy llevando esto.

¿Qué has hecho antes de Navajazo como realizador y cómo describirías tus proyectos?
He realizado algunos proyectos individuales en Tijuana, unos cortometrajes y un par de documentales. Algunos de estos trabajos los he hecho con investigadores de ciencias sociales de El Colef [El Colegio de la Frontera Norte], ya que estudio sociologia y no puedo apartarme de esos temas que me ligan a ello. En algún momento hice algo sobre el diablo, la conversión sexual, las drogas, retratos de lo que he estado observando a lo largo de mi vida.

¿Qué cambios tuvo el proyecto original a lo largo de su realización?
El trabajo con Julia Pastrana, principalmente, ya que se convirtió en el guía de esto. Realmente, en los cortes anteriores pretendía creer que sabía de lo que estaba hablando. Luego me di cuenta que la película simplemente se reducía al problema de sobrevivir.

¿Por qué el nombre de la película?
El navajazo es la herida que nunca cierra, sin posibilidades de sanar. Tal vez podría sanar, si tan sólo dejáramos de arrancarnos la costra constantemente.

Todos los personajes han sido heridos y el simple hecho de mostrar que sobreviven y que luchan te da una idea que hay muchas cortadas en ellos, que mi cámara lo que hace es estar recordándolas; es decir, yo arranco costras para que sangren más.

Pero, para mí, el navajazo tiene que ver con un momento particular para ellos, por ejemplo: el 11 septiembre que arrojó deportaciones masivas de gente mexicana que no habla español, homicidas, dealers, esos que empiezan una nueva vida. También la reducción de costos en las cárceles en California hizo que llegaran estos personajes. Y no solamente llegaron ellos físicamente; trajeron con ello un paradigma nuevo de vida, una idea de cómo sobrevivir. Por otro lado, hay personajes que aparecen en la película que ni siquiera han ido a Estados Unidos, pero están dentro de los espacios donde ellos se mueven y se contagiaron de algo de estos “navajazos”.

Navajazo presenta desde un actor de videohomes hasta yonquis en la canalización del río Tijuana, desde un coleccionista de juguetes hasta un viejo satánico que toca sus rolas en un teclado Casio. La lista sigue. ¿Qué se cuenta en común con todos estos casos?
En el marco de un apocalipsis imaginado, todos ellos son sobrevivientes. Son gente dispuesta a hacer lo que se tenga que hacer para sobrevivir.

Es muy fácil grabar yonquis, sólo pones la cámara y te darán algo. Siempre lo hacen. No soy el primero ni el último que lo hará. La cuestión es cómo haces que eso tenga una esencia que sea real. Esto ocurre en el montaje o con el trabajo de gente como Adrián Durazo, mi fotógrafo, o Paulina Valencia, mi productora, que hace que esto tenga vida.

Lo que cuentan en común los personajes es eso: el trabajo que se hace, el espacio, su relación con los navajazos o el “ser navajazo”.

En varias partes de Navajazo se escuchan  unos sonidos raros que son “traducidos” con subtítulos al español con palabras provocadoras. ¿Para ti, quién (o qué) habla cuando eso aparece en la película?
Son todos lo que aparecen en la película y su particular formar de describir que estarán ahí siempre: migrantes, drogadictos, ladrones, huérfanos, prostitutas, todos están en las voces.

En ocasiones los sonidos son de insectos, algún perro o simplemente esperpentos de muerte extraídos del Hospital General de Tijuana. Queríamos encontrar una voz que unificara a todos, mostrar que el reclamo es eterno, como esta lucha de clases, o simplemente pensar en las promesas del lenguaje que nunca llegó a ellos.

El apocalipsis, Dios, Lucifer, fantasmas, luz… ¿Por qué tanta metáfora religiosa en la película?
No tiene que ver con ninguna metáfora. Son alusiones directas que nacen de una profunda decepción ante la figura paterna de un dios que prometió cuidar, amar y guiar a sus hijos. Es el reclamo de una bola de huérfanos que se han dado cuenta que su padre es un drogadicto irresponsable.

¿Cómo fue que te decidiste a seleccionar a Albert Pla para el soundtrack de la película?
Cuando vi el show de Mata Cerdos en Tijuana hace unos seis años, salí y siempre estaba su música en mi cabeza. Encontré unas canciones de cuna que había grabado y entonces empecé a ver las cosas diferentes. Tal vez él hizo gran parte de esta película.

¿Ya hay fecha tentativa para un estreno nacional u opciones de distribución?
La respuesta ha sido buena y la película ha sido invitada a algunos festivales de esta parte del mundo para el 2014. El siguiente año se define su ruta.

Ve más de Navajazo:

Facebook de Navajazo.

Información de la proyección.

Más de los bordos de Tijuana:

El purgatorio de los deportados

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