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Pase y llore

Pase y llore: Duarte, dile a tus perros que se porten bien

Si Duarte no tiene relación con el multihomicidio de la Narvarte, lo disimula muy bien.

por Infanta Sinalefa
18 Agosto 2015, 3:00pm

Ilustración por Mario Flores, síguelo en @mareoflores

Para muchos de nosotros, la violencia criminal se ha convertido en algo que un día nos enteramos que le sucedió a alguien que conocemos, o que encontramos en una página de noticias, antes de darle scroll y pasar a lo siguiente. Puede que comentemos un caso con quien tengamos al lado en ese momento o que nos vengan a la mente unas horas más tarde, antes de que lo mandemos a la papelera de reciclaje y nos vayamos a dormir, calientitos y envueltos como tacos para llevar. Pero de vez en cuando, sucede un crimen que atrae la atención pública, da la impresión de haber tocado un extremo y hace que no parezca que las cosas pudieran, o debieran, seguir como si nada al día siguiente. El ejemplo obvio es el de los normalistas de Ayotzinapa, del año pasado. Otros han sido el de Villas de Salvárcar, en Ciudad Juárez, o la matanza de San Fernando, Tamaulipas. Cada uno de éstos despierta reacciones de solidaridad hacia las víctimas y rechazo hacia el Estado y su indiferencia o complicidad. Es decir, reacciones que deberían despertar todos los crímenes que suceden a diario, pero que pasan con una frecuencia que rebasa nuestra capacidad de indignación. El más reciente es el asesinato de cinco personas ocurrido en la colonia Narvarte del DF el último día de julio.

La razón principal de que este caso se haya vuelto tan visible y haya provocado varias manifestaciones para exigir justicia (y hasta el día de escribir esto seguía motivándolas) es que dos de las víctimas habían denunciado amenazas de parte del gobierno de Veracruz. Las dos responsabilizaron directamente a Javier Duarte, cada una por su lado, de las agresiones que pudieran llegar a sufrir. Tanto Nadia Vera como Rubén Espinosa se oponían públicamente a la forma en que el gobernador ejercía su cargo y por medio de su trabajo lo denunciaron un buen número de veces. Su miedo no era gratuito: una larga lista de opositores de Duarte han sido golpeados (apenas en junio pasado, cinco estudiantes de la Universidad Veracruzana fueron atacados con machetes en un domicilio particular), amenazados de muerte o asesinados. El ejemplo más comentado de esto último es que durante los años recientes en ningún estado han matado tantos periodistas como en Veracruz. Varios de ellos habían sido abiertamente críticos con él.

Como es de esperar, no puede probarse fácilmente la relación entre estos crímenes y Javier Duarte. Hay dos obstáculos enormes para lograrlo: la tarea que hacen los responsables para borrar sus huellas y la incapacidad del aparato de justicia para esclarecer los hechos (o en general, el estado jodidísimo de la impartición de justicia en México). Y aquí la bronca es peor, porque los responsables de ejecutarlos y quienes deberían estar a cargo de la investigación muy probablemente son los mismos. En todo caso, si no lo son, lo disimulan muy bien: por un lado, les vale madre resolver los casos y cuando se alcanzan a preocupar un poco, insisten en cerrarlos con hipótesis de lo más idiotas (o cínicas). Por otro, son capaces de declarar enemigos públicos a figuras opositoras y ficharlos, como hizo la policía estatal en junio pasado, o amenazarlos de forma hipócrita y siniestra, como la famosa vez en que Duarte le ordenó a los periodistas que se portaran bien.

El hecho de que puedan ocurrir crímenes tan graves, en los que el régimen es, mínimo, responsable por omisión, y que funcionarios como Duarte sigan sin broncas, engordando y encargando fotos a modo, sí está para deprimirse. O para encabronarse, pero sin sacar nada de eso. Y la historia de terror sube de tono cuando las víctimas anuncian desde antes el crimen y éste sucede a la vista de todos, sin que parezca que pueda hacerse nada para impedirlo.


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Con frecuencia, se escucha que los responsables de esta situación somos todos, por no haber creado mecanismos sociales de resistencia efectiva, o de vigilancia de las autoridades. También está la tesis del ilustre teórico social Enrique Peña Nieto, según el cual la corrupción es un "tema cultural" y que todos somos poquito corruptos y por eso no tenemos autoridad moral. El error que cometen los ciudadanos de calle que se tragan y defienden esta línea de ideas no va tanto por el lado del masoquismo o de la complacencia. La bronca es que, para empezar, no ayudan ni madres a cambiar las cosas. Además limpian de responsabilidad a un aparato gubernamental que ha pulido sus métodos represivos durante largas, interminables décadas.

A pesar de que Octavio Paz haya opinado cómodamente que el PRI no era una dictadura (porque las dictaduras militares tenían detallitos que las diferenciaban y otros argumentos de teletubi), lo cierto es que funcionaba como una. El control total del aparato político le hizo posible perfeccionar la técnica para deshacerse de opositores y hasta para evitar que surgieran, dentro de cierto margen. El hecho de que otros partidos pudieran llegar a los gobiernos estatales o al federal no hizo que esta situación cambiara demasiado y por mucho que se rezongue que hoy disfrutamos de libertades civiles maravillosas y que casi podría decirse que no las merecemos, la violencia contra la oposición sigue viéndose a diario. Peor, cambió de métodos y ahora son más diversos y agresivos. La violencia supuestamente producida por el narcotráfico se vuelve la explicación para cualquier muerte de personajes incómodos (en el caso de los asesinados en la Narvarte, ha habido varios intentos de sugerir que estaban involucrados con sus ejecutores, en la búsqueda de hacerlos pasar como cómplices de actividades criminales) y en medio de un número creciente de ejecuciones y desapariciones, casi cualquier caso puede ser abandonado sin consecuencias, o camuflado en la memoria (el olvido, mejor dicho).

Todo esto suena de lo peor y como si fuera una pérdida de tiempo incluso pensarlo, por la impresión que da de ser imposible de enfrentar. Pero ni el PRI ni el Estado en su aparato represivo (dos cosas que tienen algunas diferencias entre sí, aunque no lo parezca) son monolíticos y de vez en cuando muestran sus fisuras. No vayan a creer que le tengo ni la mínima simpatía al optimismo gratuito en estos temas, como el de quienes ven cada semana un nuevo inicio de revolución. (Esos rollos acaban cumpliendo, involuntariamente, una tarea de lo más reaccionaria). Pero tampoco hay que ignorar que el PRI actual se enfrenta a un rechazo masivo por parte de sectores cada vez más amplios, y que en ocasiones como las movilizaciones del año pasado en rechazo a la desaparición de los 43 normalistas, puede funcionar como un peso político que el régimen se ve obligado a tomar en serio. Tal vez las manifestaciones no hayan logrado que se hiciera justicia (en el aparato judicial, quiero decir) respecto a ese crimen, pero sí logró crear lazos entre los participantes y en muchos de ellos se desarrolló una mayor conciencia crítica. En el caso de los crímenes de la Narvarte, la señal que se ha dado es que ya no hay operativo mediático que baste para deslindar a Duarte de estos asesinatos o de cualquier otro opositor que aparezca misteriosamente balaceado en su casa.

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