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El Sunday Service de Kanye West no fue una historia de redención

Sobre lo sucedido en el show religioso que montó Kanye en la última mañana de Coachella.

por Paul Thompson
22 Abril 2019, 5:16pm

Rich Fury/Getty Images

El sábado en la noche estaba en un disco bar secreto escondido en una grieta detrás del spot de ramen vegano en Coachella, con mi amigo que estaba tomando una cosa que se llamaba Mezcal Monstrosity. Sabía a medicina. Le pregunté que si iría a la iglesia falsa de Kanye West en la mañana. Se bajó la máscara negra que traía puesta, me miró con cara de sobrio y me dijo: "Creo que voy a ir de traje".

En el camino hacia el club de golf Empire Polo Club de Indio, California, todos esos tipos intentando venderte paseos en sus pedicabs estaban tocando canciones de Kanye en sus bocinas diminutas. No sé si alguien les dijo que lo hicieran. Un hombre con una camiseta de malla fluorescente llevaba una de esas biblias que siempre hay en algún cajón de las habitaciones de los hoteles gringos. Un guardia de seguridad con la cara roja y gorra de Angels chocó cinco con una niña que pasaba por ahí porque su camiseta decía "TEAM Jesus". Cuatro hombres idénticos llevaban cuatro camisetas idénticas que, inexplicablemente, decían GRIMES. Un hombre sostenía una bolsa de vino tinto por encima de su cabeza, mientras que la mujer que lo acompañaba, inclinaba la suya para beber el vino a través de un tubito, como si fuera goteo intravenoso.

Nada de esto iba a hacer mucho sentido de todos modos. Se supone que Kanye sería headliner ambos domingos en Coachella, de la forma en la que normalmente los headliners hacen su set: desde el escenario principal. Solo que Kanye no iba a hacer eso. Quería que el festival le construyera un domo gigante personalizado, a la mitad de los terrenos del festi. Cuando le explicaron que, aparte del costo y el tiempo, lo que quería demandaba cambios imposibles en la infraestructura del suelo, Kanye se retiró del deal y fue reemplazado por Ariana Grande. (Ariana sacó a Mase ––y se ganó al público). Pero en algún momento, Kanye y Goldenvoice llegaron a un nuevo acuerdo. Al final sí tocaría, pero solo el segundo fin de semana, solo en un escenario personalizado mucho menos ambicioso, solo en el mañana, ––antes de que suela estar abierto al público el festival––, y solo si se anunciaba el set como parte de la serie de servicios dominicales de Kanye, que hasta el día de ayer, para la mayoría no era más que una serie de videos tipo Vine de Kanye cortando canciones de gospel y no hablando nadita sobre Trump.

Cuando finalmente pude entrar, la línea para comprar merch era tan larga que no se veía dónde terminaba. En abstracto, todo fue divertido. Hay cosas peores que pasar tu mañana de domingo tirado en el pasto escuchando a músicos profesionales repasar canciones de The Gap Band y estándares de gospel. Opté por unos burritos de $17 dólares para el desayuno, y me acosté en el pasto a escuchar "Try a Little Tenderness". El polvo del desierto no se sentía tan sofocante. Y básicamente eso fue lo que pasó durante la hora y media entre el inicio del programa y el primer avistamiento de Kanye: canciones en su mayoría religiosas y el ocasional devoto sin camisa gritando sobre cómo "ha resucitado" y lo que sea. Pero si lo mirabas de reojo, todo el numerito era el ideal platónico del cierre de un fin de semana tirando weba.

La extraña contradicción al centro del Sunday Service de Kanye fue que, si bien es un testimonio de su poder y su vanidad que nos sacara a todos de nuestros aposentos para estar a las 9 de la mañana en el pasto, su presencia pasó totalmente desapercibida. La mayor parte del programa se trató del coro y los bailarines, los que rodeaban la colina de pasto artificial al centro del campo y los que serpenteaban entre la multitud ––llevando los samples de las canciones de Kanye, especialmente de la mitad de The Life of Pablo que más dialoga con el gospel, a una nueva y extendida altura dramática. Y Kanye existía, irónicamente, como material de origen para ser reutilizado. Su llegada tardía al set no marcó un gran crescendo, sino el punto en el que la coreografía parecía que dejó de hacer sentido. El primer performance de un rap como tal, "All Falls Down" fue un desastre: hizo un falso comienzo tres veces y luego pareció que se le olvidaron las letras antes de finalmente empoderarse y terminar. Debutó una nueva canción, "Water", que francamente está re mala y DMX apareció para guiarnos a todos en los rezos. Al final supe que el merch era una camiseta gris que decía TRUST GOD ($70 dólares), una cosa gris de manga larga que decía HOLY SPIRIT ($165 dólares) y una versión café de la misma de $225. Los calcetines costaban $50.

Para los no estadounidenses como yo, lo más extraño de todo el asunto fue la seriedad. No que me sorprenda que las canciones religiosas generen esta inclinación hacia la seriedad o que la gente tome en serio su fe. Me refiero a la facilidad con la que las personas pasan del rush que les provoca formarse en una cola normal de un concierto a un estado de gracia con las manos al cielo, y lo poco que se necesitan para llegar de una a la otra. No recuerdo que Dios fuera cool (lo que no quiere decir que lo que sucedió ayer esuvo cool, en el sentido estricto). Los grupos de amigos con sus tracksuits iguales de Adidas, o en ropa de cama blanca, o en merch de I FEEL LIKE PABLO, en realidad fueron seleccionados de entre un grupo de personas que de antemano habían pagado su boleto para asistir a un costoso festival de música en un resort turístico. Pero había puñados de personas entre la multitud que te hubieran hecho jurar que estabas en una de esas conferencias de televangélicos tipo la Iglesia Hillsong, que hacen convenciones en lugares importantes de las principales ciudades gringas durante días enteros. De verdad pensabas que Kanye iba a salir con uno de esos micrófonos de diadema a contarte una historia sobre su "amigo" y que, al final, su amigo resultaba ser Jesús. (¡Sorpresa!). Toda la onda religiosa no fue un escaparate y tampoco fue adoptada, ni por el artista ni por el público, como un frente irónico. Y eso no se supone que lo haría menos profundo, solo fue lo que fue. ¿Es patético vender "CHURCH SOCKS" [calcetines para la iglesia] por $50 dólares? Por supuesto que sí. Pero, ¿es diferente a ––o viene con guiño hacia––, los televangelistas que se han convertido exitosamente en la cara pública del cristianismo estadounidense? Probablemente no.

Esa seriedad no necesariamente menoscaba, pero sí ensucia uno de los argumentos comunes que se utilizan para eliminar este último movimiento de Kanye. Prevalece esta creencia entre un cierto tipo de observador legítimamente escéptico, sobre que estos giros hacia Dios y Chicago y John Monopoly, son un cambio de imagen cínico trazado en una oficina en Calabasas para que un público crédulo le regresé el visto bueno a Kanye, después de que se pusiera su gorrita de MAGA, se reuniera con Trump y declarara que "la esclavitud es una elección". Eso es solo una parte. Que Kanye esté sugiriendo que quiere volver a sus raíces percibidas, apelando a autoridades más altas que el gobierno estadounidense, y tratando de recordar a la gente sobre su genio de producción, sin duda, son gestos que hablan de un control coherente de daños después del desastre total que fue 2018. Pero la pieza central de su set fue "Jesus Walks", una canción que Kanye (o, bueno, "Kanye") escribió en 2002 o 2003. Y esto siempre ha estado en su ADN, como el impulso por atacar a George Bush en la televisión en vivo, o el solipsismo que lo llevaría a creer que la característica definitoria de Donald Trump podría ser la forma en la que la gente esperaba que el mismo Kanye se sintiera sobre Trump. Poner algo de esto en un timeline lineal es ridículo. Todo está sucediendo al mismo tiempo, como siempre ha pasado. Y para bien y para mal, eso es Kanye. Si su iglesia es el comienzo de un culto que termina funcionando como refugio fiscal, la intención de Kanye detrás resistiría cualquier polígrafo.

Este artículo se publicó originalmente en Noisey US.

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