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Muerte en el ring: una revancha de 120 rounds terminó en horror

En 1842, Thomas McCoy y Christopher Lilly entraron al ring para arreglar sus diferencias, pero sólo uno de ellos salió con vida. El combate fue cubierto a detalle en una de las primeras piezas de periodismo de boxeo.
09 Julio 2016, 10:24pm

La obsesión norteamericana con el boxeo comenzó a inicios del siglo diecinueve, con la pelea entre Jacob Hyer y Tom Beasley en 1816. Aunque entonces no existía ningún organismo rector que hiciera cumplir las reglas de Queensbury, las descripciones mencionan que el combate mantuvo "cierto semblante" de estructura. Nueva York fue el sitio donde se concentró la fiebre por los combates, y varios individuos de todas las clases entrenaban en los gimnasios recién inaugurados por toda la ciudad y el estado. Aunque gente de clase trabajadora y de clase alta practicaban boxeo por igual en la década de 1820, apenas una década más tarde terminó el involucramiento de los caballeros con el "viril arte de la defensa personal" como se le conocía al boxeo entonces. Sus críticos lo consideraban un deporte violento; una carta al Post declaraba en 1826,

Tales prácticas son brutales y detestables en sí mismas y oprobiosas para el país que padece su realización. Lo que sus partidarios llaman la ciencia de la defensa, no es otra cosa que la comisión siempre de violencia deleznable y en ocasiones, de asesinato.

Esta carta de reproche puede parecer hiperbólica, pero la peligrosa realidad del boxeo se hizo presente en 1842, en un combate entre Thomas McCoy y Christopher Lilly. En aquel momento de la historia del boxeo norteamericano solo había a un nivel periférico, y las peleas con frecuencia sumaban docenas si no es que cientos de rounds. En el round 120 de la pelea entre McCoy y Lilly, McCoy cayó muerto en el ring después de recibir más de ochenta golpes directos. Una investigación reveló que los pulmones de McCoy estaban llenos de fluido y había muerto ahogado en su propia sangre —una muerte espantosa que encendió a los críticos y motivó un debate público que se discutió durante un juicio infame.

Los comabatientes

El 13 de septiembre de 1842, Chrisopher Lilly y Thomas McCoy se encontraron en el Bowery, en Nueva York para un ajuste de cuentas que había alcanzado su punto más alto unas semanas antes cuando Lilly retó McCoy, y al negarse este, golpeó al desprevenido McCoy en el rostro y lo tiró al suelo. A este acto poco caballeroso le siguió el acuerdo de pelear, y en un gesto verdaderamente pugilístico, tanto McCoy como Lilly se dedicaron a entrenar con los mejores "profesores" del momento.

Un periodista de The Ring, publicación dedicada al combate profesional en Nueva York, compartió sus experiencias con el Spirit of the Times, de talante más sombrío y conservador. Esta increíble pieza de periodismo de boxeo permite ver cómo era la vida de un boxeador en la década de 1840, y cómo fue su terrible muerte. El reportero llegó a casa de Thomas McCoy el día de su muerte, y vio cómo el peleador jugaba con su perro, bromeaba con sus amigos y agradecía amablemente a la vecina irlandesa que se paró en los muelles para desearle suerte antes de su pelea. Quizá sea un dato apócrifo o quizá fue una desconcertante manifestación de lo místico, pero McCoy supuestamente prometió que iría a "¡Ganar o morir!". El combate sucedió justo afuera del aparcadero de Landing en Westchester County, Nueva York. Más de 1,500 espectadores rodearon la arena improvisada, descrita como empastada y en su mayoría plana.

Christopher Lilly tenía 23 años cuando sucedió el evento. Era unos centímetros más alto que McCoy de 20 años, y pesaba 63 kilos; sus brazos correosos le daban una clara ventaja en el alcance sobre McCoy que pesaba 62 kilos. Los jóvenes se encararon y echaron un volado para decidir qué posición ocuparía cada quien. McCoy ganó y eligió la zona más elevada del ring, pero aparentemente esto lo obligó a tener el sol de frente. Cada hombre entregó 100 dólares; el total iría para el ganador de la pelea. Por 100 dólares Thomas McCoy perdería la vida.

La pelea

El primer round comenzó a la una de la tarde en punto. Ambos hombres conectaron; McCoy, con la oreja sangrante, derribó a Lilly. Lilly se levantó ileso y su esquina supuestamente se burló de McCoy mientras se retiraba a su esquina con una sonrisa en el rostro al final del primer round. El relato de la pelea publicado en Spirit of the Times es una crónica a fondo del suceso a suceso de los 120 rounds. En casi cada uno de los rounds uno de los dos cae al suelo, pero dado que el pleito ocurrió antes de la instauración, o por lo menos de la adhesión a las reglas de Queensbury en Estados Unidos, no había cuenta de protección ni límite a la cantidad de veces que un combatiente podía ser noqueado. Las descripciones de cada uno de los rounds incluyen apuntes acerca de quién estaba entre el público, las acciones de la esquina, el estado de las apuestas conforme cambiaban los momios round a round y, claro, sobre la pelea misma. La primera parte de la pelea estuvo marcada por la equidad entre los peleadores.

Round 8 – Lilly empezó con un golpe preciso a la mejilla, seguido de un golpe a la boca de McCoy; luego McCoy entró, y después de unos intercambios afilados, cerró la distancia y buscó tirar a Lilly, quien, sin embargo, logró voltearlo en el aire y cayó fuertemente encima de él.

El reportero ofreció un recuento detallado y bien descrito de los rounds, y echó abundante mano del símil.

Round 28 – Lilly, fresco como lechuca y desconfiado como indio – McCoy, en cambio, muy suelto, muy dispuesto a pelear. (Es extraño que sus seconds no le hayan aconsejado reprimir su ardor.) Lilly conectó tres tremendos golpes al cuello cuyo sonido apachurrado escuchó todo el público. McCoy, tan dispuesto como una piedra, y tan valiente como un león, entró a lo loco, recibió dos o tres golpes más antes de poderse abrazar, y luego fue lanzado de feo modo.

Para el round 30, McCoy estaba sangrando mucho de la nariz y uno de sus ojos estaba casi cerrado. Lilly apenas tenía una marca, y seguía no solo conectando con McCoy, sino provocando que fallara y cayera por si solo. McCoy no estaba acabado todavía. En el round 35, provocó a Lilly, señaló su cara sangrante y gritó, "¿Por qué no me pega ahí?" Cuando Lilly le cumplió, McCoy respondió, y lo golpeó tan fuerte que no solo derribó a Lilly sino que su cabeza fue a dar contra el poste del ring mientras caía.

Los hombres llevaban una hora peleando para cuando terminó el round 50. Lilly no parecía muy dañado, en cambio McCoy estaba sangrando abundantemente y su rostro estaba tan inflamado y desfigurado que apenas podía ver. Sin embargo, parecio como que McCoy se recuperó un poco, lanzó a Lilly con un giro de la cadera en el round 54. Pero este resurgimiento fue breve, y para el round 70 trastabillaba por el ring, y se esforzaba por respirar al tiempo que escupía sangre sobre su propio pecho. Algunos entre el público gritaban a su esquina "¡Llévenselo de ahí!" pero el intrépido (o ingenuo) McCoy continuó, infatigable a pesar de tener los dos ojos casi cerrados. Los pugilistas continuaron en una guerra de atrición en la que Lilly conectaba los golpes y los derribos más certeros, y McCoy recibía más de lo que repartía. El round 88, dos horas de pelea, el público pedía el final, supuestamente gritaban "¡Vergüenza! ¡Vergüenza!" y "¡Es una vergüenza ver a un buen hombre muerto a golpes!" No podían saber entonces lo proféticas que serían sus palabras.

El combate avanzaba, McCoy tenía que ser levantado por su esquina y Lilly lo tiraba de nuevo. El público gritaba, "¡Por Dios, llévenselo!" Pero de alguna manera McCoy lograba, cada cierto número de rounds, conectar algún golpe o derribo. Sin duda los dos estaban exhaustos, pero McCoy, para ese momento, ya debe haber estado sufriendo de hemorragias internas severas. Tenía problemas para respirar y seguía tosiendo sangre, pero, de alguna manera, con la ayuda de su esquina y por su propio esfuerzo, se levantaba e iba por Lilly, una y otra vez.

Round 107 – McCoy se levantó, se esforzaba por respirar con la lengua colgando. Nuestro intrépido reportero incluyó una descripción casi litúrgica del hombre, Y aunque su viril corazón no estaba Calidamente envuelto por corrientes activas; Aunque inflamado hasta reventarle las venas No daba señal de estar dolido.

Y McCoy trastabillaba hacia Lilly, solo para ser derribado una vez más. Mientras tanto, en su esquina, el doctor contratado por los seconds de McCoy para proteger a su peleador, observaba y no hacía nada a pesar del peligro evidente. El reportero dedico una larguísima digresión a describir al "golfo" del doctor quien, apuntó, sin duda estaba en falta por la muerte de McCoy. Pintó una imagen de un doctor malvado, incluida una "cabellera tiesa y mugrosa... con un tablón en lugar de rostro... y ojos inexpresivos y sumisos". En el Round 118, McCoy volvió a caer y el público suplicaba a su esquina y al doctor "¡Sálvenle la vida!". Su second respondió que "¡todavía no está ni medio noqueado!". Apenas dos rounds después, después de un derribo duro en el que Lilly le cayó encima, McCoy quedó tumbado y sin vida en el suelo después de dos horas y cuarenta y tres minutos de tremenda pelea. Oficialmente la pelea había terminado —así como la vida del boxeador Thomas McCoy de 21 años. El intrépido reportero luchó con la muchedumbre para ver a Thomas McCoy morir ahí mismo en el ring.

Estaba boca arriba, su rostro y su cuello heridos, una masa hinchada e irreconocible de corrupción incipiente; luchaba por respirar, y por la violencia de sus inhalaciones sus labios inflamados se hundían en su boca. Al instante siguiente dejó de respirar, y circuló la noticia, en un susurro ronco, de que ¡estaba muerto! El cuerpo de McCoy fue llevado a su casa, y después del examen postmortem, los doctores descubrieron que sus pulmones estaban llenos de sangre, y determinaron que había muerto por sofocación.

El juicio

La muerte de McCoy, la primera en una arena de boxeo norteamericano, generó mucho rechazo y le dio a los críticos del boxeo nuevas municiones en su batalla por prohibir el boxeo. El martes 22 de noviembre de 1842, dieciocho hombres, incluido Christopher Lilly, sus seconds, los seconds de Thomas McCoy, y ese "golfo" del médico, fueron indiciados, acusados de homicidio involuntario. No existía en los libros estatuto que prohibiera expresamente el boxeo —eso llegaría después—, por lo que los hombres fueron acusados de homicidio involuntario y "revuelta y reyerta". Después de tres horas de deliberación, el jurado los halló culpables. El juez denunció al combate profesional y aquellos que participaran en tal espectáculo de inmoralidad. Sin duda, declaró, que el público que asistía a una pelea era "una reunión masiva de los vagos, los revoltosos, de personas viciosas y disolutas... que viven de la violencia... que viven del crimen". En un país cuyos inicios están marcados por el Puritanismo, los estadounidenses quedaron horrorizados por la muerte de Thomas McCoy, pero no tenían ningún problema culpando de su muerte eal estilo de vida inmoral y rufian de la comunidad de peleadores. El boxeo ya tenía sus detractores, pero la muerte de Thomas McCoy galvanizó al movimiento que buscaba prohibirlo en varios estados para proteger a los peleadores de hacerse daño y también para proteger a los ciudadanos del populacho repugnante y réprobo que participaba en tales actos. La horrenda muerte de Thomas McCoy es un momento terrible en la historia del boxeo norteamericano. Para nosotros, las peleas profesionales del siglo diecinueve se verían muy distintas sin duda comparadas con el boxeo o con las artes marciales mixtas Los peleadores podían dar cabezazos, tirar a sus oponentes al piso, patearlos y picarles los ojos. Y no había referís que controlaran el combate ni nadie que estuviera velando por la salud y el bienestar de los peleadores. La muerte de McCoy y el litigio subsecuente crearon una versión diluida y más segura del deporte que ha florecido en los doscientos cincuenta años siguientes. Los fanáticos norteamericanos del boxeo pueden voltear a ver a sus hermanos ingleses y apreciar cómo, con un poco de organización y consideración por la salud del peleador, los combates profesionales pueden transformarse en un pasatiempo caballeroso —el viril arte de la defensa personal.