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En defensa de 'Fight Club'

Veinte años después del estreno de la película algunos de los peores hombres del mundo se han alineado con ella. Pero a medida que las mujeres continuamos luchando contra la misoginia y la violencia sexual, el filme sigue teniendo valor para nosotras.

por Lavinia Liang; traducido por Álvaro García
16 Octubre 2019, 11:08pm

20th Century Fox vía IMDb

Artículo publicado originalmente por VICE Estados Unidos.

Este mes se cumplen 20 años de la llegada de Fight Club de David Fincher a la pantalla grande, cuando bombardeó la taquilla, polarizó a los críticos y se convirtió en un clásico de culto con sus citas pseudo-filosóficas. La vi por primera vez cuando estaba en la escuela preparatoria e inmediatamente me enamoré, aunque nunca pude realmente explicar por qué. Era una película sobre hombres blancos enojados liberando su ira de hombres blancos, y yo era una feminista asiático-estadounidense de dieciséis años que despreciaba la violencia, estaba indignada de que existiera el reclutamiento para la guerra y me sentía incómoda viendo películas gore. Y aunque estoy familiarizada con la primera (y segunda) regla del Fight Club (no hables del Fight Club), dos décadas después sigo tratando de entender por qué una película sobre hombres golpeándose se sintió tan necesaria e importante en mi adolescencia.

A pesar de que pocos héroes en pantalla se parecían a mí en aquella época, no podría haberme identificado menos con la historia de un insomne esclavo de oficina sin nombre (Edward Norton) que asiste a grupos de apoyo en los sótanos de las iglesias porque son los únicos lugares donde puede llorar, tiene sexo intenso con una mujer que roba jeans de las lavanderías y los revende en tiendas de segunda mano (Helena Bonham Carter), y comienza clubes de pelea subterráneos con un desquiciado vendedor de jabones (Brad Pitt). Tras su lanzamiento, Roger Ebert llamó a Fight Club "porno machista" y argumentó que las mujeres, "que han tenido toda una vida para lidiar con las posturas masculinas infantiles, no se sentirán engañadas". Soy alguien que generalmente tiene poca paciencia para esas posturas, y también sé que los clubes de pelea de la vida real y algunos delincuentes adolescentes han tomado a la película como inspiración. Aún así, la he visto una decena de veces.

En Best. Movie. Year. Ever.: How 1999 Blew Up the Big Screen, Brian Raftery escribe que un productor planteó preguntas sobre la viabilidad comercial de Fight Club desde el principio, diciéndole a Fincher: "Los hombres no quieren ver a Brad Pitt sin camisa. Los hará sentir mal. Las mujeres no quieren verlo ensangrentado. Así que no sé para quién hiciste esta película". Pero después de volver a ver la película en 2019, creo que el productor se equivocó, al menos en lo que se refiere a las mujeres: tal vez me gusta ver a hombres blancos enojados y atractivos sin camisa, y tal vez disfruto ver cómo se muelen a golpes. Hay algo extrañamente satisfactorio en ver a los hombres liberar su ira de maneras que están en gran medida fuera del alcance de las mujeres, al tiempo que demuestran la naturaleza autodestructiva de su violencia.

"Estamos muy enojados", concluye el vendedor de jabones Tyler Durden en uno de sus grandes discursos previos a una pelea. Fight Club es una película que aborda principalmente la ira masculina y, como es lógico, a menudo son las mujeres en sus vidas quienes tienen la culpa. "Somos una generación de hombres criados por mujeres", le dice Tyler al Narrador desde el principio. El único personaje femenino prominente es Marla —interpretada por Bonham Carter—, quien es retratada como una indigente loca durante la mayoría de la película. El Narrador se refiere a ella como la fuente de todos sus problemas; Tyler, mientras tanto, parece considerarla simplemente como un objeto sexual. Cuando Marla pregunta sobre el Fight Club, el Narrador le contesta: "Es solo para hombres".

Pero a medida que se desarrolla la historia, descubrimos que las razones de los personajes para unirse al Fight Club (y eventualmente, al Project Mayhem) tienen poco que ver con las mujeres directamente. Tyler es impaciente y ansía emociones, y el Narrador busca apaciguar su insomnio y escapar del tedio de la vida de oficina. Los hombres que se unen a sus operaciones están igualmente insatisfechos con quienes se han convertido. Sin embargo, cuando hacemos un análisis más profundo, no están realmente enojados con sus supuestos opresores, que en su mayoría parecen ser las compañías de tarjetas de crédito y otras corporaciones. Más bien están buscando una pizca de control sobre sus vidas de cuello blanco, que incidentalmente encuentran al sembrar el caos en la sociedad. Están entusiasmados por un nuevo tipo de diversión y ansiosos por demostrar su masculinidad, ignorando los insultos de que son demasiado viejos, demasiado gordos o, en el caso de Jared Leto, demasiado rubios. Bob, un sobreviviente de cáncer testicular a quien el Narrador conoce en uno de sus grupos de apoyo, se une al Fight Club porque quiere volver a sentir una masculinidad más tradicional después de perder sus órganos.

Algunos han propuesto que la forma de continuar consumiendo buen arte creado por hombres problemáticos es admirar estas obras en privado. Pero este nunca fue el problema con Fight Club; más bien, con Fight Club, el arte en sí son los hombres problemáticos. Después de leer el guion, Norton supuestamente le preguntó al director David Fincher: "Vas a hacer esto una comedia, ¿cierto?", a lo que Fincher respondió: "Oh, sí, es el punto". Fight Club es satírico y es cínico incluso con su propio cinismo, una cualidad que deja la brújula política de la película algo abierta a la interpretación: ¿Fight Club se burla de los hombres enojados o los vuelve atractivos? Por eso creo que hay un argumento para amar una película como Fight Club en público: al expresar nuestro aprecio por ella como mujeres, tomamos las riendas y respondemos esa pregunta nosotras mismas, destacando la idiotez de sus personajes y sus acciones, y ofreciendo una contra-narrativa a una lectura de la película que simplemente la considera "genial".

En su polémico trabajo de 1975 "El placer visual y el cine narrativo", la teórica de cine Laura Mulvey acuñó el término "mirada masculina" para describir el poder que los hombres representan cuando proyectan sus fantasías sobre las mujeres que encuentran en la pantalla, y cómo los cineastas diseñan los personajes femeninos en consecuencia. Aún así, reconoció una forma en que las mujeres de la audiencia pueden captar la mirada masculina: al aprovechar la oportunidad de ver el mundo a través de los ojos de los héroes masculinos de una película, experimentan una visión fugaz de la libertad y el poder que los hombres disfrutan en el mundo fuera de la pantalla.

Esa meta-voluntad —reconocer a los hombres que reconocen el filme— fue precisamente la razón por la que disfruté tanto Fight Club en mi juventud, junto con películas como The Departed y The Godfather. Cuando el productor de Fincher se preocupó por lo que consideraba una audiencia imposible, veo cuán fácilmente las mujeres enojadas y privadas de sus derechos, y particularmente las mujeres no blancas enojadas, pueden encontrar en Fight Club una forma de controlar su ira. Es apropiado, entonces, que el aniversario de la película llegue a nosotros en la era de la ira femenina, mientras las mujeres reclaman el derecho a estar furiosas al escribir más y más libros que exploran la forma de la ira femenina en la política, las relaciones interpersonales y otros ámbitos. No es solo literatura; también es acción social. Desde Trump, desde Weinstein, desde Kavanaugh y más, las mujeres están tomando las redes sociales y las calles y diciendo: no más.

Sin embargo, lo importante es: si bien las mujeres pueden estar reconociendo más su ira ahora, en gran medida no parecen elegir hacerlo a través de la violencia. Y es la violencia —una forma de expresar ira, pero no la ira misma— lo que está en el centro de Fight Club. Lo curioso es que muchos de los personajes masculinos de la película ni siquiera están tan enojados. Pueden sentirse frustrados, aburridos, inquietos o avergonzados, pero las fuentes de su angustia palidecen en comparación con la desigualdad salarial, la violencia sexual y el doble estándar general que las mujeres enfrentan toda su vida, con demasiada frecuencia en silencio.

Cuando pienso en Fight Club en la actualidad es un tipo diferente de ira la que surge en mí: no de sentir que algo legítimo me ha sido arrebatado, como lo describirían los hombres de la película, sino una que surge de la revelación de que, para empezar, nunca tuve esas cosas. Es una ira que es aún más irritante porque no siempre se puede expresar, debido a cómo se les enseña a las mujeres a no expresar ira o ser demasiado emocionales desde la infancia. Cuando veo al Narrador destruyendo el rostro de Jared Leto o a los miembros del Proyecto Mayhem amenazando con castrar al comisionado de policía, surgen en mi mente las palabras de Audre Lorde a las mujeres de color enojadas: "He vivido con esa ira, en esa ira, debajo esa ira, sobre esa ira, ignorando esa ira, alimentándome de esa ira... En el pasado lo hice en silencio, temiendo el peso de esa ira. Mi miedo a esa ira no me enseñó nada. Tu miedo a esa ira tampoco te enseñará nada".

La distinción entre ira y violencia es importante. Me recuerda que el patriarcado está unido a la violencia y que a menudo se despliega a través de la violencia, un mensaje que parece aún más relevante en un momento en que los movimientos por los derechos de los hombres están ganando impulso, los tiroteos masivos a menudo están relacionados con la misoginia, y las mujeres en todas las industrias continúan la lucha contra la violencia sexual.

Fight Club describió esta relación entre patriarcado y violencia, pero también ofreció una advertencia: miren a dónde los lleva la violencia, hombres tontos. ¿Pensaron que podían derribar el mundo porque orinaron en la sopa de alguien? ¿Pensaron que podían detener el consumismo masivo pretendiendo cortar los testículos de otros hombres? La violencia solo conduce a amigos muertos en tu patio trasero y una pistola entre los dientes.

Fight Club me mostró que yo quería y necesitaba expresar mi ira, y al mismo tiempo me inculcó un sentido claro de cómo no quería expresarla. Si bien siempre amaré la canción de los Pixies al final, la oscuridad y la iluminación sucia, y la amplitud de la noche alrededor de Paper Street, Fight Club me ofreció algo aún más importante para mi yo de dieciséis años: mientras esperas a que lleguen las películas que cuenten las historias que necesitas y quieres escuchar, ten esto.

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