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Libia

'Sirte caerá mañana': la guerra contra Estado Islámico en Libia

La ofensiva militar sobre el bastión de Estado Islámico en Libia vive sus últimas horas. Es una guerra entre una fuerza militar inexperta y un enemigo que busca morir matando.

por KARLOS ZURUTUZA
08 Septiembre 2016, 7:45am

Le autobombe sono l'arma più sanguinosa dello Stato Islamico. [Foto di Ricardo Garcia Vilanova]

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Las instrucciones en los distritos liberados de Sirte son claras: mirar siempre por dónde se pisa y no abrir ni puertas ni armarios en las casas vacías. Y sobre todo, no caer en la tentación de llevarse alguna de las banderas negras de Estado Islámico (EI) que cuelgan de las paredes. Dicen que a más de uno le ha estallado el preciado trofeo de guerra en la cara.

"Tienen bombas trampa que se activan con sedales de pesca. Es casi imposible distinguirlos", advierte Ayub, un miliciano de Misrata demasiado joven para combatir en la guerra de 2011. También lo es para ésta, pero no quería perdérsela. Lleva aquí desde el pasado mes de mayo, cuando se activó "Estructura Sólida", la operación militar que ha de expulsar a Estado Islámico de su plaza fuerte en Libia.

Los ultraislamistas alzaron la bandera negra sobre Sirte en febrero de 2015; hoy completamente rodeados por las fuerzas libias que los empujan hacia el mar, apenas controlan una superficie de dos kilómetros cuadrados en el centro de la ciudad, justo donde nacen las columnas de humo negro que se elevan hacia el cielo.

La operación Estructura Sólida es la última baza de las fuerzas libias para expulsar a Estado Islámico de su bastión en Libia. (Imagen por Karlos Zurutuza)

A apenas 500 metros de allí, Ayub se mueve por el fantasmagórico distrito 2 de Sirte con la emoción del niño que vive una gran aventura en un parque temático. Conoce cada celda en la que los yihadistas encerraban a impíos y herejes; los mástiles de antiguas banderas en los que se crucificó a medio centenar de ellos y, por supuesto, el burdel. Un vestido de novia, que más bien parece de comunión por su tamaño, da fe del ritual del casamiento previo a la violación.

"Gracias a Fadila por una sesión de sexo duro", escribió alguien en la pared. Justo al lado hay una lista con los nombres y apellidos de cinco mujeres sudanesas. Imposible saber su edad, ni si llegaron de forma voluntaria o forzada. De ahí al edificio de la hisbah, la "policía de la moral", donde todavía hay listados de aquellos que desafiaron la ley de dios fumando, escuchando música o, en el caso de las mujeres, enseñando alguna parte de su cuerpo. La que sea.

"Por favor, no toquéis nada", insiste Ayub, antes de continuar traduciendo las pintadas que dejaron los yihadistas antes de perder este distrito: "Al paraíso por el camino del martirio"; "Me follaré a vuestras madres y hermanas ante vuestros ojos"... No hay ni necesidad ni tiempo de leerlas todas porque son casi las 6, hora de abandonar Sirte. La negativa de las autoridades locales a que los escasos informadores sobre el terreno pasen la noche en la ciudad obliga a un desplazamiento diario desde Misrata: casi 500 kilómetros de ida y vuelta.

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Brigadistas libios especulan sobre la procedencia de yihadistas abatidos en Sirte. (Imagen por Ricardo Garcia Vilanova)

Los "hijos de Baghdadí"

8 de la mañana y otro día más en el checkpoint a la entrada de Sirte. La conversación entre el conductor y el miliciano es casi un calco de la de ayer, y de la de mañana.

"Está al caer, es cuestión de días. Dos o tres como mucho", exclama un veinteañero en camiseta de tiras. Se trata de una letanía que retumba en los oídos como la del ruido de fondo de morteros y obuses, o el estruendo ocasional de los coches bomba suicidas. Esos son responsables de la mayoría del medio centenar de muertos entre las fuerzas libias desde el comienzo de la operación.

Entre los esqueletos de hormigón de un barrio que nunca se llegó a terminar, los dos tanques rusos de la brigada de los Mártires de Al Zwabi engullen un bidón de gasolina tras otro antes de volver al frente. Son la primera línea ante los coches bomba, así como el azote de los francotiradores de Estado Islámico.

Detrás van las Toyota Hilux cargadas de milicianos y, por supuesto, las ambulancias. Médicos y enfermeros se mueven de forma sincronizada para evacuar a los heridos pero la improvisación reina entre los combatientes: unos corren para evitar el ángulo de los francotiradores mientras otros mantienen una conversación casual en mitad de una de las arterias principales de Sirte, como si nada de esto fuera con ellos.

Hospital de campaña durante el asalto final al distrito 2. (Imagen por Ricardo Garcia Vilanova)

Las casas en ruinas son lugares en los que se recargan cargadores, pero también donde se fuma shisha, o incluso se sestea a pesar de la popular tonada que se escucha desde los altavoces de una Hilux: "Sabed, hijos de Baghdadi, que Misrata no es Ramadi". Ese es el estribillo.

"Muchos llevan chalecos explosivos por lo que ni siquiera nos atrevemos a acercarnos aunque estén desarmados", asegura Abu Sufian, otro comandante de milicia misratí. Quizás sea una excusa más o menos plausible para justificar la total ausencia de prisioneros de EI. Sus cuerpos sin vida aparecen entre los escombros, muchos de ellos completamente desmembrados.

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"¿Lo ves? Este también reventó antes que dejarse coger", apunta Sufian junto a un montón de restos humanos que una vez pertenecieron a un único individuo.

Desde el hospital de Zafaran, al oeste de Sirte, el doctor Nuh Ali reconoce que nunca ha atendido a un yihadista herido ni sabe de nadie que lo haya hecho en Sirte. Natural de la localidad de Zlitan, al oeste de Misrata, Alí habla de una casuística recurrente.

"Por un lado están los quemados, o los que han sido alcanzados por la metralla de un coche bomba; por otro, los que llegan con un impacto de bala en el cuello. Los francotiradores ya no disparan a la cabeza, ¿sabe usted?", dice el voluntario.

El elevado número de bajas aquella semana hizo que se suspendieran las operaciones durante dos días. El único helicóptero de evacuación no daba abasto, y el hospital de Misrata no tenía ya ni pasillos atender a los heridos.

Las banderas de Estado Islámico, preciados trofeos de guerra, son a menudo un cebo para activar bombas trampa. (Imagen por Ricardo Garcia Vilanova)

Receso

El salvoconducto para trabajar en Sirte ha de ser renovado cada cinco días por lo que el parón es obligatorio, máxime si toca en fin de semana. Hay que renovar el permiso del centro de prensa de Misrata, luego el del ayuntamiento, el de los servicios de inteligencia y finalmente el del Centro de Operaciones Especiales, auténtico centro neurálgico de la ofensiva militar. La firma definitiva la estampa el general Mohamed al Ghasri, quien es a su vez portavoz de Estructura Sólida.

"La ofensiva ya se ha da casi por concluida, es cuestión de días que nos hagamos con el control total de la ciudad", aseguraba al Ghasri a Vicenews tras validar un nuevo permiso para Sirte. Preguntado por los rumores en torno a la presencia de tropas extranjeras sobre el terreno, el alto mando militar insistía en que sólo hay libios combatiendo, "si bien el enemigo se nutre de combatientes llegados de muchos países como Túnez, Egipto o Sudán".

La aparición del Estado Islámico en la zona aporta un nuevo elemento desestabilizador en un país cuyo control se disputan tres Gobiernos: uno en el este, otro en el oeste, y un tercero, el Gobierno Unidad Nacional (GNA), que cuenta con el respaldo de la ONU y dirige actualmente la operación militar en coordinación con Misrata. La discutible legitimidad que ostenta el GNA es la que le ha permitido oficializar la intervención internacional en curso. Una eventual victoria sobre el Estado Islámico supondría un espaldarazo para un Ejecutivo que sigue sin despertar el entusiasmo entre los libios.

Si bien las bajas entre las fuerzas libias superan el medio millar, el número de caídos del ISIS como éste de la foto se desconoce. (Imagen por Karlos Zurutuza)

8 de la mañana y otro día más en el checkpoint a la entrada de Sirte. "Caerá mañana o pasado, si dios quiere", sentencia un miliciano con boina a lo Che Guevara y pantalones pitillo, dando la espalda a las columnas de humo sobre el distrito 3. Es el último en manos del ISIS.

Quizás sea por eso que el ambiente parezca más relajado. Incluso un convoy de cinco vehículos se ha detenido temerariamente junto a una bomba trampa oculta en un neumático en mitad de la carretera. Media docena de móviles hacen sombra sobre el diabólico artefacto: una foto más para la galería del horror que todos comparten en las redes sociales.

Tras demasiados días gestionados con muy pocas horas de sueño, Abdu Mohamed, médico en el hospital central aprovecha la aparente calma para irse a la playa.

"Hay un sitio precioso cerca de aquí junto a un edificio en ruinas de tiempos de los italianos. Lo habrán visto ustedes de camino hacia aquí todos los días", explica el tripolitano de 32 años en bermudas. Con un poco de suerte, añade, pronto no tendrá que volver a Sirte jamás.

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