Cultura

Esta es la carta que nunca envié a mis profesores de primaria

Pasaron muchos años para que pudiera darme cuenta de las injusticias que se cometían en mi escuela, pero hoy puedo retratar un par de las que más me marcaron.

por Luis Carreño
22 Noviembre 2018, 9:06pm

Artículo publicado por VICE México.

Soy el primero de dos hijos, así que fui un experimento en muchos aspectos, y uno de esos tiene que ver con la educación. Mis padres y yo visitamos muchas escuelas, pero después de ver tantas, fue una sobre Miguel Laurent, en la Colonia del Valle, en la Ciudad de México, la que más los convenció. Algunos de los motivos fueron los muchos alumnos y la diversidad —recientemente se había convertido en escuela mixta—, que “me prepararía para enfrentarme a un mundo igual de diverso y abrumador, pero a gran escala.”

Hasta ahí todo bien, tenía mucho sentido. Lo malo llegó cuando me di cuenta —muy tarde— de que esa diversidad y cantidad de personas, no fueron suficientes para disolver comentarios y actitudes racistas, homofóbicas, violentas y clasistas de muchos docentes. Y es que seamos honestos, de niño no tienes ni idea de lo que está sucediendo, además, cualquier espíritu crítico puede ser motivo suficiente para una suspensión.

Siempre he sentido que en la mayoría de las escuelas se empeñan más en fortalecer ideas y sistemas preconcebidos, no tanto en crear nuevos escenarios o modelos de convivencia donde la aceptación sea lo fundamental. Debido a esto, decidí escribir una carta abierta a algunos profesores de mi primaria.


Profes:

Probablemente no me recuerden, nos dejamos de ver cuando cumplí 12 años o quizás antes. Pero de primero a sexto cursé todos los años en aquella escuela de la colonia Del Valle que seguramente siguen guardando en su memoria, hace 14 años, cuando no había internet ni celulares y las computadoras apenas comenzaban a afincarse en nuestra realidad.

Regreso con algunos comentarios que considero importantes: quiero que sepan que a pesar de que fue una práctica que me infundaron desde segundo de secundaria con los famosos castigos colectivos —que no fueron más que hueva de investigar a fondo un problema o frutos de una reacción irreflexiva—, no voy a generalizar, así que me dirigiré sólo a ciertas personas que ahora me hacen regresar a aquella época.



Profe Diego, ¿cómo está? Le agradezco mucho su holgura y buena onda en las clases, definitivamente el cuarto de primaria fue un año más ligero en comparación a otros, algo que me permitió desarrollar de mejor forma mis relaciones sociales. Pero lo que fundamentalmente le sugiero para mejorar su práctica —si es que no lo ha hecho— es dejar de lado insultos que promuevan el racismo y la xenofobia; nunca olvidaré como nos decía “no sean indiorantes, hagan bien las cosas”. Quiero decirle que no todas las personas tendrán la capacidad de cuestionarlo y que muchas de ellas crecerán —crecieron, siguen creciendo— pensando en que ser “indio” es sinónimo de ignorancia, cuando únicamente hacía falta voltear a ver sus libros de texto —la intención más básica— para darse cuenta de las semejantes barrabasadas que estaba promoviendo.

También quiero pedirle que la próxima vez que un alumno vaya a quejarse con usted u otros docentes por acoso debido a sus preferencias —o cualquier otra razón—, no se haga el sordo. Actúe. Defienda los derechos de sus alumnos y demuéstrele a los que se llenaban la boca diciéndole “pinche puto” que son uno de los problemas más grandes del mundo. Quizás de esta forma podrá evitar que sus futuros alumnos deban exiliarse en otra ciudad para evitar seguir siendo acosados; como el caso de Armando, no sé si lo recuerde, nuestro compañero víctima de bullying que se mudó a Playa del Carmen a medio ciclo escolar, no para huir de sus problemas y de sus acosadores, sino para huir de usted y su tibieza como autoridad. Ojo ahí, es probable que haya sido copartícipe de una vida fracturada, por lo menos un buen rato.

Profe Luis, ¿cómo le va? Llegar a una anécdota en la que usted fue protagonista me sorprende. Siempre me gustó mucho su forma de impartir las clases: diagramas, mapas conceptuales, resúmenes y diapositivas. Todo análogo, pero recuerdo muy bien que fue ahí cuando las computadoras ya estaban en muchas casas. En muchas, pero no en todas. Porque nunca olvidaré la reprobatoria que me puso por la forma en la que presenté un trabajo: hojas de colores, marcos de papel, recortes de periódicos, monografías y texto de molde cortesía de una Olivetti eléctrica con la que me partía la madre para que los trabajos quedaran bien alineados. Le eché bastantes ganas. Lástima que decidió ignorar su contenido y calificar con los números más altos los trabajos que procedían de una Mac o una PC de la época sin siquiera fijarse que el contenido era de los primeros copy-paste en la historia de la arqueología digital.



Luego, ya para finalizar, profe, quería comentarle que tampoco olvidaré como no logró escuchar el dulce coro de sus peores fichitas: “Puta, puta, puta”, que le gritaban a una compañera de la clase —de forma recurrente, además—. Esta vez tampoco sucedió mucho. Porque, ¿qué tiene de malo decirle “puta” a una mujer? Con una disculpa basta, ¿apoco no, profe? Sólo que esta vez la fórmula no funcionó, y los padres de mi amiga decidieron moverla de colegio. Sí, a ella; mientras el pajarito cantante, siguió a dos pupitres de mí el resto del año. Una vez más, la tibieza y misoginia me quitaron otra amistad, una que siguió sustentada en mensajes SMS algunos días posteriores hasta que finalmente se enfrió.

Esta vez no abundaré en halagos hacía ustedes o la escuela —que, independientemente de todo esto, pueden ser muchos— es por eso que les pido que vean esta carta con la perspectiva suficiente para darse cuenta que por ahorrarse una batalla justa y necesaria, pusieron en riesgo la integridad de éstas y de muchas otras personas que tuvieron que reacomodar su vida por culpa de sus negligencias.

Gracias a mis primeras tres maestras de las que no tengo un recuerdo negativo, más allá de su histeria y sus asquerosos castigos colectivos que me metieron en muchos problemas en casa. En verdad espero que no haya sido mi capacidad infantil la que no me permitió procesar más injusticias de su parte, porque a final de cuentas, me gusta conservar la idea de que la gente buena.

Luis.