Fotografia

Fotos de la vida nocturna de Nueva York de los 90

Jacob Fuglsang Mikkelsen se convirtió en el Holden Caulfield de la escena de vanguardia neoyorquina.

por Miss Rosen
19 Enero 2019, 3:30pm

Todas las imágenes © Jacob Fuglsang Mikkelsen 

Artículo publicado originalmente por VICE Estados Unidos.

Nueva York era un hervidero en la década de los 90. Los asesinatos alcanzaron cifras récord a la vez que la epidemia del crack llegó a su punto álgido. Los edificios abandonados se convirtieron en antros de drogadicción y la prostitución inundó las calles, dando lugar a la controvertida ordenanza del alcalde Rudolph Giuliani de 1994.

Amparada por la campaña Quality of Life (Calidad de vida) del Giuliani, la policía de Nueva York empezó a detener a gente que cometía delitos menores. Luego, el alcalde se ensañó con los clubes nocturnos y empezó a ordenar redadas que transformaron el ambiente underground, que pasó de ser un espacio creado por y para los outsiders a convertirse en un proyecto corporativo a base de megaclubes con servicio de bebidas y sofás en la pista de baile.

Los 90 fueron el último aliento de la Nueva York bohemia, un epitafio de la despreocupación del “todo vale” que iba de la mano con ser capaz de vivir, trabajar y salir de fiesta en Manhattan sin caer en bancarrota. A este ambiente bohemio llegó el artista holandés Jacob Fuglsang Mikkelsen, que se instaló en el hotel Gershwin de la calle 27 este, el epicentro del ambiente avant-garde del centro de la ciudad.

El Gershwin reunía una deliciosa mezcla de aristas, escritores y celebridades —entre los que se incluían Quentin Crisp, Danny Fields y Marcia Resnick, colaboradores legendarios de Warhol como Ultra Violet, Billy Name y Paul Morrisey e iconos de la noche como Susanne Bartsch, Amanda Lepore, Sophia Lamar y Junior Vasquez. Presentándose como un Holden Caulfield armado con una escopeta de caza, Mikkelsen creó una pieza performática en la que “disparaba” a la gente de aquel ambiente para una serie que tituló Catcher in the Eye.

Las fotografías de Mikkelsen conservan la ciudad tal y como era: una fantasmagoría surrealista de libertad, independencia y expresión individual. VICE contactó hace poco con el fotógrafo, que se dedicó a rememorar la vida neoyorquina en la era de la transición tecnológica.

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La fotógrafa Marica Resnick y Hiroya, pintor japonés y artista de performance, en la galería Gershwin. Llevan las gafas para poder ver una imagen de los Rolling Stones en 3D. Hiroya también tenía su propia planta en The Gershwin’s Art Museum MA13, en la que exponía varias de sus piezas y un par zapatos suyos

VICE: ¿Puedes hablarnos de tus primeras experiencias en el hotel Gershwin?
Mikkelsen: Fui al hotel Gershwin por primera vez en 1993. Era una especie de casa para exconvictos y vagabundos. Algunas plantas se habían renovado para usarlas de hostal. Para pagar el precio de mi habitación, trabajé como ayudante de Lynne Packwood, una diseñadora de interiores de Liverpool residente en el hotel (que supervisaba la reforma).

El empresario suizo Urs Jakob y su mujer, Suzanne Tremblay, habían hecho un pacto con la ciudad. Podían comprar el edificio por un dólar si prometían transformarlo en un negocio limpio y con clase.

Después de un año en la escuela de artes de San Francisco, volví a Nueva York y al hotel Gershwin. Lynne y yo empezamos una relación renseguida y me presentó a los increíbles personajes que formaban parte de lo que se había convertido el Gershwin desde la última vez que yo lo había visto. Me mudé allí permanentemente en 1999.

Me hice amigo del escritor residente Gordon Sander, que me introdujo en el mundo del arte del “Hanging Out”, un curso que enseñaba en la escuela nocturna. Billy Name era el fotógrafo residente. Me recordaba a mi abuelo Alf, que también era artista; incluso se parecían físicamente por la larga barba blanca. Sentía como si hubiera conocido a una familia que compartía sus experiencias y conocimientos conmigo. Era como un sueño hecho realidad.

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Mujer rubia en una fiesta. Un golpe de suerte con una fotografía medio expuesta

¿Podrías describirnos el ambiente del Gershwin?
Al principio, la mayoría de las ideas para eventos surgían de Jules Feiler y Urs Jakob. Una fiesta en el Gershwin empezaba en la calle, donde antes de llegar, grandes esculturas de llamas creadas por el diseñador finlandés Stefan Lindfors te invitaban a entrar en la recepción, que daba a la galería de arte. El Bar Rojo y el Salón estaban en la parte de atrás y el Mezzanine, un espacio de techos bajos al estilo de Cómo ser John Malkovich estaba entre el primer y el segundo piso. El Ático tenía una azotea muy agradable cubierta de césped artificial en la que daban fiestas bajo las estrellas y hacían festivales de cine. El hotel se llamaba MA13 (museo de arte de 13 pisos). Cada planta tenía una exposición permanente de diferentes artistas, incluido un servidor.

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Susanne Bartsch en The Castle en Battery Park

¿Qué te inspiró para Catcher in the Eye?

Empecé a desarrollar el proyecto en mi mente en 1996, cuando leí El guardián entre el centeno (en inglés, Catcher in the Rye). Lynne me lo dio porque decía que yo le recordaba a Holden Caulfield.

El performance que desarrollé mientras hacía fotos de la gente que me rodeaba la hice desde la perspectiva de Holden Caulfield. La cámara es perfecta para esconderte y protegerte. Siempre que te mantengas detrás del visor, mirando y observando al mundo, no hace falta ser partícipe de él. El acto de hacer una foto, de capturar un momento en el carrete, es mágico.

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Mujer con una bebida en la mano y cabeza de la Estatua de la Libertad diseñada por Lynne Packwood.

Creé una exposición con fotografías de gente a escala mayor que la real que interactuaban entre ellas desde la pared. Ocupó todo el piso 96 del Empire State Building durante el mes de abril de 1997. Se escanearon los negativos y se imprimieron en lienzos. Mi idea era que si Warhol viviera, también habría imprimido su obra en un lienzo con una máquina.

Cuando hacía fotos en el ambiente de clubes y arte underground, era casi el único que llevaba una cámara. Anton Perich y Billy Name me enseñaron que es muy importante intentar capturar un momento concreto, una energía específica, un ambiente concreto mientras ocurre, mientras los demás están viviéndolo.

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DJ Jackie Christie and actor Michael Weiner standing on the red carpet outside the Gershwin Hotel. Light sculptures designed by Stefan Lindfors.

¿Cuáles son tus momentos favoritos con la gente a la que fotografiaste?
Bueno, para empezar, Quentin Crisp, el hombre del que habla Sting en “Englishman in New York”, solía venir a las fiestas del Gershwin. Una vez le envié una invitación escrita a mano para la inauguración de una exposición. Abría las siete de la tarde, pero Quentin entendió que era a las siete de la mañana. El hombre, que parecía una ancianita adorable, tenía más de 80 años y nunca había ido al Empire State Building.

Por suerte, un guardia de seguridad reconoció a Quentin. Resulta que el guardia era muy fan y cuidó de él todo el día: le enseño el edificio, le compró comida y bebida y estuvo con él hasta que empezó el espectáculo. Quentin estaba encantado con tanta atención y más tarde se sentó en una de las ventanas con vistas a la ciudad y se hizo fotos con todo tipo de gente fabulosa que le conocía y que sabía la importancia que había tenido en la historia.

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Junior Vasquez en su Arena Party en su 50 cumpleaños en la Mike Todd Room del Palladium de Peter Gatien

¿Qué tenía de especial la vida nocturna de los años 90?
Los 90 eran una época de transición avivada por la música house, el éxtasis, la ketamina, la barra libre, una bolsa de valores en auge y la burbuja de internet que aún no había estallado. Había infinidad de jóvenes guais, inteligentes y creativos con dinero a mansalva.

En el momento del principio del fin, colaboraba como curador de arte y de eventos culturales en el Tunnel. Pronto pasé a formar parte de los planes de reapertura del Limelight y sopesé la idea de pedirle a H. R. Giger que hiciera la sala VIP. Fue todo maravilloso y conocí a la madre de mi hija en esa sala VIP cuando pinché allí como DJ.

La nueva sala Limelight estuvo genial una breve temporada, pero luego se volvió demasiado convencional y pasó a ser otra gallina de los huevos de oro para el magnate de los clubes Peter Gatien. Necesitaba conseguir dinero para pagar los desorbitados impuestos. Acabaron por detenerle por evasión fiscal y fue condenado y deportado a su país natal, Canadá.

El ambiente de los clubes se volvió comercial, pijo, convencional, caro y aburrido. Se supone que la vida nocturna es liberadora, alegre, positiva y de buen rollo. Las mejores fiestas se trasladaron a la otra punta de la ciudad, a West Side Highway, y a la zona del puerto de Chelsea. Se daban más fiestas en barcos, en apartamentos y en Brooklyn. Entonces llegó el 11-S y la Nueva York que yo conocía desapareció.

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Mañana en la calle 14, a las puertas de la Arena Party de Junior Vasquez, en el Palladium. Desde la izquierda: el actor Tim Cummings y Raymie Moynagh con amigos
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Modelo de Calvin Klein de la época con una chaqueta naranja con Billy Name. Serigrafías diseñadas por Lynne Packwood
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Amanda Lepore y Sophia Lamar en el Club Cheetah fotografiadas en la fiesta Casino Royale del DJ Goldfinger y Lasia Alexine. La imagen se usó hace poco para el cartel de la película de Gustavo Sanchez I Hate New York y apareció en la propia película
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En los baños de arriba del club nocturno The Tunnel
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Cynthia Bailey de 'Real Housewives of Atlanta' en el lobby del Hotel Gershwin, con la artista de Fashion Moda Stefan Eins en el fondo

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