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Así fue crecer en

Así fue crecer en: Morelia

En los recreos jugaba resorte y futbol. "¡Mano!" grité una vez a medio partido. "¡La que te metió el marrano!", respondió un compañero y me centró un balonazo en la cara.

por Teresa Zerón
25 Marzo 2015, 4:00pm

La autora en Ziracuaretiro, Michoacán

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Nací un domingo en la ciudad de Cambridge, Inglaterra. Menos de un año después mi familia se mudó a Ziracuaretiro, en Michoacán. Un pueblo de tierra roja entre la zona lacustre y tierra caliente que en purépecha significa: "lugar donde termina el calor y empieza el frío".

Estudié la primaria en Morelia. En la calle Princesa Atzimba mis padres comenzaron a construir una casa. Como en los letreros se leía P. Atzimba, la rebautizaron como Patzimba.

Mi escuela era el Centro Educativo Morelia. Pequeña y no religiosa. La devaluación del 85 la había endeudado y estaba inconclusa. Estudiábamos en aulas metálicas que nos ensordecían cuando llovía. En los recreos jugaba resorte y futbol. El balón lo teníamos que llevar nosotros. Cuando la cascarita la armaba un niño, las mujeres quedábamos al último. ¡Mano! grité una vez a medio partido. "¡La que te metió el marrano!", respondió un compañero y me centró un balonazo en la cara.

Insistía en que la escuela era nociva para la salud. Mis clases favoritas eran hortaliza y ajedrez. En una ocasión, una vaca parió en el patio. La mancha de sangre duró toda la semana. En la clase de química jugábamos con mercurio. Las matemáticas las enseñaba el profesor Carrión. Con él aprendí que una línea es un punto infinito.

Regresaba de la escuela acalorada. Comía rápido, jugaba con mis perros y me unía a los albañiles que trabajaban en la segunda planta de la casa. Preparaba la mezcla y escuchábamos Radio Ranchito. Con Timoteo practiqué el albur y la moldura de pecho de paloma.

Después agarraba las zapatillas e iba a clases de ballet. Por las noches fui sonámbula. Mi mayor miedo era la sensación de desconcierto al despertar en un lugar distinto al que me había dormido. Una noche me bajaron de la ventana, decía estar llegando a la cima del Everest.

Usaba tenis y diadema. Coleccionaba las tarjetas de Los Simpsons, veía los Halcones Galácticos, Garfield y los ThunderCats. No había cable. Rentaba películas en Sears. Los viernes llegaban novedades. Los documentales de animales eran mis favoritos. En las ferias concursaba cuando rifaban pollos. Así llegó Camilo, mi gallo blanco. Murió de obesidad.

La autora y Camilo, su gallo blanco

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Durante un curso de verano en El molino, en Erongarícuaro, aprendí a elaborar lácteos, embutidos y dulces en cazo de cobre y perfumes. Con leche bronca de las vacas que cruzaban Patzimba hice mi primer negocio fallido: elaboración y venta de mantequilla.

En vacaciones regresaba con mis abuelos a Ziracuaretiro. Subía el Cerro del Cobrero y probaba la charanda. A la ciudad de México viajábamos en tren. La vibración me acurrucaba y por las noches, entre la oscuridad del campo, se veían las estrellas. En la mañana, cuando los ríos comenzaban a verse sucios y cargados de espuma, la ciudad estaba cerca.

Caminar por el centro de Morelia era difícil. Cientos de vendedores ambulantes y manifestantes eran dueños de las banquetas. La avenida era del transporte público y los arrancones de sus carreritas ahogaban. Sólo en los portales vendían el periódico La Jornada. Mi padre se quedaba con la sección de noticias, mi hermano la deportiva y yo, que nunca soporté el olor del periódico, El Santos contra la Tetona Mendoza.

Me gustaba la calle. Había una casa gigantesca, como de cuatro pisos, a unas cuadras de la mía. En el jardín vivían cuatro tigres. Desde un terreno baldío podía verlos. Se decía que eran de un narco. El zoológico parecía criadero de felinos. Ahí mandaban las mascotas que se salían de control o confiscaba la policía.

Un verano mi abuelo Pepe nos prohibió regresar a Ziracuaretiro. Los secuestros en la zona eran cada vez más cotidianos. Habían agarrado al vecino en la puerta de la casa de mi abuelo.

De parte de la escuela solíamos viajar a Maruata, en la costa michoacana. Había que evitar tierra caliente, territorio de la maña. El camión salía de Morelia rumbo a Guadalajara y entraba a la costa por Colima. Mi abuelo contaba que en su época de aviador los mapas marcaban tierra caliente como territorio desconocido. En Maruata acampábamos y atendíamos un vivero de tortugas marinas. Por las tardes jugábamos futbol contra los del pueblo. Un año nos cancelaron el viaje. El narco había bajado de la sierra y balaceado el pueblo.

Morelia creció. Construyeron centros comerciales y McDonald's abrió puertas. La casa de enfrente se puso en renta. Una mañana el letrero había desaparecido. Por las noches llegaban camionetas que guardaban en la cochera. Nunca vi a nadie, sólo coches estacionados con placas de distintos lugares en Estados Unidos.

Camino a una clase de ballet atravesé la tiendita de la esquina. No estaban los borrachos de siempre. El cuerpo de un hombre me sorprendió tendido en el piso. Inherte. Junto, un tronco que usaban de banca. No quise ver su cara y continué. Por otra razón cancelaron la clase de ballet y regresé a la tiendita. Policías rodeaban el cuerpo. El rastro de sangre había pintado la calle. Muerte instantánea, balazo en la cabeza, ajuste de cuentas. El llanto de su madre resonó por toda la calle.

Otra mañana despertamos rodeados por el ejército. Un soldado cada tres o cuatro metros. En la tiendita me contaron: Habían agarrado a un narco en la que había sido casa de una amiga. Pasé y noté los cambios. El jardín convertido en cochera y las ventanas clausuradas. Pocos meses después, mis padres decidieron mudarse a la Ciudad de México y dejar Patzimba. Al escuchar que era michoacana intentaban molestarme llamándome "provinciana". A mí me encantaba.

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