La pura puntita: México. 45 voces contra la barbarie

La periodista Lolita Bosch entrevista a sus colegas más sobresalientes como Sergio González Rodríguez, Cristina Rivera Garza y Robles Maloof, así como a familiares de víctimas de violencia en el país.

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feb. 16 2015, 4:00pm

Traemos adelantos, reseñas y entrevistas de los libros que te van a ensartar las mesas de novedades.

La periodista Lolita Bosch recopila en México. 45 voces contra la barbarie (Océano, 2015) testimonios tanto de periodistas, escritores y defensores de derechos humanos, como de familiares de las víctimas de una violencia que parece tácita en el país.

En la entrevista al periodista y colaborador nuestro Diego Enrique Osorno —la cual reproducimos a continuación— Bosch se interesa por el valioso registro que hace Osorno de la guerra del narcotráfico en México, y presenta un diagnóstico del joven periodista sobre el futuro de esta guerra.

Este jueves 19 de febrero se presenta el libro en la Biblioteca Vasconcelos, a las 18hrs. La entrada es gratuita.


Foto vía.

El concepto de mafia está desvanecido o Yo pensé que la guerra tenía algo de poético

Al inicio de su trabajo como reportero a Diego Osorno le tocó cubrir un grupo emergente y entonces desconocido llamado los zetas. Era el año 2002 y Diego publicó una foto del gobernador de Nuevo León, Fernando Canales Clariond, al lado de Edelio López Falcón: El Yeyo, jefe del Cártel de Sinaloa en aquella zona y principal blanco de los zetas en ese entonces. La publicación hizo que Osorno tuviera algunos problemas y saliera del país casi por un año. Regresó cuando ya habían matado al Yeyo en Guadalajara y al gobernador lo habían hecho secretario de Economía. Y regresó con la idea de no escribir más sobre el narco. Así que se fue a la ciudad de México a escribir sobre política. El narco le inspiraba demasiado respeto y Diego no quería meterse de nuevo en eso, de modo que puso la mira en los conflictos sociales y la violencia. En 2006 reportó lo que él llama "el México rebelde y bronco" que saltó en Atenco,tras la muerte de los mineros en Pasta de Conchos,en Lázaro Cárdenas, Michoacán, y finalmente en Oaxaca. "Quería reportear ese México que busca combatir la injusticia cotidiana y la desigualdad". Hasta que en 2007, un poco por inercia, se vio montado en un camión de asalto del ejército en Michoacán buscando narcos por Apatzingán. Y entonces se empezó a dar cuenta de que había una agenda política detrás de lo que parecía un simple combate militar o policiaco al narcotráfico. Así fue como se interesó en tratar de entender qué estaba pasando con la llamada guerra del narco: buscó las fuentes originales del problema, encontró al capo preso Miguel Ángel Félix Gallardo y a campesinos de Guerrero armados en guerrillas, y así fue que empezó a preguntar y preguntar y a pisar Sinaloa, Sonora, Tijuana, Ciudad Juárez...

¿Te preparaste de algún modo para hacer tu trabajo o fuiste aprendiendo?
Después de mi experiencia en 2002 [cuando publicó la foto de Fernando Canales Clariond al lado de Edelio López Falcón El Yeyo] traté de aprender los códigos con los que se abordan estos temas, la manera en la que se puede caminar por este mundo. Por otro lado estudié información y guerra en un curso de posgrado en la Complutense de Madrid, que era más pachanga que otra cosa, aunque tuve un par de maestros buenos. Pero, como siempre, hay una parte de instinto y una parte de lecturas y referencias, de cosas que yo había escuchado o había leído.

Antes de cubrirla, ¿estabas informado sobre esta agenda política de la violencia institucional en México hecha por reporteros como Jesús Blancornelas, por ejemplo?
Sí, claro. Recuerdo que el primer libro revelación sobre el tema del narco en México era de Jorge Fernández Menéndez, un libro impresionante [Narcotráfico y poder, 1999]. Aunque no, yo no era fan de Robert de Niro ni de Al Pacino. No me seducía el mundo de la mafia.

¿Y hoy te seduce?
Pues no. El Padrino y Pablo Escobar ya murieron, estamos en una época en la que ese concepto de mafia está desvanecido completamente. Ahora tenemos otra cosa, tenemos a empresarios con grupos de gente armada que están en acción y que no usan códigos sicilianos ni cosas por el estilo. No hay ese romanticismo sino la pura fealdad de los hombres de negocios que le apuestan al narcotráfico.

¿Así lo cuentas fuera de México?
Es complicado, porque uno siempre puede caer en tentaciones de reducir, pero esencialmente trato de poner lo que sucede en la mira porque fuera del país llegan los colgados, los decapitados y pareciera que somos un país de salvajes, de gente que genéticamente está dispuesta a hacer estas cosas horrendas. Trato de poner siempre en perspectiva la corrupción que hay en México. Les digo que México es uno de los países más corruptos del mundo, un país desigual donde hay diez hombres más ricos que Berlusconi o que el más rico de España... de quien tú quieras. Así que es un país que produce los decapitados y los colgados pero que también tiene al hombre más rico del mundo y a otros diez que están en los principales lugares de Forbes. Siempre trato de poner eso en perspectiva y luego desgloso la parte policiaca, los intereses políticos del gobierno de Calderón, etcétera. Porque sí me parece muy importante que se vea el tema del narcotráfico con una perspectiva política y económica.

¿Tú dirías que la sociedad mexicana ha respondido proporcionalmente a la tragedia, para bien y para mal? ¿Crees que estamos a la altura de lo que nos está ocurriendo?
Yo veo mucho miedo, por supuesto, pero también muchas iniciativas. Obviamente, uno siempre espera el despertar de la gente y que las cosas cambien. Pero eso en México es todavía una utopía. Hay reacciones más bien pequeñas ante el tamaño de la barbarie. Aunque me siento muy emocionado con el periodismo, viendo la valentía de tantos compañeros. Y ahí me siento más seguro también de opinar sobre la sociedad en general. Porque ahí sí puedo notar cómo hay un cambio drástico sobre cómo empecé a reportear yo, hace diez años, y cómo lo hago en los últimos tres o cuatro años. Esta generación de nuevos periodistas que son más jóvenes que yo, son mucho más rebeldes, mucho más desafiantes.

Alguna vez leí que habías dicho que lo único que le deberíamos agradecer a Calderón es haber creado tan buenos periodistas de guerra. Aunque ya había casos previos importantísimos como Zeta Tijuana, pienso en gente como los de Spleen o lo que estás haciendo tú ahora en El Barrio Antiguo. ¿Cuál es el alcance de esto? Porque a pesar de esta rebeldía seguimos sin conseguir un impacto nacional. En México la gente sí se informa, pero no hay todavía un medio crítico que tenga transcendencia nacional. Más allá del duopolio televisivo, ¿qué debe ocurrir para que la gente tenga derecho a recibir una información digna?
Es que el periodismo va en un sentido y las empresas periodísticas en otro. Eso supongo que sucede en todos lados. No tienes que abrir los periódicos que tienen cien años para medir el pulso del periodismo. Afortunadamente, ahora hay otros termómetros. Estas cosas que pasan son más bien síntoma de la agonía de las empresas periodísticas. Pero el periodismo en México está muy bien.

Y, ¿qué tiene que ocurrir para que haya un medio con este alcance nacional crítico? ¿Es un problema que tiene que ver sólo con las empresas informativas?
Es un problema empresarial más que del periodismo. A mí no me desagrada que haya una multiplicidad de visiones regionales e incluso cambiantes acerca de lo que está ocurriendo. Yo no quisiera el gran periódico o el gran medio nacional donde se va a producir todo. A mí, ni como lector ni como reportero, me interesa algo así. Yo prefiero las plataformas horizontales donde hay mucha información emergiendo, prefiero esta diversidad.

Pero esto orilla a algunos estados enteros a vivir casi sin información local de fiar, como el Estado de México o Tamaulipas.
Es cierto que en Tamaulipas, por ejemplo, no tienen la posibilidad de estar informados. Ni siquiera los mismos compañeros periodistas que están ahí pueden producir información sobre lo que está ocurriendo. Pero a final de cuentas, gracias a las páginas de internet y estas cosas, ha podido ir saliendo algo de esa información y llegará un momento en el que conoceremos lo que pasa en Tamaulipas. Yo estoy esperando a un Roberto Saviano de Tamaulipas. Saviano era un desconocido de una región de Italia donde se sabía que pasaban cosas tremendas y cinco o seis años después de los momentos más álgidos de violencia aparece con Gomorra y cuenta todo lo que está ocurriendo. Espero que en Tamaulipas haya un personaje así, que pueda, dentro de unos tres o cuatro años, contar todo eso que está pasando porque lo vivió en la cotidianidad. Tal vez en cinco o seis años se den las condiciones para algo así. Por lo menos, el trabajo periodístico que yo trato de hacer está enfocado a visibilizar esa zona, tratar de darle oxígeno a los compañeros, sacar lo que está pasando.

Hoy en México es muy difícil estar informado sin acceso a internet, y hay un porcentaje altísimo de la población que no tiene ese acceso.
Claro, pero en una comunidad de Guerrero tampoco van a leer El Universal. Yo he estado en las comunidades de Oaxaca y no es que digan: "¡Ya llegó El Universal, vamos a verlo!" No hay internet, pero tampoco está El Universal ni hay nada. O sea que el problema no es tanto ése.

¿No crees que antes, por lo menos durante el alzamiento zapatista, La Jornada tuvo un papel de importancia nacional? Ahí sí decían "Ya llegó La Jornada, vamos a verla".
Pero es que ahora hay muchos medios que son lo que fue La Jornada, afortunadamente: Sin Embargo, Homo Zapping, Revolución tres punto cero. En aquel entonces se requería de mucha valentía y mucha inteligencia para poder contar las cosas. Sí se ha ganado terreno en la libertad de prensa, porque se ha ganado terreno en el ámbito político. Pero se ha perdido en el mundo criminal.

Y en otros mundos armados, también, ¿no crees? ¿Dirías que lo está ocurriendo con las autodefensas es un tipo de despertar, o es demasiado pronto para saber qué está pasando? ¿Qué viste en Michoacán?
Yo veo dos tipos de autodefensas. Uno que está representado para mí por la policía indígena, la policía comunitaria de Cherán y de otros municipios que tienen muchos años de estar trabajando de manera muy organizada, muy ligada a sus comunidades para garantizar la seguridad, para poder avanzar. Es decir, policía que participa también en el proceso democrático. Y cada hombre que está armado vigilando también tiene otras responsabilidades, como limpiar la presidencia municipal, por ejemplo. Son policías integrales, como la policía de Guerrero.

Y por otro lado hay grupos de autodefensas que aparecen con armamento sofisticado y con una evidente capacitación por parte de algún instructor especializado. Y creo que hay que pensarlos por separado. Cuando hablamos de Michoacán, hablamos como si fuera un monolito donde están todo el despertar y todos los agravios que han recibido los pobladores por parte de los grupos criminales representados por los grupos de autodefensas. Y no es así. Yo creo que hay que observar el proceso con cuidado, porque algunos grupos de autodefensas son más paramilitares que policía comunitaria. O sea, una cosa son las policías comunitarias indígenas y otra los grupos de autodefensas creados por empresarios para garantizar sus intereses económicos.

¿Crees que lo que está ocurriendo en Michoacán se va a reproducir en otros estados?
En Guerrero ya está. En Tamaulipas lo hicieron más o menos a su manera, pero no con un perfil ciudadano sino criminal.

¿Qué te ha enseñado esta guerra?
Creo que me ha enseñado muchas cosas. Te he contado varias veces que al principio de mi juventud fui poeta, pero soy un pésimo poeta. Renegué de la poesía desde los 19 años, y es curioso, pero entre más intensa es mi presencia o mi inmersión en algún tema de este tipo, más regreso a la poesía, más recurro a buscar mis viejos libros de Gonzalo Rojas o César Vallejo. A mí esta guerra me ha enseñado a valorar de nueva cuenta la poesía, en el sentido de que la guerra es totalmente antipoética, es antipoesía. No tiene ningún lado poético. Hay gente que cree que sí, que en la guerra se puede encontrar algo poético e incluso literario, pero ante un decapitado sabemos que no es así. Y a mí me ha hecho tener la necesidad urgente, imperante, de buscar poesía, de recurrir a gente que ha podido construir poemas con un mundo que no es una utopía. Eso me da cierto alivio.

¿Dirías que nos hemos acostumbrado a vivir con un tipo de dolor que antes no conocíamos, y convivimos con mucha naturalidad con esta tristeza, con este dolor de todos?
Pues espero que por lo menos sea dolor y no amargura. Camaradas de Tamaulipas sí tienen una tristeza que yo ni me imagino, ni puedo descifrar.

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