Así fue crecer en: Tlaxcala

Viví durante 18 años en la cuna del mestizaje (como es conocida oficialmente) y la cuna de la trata de personas (como lo sabemos extraoficialmente).

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26 julio 2016, 3:00pm

Todas las fotos cortesía de la autora.

Crecí en Tlaxcala de Xicohténcatl, capital del mismísimo Estado que en las clases de geografía básica provocaba entusiastas concursos y más de un albur: "¿cuál es el más chiquito? ¿Tlaxcala o Morelos?". Viví durante 18 años en la cuna del mestizaje (como es conocida oficialmente) y la cuna de la trata de personas (como lo sabemos de manera extraoficial). La mayoría de las personas que conozco me dicen que Tlaxcala "es chiquito pero bonito". Durante mi estancia, nunca aplicó el "chiquito pero picosito" o, al menos, yo nunca me enteré. Para mí, era un lugar equis. No había mucho qué hacer. La vida era plana: sin altas ni bajas. Y cuando había altas, eran escándalos dignos de la telenovela. Tlaxcala es un ejemplo claro de la frase "pueblo chico, infierno grande", y eso que cada vez hay más habitantes y la costumbre de saludar a medio mundo por la calle se está perdiendo.

De niña, solía salir con mi bicicleta a recorrer las calles. No había Oxxo, así que provechaba para ir a la tiendita por chocolates Carlos V y el catálogo completo de Sonric's. A veces pedaleaba hasta el centro, a unas cinco cuadras de mi primera casa, y me parecía lejísimos. Cuando hablo de "cuadras", no me refiero a una extensión kilométrica de concreto, sino a unas callecitas adoquinadas. Recuerdo más de una queja de las señoras amigas de mi madre porque los tacones se clavaban por error entre los rectángulos de piedra y los zapatos se fregaban por, como siempre, la mala ejecución de la gente de obras públicas.

El domingo uno no se quedaba en fachas. Te arreglabas para el evento social más esperado de la semana: la comida en casa ajena. En mi caso, era en casa de mis abuelos maternos. Casi siempre había algún colado que no era de la familia. A mi abuelito Memo le encantaba la grilla y la pachanga. Esa explosiva combinación tenía como consecuencia que siempre hubiera gente (y la gente de esa gente) en su casa. Priista de hueso colorado, mi abuelo era invitado e invitaba a medio mundo a las "conbebencias". Sí, alguna vez vi a Beatriz Paredes departiendo alegremente por ahí. A mi abuela Mayitole desesperaba un poco el carácter alegre de mi abuelo, pues era más introvertida. Yo no soy muy fiestera, pero con mi abuela aprendí a disfrutar enormemente la comida. Era una excelente cocinera. Yo vivía pegada a sus faldas. Siempre me hacía la enferma para no ir a la escuela y, así, me dejaran encargada con ellos. Los fines de semana me quedaba a dormir con mis abuelos y me compraban una pizza de champiñones para mi solita. Hubo una época en que la única pizzería de Tlaxcala era considerada como una invención tan importante como el teléfono inalámbrico. Y es que, para fines prácticos, los Villeda vivíamos todos en la misma cuadra. Después nos mudamos a una colonia más apartada que, en palabras maternas, "queda lejísimos del centro", aunque no son más de 5 minutos en auto. Antes de que mis progenitores decidieran separarse, los domingos eran también para comer helado o nieve (recuerdo unas bolitas de chocolate Crunch rellenas de helado de vainilla o la deliciosa paleta Vampiro). A veces, mi papá me llevaba a ver los partidos de los Lobos de Tlaxcala (ambos en extinción: tanto el equipo como los lobos) al Estadio Tlauhicole.

En noviembre, la onda era ir a la Gran Feria de Tlaxcala, que se inaugura por el Día de Muertos. Recuerdo que, una vez, me envalentoné para subirme a El Martillo. Estaba en compañía de mi mejor amiga de esa entonces y, como yo la seguía embobada a todos lados, también me trepé al susodicho Martillo. De milagro no vomité. Hubiera preferido quedarme entre la multitud que recuperaba lentes, celulares (de los grandotes) y morralla de los desafortunados que daban vueltas desaforadas en el aire, pero había que apantallar a la niña de mis sueños pubertos. No sé si funcionó, pues me hizo burla durante años de mis rezos atarantados a la virgen María.

No puedo decir que me aburría. Yo era —bueno, soy— ñoña y mi mamá una auténtica intensa, así que me metió a cuanta clase abrían para mantenerme ocupada: que si de dibujo (donde la maestra se desesperaba y concluía los bocetos para hacérnoslos firmar), que si de flamenco (nunca me gustó), que si de computación (donde me la pasaba jugando Tetris). Se esperaba de mí que socializara en esas clases, pero nunca se me dio. Entre semana, iba a una escuela basada en el método Montessori y tuve maestros geniales como Miss Reyna, que nos enseñaba inglés con infinita paciencia, o Miss Elvia, que se la pasaba contándonos historias de terror. Después de clases, iba a las maquinitas o jugaba tazos. El viernes por la tarde iba con mi mamá a a rentar pelis a VideoGamma, la variante tlaxcalteca del Videocentro. Vi El mago de Oz y Las brujas infinidad de veces. Fue bajo la tutela de Miss Elvia y con la credencial de VideoGamma que descubrí mi amor por el terror. Ah, y hablando de ese tema: las películas duraban semanas (quizá meses) en el único complejo cinematográfico de la capital. Para ver Titanic la fila era inmensa y con La Bruja de Blair hasta sobrevendieron la sala. La vi sentada en el pasillo, muriéndome más de frío de que miedo. La sala no olía a palomitas, sino a patas. Parecía Tacubaya en la hora pico, neta. Si eso hubiera sucedido "fuera de provincia", o sea en el DF, hubiera podido levantar una queja ante la Procu del Consumidor, pero era eso o no ver la peli que todos estábamos esperando que se estrenara. Cabe señalar que tardaban años (bueno, semanas) en llegar las pelis a la capital tlaxcalteca. En ese cine vi todas las de Batman (en las que sale el feo de Michael Keaton y el guapo de Val Kilmer) y mi hermanito Adolfo nos acompañaba disfrazado del superhéroe. Ni veía las películas: se la pasaba subiendo y bajando por el pasillo central de la sala, agitando su capa. Como me llevo 7 años y cacho con mi hermano Adolfo, casi no convivimos en mi niñez-pubertad. Fue hasta después que nos hicimos chilaquiles. Luego, ese cine lo hicieron un antro los fines de semana. Se llamaba El Ajúa o algo así. Mi cine favorito de Tlaxcala es la Sala Miguel N. Lira, que tenía (todavía tiene) ciclos de cine de arte. Ahí vi mi primera película, El Oso, con mi mamá y mi abuela. Tenía como cinco años. Sigo traumada y todavía me duele acordarme de eso.

Mi infancia en Tlaxcala fue feliz hasta que me cambiaron al colegio de monjas. Yo tenía dos grandes peros: era una escuela religiosa y no tenían cancha de futbol como mi adorada escuela Montessori (en la que fui una orgullosa portera). La sufrí y eso que eran madrecitas que se vestían con "ropa de calle" y no eran de claustro. La directora, una tal Madre Chuy con tendencias fascistoides, ponía el grito en el cielo si se acercaban los de la Técnica a la hora de la salida. Los corría y tomaba nota de los alumnos que se juntaban con "esa chusma" para luego informar a sus padres. También había medición de longitud de faldas (tres dedos debajo de la rodilla) para las mujeres y verificación de pelo cortísimo (hasta dejar ver el cuero cabelludo) en los varones. Una vez, se desapareció cierta cantidad "importante" de dinero que llevaba uno de nuestros compañeritos, seguro no más de 200 pesos, para farolear, y la Madre Chuy amenazó con encerrarnos en la biblioteca y desnudarnos hasta encontrar el méndigo billete. Lo bueno es que una de las compañeras era hija de la que estaba en la Comisión Estatal de Derechos Humanos y la monja le bajó. Mucha misa, muchas misiones, muchos golpes de pecho... pero allí mismo fui testigo de una contingencia alcohólica: casi se muere el chavo por pasarse de Tonayan: una "sobredosis de pasión" y ¿mariguana?, al menos según el relato de una ridícula que armó un mega escándalo al respecto. Algunas de las monjas también mamaseaban al profesor de educación física, un cuate tronadísimo. Dizque tolerancia pero si a alguien se le ocurría decir que era cristiano(a), lo expulsaban de la escuela católica. No sé qué hubieran hecho con un judío o una musulmana.

La experiencia dejó de ser traumática cuando conocí a Jimmy y DK, mis mejores amigas de la prepa. Nos creíamos intelectuales y yo devoraba la Biblioteca Pública donada por el ya mencionado Miguel N. Lira, gloria literaria local, el mismo que escribió La Escondida, novela que luego se hizo película y fue protagonizada por María Félix. Debo confesar que las madrecitas y sus rezos obligatorios hicieron que me rebelara de a poco. El viernes era el día para socializar e íbamos a los ciclos de cine del Archivo o platicábamos horas por la Catedral de San Francisco, lugar para los outsiders, porque ir a Los Portales era para los fresas, además de que las monjas siempre estaban al pendiente de quién echaba café por ahí pues ir al Centro era considerado "pecado". Casi casi que iban a pasar lista a los Portales. Más de una vez cachamos a varios profesores dando la vuelta para checar quién deambulaba por ahí. Claro que a mí me daban permiso, en un inicio, de ir de 4 a 6 de la tarde a echar café. Vivíamos una versión de la Señora Católica pero más provinciana.

Yo era ñoña hasta para divertirme y eso que me ampliaron los horarios conforme cumplía años. Mi primera cerveza, una Coronita, fue a los 13 y mi abuela me cachó. Recuerdo que llegué sin saludar, me encerré en uno de los baños y me lavé la cara, como pensando en lavar mis pecados o algo así. Obviamente descubrió la jugada y le contó a mi mamá. Me regañaron durísimo. También fumé por primera vez a esa edad en una posada. Fue un Malboro Light que le robamos a una tía. Nos encerramos tres amigas y yo a echar humo en el baño y, sorpresa, también nos cacharon. La primera vez que fumé mariguana fue en un concierto de Lila Downs. No la pasé tan bien y cuando se puso a cantar la rola esa inspirada en un poema de Sabines me solté a chillar. Ya que estamos con lo de las primeras veces, ir al antro como neófita era todo un show. Tenían que llevarte los primos mayores con sus cuates que conocían al cadenero. ¿Ubican esas leyes antidiscriminación de CONAPRED? Pues en Tlaxcala no aplican (hasta la fecha). ¿Qué más? Las aperturas de franquicias como Telepizza o Inglés Individual se aperraban. Cuando abrió el primer Soriana fue un evento social de alto calibre. Algunos fines de semana iba a Puebla con mi familia pero no la aplicaba como muchos de mis conocidos que iban sin falta cada domingo, cual misa, a Pipopelandia.

De adolescente, Internet fue la salvación. Fue una ventana abierta para mí. Podía rehuir de mi bilis negra y del mal de Saturno. En ese autoexilio pude escapar de algunas conductas excluyentes. Si eres parte de la población LGBTTTI, la tienes difícil. Tlaxcala, conocido también como el "lugar de tortillas", presume de actitudes homofóbicas y, generalmente, los prejuicios están a la orden del día. Yo tuve la fortuna de tener apoyo, pero ese no era/es el caso de muchas personas. ¿Respecto a conocer a alguien? Tarea casi imposible: te enamorabas de algún buga o enclosetado(a) que te quería mantener en secreto por siempre y para siempre. No quiero sacar a relucir mis dolores de antaño pero a mí me batearon gachamente nomás "por el que dirán" (bueno en realidad nos descubrieron pero esa es otra historia). La involucrada fue la misma con la que me subí al juego mecánico del horror. ¿Quién lo hubiera dicho? El Martillo se transformó en el paradigma de nuestra relación. Aunque mi primer beso (a una niña) me lo dio una compañera del colegio monjil. Era la más bonita del salón pero también la más heterosexual. Claro que yo me dejé ser un experimento también, pero cuando te clavas como me pasó con la del Martillo, pues era horrible. Es decir: sí, pero no o no pero sí. El closet provincial era, como dice la RickyCanción, "un pasito pa' delante" era (muchas veces) "un pasito pa' atrás".

A los 18 años me mudé al Chilango. Renegué de mi terruño hasta que, pasado un tiempecito, me preguntaron si Tlaxcala era una delegación del (en ese entonces) Distrito Federal. Fue entonces cuando (me) extrañé más que nunca.

@KarenVilleda

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