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Cultura

Consejos para reventarse en Cancún con 500 pesos

Gastamos mucho menos de lo que vale una entrada a un antro y duramos toda la noche.

por Juan Manuel Coronel
25 Marzo 2016, 12:00am

La noche promete placeres oscuros y cuando la noche promete, cumple. No importa que sólo tengas 300 pesos en la proletaria bolsa de tus pantalones. La diversión y el placer de Cancún están lejos de los turistas, escondidos entre las calles de la zona roja. Se encuentra en tugurios donde migrantes provenientes de otros estados y criminales de poca monta consumen su soledad y su tiempo entre devaneos de cervezas y mujeres.

Viví en Cancún varios años. Fui parte de la denominada población flotante, un paria más. Por eso cuando regreso le hablo a mi ex roomie para darle refresh a nuestra guía ilustrada de agujeros oscuros donde nos gustaba vivírnosla y mamárnosla (que en la región significa beber).

Todos los caminos van al Crucero. Un nervio a flor de piel que reúne a las clases obreras de Cancún, calles de terracería, asesinatos, violaciones, muchas drogas, prostitución... Hace 40 años en la intersección de la Calle Tulum y López Portillo se ubicaron los primeros asentamientos de trabajadores que alimentaron la Zona Hotelera. Ahí es donde se encuentra la diversión y no en sus antros infestados de mirreyes y turistas.

Al filo de la medianoche llegamos a El Capri, una forma abreviada para decir: "El último de mis caprichos". Con más de diez años funcionando, este lugar se ha creado una fama de calidad incuestionable. Es quincena y hay fila para entrar.

Se trata de un tugurio de ficheras. Pero también es un lugar en el que concurren mujeres y hombres, trabajadores de hoteles, garroteros de restaurantes, taxistas; todos los parias de la ciudad llegan al lugar con un solo deseo: bailar sin pagar cover y beber cerveza a buen precio. En la fila se acercan varias mujeres para que las invitemos; son viejas, les faltan algunos dientes, su mirada está perdida, nos prometen sexo. Pero aún es temprano y yo busco sólo a Rosa.

Se llamaba Rosa, la conocí en una farra marca Capri, intercambiamos teléfonos y fuimos a la playa al día siguiente. Cuando la soledad de Cancún me caía encima como una losa venía aquí para tomar una cerveza y platicar con ella. Era de Tabasco, estaba huyendo del padre de su hijo de seis años, que quiso matarla. Lloró muchas veces sobre mi hombro. No hay cariño más sincero que el que nace en un tugurio.

El lugar está abarrotado, no cabe nadie más, en la pista menos, una banda versátil sacude el ambiente. Rosa no está. El lugar ha cambiado mucho desde la última vez que lo visitamos. El animador nos pone al tanto: "Bienvenidos al Nuevo y Remodelado Capri". Sí, el lugar ahora tenía tubos fluorescentes que prohíben la penumbra, sillas nuevas. Las mujeres viejas que nos ofrecieron sexo se van de mano de otros hombres, nublados por el alcohol. La cubeta está a cien pesos. Nos sentamos en la mesa con Erika y Sandra. Resulta que son madre e hija.

Esto no es el Coco Bongo, ni el Mandala, Dady´O. No te encontrarás gringas borrachas perreando a ritmo de un horrible rap. Aquí sólo hay cuerpos inflamados, nuevos amigos, borrachos, meseras, robacoches, albañiles; todos cantando y bailando, calentando más la noche del Caribe. Aún así debo decir que con las nuevas luces ya no existe la intimidad distintiva de este barrio.

En la siguiente esquina del callejón está el New York, antes llamado Las Vegas, antes Novedades Cristal. Mi compañero me dice que el lugar es del grupo criminal de La Familia Michoacana, aunque ésta ya no exista. Dos semanas antes levantaron a un tipo ahí adentro porque andaba de chapulín vendiendo droga por su cuenta. El lugar no duró clausurado ni tres días.

Dentro es tan oscuro que no puedes ver las caras de los tipos solitarios y sedientos en las demás mesas. Hay mujeres bailando sobre una tarima. Buscamos a Ian, el tipo que dirige el naufragio. Lo conocimos unos años atrás cuando era el administrador de un table dance en el Kilómetro 21, una antigua zona de permisión de la ciudad. No lo encontramos y como desconocemos su paradero, prefiero no usar su verdadero nombre.

La cubeta de cerveza está a 160 pesos. Las drogas las puedes encontrar ya sea en el baño o platicando con las chicas y los meseros. Yo no buscaba drogas pero tenía que entrar al baño. En el mingitorio contiguo un tipo se mete coca con la lija de un cortaúñas portátil. Entra otro hombre al baño y empuja a mi vecino drogadicto. "Ahora sí cabrón, qué me estabas diciendo", reclama en claro tono de ya te chingaste. Y yo en medio de una potencial pelea y con la verga en las manos. Para mi suerte sólo blofean, ambos se ríen y salen del baño. Todo muy ameno.

Este lugar, como muchos otros, lo maneja el narco y claro que hay trata de personas, y si tu conciencia puede soportar ser parte de un engranaje criminal que rebaja la dignidad humana y que además funciona al amparo de las autoridades, entonces te puedes divertir.

Una vez Ian nos explicó que los table manejan una política rotativa para que las mismas mujeres que trabajan en los lugares exclusivos también pasen por los tugurios del Crucero, cobrando desde luego precios más accesibles.

Ya no saco la cámara, además de la borrachera y la falta de luz del lugar, para no herir la susceptibilidad de esas oscuras figuras a las que les brillan los ojos cuando dan un trago a su cerveza.

La tercera parada son los bares de la López Portillo, que nos reciben con su olor a cerveza agria y a sudor. En todos los lugares la cerveza es 2x1, así que bebemos y salimos de cada uno de los bares donde suena estridente música de banda.

La noche se va resquebrajando y sentimos que hemos cumplido nuestra labor etílica. Por eso nos encaminamos a caminar por la Supermanzana 66, colonia donde se encuentran los centros de prostitución. Tan sólo hay que cruzar la López Portillo y tomar la calle 18.

Esto no es el Pleasure Principle, ubicado en la Zona Hotelera, uno de esos prostíbulos que prefiere llamarse "casa de citas", y que cobran en dólares. Este es un corredor de terracería, con casas derruidas, centrales de camiones foráneos y bodegas. Puede haber cierto parecido con el mercado sexual de La Merced, pero hasta ese lugar puede parecer más nice.

La 66 es una de las primeras colonias de Cancún que solía ser de uso habitacional. Ahora, entre las casas de la primera generación de pobladores, las escuelas y las iglesias, crecieron los prostíbulos, también controlados por el narco.

Cuando uno quiere hablar de los problemas que aquejan a Cancún, el caos urbano, la prostitución y la pobreza, tarde o temprano llegas aquí. Por eso mientras hacíamos reportajes siempre terminábamos caminando por esas calles. Vecinos nos platicaron que los grupos criminales ofrecen pagar 40 mil pesos al mes de renta para que la gente les deje utilizar su propiedad. Así se ha logrado establecer un corredor de más de 30 casas habilitadas como cuarterías.

Crudos y trasnochados recorremos la calle, escuchando los leves murmullos de los hombres que nos vigilaban desde cada ventana. No importa la hora que sea, siempre hay mujeres llamando desde cada puerta. Si se lo preguntan, sólo hay mujeres, los travestis y transexuales se encuentran en otra zona de la ciudad.

Vemos a una chica de muslos prometedores, le calculamos 30 o 35 años. Nos dice: "150 (pesos) completo hasta que termines, todo lo que quieras hacer". Preguntamos si podemos tomarle fotos pero inmediatamente se asoma un adolescente que no supera los 18 años y se queda en el marco de la puerta con la cara de "para de preguntar pendejadas y métete en el cuarto".

Mi hombre, fustigado por su borrachera y calentura, cede al guiño que le hace la mujer. Dentro, varias mujeres juegan cartas: les calculamos unos 40 años. Cada cuarto lo dividen con cortinas atadas a mecates que permiten ver lo que ocurre en las otras camas y se escucha todo. "Oiga, comadre, se la están cogiendo", se escucha una voz. "Sí, comadre, y bien fuerte", le responden. Me dicen que si no voy a consumir no puedo estar ahí, así que regreso a la calle.

Fuera, otra mujer me trata de convencer para que entre con ella. "Mejor gástate tu dinero conmigo, si no cuando salgas de la colonia te lo van a terminar quitando". Lógica aplastante. Es verdad, la policía acostumbra levantar a trabajadores que deambulan en las noches de quincena, en su mayoría albañiles que salen de la construcción con todo su dinero.

El cielo se pinta de guinda con el alba y mi compañero sale. La última parada son las tortas de cochinita de la Portillo. Hacemos cuentas, gastamos mucho menos de lo que vale una entrada a un antro y duramos toda la noche. Es lo mejor que se puede hacer. Así nos encaminamos, una vez más, a perdernos en el paisaje inhóspito de las calles que nacieron huérfanas de nombres.

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