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La pura puntita

Nenitas

¿Crees que tu vida como adolescente apesta? La morrita de este cuento también piensa lo mismo de su vida.

por Sylvia Aguilar Zéleny
20 Enero 2014, 4:00pm

Sylvia Aguilar Zéleny (Sonora, México, 1973) es narradora y nos encanta. Su libro de cuentos, Nenitas, publicado por Nitro Press el año pasado, y del cual reproducimos a continuación un relato, fue ganador del Premio Regional de Cuento Ciudad de La Paz 2012. Silvia ha sido becaria del Fondo Estatal y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y actualmente es profesora en el Departamento de Escritura Creativa en la Universidad de Texas. Teje bufandas en invierno y tiene una bicicleta llamada Blanche Dubois.

TOTAL

Cierro los ojos, tengo ocho años. Es sábado. Y, como todos los sábados, hay fiesta en casa. Misma gente. Misma comida. Mismo-disco-de-Vicky-Carr. La cantante favorita de Papá, enemiga de Mamá. Papá dice que no hay otra mujer como ella. Mamá dice lo mismo pero en otro tono. Avanzo entre mesas con platos, vasos, botellas. Tomo un poco de vino, nadie se da cuenta. Me acomodo en un rincón de la sala con un cargamento de carnes frías. Observo todo. Mamá trata de socializar con los amigos de papá y, como cada sábado, las cosas no resultan. Ella intenta opinar de esto, de aquello, papá le pide las aceitunas o que se traiga la botella de whiskey. Pasarán los años, a Mamá de todos modos no le quedará claro que en esta ciudad la diversión separa: hombres acá, mujeres allá. Mamá seguirá otros muchos sábados diciendo a sus amigas que en Guadalajara las fiestas no son así. Algunas de ellas continuarán preguntándole, ¿y cómo eran, Alicia?, las demás, se levantarán del sillón e irán a cualquier otro lugar donde no escuchen una vez más sobre las fiestas de la familia en Guadalajara. Mi mamá bebe, total, se emborrachará igual que papá, sin papá, para molestar a papá. Lo hará cada sábado hasta que un día tendrán que quitarle la vesícula y el doctor diga: señora, ya no podrá tomar alcohol, y mi mamá replique: doctor yo no bebo, una copita de vino muuuuy a la larga, y nosotros diremos: es cierto, doctor, ella no bebe: una copita de vino muuuuuy a la larga. Papá pide el dominó, mamá lo trae. Ésa es su dinámica, uno pide, el otro hace. Corrección: Él pide, ella hace. Cuando no es eso son los monosílabos, ¿quieres?, sí, ¿vienes?, no. Somos familia de monosílabos. Pero aún no me he dado cuenta de eso. Hablaré de ello, de los monosílabos, cuando no estemos juntos, cuando tenga años de ni siquiera dirigirles monosílabos y le pregunte a la terapeuta ¿por qué cree que tengo un problema de comunicación?, y ella me diga: son cosas que generalmente tienen que ver con la familia, ¿qué me puedes decir de la tuya?, y yo ni siquiera sabré por dónde comenzar, diré que no hay nada que pueda decir de mi familia, hablamos poco, ¿sabe? y ella escribirá algo en su libretita y yo no dormiré por estar pensando qué escribió en la puta libretita. Allá está Massiel, la mejor amiga de Mamá. No se llama Massiel sino Marisela pero le gusta tanto la cantante Massiel que nos obliga a llamarla así. Massiel hace como que no bebe pero deja vasos en todas partes y de todos toma, dice que quiere mantenerse sobria para poder volver a casa sanos y salvos. Dos choques son suficiente, Marcos, le dice a papá quien abre otra botella de ron para ella. Después de un rato Massiel abandona el ron y me llama: dile a tu papá que me sirva de su coñac, del bueno. Cuando regreso, me da unas palmaditas en la cabeza y me pregunta cuántos años tengo. Estoy a punto de decirle que ocho cuando voltea con mi mamá y le dice que tiene suerte de tener dos hijas como nosotras. Mamá dice que sí, que somos magníficas, que somos creativas y amables. Sólo tengo ocho años pero sé perfectamente que mamá no nos considera ni magníficas ni creativas ni amables. Se lo voy a decir a los diecisiete: tú nunca nos consideraste magníficas ni creativas ni amables y comenzaremos una discusión que cerraré con broche de oro jurando que por mí todos se pueden ir a la chingada y que me voy a ir lejos y nunca los volveré a ver. Mi mamá dirá: te desconozco. Le diré: yo quisiera desconocerte. Pero no saldré de la casa ni esa noche ni ninguna otra de los siguientes cinco años. Anda, nena, busca a tu hermana, que venga a tocarnos el piano. Encuentro a mi hermana, está en la cocina. Mamá la mandó a cortar el rollo de dulce. Pero el rollo está intacto y mi hermana se besa con Carlos, nuestro primo, yo no sé si está bien o está mal pero me gusta verlos besarse. Mi hermana tiene dieciocho y a los dieciocho las mujeres quieren que un hombre como Carlos las bese... Papá y mamá nunca sabrán hasta dónde llegará Carlos con mi hermana, no se van a enterar que, por él, terminó haciéndose un legrado. Yo tampoco lo voy a saber hasta que un día, cuando nazca su primer bebé, ella misma me lo confiese. Me regreso a la fiesta y me muevo con tranquilidad. Tomo otro cargamento de carnes frías y avanzo. Voy del lado de las mujeres, como y bebo sin que nadie se dé cuenta. Voy del lado de los hombres, como y bebo sin que nadie se dé cuenta. Los amigos de papá me cargan, alguno me abraza, otro más me sienta en sus piernas e intenta rozar mi muslo, tratará de cruzar el calzón, pero no pasará nada. Al menos no en esta fiesta. Me levanto, voy, vengo. A las once de la noche Papá vuelve a poner “Total” y Massiel comenzará a cantar: “Total, si no tengo tus besos no me muero por eso yo ya estoy cansada de tanto besar…” acercándose a Papá que hace como si nada. A nadie le gusta cómo canta, pero todos la aplauden. Massiel y Papá un día se van a ir juntos, Papá regresará unas semanas después. Mamá nunca le volverá a hablar ni con monosílabos. Pero hoy, hoy sí le habla, son los anfitriones y esta noche todo es perfecto. La canción se termina y los invitados aplauden con entusiasmo. Yo, haré lo mismo. Aplausos y aplausos, ¿qué más se puede hacer? Total.

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