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Un vistazo al club de caballeros más exclusivo de Munich

En el Contenance Club —cuya membresía cuesta hasta 24 millones de pesos al año— las mujeres sólo pueden hablar cuando un hombre se dirige a ellas.

por Christina Hertel; traducido por Bernardo Tavares
28 Enero 2018, 8:00pm

Todas las fotos por Manuel Nieberle

Este artículo se publicó originalmente en VICE Alemania.

Son las 6 PM cuando conozco al empresario alemán Michael* en el estacionamiento detrás del Theresienwiese Square en Munich, el lugar donde millones de personas se congregan todos los años para la famosas celebraciones del Oktoberfest.

Michael no es el nombre real de Michael; no quiere que lo relacion a este artículo porque ya ha recibido mucha mala prensa el últimos par de meses. Toda esta atención viene de su imperio, que está cuatro metros bajo el piso de este estacionamiento: un espacio tipo palacio adornado con candelabros brillantes y muebles pomposos estilo rococó que parecen tomados de un teatro de ópera.

El proyecto de Michael es un club de caballeros privado llamado Contenance Club. El local abrió en diciembre del 2017 y por ahora sólo organiza eventos privados, pero Michael espera atraer pronto a muchos miembros nuevos, quienes podrán realizar una visita cada noche de la semana.

Michael opening the door to his kingdom

Aunque “contenance” sea un término francés que se refiera a la moderación, la visión de Michael es todo menos eso. Quiere que su club sea un refugio ruidoso y extravagante donde hombres ricos e influyentes puedan socializar mientras estén rodeados de mujeres hermosas quienes —según las reglas del club— sólo pueden hablar cuando se les dirige la palabra.

Los clubes sociales de caballeros empezaron a surgir en Londres en el siglo XVII como espacios donde hombres de clase alta podían ir a establecer contactos. A diferencia del Contenance Club, los pocos clubes de miembros que existen en Alemania no se presentan como cuevas de fiestas ostentosas para hombres ricos; por eso el concepto de Michael ha atraído atención negativa tanto de la prensa como del público desde que abrió. Quería ver si esa consideración era cierta o no.

Los escalones que conducen 4 metros bajo tierra hacia el Contenance Club

Un poco después de las 6 PM, Michael sale de una puerta blanca al estacionamiento, donde yo lo estoy esperando. Está vestido completamente de negro (un look bastante refinado, pero sus ojos se ven cansados). Lo acompaña su gerente de eventos, una mujer de cabello obscuro de veintitantos años que no me quiere decir su nombre.

Después de un par de introducciones apresuradas, Michael me guía hacia el club. La primera cosa que veo es un candelabro enorme que cuelga del techo. En uno de los costados de la sala principal está un sillón azul que tiene la palabra “Beluga” cosida en letras doradas. “Es un tipo de caviar,” me explica Michael, asumiendo que no sabría, mientras bajamos más escaleras. “Son 6,900 pesos por 100 gramos”, continúa. “Lo he comido tanto; ya no puedo hacerlo”.


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Debajo del piso principal hay una bodega con cuatro cuartos y paredes de ladrillos y un techo en forma de domo. Michael planea convertir este espacio en una barra que sirva ostras y carne Kobe. “La carne Kobe sabe loquísima”, dice Michael. “Masajean y acarician la carne todo el día”.

Hay pinturas gigantes en las paredes: imágenes de ángeles desnudos, La Última Cena y una de una mujer teniendo una orgía en el cielo. Michael me dice que toma un mes pintar cada una, y que las hizo un estudiante de arte que tomaba clases nocturnas.


Los únicos datos que conozco de la vida personal de Michael es que tiene 63 años y que nació en Munich. “No quiero más publicidad”, me dice. Pero algo que le encanta es que lo consideren “un amigo de los ricos, famosos y hermosos”. Constantemente habla sobre rockeros, actores y socialités alemanes. Por ejemplo, me dijo que una vez le advirtió a Boris Becker, el jugador de tenis profesional, sobre su primera esposa.

Michael se sienta en un sofá en la habitación que se convertirá en el cuarto de puros del club, donde los miembros también podrán ver partidos de futbol. Por ahora, lo usan como un lugar para guardar lo que parece ser la colección más grande de sillones de tapicería dorada del mundo. Se reclina más y me revela que no ha invertido su propio dinero en el club. El mayor inversionista del Contenance Club es un amigo suyo, mientras que Michael dice que ha hecho acuerdos de patrocinio con marcas de vodka y champán.

Sin embargo, toma todo el crédito por el concepto y diseño del lugar. “No necesito un decorador interior”, me dice con orgullo. “He estado soñando sobre esto los últimos cinco años”.

Michael no me quiere contar cuantos miembros tiene su club, pero dice que consigue unas dos membresías nuevas al día. Recientemente, me presume, el hijo de un jugador famoso de futbol pidió membresía. Si lo aceptan, va a pagar una membresía de entre alrededor de 222,000 y 24 millones de pesos. “Por 24 millones, un jet privado te va a recoger desde cualquier parte de Europa”, promete Michael.


La diferencia entre las categorías de precio es simple: cuanto menos pagues, tendrás que reservar con mayor antelación una noche en el club. Según Michael, los ricos odian esperar, entonces piensa que pagar un poco más siempre les resultará más atractivo. “La gente normal,” dice, no puede entrar. “Se quejan demasiado. No quiero a nadie aquí que se siente en la esquina durante toda la noche tomando Coca y luciendo triste”.

La misteriosa gerente de eventos de Michael está a cargo de contratar las mujeres que van a trabajar en el club. Un tabloide alemán recientemente publicó el tamaño, la edad, el peso, y los requerimientos personales para todas las empleadas posibles: tienen que medir más de 170, tener menos de 35 años, pesar menos de 60 kilos y ser solteras.

Según Michael, estas son meras guías. “Por ejemplo, yo peso más de 60 kilos”, me dice su socia. “Las mujeres aquí sólo necesitan ser elegantes”, agrega Michael, “y sexy”.

El bar de champán está situado junto al bar de ostras, que también servirá carne Kobe.

Recientemente, una modelo negó una oferta para trabajar en el Contenance Club. “No quería trabajar por 4,500 pesos por noche”, me dice Michael, incrédulo. Desde su punto de vista, todas las mujeres sueñan con tener zapatos caros y bolsas Gucci, y la manera más fácil de lograr eso es consiguiendo un hombre rico. “El 90 por ciento de las mujeres se prostituyen de una forma u otra”, me explica.

Sin embargo, se siente forzado a agregar que esto no es un club de sexo. “Ve a tu alrededor: aquí no hay camas. Vamos a contratar chicas que espíen a las otras para asegurarnos que nadie se esté ofreciendo a los hombres. Si lo hacen, serán despedidas. Para asegurarnos, tenemos una regla estricta: las mujeres no pueden iniciar conversaciones con los invitados. Pero, si soy honesto, no creo que necesitemos esa regla porque una mujer normal no lo haría, de cualquier forma”. En cambio, por mantenerse calladas hasta que les hablen, a las empleadas, cuenta Michael, se les ofrece un ambiente de trabajo seguro, donde siempre habrá seguridad para que los miembros no traten de tocarlas de forma inapropiada.


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La habitación favorita de Michael es la cámara bávara. Sobre una columna de vidrio descansa un busto de Ludwig II de Baviera: el “Rey Loco” que construyó el llamativo Castillo Neuschwanstein en el siglo XIX. Michael dice que no le molesta que la gente piense que su gusto en diseño interior sea horrorosamente trillado. “Dos millones de personas al año visitan el Castillo Neuschwanstein”, responde. “¿Acaso son todos unos pendejos?”

El Contenance Club no es ningún Neuschwanstein —en su mayoría es una cueva llena de oro falso y brillantina— pero la comparación claramente le gusta a Michael. “Soy un monarquista”, dice, antes de describir la belleza de otro castillo del Rey Ludwig, Schloss Herrenchiemsee, con sus mesas bajas, teleféricos y techos decorados. “Soy un soñador, un loco,” confiesa con orgullo.

Pone un poco de música: “Also Sprach Zarathustra”, de Richard Strauss. Zarathustra fue un filósofo iraniano del siglo XI que, según Nietzsche, bajó de una montaña para enseñarle a la gente que había mejores metas que perseguir.

Enseguida poner Andrea Bocelli. Michael empieza a cantar con los brazos arriba como si estuviera cantando para una audiencia, aunque sólo estemos yo y su gerente de eventos. Pronto deja de cantar; y se pone a dar gritos aleatorios con la música. Le pregunto qué pasa. “Honestamente, me encanta molestar a la gente”, me dice. “Quiero que la gente se sienta como si pudiera pasar algo en cualquier momento”.

In the Bavarian room stands a bust of Michael's idol, the "Mad King" Ludwig II.

Es claro que Michael quiere que las personas lo relacionen con la gente hermosa, exclusiva y glamorosa, pero parece haber perdido el punto. El lugar parece estar situado en una era pasada donde a la gente con su misma visión nunca les llamaban la atención y donde las mujeres eran objetos para ver y no escuchar.

Recientemente, Michael hizo una cuenta de Instagram. “Está llena de mujeres semi-desnudas tomándose selfies”, me dice, burlándose. “Pero si un hombre les hablara en la calle y las invitara a su casa o les diera un cumplido dirían, ‘no soy ese tipo de mujer’”. En un mundo donde las mujeres poseen extraños privilegios como “independencia sexual”, el Contenance Club es su santuario.

Michael apaga la música. De repente está apurado; otro periodista ha llegado para tomarle fotos al “lugar más secreto de Munich”. Camina conmigo hasta el estacionamiento. Le pregunto si está seguro de que todo va a funcionar. “Claro”, me dice. “Pero nos vamos a divertir de todas formas”.

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