Frida Guerrera: desayunar, escribir y soñar con feminicidios

Ante la falta de acción de las autoridades, esta mujer lleva su propio conteo de muertes de mujeres en México.

por Ollin Velasco
29 Mayo 2018, 10:16pm

Fotografía de Paulina Munive.

Frida Guerrera se levanta a las ocho de la mañana para actualizar su conteo de feminicidios en México. Deja la cama, prepara café y desayuna con su esposo Daniel. Luego él se va a trabajar —da clases de veterinaria en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)— y ella se pone a monitorear en diarios locales los últimos casos de mujeres asesinadas en el país.

Así se le van cuatro o cinco horas del día. Luego actualiza su base de datos, selecciona algunos de los crímenes y comienza a investigar. Después de dos años y medio de haberse consagrado a la tarea de documentar feminicidios, Frida ya tiene una nutrida agenda de contactos en todos los estados de la república, que utiliza para comunicarse con familiares de las víctimas.

Así es como ha reconstruido y contado más de 200 historias: visitando las casas de las mujeres asesinadas, hablando con padres, esposos e hijos a quienes la ausencia y la impotencia les han robado el sueño, la esperanza y la vida.

Frida tiene un blog y una columna donde comparte esas historias; una transmisión nocturna vía Periscope donde hace un balance diario del tema, y una vida social restringida por numerosas amenazas de muerte y por la zozobra de ser la siguiente en la lista.

Esa es su vida de lunes a domingo, semana tras semana.

Así nació la Guerrera

Frida quería ser ingeniera en electricidad, no periodista. Entró a estudiar la carrera al Instituto Politécnico Nacional (IPN) y muy pronto se dio cuenta que lo suyo no eran los circuitos ni los cables, sino las emociones humanas. Entonces cambió su rumbo y decidió matricularse en Psicología, en la UNAM.

En 2006 su vida cambió. Se encontraba atrapada en una relación sentimental que recuerda como “absolutamente destructiva y violenta”. Un día las agresiones de su pareja llegaron al punto en que Frida decidió abandonar todo lo que tenía en la Ciudad de México, para reinventarse en otra parte.


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“Salí de mi casa con 30 pesos en la bolsa y la nariz sangrando. Rota en todos los sentidos. Así fue como llegué a Oaxaca y me di cuenta que el estado estaba social y políticamente tan revuelto como yo. No tardé mucho en saber que vivir ahí era la mejor forma de empezar a reconstruirme”, cuenta.

Ese fue el momento en que nació Frida Guerrera. En realidad se llama Verónica, pero la revolución personal que tenía planeada para ella misma era de tal magnitud, que ameritaba cambiarse hasta el nombre.

Desde que se instaló en Oaxaca, Frida empezó a reportear cada tema que se le ponía enfrente. Su cámara y su computadora se le volvieron fieles acompañantes en un estado que recorrió de punta a punta. Cubrió el conflicto triqui, un sonado caso de pederastia en un colegio religioso y se metió hasta las barricadas con que el movimiento magisterial —que estalló ese mismo 2006— llenó de fuego y cenizas la capital oaxaqueña.

Fotografía de Paulina Munive.

Así pasaron 10 años, hasta que cierto día llegó a ella la noticia de que una mujer geofísica, llamada María Salguero, había empezado a construir un mapa de los feminicidios en México, mediante una plataforma anclada en Google Maps. De inmediato lo consultó.

“Cuando vi la cantidad de puntos de muerte que se aglomeraban a lo largo del país, me quebré de nuevo. Lloré mucho. Pensé: 'nos están asesinando de una forma inaudita y parece que a las autoridades no les importa'. Por eso decidí hacer algo al respecto: contar las historias; no permitir que las vidas de esas mujeres se enterraran con ellas".

Desde 2016, esa ha sido la causa que la hace levantarse todas las mañanas con la sensación de tener un eterno pendiente esperando por ella en su base de datos. Frida ha sido amenazada de muerte hasta por el gobernador de un estado; actualmente es monitoreada vía telefónica varias veces al día por el Mecanismo de Protección a Periodistas —de la Procuraduría General de la República (PGR)—, para asegurarse de que está viva y a salvo, y lleva a cuestas una cuantiosa factura sin pagar: la de su paz.

Una cuenta pendiente con la paz

Aunque su melena negrísima y su mirada sin rastros de ojeras demuestran lo contrario, Frida dice que sólo duerme entre tres y cuatro horas diarias. Que casi siempre amanece bañada en sudor. Que todas las noches tiene sueños con las mujeres a las que investiga de día. Que le reprocha mucho a su memoria siempre mantenerle tan vívidos los recuerdos.

“Es duro verlas cada que logro dormir un poco. Y es peor tener conciencia de que se trata de los rostros que durante el día vi en fotos, en escenas de violencia indecible, irracional. Sólo que en mis sueños las veo sonrientes y felices. Con el tiempo me he acostumbrado y ahora ya he logrado pedirles que me dejen dormir. A veces pienso que acostarme implica bajar lentamente al infierno", cuenta.


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Ser psicóloga no la hace inmune al impacto emocional de estar expuesta todo el tiempo a la muerte, a la sangre y al dolor ajeno y propio. Ella dice que con mucha frecuencia echa mano de todo lo que aprendió en la carrera, y de las ocasiones en que ejerció la profesión, para darle contención a las familias de las víctimas que le abren la puerta de sus casas.

Pero no es suficiente. A ella misma le hace falta esa contención cuando el estrés permanente en el que vive y los ataques de pánico que la han tomado por sorpresa, hacen que pierda la compostura y se tire a patalear de coraje; y miente madres a todas las autoridades que permiten que las fosas comunes mexicanas se llenen con más y más mujeres sin identificar; y llore hasta que se le sequen los ojos.

“Mi pilar, mi mano derecha e izquierda y mi apoyo incondicional están en Daniel, mi esposo. Yo podré contarles un poco cómo vivo mi trabajo, pero sólo él sabe lo que realmente es. Cuando regresé de Oaxaca le conté que quería dedicarme de lleno a esto, y que él tendría que ser el sostén económico de la casa. No dudó en aceptar; está en este barco conmigo desde el inicio”.

A Frida nadie le paga por hacer su trabajo. Dice que su único ingreso real es el de la columna que publica cada miércoles. A veces consigue dinero de organizaciones para financiar sus viajes de investigación a otros estados y ahora acaba de publicar un libro, Ni una más (Aguilar, 2018), del que las ganancias igualmente serán reinvertidas en pasajes de autobús, copias y trámites. Su trabajo es en realidad su proyecto de su vida.


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A pesar de todo, la activista, periodista, psicóloga y madre de un hijo de 23 años —a quien en 2016 lo diagnosticaron VIH positivo, y que a un año ya resultaba indetectable por su adherencia al medicamento— tiene confianza en que las cosas cambien.

“No sé si pronto, pero siempre veo los problemas con buena cara y confío en que es posible. Creo que la clave está en dejar de echarle completamente la culpa al gobierno y asumir nuestras responsabilidades como ciudadanos conscientes y congruentes”.

Frida cree que sólo hace falta resanar un poco el tejido social descompuesto de México, para empezar a ver cómo los feminicidios y la violencia en contra de las mujeres empiezan a disminuir. ¿Qué hay mucho por hacer? Sin duda. ¿Que necesitamos nuevas leyes, nuevos castigos y nuevas conciencias? Por supuesto. Pero por algo, dice, se empieza.

Y ella ya empezó hace más de cuatro mil casos.

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