Testimonios

¿Por qué llorar es socialmente aceptable para los criminales?

Imagina una cultura en la que la muerte de tus amigos y perderte tu infancia es la norma.
traducido por Laura Castro
20 Febrero 2019, 2:30pm
Hombre pensativo.
Imagen vía Shutterstock.

Artículo publicado originalmente por VICE Australia.

El momento más memorable en que vi llorar a un hombre adulto fue cuando me aceptaron en un club ilegal de motociclistas. El sargento de armas estaba junto a mí, derramando lágrimas que corrían por su rostro mientras se quitaba la camisa y me la entregaba como un signo de hermandad. El silencio en la habitación era profundo. Nunca se me ocurrió pensar en lo rápido que las lágrimas pueden rodar por la cara de un hombre y lo pintoresco que es eso. Especialmente cuando el hombre está certificado como el más rudo de una habitación llena de hombres violentos.

Vi muchas películas de Van Damme y Steven Seagal cuando era niño. Mi padre disfrutaba lo melodramáticos que eran, y yo me sentaba a ver esas películas con él. Steven Seagal era el prototipo del macho alfa que percibía la masculinidad a la vieja usanza, al modo de los Samurai, quienes consideraban deshonroso que un guerrero expusiera sus emociones. Había muchos hombre de este tipo en el entorno en el que me crie. Bravucones de la vieja escuela sin tiempo para sentimentalismos o emociones.

Van Damme, por otro lado, nunca pareció tener problemas con el llanto. Él representaba al héroe de acción moderno, con toda su sensibilidad a flor de piel ante la tragedia. En sus películas, Van Damme siempre fue un pez fuera del agua. Nunca se propuso ser un tipo rudo, pero siempre había un incidente que lo obligaba a sobrepasar los límites establecidos por la ley. Y el no estar cómodo con eso lo hacía verse cool.

Más tarde, a medida que crecía, me hice amigo de tipos que solían llorar. Eran amigos míos que se sentían rechazados por la sociedad en general. Se contaminaron y terminaron cayendo lo más bajo posible. Provenían de hogares rotos, llevaban estilos de vida infames, y finalmente se unieron a las filas del crimen.

Aquellos que se involucran con la parte más baja de la sociedad por lo regular viven en los extremos de la existencia. Su ancho de banda emocional es todo o nada. Si ganas su confianza como para poder ser parte de su estilo de vida, tendrás que soportar el peso de sus necesidades emocionales, tal como ellos felizmente soportaran el peso de las tuyas. Sospecho que esta actitud tiene su origen en el sistema carcelario, donde la soledad distorsiona el sentido de normalidad social de todos. Después de unos meses encerrados, la mayoría de los prisioneros ven que sus compañeros se olvidan de las visitas y dejan de recibir llamadas. Muchos quedan vulnerables. Y cuando finalmente son liberados, tienen que luchar para recuperar la confianza de todo el mundo. Creo que es posible que con el tiempo, esta combinación de paranoia y confianza ha quedado grabada en la psique criminal.

Recuerdo haber visto llorar a un hombre de unos 50 años al confrontarlo con respecto a su hábito de consumo de drogas. Todo fue juegos y diversión cuando salimos un viernes por la noche, pero descubrimos que no se detuvo ahí y que para el miércoles de la semana siguiente él seguía de fiesta y drogado. Su esposa lo había abandonado y estaba a punto de perder su casa. Así que nuestro círculo de amigos impuso una prohibición de drogas y lo amenazó con excomulgarlo si nos traicionaba. Pero fue su llanto lo que de alguna manera reveló la profundidad emocional de nuestra amistad. Lloró de manera tal que fue mucho más que un "agradecimiento" o un "Haré lo mejor que pueda". Lloró de una forma que nos demostró físicamente que sí le importaba.

Hace unos cuatro años, me encontré con otro amigo en un club de striptease al sur de Melbourne. No nos habíamos visto en años y él acababa de salir del Centro de Detención Metropolitano después de haber pasado un año incomunicado. Se veía nervioso, o con prisa, no estoy seguro. Actuaba como un paranoico, lo que supuse que era resultado del tiempo que estuvo encerrado.

Más tarde esa noche, había un grupo de jugadores de futbol celebrando al otro extremo del bar, y sus ojos seguían apuntando en dirección a mi amigo. Él no dejaba de preguntarme por qué los chicos del otro lado lo estaban mirando. Le dije en broma que era porque tenía la palabra "venganza" tatuada en uno de los costados de su cabeza. Luego, aproximadamente una hora más tarde, escuché que se rompía algo de cristal y a alguien gritando "¡Mira lo que me hiciste hacer!". Me agaché y abajo de la barra vi a mi amigo inclinado sobre un jugador de futbol, llorando mientras lo golpeaba repetidamente en el ojo. Sentía lástima por el tipo, pero no podía contenerse.

Si bien los delincuentes no parecemos tener estabilidad en términos de carrera, educación o una crianza sólida, ciertamente sí somos conscientes de nuestras emociones inestables y estamos muy abiertos a hablar de ellas. Siempre me resultó reconfortante escuchar a los prisioneros decirles abiertamente a sus amigos por teléfono que los querían. Es un sentimiento extraño, la forma en que las palabras pueden expresar una emoción cotidiana con una honestidad tan brutal.

Pero hay limites para esta transparencia emocional. Existen reglas muy estrictas sobre las instancias en las que está permitido ser abiertamente emocional. Por ejemplo, ser sentenciado a prisión es algo de lo que no puedes quejarte. Las historias sobre tu mala suerte no te llevarán muy lejos según el código de la prisión. Tampoco lo hará tu sufrimiento por una relación, a menos que involucre a tu familia. El aspecto emocional entre los presos se limita básicamente a cuestiones relacionadas con tus amigos y hermanos, el amor que sientes por ellos y cuánto los extrañas.

Esto podría deberse a las inseguridades inherentes a la cultura de pandillas y al concepto de lealtad. Una vez vi, a través de un cristal, a un hombre derrumbarse durante una visita en la prisión de Port Phillip cuando le dije que el servicio de protección infantil se había llevado a su hijo. La agonía de ver a un hombre llorar detrás de un vidrio grueso es agobiante, porque no puedes escuchar nada. Sólo los miras mientras la tristeza se apodera de ellos. Y es desgarrador porque no hay nada que puedas hacer. No puedes consolarlos con un abrazo o un apretón de manos. Solo puedes mirara mientras ves cómo les cae encima todo el peso de sus decisiones.

Supongo que el cliché es cierto. Que cuando juegas con fuego en algún momento acabarás quemándote. Y que si te relacionas con criminales y adoptas su poco confiable estilo de vida, finalmente sufrirás las consecuencias. O al menos, presenciarás tantas tragedias que el llanto se convertirá en la cosa más natural del mundo.

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