Foto vía Netflix

'¡A ordenar con Marie Kondo!' trata sobre el trabajo invisible de las mujeres

En la nueva serie de Netflix, las personas aprenden a enfrentar las tareas domésticas "ordenando" en familia; un proceso que revela lo sexistas que son nuestras expectativas domésticas.

por Nicole Clark; traducido por Daniela Silva
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17 Enero 2019, 7:30pm

Foto vía Netflix

Artículo publicado originalmente por VICE Estados Unidos.

Siempre he sido buena organizando. Saco las cosas que ya no me sirven y clasifico todo, me sumerjo en los detalles de la organización hasta el punto de ser obsesiva. Mis libros están ordenados alfabéticamente por tema, uso todas mis muestras de maquillaje gratuitas y, si nombras un solo artículo en mi casa, puedo decirte dónde está. De niña anhelaba una máquina de etiquetas–un regalo que mis padres sabiamente no me dejaron tener– y pasaba horas pidiéndole prestada la suya a mi tía cada vez que la visitábamos. Si existe alguien ordenado, esa soy yo.

Lo más importante es que encontré una manera de sacarle provecho. En 2016, después de meses de estar desempleada, decidí convertirme en una especie de Marie Kondo. Me di de alta en Nextdoor –una red social privada para estar al tanto de lo que pasa en tu vecindario– y me describí sin pretensiones, mencioné que "fui a la universidad" e hice una broma sobre el amor refiriéndome a éste como el "Tetris de la vida real". Establecí mi tarifa en 13 dólares por hora, que es aproximadamente lo que cobran por hacer la limpieza en California. Pero no me pareció suficiente y decidí aumentar mi tarifa a lo que parecía una suma ridícula, 25 dólares por hora, y agregué "consultora" a mis empleos anteriores. Dentro de dos días, ya tenía una lista interminable de solicitudes.

Marie Kondo tidying a garage
Foto vía Netflix

Lo que encontré corroboró las historias que se ven en ¡A ordenar con Marie Kondo!, la serie de ocho episodios de Netflix que sigue el trabajo de la gurú de la organización, Marie Kondo como consultora de limpieza. Me tocó ver a personas ahogándose en prisiones creadas por ellas mismas, llenas de tanto desorden que no lo podían arreglar, luchando por encontrar lugares para almacenar todo. Le ayudé a un cliente a arreglar diez años en calcetines sin par. Otro tenía cincuenta años en archivos en papel (recibos bancarios, documentos de hipotecas, tarjetas de agradecimiento, manuales antiguos de PC) los cuales quiso clasificar en docenas de pestañas en una serie de archivadores. Mientras trabajaba, se negó a tirar algo.

Durante mucho tiempo se les ha enseñado a los estadounidenses a comprar cosas, innumerables cosas, como un medio de satisfacción y felicidad. El impulso es tan indiferente como absorbente, es un parche para solucionar un problema que ningún elemento material puede satisfacer adecuadamente. El proceso de acumulación eventualmente hace que sea difícil encontrar o almacenar de manera eficiente las cosas que ya tenemos. En 2012, el Centro en la vida cotidiana de las familias (CELF, por sus siglas en inglés) de la UCLA descubrió que, en un estudio sistemático de 32 familias de clase media y con dos ingresos en Los Ángeles –solo el 25 por ciento de las cocheras podía almacenar automóviles porque ya había demasiadas cosas guardadas ahí.

Entonces, no es de extrañar, que las prácticas para "ordenar" de Marie Kondo hayan generado un imperio de orden. La pequeña visibilidad de la mujer japonesa se disparó después de que publicó su libro The Life-Changing Magic of Tidying Up [La magia del orden] (Kondo en realidad lo escribió como un recurso provisional para apaciguar la larga lista de espera para sus servicios de consulta de limpieza). Junto con su segundo libro, Spark Joy [La felicidad después del orden], ha vendido más de 7 millones de copias en todo el mundo y su trabajo ha sido traducido a 38 idiomas.

La verdad es que, si bien a todos nos han enseñado a comprar cosas, a pocos de nosotros se nos ha enseñado a poseer cosas, a manejarlas, y tampoco sabemos las consecuencias de acumularlas en exceso, lo que podríamos llamar "desorden". Bueno, no es tanto que no se nos haya enseñado a ser dueño de las cosas, ya que las mujeres en particular se han sentido agobiadas por la expectativa de que ellas se tienen que encargar de eso. Las cosas son el dominio de las mujeres, y el lugar donde se almacenan estas cosas es también el dominio de las mujeres. Las mujeres almacenan cosas, organizan cosas, limpian cosas, ordenan cosas, programan cosas. No solo hacemos estas tareas, sino que mantenemos un registro mental de qué, cómo y cuándo deben realizarse estas tareas.

Se denomina "carga mental" o "tercer turno": el turno que le sigue a un trabajo de tiempo completo y la realización de las tareas en sí. Y, sí, la "carga mental" es diferente al acto de hacer las tareas. Velo como una tarea de gestión de proyectos en el hogar. La artista francesa monónima, Emma, lo explicó brevemente en un cómic viral para The Guardian, que comienza con una madre con exceso de trabajo, preparando la cena para los invitados y sus hijos. Cuando la olla hierve y se derrama en el suelo, su marido se enoja y le dice: “¡Debiste haber preguntado! ¡Yo te hubiera ayudado!".

Es interesante examinar las suposiciones de este hombre ficticio: en primer lugar, que se le debe preguntar para poder participar y, en segundo lugar, la consecuencia de que no se le haya preguntado lo absuelve de tener que hacer la tarea. Tener que preguntar implica que haya un gerente para subordinar la relación en el hogar. "Cuando un hombre espera que su pareja le pida que haga cosas, la ve como la encargada de las tareas domésticas", escribe Emma. "Así que depende de ella saber qué se necesita hacer. El problema con eso, es que planificar y organizar las cosas ya es un trabajo de tiempo completo... cuando les pedimos a las mujeres que asuman la tarea de organización y, al mismo tiempo, ejecuten una gran parte, al final representa el 75% del trabajo".

Por lo tanto, a una mujer se le asigna la tarea en sí misma y la función de gerente del proyecto de organizar dichas tareas, independientemente de si tiene otro trabajo o no. De hecho, Bright Horizons –un proveedor corporativo para cuidar niños– hizo una encuesta en 2017 con 2,082 empleados adultos que tenían al menos un hijo y encontró que el 86 por ciento de las madres trabajadoras dicen que ellas se encargan de la mayoría de las responsabilidades familiares y domésticas, "no solo haciendo citas, sino también conduciendo para llegar a ellas y programar mentalmente quién necesita estar dónde y cuándo”. La mitad de esas mujeres dijeron que se sentían agotadas.

¿Podría ser que las mujeres asuman la mayor parte de la planificación del hogar, porque los hombres hacen más de esas tareas? Pero no, un estudio realizado en 2016 por la Oficina de Estadísticas Nacionales del Reino Unido encontró que las mujeres realizan aproximadamente el 60 por ciento más de trabajo no remunerado, o 26 horas de trabajo no remunerado por semana en comparación con las 16 horas de trabajo no remunerado que hacen los hombres. Las tareas incluyen cuidar a niños y adultos, limpiar y lavar la ropa y la cocina (esta última las mujeres la hacen el doble que los hombres). Según la Encuesta sobre el uso del tiempo en Estados Unidos, en 2017, en un día promedio, el 49 por ciento de las mujeres hizo tareas domésticas, en comparación con el 19 por ciento de los hombres.

Marie Kondo
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Este tipo de agenda de horarios internos suele ser completamente cognitiva y, por lo tanto, invisible. Y en lugar de ofrecer ayuda, o agradecer a las mujeres por la inmensa labor que hacen administrando los proyectos domésticos, son percibidas como molestas por recordarles a los demás que hagan las cosas. Algunas mujeres hartas de esta situación, han escrito relatos en primera persona de cómo intentan vivir sin un calendario mental, muchas usan títulos como: "la semana que me negué a asumir la carga mental". En su mayor parte, estas narraciones terminan con que los hombres intentan tomar las riendas y hacen un programa que involucra comida para llevar, y ocasionalmente terminan decepcionando a sus hijos al olvidar firmar permisos de viaje o las zapatillas para la clase de ballet. El hogar se desmorona.

Cuando trabajaba ordenando casas, la mayoría eran mamás primerizas que aún estaban en baja por maternidad. El problema era el mismo casi siempre: intentar equilibrar las tareas domésticas, mientras amamantan, mientras se recuperan fisicamente. Como si gestar una vida humana, dar a luz, cuidarla sola (estar sola, en realidad) no fuera suficiente, también tenían la tarea de comprar, organizar y mantener cada cosa que fuera importante para ellas, su pareja y cuidar diligentemente del pequeño mamífero que su cuerpo acaba de crear.

La mayoría de mis clientas me llamaban para ayudar con la administración del hogar, para así poder prestarle toda la atención a sus bebés. Siempre había montañas de ropa que ya ni quisiera les quedaba; jeans demasiado ajustados que desencadenan ansiedad por no saber si tirarlos o perder peso; ropa de bebé de varios tamaños, algunas prendas que ya eran demasiado pequeñas, otras que tenían que esperar su turno. Tenían innumerables citas en el hospital, siempre para el bebé y nunca para la madre. Innumerables cajas de toallitas y pañales para bebés que eventualmente se usarían. Durante este proceso, nunca vi a un cónyuge en casa.

¡A ordenar con Marie Kondo! finalmente hace visibles estos desequilibrios invisibles invitándonos al santuario de lo que es una casa desordenada. Cada episodio cuenta la historia de un proyecto de limpieza, cada uno para un espacio y familia diferente, y cada uno por una razón diferente, pero en última instancia todos son similares. El desorden se ha apoderado del espacio. Es hora de deshacerse de él. Y en lugar de ocultar los desacuerdos domésticos, la serie transmite a una pareja (con la excepción de un episodio que se centra en una viuda) en medio de completar una gran tarea doméstica, donde se ven obligados a compartir el trabajo.

Cuando se les asigna la tarea de organizar el hogar, los hombres y mujeres lo manejan de manera muy diferente. Las pilas de pertenencias desorganizadas provocan desproporción y consternación en las mujeres de la casa, mientras que los hombres parecen irritados pero no avergonzados personalmente. El tercer episodio se centra en una familia que se autonombra "los cuatro fantásticos", donde la madre es responsable por completo de la carga mental y la mayoría de las tareas.

"Le pedimos que 'busque nuestra ropa'", le dijo su esposo Douglas Mercier a Kondo, al comienzo del episodio, "yo le pregunto, 'dónde está' y ella nos dice''.

"Probablemente te preguntan todo el tiempo", señala Kondo a Katrina Mercier.

Katrina lo confirma exhaustivamente, demostrando que el cajón de su cómoda es el único organizado en la casa. Ella se ve, comprensiblemente, harta. Es la única que se encarga de la administración del hogar, y posiblemente no puede lograr que todo esté en orden ya que trabaja tiempo completo. A pesar de esto, también se responsabiliza por la manera en que el desastre doméstico afecta a sus hijos: "Definitivamente no los estoy preparando para tener éxito". Su esposo sabe que depende de ella para las tareas domésticas, pero en realidad no sabe cómo hacerlas. También usa esa excusa para no hacerlas.

Marie Kondo explaining her five step method
Captura de pantalla vía Netflix

Marie Kondo procede a enseñar a los Mercier cómo organizar su hogar. El método KonMari sostiene que la organización debe hacerse en un período de tiempo concentrado, no en un transcurso prolongado, y los elementos deben ordenarse por categoría y no por habitación. Comienzas con la ropa, luego pasas a los libros, papel, komono (cocina, baño, garaje, varios) y, finalmente, lo que tiene valor sentimental. Los artículos se deben colocar en una pila en el espacio donde se ordenarán, para que se puedan ver en su totalidad. En cada episodio Kondo repasa estas reglas, en caso de que los espectadores las hayan olvidado, por lo que cada episodio puede verse por separado.

Aquí está la parte contenciosa: los artículos deben guardarse solo si "despiertan alegría". ¡Tenerlos entre tus manos debería provocar una sensación de alegría!, sentimiento que Kondo demuestra en la serie. El proceso en realidad es mucho menos estricto en el programa de lo que algunos críticos han dicho; Kondo nunca obliga a nadie por renunciar a algo, y tiende a animar a los clientes a mantener o mover temporalmente elementos que no pueden decidir si dejarlos o no. Al comenzar con las decisiones más fáciles, "afinas" tu sensibilidad a la alegría, lo que te permite revisar estas decisiones difíciles con un mayor sentido de tu propio gusto.

Mientras los Mercier navegan en su casa, Douglas comienza a participar más activamente en las tareas domésticas, como clasificar y doblar la ropa. Al final, admite: "No me di cuenta de la presión de tener que hacer todo hasta que realmente lo hice. Así que ahora quiero ayudar mucho más". En estos momentos, el método KonMari comenzó a sentirse extremada y seductoramente útil. Estaba muy claro que estos hombres no estaban participando en las tareas domésticas ni asumían la responsabilidad de sus hijos, porque nunca se había esperado que lo hicieran. Solo con un día de hacerlo, los hombres y los niños tuvieron una visión del trabajo emocional que conlleva la limpieza.

Por cierto, el punto de Marie Kondo no parece ser que haya un mayor equilibrio entre hombres y mujeres en el trabajo doméstico. Si revisas su sitio web para buscar asesores certificados en KonMariTM, casi todas son mujeres. A pesar de su selección progresiva y diversa que se ha convertido en sinónimo de la marca de Netflix (los clientes de la serie son de diferentes edades, orígenes étnicos y sexualidades) Kondo siempre asigna arbitrariamente a las mujeres la cocina; y a los hombres la cochera, durante la parte de ordenar el "komono". El programa no nos da ninguna idea de si estas parejas no están de acuerdo con la división del trabajo, o si se produjo una conversación antes o después de que se tomó esta decisión. La única pareja gay, masculina, ordena la cocina juntos y no limpian una cochera.

Marie Kondo advises a couple
Foto vía Netflix

En última instancia, se aconseja a cada miembro de un hogar que arregle sus propios artículos personales, en lugar de que la mujer sea quien ordene las pertenencias de todos, antes de dividir la organización de categorías específicas. Como resultado, el programa demuestra repetidamente el poder de un “orden” comunal al revelar el trabajo emocional subestimado de las mujeres. Sin embargo, el resultado parece ser bueno. Kondo no ofrece ningún trasfondo intencional a la división del trabajo doméstico, más allá de recordarle a las madres que los niños pueden ser desordenados y que la perfección absoluta es más o menos imposible. Ni siquiera ella logra la perfección.

Esto tampoco significa necesariamente que los hombres recojan la carga mental después del proceso de limpieza. Rachel y Kevin Friend, una ama de casa y su esposo que trabaja como gerente de ventas, buscaron los métodos de Kondo para ordenar su hogar como una forma de ayudar a aliviar la tensión en su relación y resolver sus peleas relacionadas con la limpieza. Kevin reprende a Rachel por pagarle a una ama de llaves para que lave la ropa cuando "somos perfectamente capaces de hacer esas cosas". El programa muestra a los niños gritando caóticamente, mientras Rachel explica los desafíos de alimentarlos y vestirlos. Más tarde Kevin se enoja porque "hay siete almohadas en esta cama".

Incluso después de la intervención de Kondo, Rachel continúa usando el lenguaje del juicio propio para describir su hogar: "No me permito ser floja, quiero hacerlo porque quiero mantener este sentimiento". Esto implica que ella todavía está a cargo de que se cumplan estas tareas. Y luego está el episodio en el que un esposo, Aaron, reprende a su esposa, Sehnita, por aferrarse a unos chales que nunca usa, ella le explica a la cámara que estos chales representan una conexión con su cultura pakistaní porque la ciudad en la que vive carece de una fuerte comunidad pakistaní. Como todo en su clóset, Kondo la alienta a que los guarde si le producen alegría.

Por lo que se ve en la serie, Marie Kondo parecía mucho más flexible de lo que había previsto. Se muestra dispuesta a adaptarse a los deseos de su cliente, como el episodio donde una mujer afligida quería revisar el clóset de su difunto esposo (artículos sentimentales) antes que cualquier otra cosa. La forma en que Kondo dobla las camisas– que ha sido criticada exhaustivamente– no es la mejor del mundo, solo útil. Nunca obliga a nadie a tirar sus libros. Después de verla en acción, evaluar los objetos por la "alegría" que te provocan, no se siente como algo severo y estricto sino una manera más fácil para clasificar tus cosas. Se trata de poder identificar lo que quieres y lo que no.

En algún momento de mi breve profesión como consultora de limpieza, se hizo evidente que mi clienta más frecuente me estaba utilizando más para tener compañía que por mis habilidades de organización. Después de trabajar en las tres sesiones, ya habíamos acabado de ordenar, y estaba a punto de decirle que eso era todo y de repente decidió que iba rápido a comprar algunas cosas, y que iba a dejar al bebé ahí conmigo, "aquí a tu lado en la manta".

"No me siento cómoda con eso", le dije. "No sé nada de cuidados para bebés, no sé RCP. Estoy aquí para ayudarte a organizar. "Pero ella ya se había ido".

En algún momento, el bebé se acercó a mi mano, con curiosidad, agarrando mi dedo índice con una fuerza sorprendente. Esperé a que apareciera algún tipo de instinto biológico y maternal. En cambio, me sentí abrumada por la pena y el miedo. Me di cuenta de que nunca querría hacer ese trabajo sin remuneración, tal vez nunca. No, a menos que tuviera a alguien que lo hiciera junto conmigo por igual.

Cuando me envió un mensaje de texto a la mañana siguiente para preguntarme cuándo podría volver, le dije que ya no estaba disponible.

Correcciones 01/12: en una versión anterior de este artículo se escribió mal el nombre de Sehnita como Sehmita. Los saris fueron cambiados por chales. Se realizó una edición para aclarar que la pareja "gay" era masculina.

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