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Dinero

Así se expande el virus sobre las industrias de la cultura

Poco se escucha a los gobiernos hablar de los problemas que la crisis del coronavirus le ocasiona al sector de las industrias culturales. Hablamos con tres personas que hacen parte de este para entender cómo afecta sus proyectos y su economía.
27 Marzo 2020, 7:17pm

“Se nos cancelaron diez conciertos que teníamos programados”, dice la directora de una agencia que programa toques de bandas locales. “Yo iba a hacer una activación interviniendo unos zapatos y perdí el trabajo y lo de los materiales”, dice un artista. “Tuve que suspender los turnos de tres sábados.”, dice una tatuadora. “Los clientes nos dan cada vez más señales de que ya no les interesa”, dice el director de una empresa que hace videos explicativos.

Como en coro.

Las palabras no son las mismas, pero el sentido de ellas sí.

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El 26 de febrero fue el día en que el hoy reinante COVID-19 tocó la puerta de mi país, Colombia, de manera oficial (quién sabe cuántos casos antes, cuántos contagiados asintomáticos igual de invisibles al virus). Y por los mismos mismos días, un poco antes, un poco después, empezaron a proliferar los pacientes que dieron positivo en pruebas hechas por toda América Latina. Una pandemia global, a fin de cuentas.

(Al cierre de este artículo, en Colombia hay 491 contagiados, 581 en México y 589 en Argentina).

Desde entonces, todo se vino abajo de una manera precipitada. Las crisis económicas no son esos largos procesos históricos que caracterizan a la política moderna: al contrario, llegan de un día a otro, sacuden fuerte a su paso, y cambian la realidad toda. Nadie luce preparado. Nadie, revestido de “verdad”.

Para mí, que soy periodista freelance, el COVID-19 fue un manotazo a la cara: tres proyectos que me ayudarían con el arriendo de abril, cual castillo de naipes, se fueron al piso en un solo día. Tres llamadas sucesivas: que fue suspendida tal cosa, que nos toca esperar tal otra, que volvemos una vez pase todo esto. “Esperar” se volvió la regla unánime frente a este panorama que luce hoy como una derrota humana.

Asumo que a muchos les pasó lo mismo.

¿Pero para qué asumir? No es más y ver los números.

El 12 de marzo de 2020, la Bolsa de Valores colombiana cerró con el valor más bajo que ha visto el país desde 2016. Dos cementeras gigantescas y la principal aerolínea del país fueron las empresas que más bajaron en sus cotizaciones. El desplome reflejó el pánico global y la posible recesión que puede venir en cuestión de nada: cinco días antes, Wall Street cerró con su peor semana desde la crisis financiera de 2008. El dólar, por su cuenta, subía como espuma frente a nuestra moneda nacional.

Por otra parte —aunque aquí todo tiene que ver con todo: el caldo de murciélago que te comes por allá mata a la gente que se toca la cara por acá—, la respuesta gubernamental unánime desde el lugar donde comenzó el brote resultó ser ese confinamiento social draconiano que busca aplacar sí o sí la famosa “curva”.

Eso fue precisamente lo que sucedió poco después por estas tierras, afectando una porción gigantesca de los rendimientos de la economía. Sin gente afuera, los hoteles, las tiendas de ropa, los restaurantes, los parques de diversiones, los conciertos, las ferias culturales, casi todo eso que nos congregaba como seres humanos y en lo que gastábamos plata, se volvía cosa del pasado. De un pasado al que volveremos quién sabe cuándo y cambiados quién sabe cómo. O no.

Sea lo que sea, el rezago de la actividad impactó al dinero: un eslabón fisurado y la cadena entera se echó abajo.

Como para repensarlo todo, ¿no?

El Fondo Monetario Internacional auguró —desde ya, desde marzo, como si aquí cupieran las predicciones— que al finalizar 2020 el crecimiento económico por cuenta de esta crisis no superaría el de 2,9% que hubo al cerrar el año pasado. Esa entidad, en conjunto con el Banco Mundial, ha anunciado el desembolso de millones de dólares a interés cero para ayudar a los países más afectados.

La cosa va en serio. Un efecto dominó.

La cadena rota

Santiago Espinosa es colombiano y director de Magic Markers, una empresa que llena una casa con dieciséis personas entre las cuales hay ilustradores, animadores, editores de audio y cargos administrativos. Entre todos se dedican a hacer videos animados que explican cosas: si bien una parte de su producto es de acceso al público por tocar temas de interés general de manera didáctica, otros son vendidos a empresas privadas.

Dice Santiago que el martes 17 de marzo, hace una semana apenas, le anunció a su equipo lo que llamó un “estado de crisis”: “la crisis significa que las distintas organizaciones con las que trabajamos están con sus propias restricciones”.

Santiago comenta que puede que una empresa de las que contratan los servicios de Magic Markers sea invulnerable y no le afecte en nada la nueva realidad traída por el COVID-19. Pero basta que un cliente importante de esa empresa, de la invulnerable, se vea afectado para que la cadena de dinero y servicios que llega hasta su estudio de videos comience a romperse. La crisis económica parece igual a la sanitaria: todo se conecta por todas partes, como si los muros se cayeran. “Puede ser —me dice— que los videos explicativos sigan siendo útiles para alguna empresa, pero si las organizaciones que nos estaban contratando están sufriendo, no nos van a llamar más”.

Lo primero que pende de un hilo cuando el flujo económico de una empresa disminuye es lo que en las oficinas de recursos humanos llaman el “talento”. El virus llegó a Colombia en una época en que la tasa de gente desempleada, a cierre de 2019, estaba en dos cifras porcentuales (lo que es muy grave): 10,5. Y esa tendencia podría ir —si es que no está yendo ya— hacia otro pico histórico. La Organización Mundial del Trabajo prevé, haciendo la advertencia de que es apenas una estimación, que la pérdida podría ser de 25 millones de empleos en todo el mundo.

Algunas empresas, grandes y pequeñas, han hecho lo posible por no despedir a sus empleados y asegurarles su trabajo así estos no estén desempeñando labor alguna. Eso, por supuesto, significa un gasto extra.

Alejandra Gómez, directora de Biche, una agencia que comercializa conciertos de bandas latinas independientes, decidió que en esta época en la que no hay bares ni plazas, ni parques, ni lugares pedirá un préstamo y le donará su sueldo a los dos empleados que conforman la empresa: una contadora y un asesor contable, quienes, de todas formas no tendrían “nada que hacer porque no tienen qué contar”, dice.

En el caso de Magic Markers la decisión fue de un tenor similar. Allí, me dice Santiago, “no queremos generar más desempleo con el contexto actual. Todo el mundo en Magic Markers está tratando de aguantar como puede y no cobrar el sueldo completo. Estamos tratando de resistir”.

El Ministerio de Trabajo en Colombia ha expedido durante esta época una serie de resoluciones y circulares pidiendo a los empleadores que contemplen varias alternativas antes de tomar la decisión de terminar un contrato y, a la vez, ha puesto al servicio de los trabajadores la Unidad de Investigaciones Especiales, que vigilaría las arbitrariedades del sector privado. Sin embargo, grandes empresas, como se ha denunciado en muy recientes ocasiones, han usado como excusa el tema del coronavirus para despedir a su gente.

En Argentina se levantan denuncias del mismo calibre: empresas grandes que echan a sus empleados por estas épocas de pandemia global. Sin embargo, el gobierno de ese país expidió un decreto que permite otorgar un auxilio de 10.000 pesos argentinos (150 dólares al mes) a un cierto tipo de población que esté desempleada o pertenezca a una categoría tributaria específica.

Jorgelina Buchara es argentina, profesora universitaria; tiene un taller en el que da clases de bordado y cerámica, y un estudio donde tatúa. Jorgelina es una de esas muchas personas que genera su ingreso total a punta de varios sueldos. La llegada del COVID-19, y por ende de la cuarentena y el aislamiento, fracturó también su cadena de oferta: “Más o menos 60-70% de mi ingreso es independiente. Yo soy monotributista —pequeño contribuyente—, pero tengo una relación de dependencia con la universidad. Con eso no alcanzo a pagar ni el alquiler ni expensas, mucho menos vivir”.

Las “nuevas” opciones

En épocas de encierro, la posibilidad de cumplir virtualmente un trabajo se ha vuelto una respuesta. El “teletrabajo”, por ejemplo, que los gobiernos pregonan y las empresas aplican, se supone que podría acortar las distancias que el aislamiento está imponiendo en la cadena productiva. Lo cierto es que la virtualidad, que hasta ahora va descubriéndose y revelándose con esta intensidad masiva, no resuelve de golpe todos los inconvenientes, sino que probablemente suma unos más.

En la oficina de Magic Markers en Bogotá hay un primer piso con unas mesas que tienen encima de ellas unas cámaras fijas a manera de plano cenital. Así se van haciendo los videos explicativos, en un paso a paso. Esa inversión que hicieron en mesas, iluminación y cámaras ya no puede usarse: “no sirve de nada —dice Santiago Espinosa— porque no podemos ir a la oficina. Nos toca teletrabajar en un sentido doblemente difícil: el típico problema de coordinarse con las personas en una videollamada bien hecha y que las tareas no se pierdan, pero también en producir otro tipo de videos, que se van a transformar significativamente hasta que podamos volver a la oficina”.

Santiago decidió presentar hace poco un video en el canal de YouTube de Magic Markers en el que pedía a sus seguidores que recomendaran los servicios de su empresa en organizaciones que pudieran estar interesados en ellos, así como participar voluntariamente con una donación a través de Patreon, una plataforma de donaciones para emprendimientos de este tipo, cosa que tuvo una reacción positiva en los comentarios del video.

Desde Argentina, Jorgelina Buchara me dice que sus clases como profesora universitaria pueden realizarse de manera virtual. Pero lo que hace en el taller, unas clases que son de cerámica, prácticas, con barro, y otras de grabado, prácticas, con prensa, son insustituibles. “El taller está equipado para esas disciplinas, las clases virtuales, no”. Dice que los grupos se estaban organizando para marzo. Espera poder reabrirlos el mes que viene. Los tatuajes que hace en un estudio, por supuesto, quedaron suspendidos y sin ninguna seguridad de que esos clientes interesados vuelvan eventualmente. Además, por otra parte, ¿cómo en esta época existe un trabajo que se realiza sobre el cuerpo del otro? La virtualidad no nos ha resuelto eso.

Para Biche, la agencia de comercialización de conciertos, quedan aplazados todos los toques hasta nueva orden. Alejandra Gómez es al mismo tiempo la mánager de una banda colombiana llamada Frente Cumbiero. Pese a que la discografía, por las regalías y la propiedad intelectual, le representan algo a su empresa, muchos de los planes que tenía con esta banda tendrán, por lo menos, un tropiezo: el lanzamiento de un disco en físico es imposible por ahora (solo se puede hacer de manera digital), la labor de promoción podría ahogarse en una prensa enfocada en un solo tema (en este del artículo que leen, el único del que habla todo el mundo) y la competencia de unas redes saturadas de lanzamientos y difusión cultural. Sin embargo, ya han hecho el lanzamiento de un sencillo (que está disponible por acá)

Alejandra, además, ve en el futuro a largo plazo un problema que no le escuché a nadie más, quizás por la misma naturaleza de su oficio. La vuelta a la “normalidad”, cuando sea que eso pase y lo que sea que eso sea, significaría, también, “que la competencia que va a haber va a ser impresionante. Imagínate la cantidad de gente que va a querer salir a tocar porque necesita plata. Eso, más todos los eventos aplazados, va a ser una carnicería”.

Por ahora, poco se escucha a los gobiernos hablar de los problemas que esta crisis le ocasiona al sector de las industrias culturales, que son grandes: en Colombia fue suspendido el festival privado de música más grande del año así como las principales ferias del libro en ciudades capitales. El gobierno de Colombia ha respondido con un decreto, el 475 de 2020, que tiene seis artículos en los que, a grandes rasgos, ordena aplazar las obligaciones tributarias de ciertos sectores (cinematográfico, artes escénicas) y girar algunos recursos a gestores culturales. Pero no es mucho más.

Es natural que la respuesta sea tan corta cuando el tema está centrado en la salud de las personas.

Pero el impacto social y económico, de todas formas, se sentirá con el pasar del tiempo.

Esta época del COVID-19, desde que es pandemia mundial, ha traído una conversación global, diaria y ansiosa, sobre lo mismo. Las voces que se escuchan por distintos frentes, incluso el médico, apuntan hacia el “cambio”, ya no solo de costumbres y de relaciones interpersonales e higiénicas, sino también de los modelos económicos de los Estados y del entendimiento de la cultura, porque, con toda la gente encerrada, las producciones nuevas se volverán viejas con el pasar de muy poco tiempo. ¿Y ahí qué? ¿Y estas economías y estos empleos?

No sobra ir haciéndose unas preguntas de más. Aunque ya llegarán.