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Un hombre amenazó con violar y matar a la periodista que expuso su abuso contra tres mujeres

Contactamos a Monserrat Ortiz, la periodista que publicó la historia, y a las tres mujeres que denunciaron a su agresor.

por Simone Salafuentes
12 Febrero 2019, 7:30pm

Artículo publicado por VICE México

A finales de diciembre de 2018, Zyanya, Judith y Gaby descubrieron que tienen algo en común: el mismo abusador las violentó psicológica y físicamente.

“Ojalá sí te hubiera metido unos vergazos para que lo dijeras con razón”, le escribió C. —el hombre al que las tres mujeres acusaron de haberlas agredido y amenazado— a Zyanya después de una discusión en la que le gritó pendeja, idiota, hija de tu puta madre, y amenazó con pegarle mientras la tomaba del brazo y la zangoloteba. Ese día Zyanya salió “ilesa” físicamente, pero lo que le dejó marca fueron los golpes a su seguridad y autoestima.

Zyanya compartió su historia a través de Facebook y descubrió que no era la única en haber sido violentada por esta persona. Otras mujeres afectadas la contactaron con el propósito de liberarse del yugo de su violencia y dar a conocer los comportamientos de C.

Como parte de su labor periodística, la reportera Monserrat Ortiz realizó una cobertura de esta historia para su medio, ADN 40. La reacción de C. tras la publicación del artículo fue amenazar con violar y matar a la periodista: “Aunque te escondas te voy a encontrar”, le escribió en un mensaje.

“Lo primero que hago es decirle a mis jefes y a mi director. Ellos me canalizan con los abogados del grupo e inmediatamente voy a hacer mi denuncia formal por amenazas en la Fiscalía Central de Investigación para Asuntos Especiales y Electorales. Ahí me me recibe el fiscal y se abre la carpeta de investigación”, nos contó Monserrat cuando la contactamos para preguntarle sobre el caso.

Zyanya, Judith y Gaby poseen órdenes de restricción contra C., realizadas en sus respectivos Ministerios Públicos. Las cuatro tienen planes de formar una organización para ayudar a otras mujeres a salir de situaciones de violencia. Desde compartirles su experiencia, hasta acompañarlas a denunciar a sus abusadores o hacer públicas sus vivencias a través de reportajes: “Todas merecen tener la misma atención de la autoridad; todas merecen visibilidad”, nos dijo Monse.

A continuación compartimos los relatos de Zyanya, Judith y Gaby:

Zyanya

Mis amigos y yo fuimos a una fiesta. Noté a un tipo lindo. Sentía su mirada, se acercó entre la gente y me tomó una foto mientras bailaba. Le pedí ver la foto. Me la mostró y le pedí su Instagram para que me etiquetara.

Nos hablamos al día siguiente. Quería que nos viéramos en una fiesta. Le dije que sí pero no quedó como un plan hecho. Llegué a la fiesta y lo vi, bailamos. Se me hacía muy amable y respetuoso. Me dijo que tenía 26; le dije que yo 19 y se sorprendió. Me dijo que estaba hermosa y que quería salir más conmigo. Esa noche se me ocurrió que podía ir con él a su casa, pero mis amigos me dijeron que estaba loca, que no lo conocía, que mejor lo llevara a donde ellos estarían. Nos fuimos y estuvo con nosotros todo el día siguiente. Después de eso pasamos más veces juntos, hasta que me preguntó si andábamos y le dije que no. Él dijo que no tenía ningún problema, que entendía.

Siempre quería verme. Cuando decía que no, se portaba muy serio a pesar de decir que no estaba enojado. Hacía “chistes” de que salía con más hombres. A veces me hartaba porque pensaba que realmente tenía un problema de seguridad, aunque decía que quería cuidarme y apoyarme. Cuando iba a fiestas él quería bailar conmigo todo el tiempo, hasta que en un momento le dije: “mira, sí iré a esa fiesta pero quiero bailar sola”. En una de esas fiestas se peleó y le rompió una botella en la cara a un tipo.

Me di cuenta de que algo no estaba del todo bien, pero pensaba que todo pasaría, que era adorable a su manera, aun cuando me pedía no ponerme cosas muy escotadas, aun cuando explotaba fácilmente si un mesero no atendía la orden a la perfección.

Pintó la cortina de mi edificio dejando su tag gigante, marcando su territorio en un lugar más de esta ciudad. Cuando vi eso, enfurecí como loca, pero decidí no hacer alarde de esa acción. Un día me pidió ropa prestada. Antes de darle una respuesta, la metió a su mochila y me sentí totalmente obligada a decir que sí. A los días salimos de fiesta él y yo solos y le pedí la ropa, la cual se negó a darme entre risas y bromas.

Días después quise salir con mi amiga a una fiesta, pero mi error fue decirle a C. que me quedaría en casa, grave error. Caminábamos a la entrada y me tomó del brazo diciendo “¡Hola!”, yo dije: “Ah hola, ¿cómo estás?” Me preguntó por qué había salido si le dije que estaría en casa y al momento me pidió un beso, al cual me negué. Se molestó como nunca y no quería verme nunca más ni devolverme la ropa.

Mi error número dos fue contarles a mis amigos lo sucedido frente a una persona externa (amigo de él) que se encontraba en el lugar. Afirmó estar de acuerdo conmigo pero temí que le dijera algo de lo que hablé. C. me llamó diciendo que quería que arregláramos todo. Le dije que sí y fui a su casa. Llegué y me quiso besar. Subimos y en lo que entrábamos a su casa, cerró la puerta. Me comentó que un amigo le contó lo que yo había dicho. Para mi sorpresa, no se molestó como tal, pero cometí el error tres: tomar mi celular para decirle a mi amiga que valió todo por el tipo que le contó lo que dije. A los cinco minutos le llamaron por teléfono. Oí que le decían que por qué contó lo que él le había contado, colgó el celular y estalló en mil pedazos todo: su furia, mi llanto, sus insultos, sus amenazas y mi miedo.

Entendí varias cosas después de eso, muchos comportamientos, muchas actitudes, pero ese será el último día de mi vida que tendré ese miedo. Nadie me advirtió que él era así, que hizo pasar cosas parecidas y peores a otras mujeres. Lo importante para mí fue hablar o por lo menos que me apoyaran a hacerlo; fue que algunas de las mujeres que sufrieron hablaran conmigo; que lo que él decía de mí o de mi caso no tenía relevancia porque yo no estaba loca. Lo importante fue escribirlo, denunciarlo.

Hice una denuncia pública con ayuda de mi mejor amiga. Tenía miedo de provocar algo irreversible, pero sucedió. A cambio he recibido apoyo y algunas veces todo lo contrario. No pienso seguir a la gente que daña a otra conscientemente. “Una enfermedad” sí existe, pero el machismo no lo es. He escuchado relatos de otras mujeres que gracias a esta denuncia cobraron fuerza para unirse; teníamos una cosa en común las tres y era él. Nunca había tenido un fin de año tan difícil, pero tampoco tan productivo. Siento que al escribir esto, alguien que lo lea se llenará de fuerza.

Judith

Todo comienza un dos de diciembre en su cumpleaños en CDMX. Las primeras dos semanas fueron divertidas. Después, todo comenzó a convertirse en un infierno por sus celos. Con persecuciones hacia mi casa, jalones, palabras hirientes, escupidas. Así viví un par de días en los que él pedía perdón y decía que quería cambiar, que por favor lo ayudara. Claro, le creí y lo perdoné. Llega Navidad y todo comienza a tornarse de una manera muy “HAZLO, porque si no lo haces no te importo y no me quieres”. Siempre con sus chantajes.

La forma de insultar de C. es con gritos y golpes: “Eres una puta, una pendeja, una mierda, una basura, y te voy a joder hasta que yo quiera, no sirves para nada”, intuí. Acompañada de golpes y ya cuando me tenía completamente jodida en el piso decía: “perdón, perdón, te amo”. Comencé a ponerme en alerta y alejarme de él cuando podía hacerlo. No era fácil porque él siempre estaba presente como loco.

Fui tres veces a levantar denuncia y las autoridades nunca me escucharon. Me mudé de casa cuatro veces en un año; por mi seguridad y la de las personas que me brindaban su hogar. Pero sabia donde encontrarme y así volver con la tortura.

Las agresiones pasaron de escupidas y jalones a golpes fuertes en la cabeza: contusiones, reventadas de ojo y nariz, moretones sobre mi rostro y cuerpo. Patadas por todo mi cuerpo hasta el cansancio. Con llanto le pedía que parara, que por favor parara. Y solo decía: “pararé cuando quiera pendeja, porque eso eres una pendeja, una puta, una mierda que no vale nada y que da asco”.

Me subía o bajaba a patadas, cuando llegaba, por no contestar rápido el teléfono, por no abrir rápido la puerta, porque creía que me estaba cogiendo con alguien, a algún roomie o a alguno de sus amigos. Me agredía verbalmente si vestía con ropa corta o ajustada. Me golpeaba e insultaba por pintarme para ir a trabajar. Imposible poder tener amigos hombres, porque “a todos me los cogía”; y por eso me ganaba insultos y golpes. Robo mi celular y otro lo rompió.

C. me siguió de la Taquería Vegana a medianoche en la calle de Manzanillo, hacia la calle de Monterrey, me tiró de la bici y comenzó a discutir por dejarlo. Reventó panorámicos de cristal y en cuanto pude me fui en contra hacia Coahuila. Me alcanzó y jalo de la bici, yo entré en pánico total por los antecedentes pasados de agresión y comencé a tener una crisis nerviosa. Frente de mí tenía un local de tacos a punto de cerrar y me dieron auxilio. Como yo no podía moverme ni hablar, C. les hizo saber que yo estaba enferma y seguido me daban esos ataques de nervios. Al momento de controlarme pedí el baño prestado y pedí auxilio a una amiga por WhatsApp, que fuera por mí porque no podía ni moverme. Al llegar la ayuda, él solo dijo: “Esto no se queda así hija de tu puta madre, ¿quieres meter gente? Va”.

C. me amenazó con mandar mujeres a golpearme ya que con los madrazos que él me daba no entendía. Puso un candado en la reja del edificio donde vivía, ubicado en Insurgentes Norte y todo el edificio quedó atrapado. Mismo lugar donde si no salía a su llamado, aventaba piedras o lo que se le cruzara. Mismo lugar donde pintaba la cortina del edificio con su tag (graffiti) de PINO. Hizo una contusión, me reventó los ojos, la nariz, y fracturas en los dedos de las manos. Me ahorcó con sus manos hasta hacerme perder todo el aire. Si no es por el último respiro que tuve para gritar y fueran a mi auxilio, tal vez no estaría contando esto. Me exhibió desnuda y sin mi consentimiento en redes sociales, con la leyenda de “serle infiel”, cuando en la foto estoy con él y él la tomó. Siempre dirá que va o ha ido a terapia, cuando conmigo fue un día, mismo día que se enojó y me violentó.

Exhibo a C. por agredirme físicamente, psicológicamente y verbalmente. Este es mi caso, más no soy la única. Somos muchas que pasamos por C.

Gaby

La primera vez que me agredió verbalmente fue después de que nos tomaron unas fotos. Acababa de mandar a hacer unos lentes y los olvidé en el estudio. Cuando nos dirigimos a su casa, le mencioné de mis lentes y regresamos, pero mientras lo hacíamos solo me mencionaba lo idiota que era al olvidar algo tan importante como mis lentes, que solo le estaba haciendo perder su tiempo. Comencé a cuestionarme el por qué olvidaba cosas tan necesarias, quizás él tenía razón…

Cada vez las agresiones verbales subían de tono, cada que le comentaba de algún amigo, él siempre respondía: “Seguro te lo dabas porque qué casualidad que son tus amiguitos”. Al principio me daba risa y pensaba que era normal la desconfianza cuando te han hecho de todo. En este punto no sabía todo lo que le había hecho a Jud y que siempre se victimiza.

Cada que yo tenía una cita o tenía que ir a trabajar y me arreglaba, él decía cosas como “quién sabe por qué te vistes así, seguro vas a ver a alguien”. Claro, iba a trabajar, quería verme bien. Rompió vasos, fisuró puertas y pisos, rayó mi auto. Un día fue a entregarme mi bicicleta (yo ya la daba por perdida porque no quería verlo), y me pedía que le abriera la puerta y le diera un abrazo. ¿Quien iba a abrir la puerta con confianza? Total, dejó afuera de mi departamento la bicicleta y yo le entregué sus cosas entre la reja y me fui a dormir tranquila. Al salir de mi departamento al otro día, me di cuenta de que dejó una raya roja y enorme en el edificio; la cara se me caía de vergüenza al comentar en administración cómo había pasado. Ese día antes de irse me escupió en la cara.

Cuando adopté a Tocino, me reclamó y cuestionó que por qué tenía otro perro. Ahora él dice que yo le quité a su perro cuando todos saben que a él no le gustan los perros.

No tengo bien los recuerdos “del por qué” fueron las agresiones. Dos veces salí corriendo de mi departamento pidiendo ayuda, porque él mismo me confesó lo que le había hecho a otras chicas. Un día estaba trabajando —me dedico a hacer ropa—, tenía mis cosas en la mesa y le dije que saliéramos a desayunar. Le dije que dejáramos a Tocino en el baño porque aún era cachorro y desastroso y si rompía mi trabajo podría meterme en problemas. Le comenté “tenemos que educar a Tocino en lo que entiende que no puede romper y debemos ponerlo en un lugar que no destroce mucho”. Enfurecido me dijo “a ver, pendeja, te voy a dejar a ti encerrada para que veas que se siente”. Me reí y le dije “es un perro no una persona, las personas entienden un poco más”.

Comenzó a insultarme más y a arrinconarme. Tomé el teléfono de mi casa para tratar de llamar a la policía y me lo arrebató. Siguió agrediéndome verbalmente y no me dejaba acercarme a la puerta, me empujaba. Sentí que tenía mi celular en la bolsa de mi pantalón y lo tome para pedir ayuda. Me pegó dos veces en la mano, me lo arrebató y me dio dos manotazos. Tocino y yo estábamos en el sillón. Tocino temblaba de miedo. Él lo tomó de la cabeza y lo sacudió horrible. En cuanto lo soltó, Tocino se subió a mis piernas yo lo cubrí con mi cuerpo. Él me dio una patada y me solté llorando como nunca en mi vida. Nunca antes me había sentido así. Se fue de mi casa porque los vecinos y los policías me ayudaron. Ese día salí y fui por mi auto y en una marisquería sobre el eje de Guerrero me encontré a un amigo. En cuanto me vio y me preguntó que tenía me solté llorando. Me dijo que no me preocupara. Horas después me llamó para amenazarme porque conté lo que había pasado.

Siempre me minimizó. Me hizo sentir que no valía la pena, que nada de lo que yo hacía valía la pena. Me avergonzaba frente a mis compañeros de trabajo, me quitó a Tocino porque yo era un “mal ejemplo” y una “puta”. Todo llegó a su fin el domingo 12 de agosto, cuando le puse una orden de restricción. Pude obtener mi orden de restricción porque llamó cuando estaba en el MP haciendo mi denuncia y los policías escucharon cómo me trataba.

Mientras escribo esto siento un nudo en la garganta de recordar cada palabra y cada escena. Hacemos público esto porque queremos que C. deje de hacerse la víctima y sobre todo, para advertir a otras chicas que tengan cuidado.

¿Sufres de una relación violenta o te han atacado alguna vez? Puedes llamar a la Fiscalía Especial para los Delitos de Violencia Contra las Mujeres en la Ciudad de México al 01 800 00 854 00 para pedir asesoría. ¡NO ESTÁS SOLA!

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