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Drogas

Si el presidente Duque quiere reducir el consumo, que mire hacia estos colegios de Bogotá

En dos colegios de la localidad intuyen lo que se comprobó en Islandia: para reducir el consumo de drogas en los niños, se necesitan estrategias que nada tienen que ver con el microtráfico, o el castigo, y todo con la educación.

por Miguel Botero
16 Noviembre 2018, 12:30am

Foto cortesía de Miguel Botero.

Artículo publicado por VICE Colombia.


Ángel Salazar prende el parlante y empieza a rimar sobre un beat gordo que puntea sobre un bajo pesado. En cuestión de minutos se arma en torno al rapero un corrillo de estudiantes que salieron a recreo y se encontraron con el concierto improvisado de Todo Copas, dupla célebre del hip hop bogotano. Ángel y Smith invitan a la gente a improvisar con ellos. Solo se anima un niño de unos seis años, menos de metro 20, gafas de lentes gruesos y marco anaranjado. Todos gritan y chiflan de emoción cuando empieza a cantar desafinado y confiado. Tras un par de canciones, varios estudiantes posan con Ángel para las cámaras de sus celulares.

La presencia de Salazar en el Fanny Mikey, un colegio de Ciudad Bolívar, en Bogotá, es apenas un ensayo. Ángel, Smith y otros jóvenes del Idipron —el Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud— quieren empezar a dictar talleres de música, tejido y expresión corporal en el colegio. Erik Holguín, el coordinador, está buscando programas de arte y deportes para llenar las horas libres de los estudiantes. En el 2016, la localidad registró una prevalencia de consumo de sustancias ilícitas del 8,7 %, la más alta de Bogotá. Holguín sabe que no basta con cuidar la jornada de clases: para evitar que sus estudiantes engruesen la estadística, tiene que ocuparse de la contrajornada: las horas de casa y calle. De cada diez estudiantes de los colegios del distrito, solo uno tiene jornada única (entre seis y siete horas de clases). El resto estudian medio día.

Yo vine a Ciudad Bolívar invitado por los talleristas del Idipron, pero con Islandia en la cabeza. Cuando el presidente Iván Duque firmó el decreto de incautación de la dosis mínima para, supuestamente, proteger a "nuestros niños", empezó a rodar por redes sociales el caso de éxito de la isla nórdica. Con programas educativos extracurriculares, los islandeses redujeron el consumo de sustancias psicoactivas entre los jóvenes. Imposible comparar un distrito de Reykjavic con Ciudad Bolívar. La población de la isla cabría dos veces entre las calles y cerros áridos de la localidad del sur y su ingreso per cápita es 11 veces el nacional. A pesar de la diferencia, lo que ha pasado en los colegios de allá da luces sobre los caminos que podrían recorrer los de acá.

Después de las rimas de Todo Copas, los talleristas del Idipron se dividen. Guinder, Smith y Brayan están a cargo de una clase con los estudiantes de quinto. Los tres están ahí porque conocen la vida en las calles y la dependencia a las drogas, pero no hablan una sola palabra sobre el tema. La tarea es enseñarles a los niños a tejer manillas. Cada uno se sienta en el centro de un círculo de niños. Dan instrucciones, deshacen nudos chuecos, aprietan el tejido, guían con sus manos las de los aprendices. De tanto en tanto hilan alguna metáfora en la conversación. Dicen que la vida, como el tejido, exige paciencia o que en ambos se cometen errores que se pueden ignorar, corregir o repetir. Bastan unos cuantos cordeles de algodón y tres profesores voluntarios para mantener absortos a decenas de niños durante 30 minutos. Todos terminan el taller con una manilla que tejieron con sus propias manos y ganas de hacer más.

Les pregunto a cinco de ellos qué hacen después de clases. En voz baja y con la mirada fija en sus manillas, responden que ven televisión. Dragon Ball, Rick and Morty, Los Simpson, cada uno tiene su programa favorito. "Los padres se preocupan mucho porque tienen jornadas largas de trabajo", dice Jhony Castro, padre de dos estudiantes del Mikey. "Los hijos salen del colegio y, ¿qué? A algunos no se les facilita desplazarse a los talleres. Quedan sueltos y lo que les queda fácil es estar en la casa o en la calle. De pronto hay bastantes actividades, pero a veces los adultos las desconocen".

Según cifras de la Secretaría de Educación, dos de 10 estudiantes de colegios distritales pasan la contra jornada con amigos en la calle, solos en sus casas o acompañados por otros menores de edad. Pueden ser más afortunados los seis que pasan su tiempo libre con sus padres o madres pero tampoco ellos tienen aseguradas las posibilidades de hacer deporte, tocar un instrumento, pintar un lienzo o estar en contacto con otras personas de sus edades. Las actividades extracurriculares ni siquiera figuran entre las opciones de la encuesta de la secretaría. "Me atrevería a decir que la mitad de la población [del colegio] está perdiendo el tiempo en sus casas", dice Holguín, el coordinador. "Ellos salen y se dedican a ver televisión. Otros, que son adolescentes, salen a encontrarse en las calles. Muchos salen a jugar fútbol, otros tienen el riesgo de consumir drogas".

Holguín no tiene cifras de dónde agarrarse, pero se atreve a calcular que cinco por ciento de los 1.600 estudiantes han probado o consumen marihuana. El pegante y el basuco son menos comunes, pero se ven casos de estudiantes que los prueban. El coordinador teme que algunos de los jóvenes que pasan media jornada en los parques terminan de puente entre las bandas y el colegio. El Fanny Mikey, explica, es la frontera entre los territorios las pandillas del barrio Paraíso y las del Juan Pablo VI.

Los islandeses no tenían que lidiar con el pegante y el basuco pero sí con el trago, la marihuana y el cigarrillo. En 1994, el 42 % de los adolescentes de 15 y 16 años declaraban que habían estado borrachos en algún momento del mes anterior a la encuesta. Para el 2016, el porcentaje había bajado al 5 %, todo un éxito. En el caso de la marihuana, la caída fue del 17 al 7, más que el 5 % que Holguín estima con preocupación. En el del cigarrillo, del 23 al 3.

La estrategia con la que abordaron el problema tenía todo que ver con las sustancias en principio, pero al igual que los talleristas del Idipron en su visita al colegio, las ignoraba en el discurso y la aproximación a los estudiantes. Reconocieron que los jóvenes buscaban estimulación y que la estaban encontrando en una botella o un porro, así que, en lugar de llevar adultos a contar historias de terror sobre los efectos de las drogas, montaron una oferta de alternativas, programas extracurriculares de arte y deporte.

Se podría descartar el caso de Islandia diciendo que aquí no hay plata. Pero no: en el Mikey hubo extracurriculares de deportes y arte. Mientras la mitad de los estudiantes hacía la jornada de clases, los demás estaban en la contrajornada en talleres de break dance, rap, circo y música. Cada estudiante tenía al menos dos clases semanales de la actividad que le interesaba. Holguín dice que los 15 profesores y los recursos llegaron con la administración del exalcalde de Bogotá, Gustavo Petro y se acabaron con la del actual burgomaestre, Enrique Peñalosa. Quedaron en las bodegas diábolos, zancos, lienzos, pinceles, pinturas, violines, guitarras, tiples, tamboras, timbales, flautas traversas, balones y un etcétera largo de objetos en desuso. Ahora Holguín está proponiendo programas y buscando alianzas para aprovechar todos esos materiales en el 2019.

Holguín está tratando de echar mano de los recursos y espacios que tiene el colegio. En los más pequeños, la opción está fuera de las instalaciones. El Sotavento, a un par de kilómetros del Fanny Mikey hacia el río Tunjuelo, ofrece una jornada media integral. Según Sandra Toro, la encargada de los programas extracurriculares, los jóvenes tienen dos clases de deporte y dos de arte entre el martes y el viernes. Los sábados pueden ir a clases de música. Toro dice que las posibilidades de los estudiantes del Sotavento se deben al liderazgo del rector anterior. Estructuró un programa educativo en el que el deporte y el arte no ocupaban horas de la media jornada, pero sí eran parte fundamental del currículo.

La otra clave es la gestión diaria de los profesores. El trabajo de Sandra Toro es cuidar los convenios con el Instituto Distrital de Recreación y Deporte, el Centro de Capacitación y Promoción Popular Juan Bosco Obrero y el Centro crea de Ciudad Bolívar, espacio que ofrece Idartes para diferentes talleres artísticos. En ocasiones en que fallan los trámites de alquiler de los espacios, Toro consigue salones comunales en el barrio. La Secretaría de Educación apoya al Sotavento con parte del transporte.

Para Isabel Segovia, gerente de Inversiones en Primera Infancia, estrategias como las de Sotavento son acertadas. "La responsabilidad del colegio no es brindar las actividades ni ampliar las jornadas sino coordinar con las opciones de oferta pública que existe", dice. "Se podrían juntar el IDRD, la Secretaría de Cultura y la Secretaría de Educación en una organización de promoción de actividades en contrajornada". Los colegios serían el puente entre las comunidades de padres y las entidades en el esfuerzo de crear el programa educativo de la contrajornada.

Fue imposible contactar a la Secretaría de Educación para saber si el Distrito se está trabajando por esa articulación.

A lo largo de una carrera dedicada al sector de la educación, Segovia ha comprobado que para reducir el consumo de sustancias u otros problemas como los embarazos adolescentes la estrategia más certera es darles a los estudiantes espacio para para pensar en sus futuros. "El enfoque [frente a los jóvenes] no era 'mire que no puede consumir drogas' o 'mire que no puede quedar embarazada' sino que, si seguían esos caminos, cualquier ambición que tenían para su futuro se podía ver truncada", dice sobre las estrategias efectivas. "Eso da resultado porque los jóvenes tenían más perspectiva con relación a sus proyectos de vida".

El caso de Islandia, los talleres del Idipron y el conocimiento de Segovia apuntan a lo mismo: la preocupación por el consumo de drogas termina siendo una pregunta por la calidad de la educación. Hay que aumentar esta para reducir aquella. Poco o nada se logra con decomisos de dosis personales o gritos afectados sobre el futuro de "nuestros niños". "Tenemos que capturar y llevar a la justicia a los jíbaros y expendedores, a los que están contaminando a los niños a las afueras de los colegios", dijo Duque para justificar su decreto. Mientras tanto, los profesores del Fanny Mikey y el Sotavento tratan de extender la educación a la contrajornada.