crimen

El hombre que pasó de bombero a pirómano

David no sabe con exactitud cuántos incendios ha provocado en la costa meridional de Australia, pero sí tiene muy claro por qué lo hizo.

por Julian Morgans; traducido por Mario Abad
03 Agosto 2019, 2:00pm

Ilustraciones de Michael Dockery 

Artículo publicado originalmente por VICE Australia.

Nota: este artículo contiene referencias a una agresión sexual.

Cuando David me habló del primer incendio que provocó, estábamos en casa de su madre, sentados a la mesa de la cocina. Habían pasado casi 30 años, pero aún recordaba con nitidez el momento en que lo inició.

“Tiré varios cerillos al suelo, eso es todo”, explicó. “Tenía una caja de cerillos y gasté la mitad encendiéndolos y tirándolos por la zona. Esperé hasta cerciorarme de que había llamas y luego me subí al coche y me fui”.

Desde allí, David se dirigió a la estación de bomberos en la que trabajaba como voluntario y pasó los próximos 10 minutos abriendo las puertas de las cocheras y preparando los camiones. Cuando se activaron las alertas, él ya estaba preparado para salir. Minutos después, llegaron los demás miembros del equipo, subieron a los camiones y se dirigieron al parque nacional por el mismo camino que había recorrido David poco antes.

“Cuando llegué, estaba en llamas un área del tamaño de esta mesa”, dijo señalando la mesa de la cocina. “Pero al cabo de unas horas, el fuego se había extendido varios metros”.

Tuvieron que pasar el resto del día tratando de apagar el incendio. Una vez conseguido, el capitán posó una manaza sobre el hombro de David y le dijo, “Bien hecho”, un reconocimiento que David siempre había anhelado pero nunca había recibido. En ese momento, David supo que haría lo que fuera con tal de volver a sentirse valorado.

Durante mucho tiempo estuve obsesionado con las razones que llevan a alguien a provocar incendios. Se convirtió en algo importante para mi en febrero de 2009, a raíz de una serie de incendios provocados un sábado en la zona de Victoria; el fuego calcinó gran parte de mi propiedad y mató a 173 personas. Poco después, la policía arrestó a Brendan Sokaluk bajo sospecha de provocar uno de los mayores incendios de ese día. Sokaluk fue condenado a 17 años de prisión por 10 delitos de incendio premeditado, uno por cada una de las personas que perdieron la vida en él.

Conozco a varias personas que lograron salvarse de ese incendio. Entre ellas los padres de mi amigo, que sobrevivieron metiéndose en el embalse de una granja justo antes de que las llamas arrasaran con su casa. Recuerdo que me contaban que, mientras estaban en el embalse, con el agua hasta el cuello, vieron cómo un tanque de gas explotaba por el calor y los fragmentos perforaban el tejado de la casa.



Después de eso, la familia de mi amigo se mudó a Perth. Como a tantos otros afectados, les resultaba demasiado doloroso quedarse en Victoria.

Desde entonces, he desarrollado un creciente interés por la piromanía. Resulta incomprensible que alguien pueda provocar un incendio intencionadamente, marcharse y dejar que el fuego se extienda y acabe matando a decenas de personas. A raíz de este suceso, pasé años buscando sin mucho éxito historias que me ayudaran a comprender la mentalidad de un pirómano.

La mayoría de las noticias de los periódicos se limitaban a informar sobre la ubicación del incendio y a dar una somera descripción. Si se hacía mención a algún detenido al que hubieran interrogado, su nombre nunca se hacía público. Por otro lado, los pirómanos casi nunca hablan con los medios de comunicación, y las pocas veces que lo han hecho, ha sido para negar los delitos que se les imputaban. Por tanto, mi pregunta ⎯¿quién provoca incendios?⎯ seguía sin respuesta.

Esto me llevó a emprender la misión personal de encontrar un pirómano que estuviera cumpliendo condena y dispuesto a hablar. A principios de 2015, empecé a revisar documentos judiciales antiguos y a elaborar una lista de nombres. Después, intenté contactar con esas personas a través de las redes sociales para entrevistarme con ellas. Durante un año, no recibí más que negativas o silencio, hasta que un día me llegó un mensaje del tipo al que llamaré “David" en esta historia. Me contó que de adolescente, en los 80, lo arrestaron por provocar incendios, y me propuso que fuera a visitarlo a su casa si quería saber más al respecto.

En Australia se encuentran los paisajes más inflamables de todo el mundo, seguidos de cerca por los cañones de California, en los que abundan los arbustos. El árbol predominante en nuestros bosques es el eucalipto, cuya germinación depende de los incendios naturales, razón por la cual sus hojas desprenden aceites volátiles. Obviamente, la sociedad moderna dedica muchos recursos a sofocar estos incendios, pero la ecología de Australia no ha cambiado. Nuestros veranos siguen siendo calurosos y secos; la flora continúa siendo altamente inflamable, factores que facilitan la labor a cualquiera que tenga tendencias destructivas.

Según los datos, en Australia hay mucha gente con esa inclinación. Según un estudio del Instituto Australiano de Criminología, el 13 por ciento de todos los incendios forestales se clasifican como “intencionados”. Pero como son raras las veces que atrapan a los pirómanos, otro 37 por ciento recibe la consideración de “sospechosos”, lo que significa que, estadísticamente, es probable que la mayor causa de estas catástrofes en Australia sean los pirómanos.

Estos resultados se obtuvieron a partir del estudio de 280,000 incendios en un periodo de cinco años. Por tanto, incluso suponiendo que menos de la mitad sean deliberados, sigue representando una cifra de pirómanos muy elevada que constituye un retrato espantoso de la locura en este país.

Hoy, gracias a las investigaciones posteriores a aquel fatídico sábado, el perfil delictivo del pirómano ha quedado muy bien definido aunque, a mi entender, presenta un cuadro insatisfactoriamente clínico. Sabemos que suelen ser hombres con una media de edad de 26 años, y que un sorprendente número de ellos colabora como voluntarios en los cuerpos de bomberos del país. Asimismo, no acostumbran tener mucho contacto con familiares y amigos y sufren depresión o enfermedades mentales.

Pude comprobar que David cumplía con casi todos los requisitos.

No revelaré dónde vive David, puesto que fue una de las condiciones que puso para esta entrevista, pero sí diré que vive en una casa de madera de estilo victoriano con un parterre de lavanda en el jardín delantero. Mientras conducía por el sendero hacia la casa, David apareció en la cochera, saludándome efusivamente. Medía poco más de 1,50 m, tenía el pelo canoso y una sonrisa que me recordaba a los niños de las postales de Navidad. Tendría cuarenta y tantos, pero parecía más joven; no de un modo que inspirara desconfianza, sino ganas de asegurarse de que comía bien durante el desayuno. Lo observé mientras se acercaba al coche con la mano extendida, sus zapatos ortopédicos aplastando el pasto, y pensé: No es como lo imaginaba.

David me contó que vive con su madre, que había decidido pasar el día fuera para dejarnos solos. Reconoció que vivir con ella no era lo mejor, pero que de esa forma se hacían compañía mutuamente. Luego lo seguí hacia el interior de la casa, repleta de fotos de familia y figuritas de porcelana. Al mirar alrededor, tuve la sensación de que la vida de David había avanzado a un ritmo muy lento desde su adolescencia.

Nos sentamos en la mesa de la cocina y David empezó su relato. Creció feliz en la costa sureste, con sus hermanas y el amor de sus padres. Se definió como una persona abierta y optimista… hasta que cumplió los 12 y todo cambió.

“Entonces sucedió algo muy importante”, explicó midiendo las palabras y con la mirada en el techo. “Mi mejor amigo me violó”.

Sin que le hubiera preguntado, David me contó que fue a la playa con dos niños mayores que él, y que uno de ellos lo violó mientras el otro lo inmovilizaba contra el suelo.

Después de aquello, David cambió. No le dijo a nadie lo que había ocurrido. Pasaba mucho tiempo encerrado en su habitación, planeando su venganza y viendo la tele. Dijo que su madre se dio cuenta de que algo pasaba e intentó hablar con él, pero David la rechazó. Lo único que le aportó una distracción fue la decisión de su padre de inscribirlo en el cuerpo de bomberos. El episodio de abusos había hecho que se sintiera inútil, y trabajar para los bomberos le dio un propósito.

“De repente sentí que pertenecía a una comunidad”, dijo. “Ayudaba a recaudar dinero”, recuerda.

Al igual que a muchos otros de los chicos, la parte del trabajo que más le gustaba era la de apagar incendios, que se producían muy raramente. Hasta que a David se le ocurrió una idea. En una sesión de planificación de quemas controladas, mientras observaba a su capitán señalar las zonas del mapa que era preciso quemar para reducir el riesgo, David pensó en qué pasaría si llegaba él primero. Si esas zonas se iban a quemar de todas formas, pensaba, no habría inconveniente en que lo hiciera él. Así luego él y sus compañeros podrían pasar una tarde entretenida tratando de apagar el fuego.

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Ilustraciones de Michael Dockery

“Me di cuenta de que, si provocaba los incendios, siempre sería el primero en estar preparado en la estación de bomberos, el primero en tenerlo todo listo para cuando llegaran los demás. Además, siempre sabía dónde teníamos que dirigirnos. Era mi pequeño secreto y me hacía sentir poderoso”.

David no quería empezar a provocar incendios sin haber practicado antes, así que empezó a pasar muchas tardes en las zonas de arbustos cercanas a la ciudad, probando técnicas de ignición. Se llevaba velas, cerillos y líquidos inflamables para comprobar qué tipo de incendio provocaba cada método. Al fin, decidió que las velas eran las más efectivas porque ardían lentamente y le daban tiempo para huir.

David dijo que, al principio, no provocaba incendios con ánimo destructivo. Lo hacía porque quería apagarlos con su equipo y recibir los halagos del capitán. En ese sentido, su primer incendio fue todo un éxito, por lo que unas semanas después provocó otro.

Su modus operandi era siempre el mismo: agarraba el coche de su madre, se dirigía a un parque nacional cercano y dejaba varias velas encendidas por la zona. Tras asegurarse de que el sotobosque había prendido, se dirigía a toda prisa a la estación de bomberos.

Durante el verano de 1987, el hobby de David, que ponía en práctica una vez al mes, se transformó en una necesidad semanal. Pronto empezó a provocar incendios cada vez que tenía un mal día, pero esta vez ya no para sentirse parte de una comunidad, sino para sentirse con poder. Llegó un punto en que lo hacía por el placer de ver un bosque reducido a cenizas, un placer que se convirtió en adicción.

“Lo peor era en invierno”, dijo. “La frustración por no conseguir provocar incendios en esa época explotaba luego en primavera y verano, épocas en las que tenía que resarcirme bien porque sabía que después volvería el invierno y no podría”.

De algún modo, pasó el verano sin que muriera nadie, pero cuando 1988 estaba llegando a su fin y volvía el calor, aumentaron nuevamente los incendios en los alrededores de la ciudad. Le pregunté a David cuántos incendios provocó durante el segundo verano ⎯el verano en que lo descubrieron⎯. Hizo una pausa para pensar. “No lo sé”, repuso. “¿Veinte? ¿Treinta? Tal vez hasta 50”.

Descubrieron a David pocos días antes de su cumpleaños número 18. La administración de la estación de bomberos había empezado a sospechar que tenían un pirómano en la ciudad, por lo que se incrementó la vigilancia. Alguien, al fin, vio pasar el coche de la madre de David en dirección opuesta al foco de un incendio y llamó al capitán de los bomberos, quien le pidió que guardara silencio, ya que iría él personalmente al encuentro de David y lo llevaría a la comisaría.

Para David, todo terminó cuando el capitán se presentó en su casa y le anunció que lo habían descubierto. Eso le dolió, pero no tanto como saber que ya no formaba parte del cuerpo de bomberos. Luego fueron a la policía.

David, que en aquel entonces tenía 17 años, empezó diciendo que sabía nada sobre la ola de incendios que afectaba a la ciudad. Uno de los agentes respondió golpeándole la cabeza con directorio telefónico y David al fin confesó. Fue sometido a una serie de evaluaciones psicológicas y los expertos concluyeron que no era recomendable que ingresara a prisión. Probablemente por esa razón el juez lo condenó a 250 horas de servicios comunitarios y a un año de asistencia psicológica obligatoria.

Si hubieran descubierto a David provocando incendios en 2019, habría ido directo a prisión. Sin embargo, en 1988 la palabra “pirómano” era un término mucho menos conocido y todavía no existía esa necesidad política de hacer cumplir penas de prisión. El tribunal optó por la vía de la rehabilitación y David tuvo que asistir a sesiones de terapia en las que tuvo la oportunidad de hablar de la agresión sexual de la que fue víctima.

“Me da gusto que me hayan descubierto”, dijo. “Estaba sumido en una dinámica destructiva y, me da miedo pensar en lo que hubiera hecho si no me hubieran descubierto”.

Los incendios que provocó David nunca llegaron a destruir ninguna propiedad ni a ocasionar daño a nadie, al menos hasta donde él sabe, pero reconoce que esa posibilidad existía. Dijo que sentía lo ocurrido, pero cuando le pregunté si se arrepentía, negó con la cabeza. “Por sorprendente que te parezca”, explicó, “no me arrepiento de lo que hice porque gracias a eso recibí asistencia”.

David me contó que accedió a la entrevista porque quería que el público entendiera mejor a los pirómanos. Quería que supieran que, por lo general, no les mueve la maldad, que sus actos son un grito de auxilio de personas dañadas y traumatizadas, personas que acarrean su propia versión de la agresión sexual de David.

Para terminar, le pregunté cómo creía él que la sociedad debería lidiar con los pirómanos, y me contestó que la respuesta está en la atención a la salud mental.



“Hay que dar con el pirómano antes de que lo sea”, me dijo. “La gente que ha sufrido algún trauma siente que no tiene a nadie con quien hablar. Si sus amigos y familiares se preocupan más por él, podría diagnosticarse la enfermedad mental antes. En mi caso, hicieron falta siete años, pero podrían haber sido meses o solo semanas”.

Anochecía cuando nos dimos la mano en la puerta de su casa. Durante el camino de regreso, me sentí un poco decepcionado. Ya tenía una respuesta a mi pregunta de por qué hay gente que provoca incendios. Era una respuesta obvia, y si hubiera tenido que adivinarla, seguramente habría contestado eso, pero nunca habría pronosticado que la historia de David sirviera para poner de manifiesto la prevalencia de la miseria en este país.

“Creo que hay mucha gente traumatizada”, sugirió antes de mi partida. “A lo mejor por eso hay tantos incendios”.

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