Cultura

La fatídica búsqueda del mejor LSD del mundo

En la década de 1970, un silencioso lugar en el Gales rural se convirtió en el centro psicodélico del mundo.
Chris Bethell
fotografías de Chris Bethell
21 Octubre 2017, 12:00pm
Exjíbaro de LSD, Smiles

Este artículo fue publicado originalmente en VICE UK.

Hace dos meses, un sábado en la tarde, estaba parado en un pub en el sur de Londres, conversando con un fotógrafo. Mientras escarbaba con desesperación en mi cerebro para compartir alguna anécdota medianamente decente con él, decidí volver a contar una historia que había leído en internet el día anterior. Era sobre una villa remota en Gales, que en 1970 se había convertido en el imperio psicodélico que albergaba a dealers y productores de LSD.

Aunque el grupo fue diseñado con una estructura celular —es decir, pocos de ellos estaban al tanto de la existencia de los demás (de manera que si uno era arrestado, el resto podría continuar sin interrupción)— un gran número de ellos decidió mudarse a la misma región remota en Gales, pues tal parece que algo de esa zona los atrajo.

Para el momento en que fueron desmantelados en 1976, suplían el 90 por ciento del mercado británico y el 60 por ciento de la demanda de LSD en todo del mundo (pero según reportes subsecuentes, estas cifras fueron endulzadas por las autoridades para darle mayor importancia a la investigación, con el fin de tener presencia en los tabloides). Muchos de ellos no fueron productores ni dealers en el sentido estricto del siglo XXI. Fueron autores, químicos y visionarios de libre pensamiento —y sí, amantes del dinero— que creían con firmeza que si inundaban a la sociedad británica con LSD puro, cambiarían profundamente su manera de pensar la política, la guerra, el amor y la naturaleza.

La operación policial encubierta y la subsecuente redada (que destapó 6.5 millones de cartones de LSD y que incluyó a dos oficiales que se enmascararon como hippies vagabundos, por dos años) pasaría a ser conocida como la Operación Julie. Hoy en día, dicha operación sigue siendo la redada más grande contra el LSD en Reino Unido, y ha sido recontada en innumerables artículos, libros, y terribles adaptaciones televisivas, en las que el LSD es mostrado como una droga demoniaca o una poción suicida. El contraste entre el gangsterismo urbano y la comodidad rural han hecho de esta una historia irresistible. Como una adorable versión galesa de Breaking Bad.

La noticia regresó porque uno de los detectives involucrados (ahora retirado), hizo unas declaraciones que señalaban que existía un escondite de LSD enterrado en algún lugar del área, aún activo. Fue suficiente con poner fuerzas policiales locales en patrullas nocturnas, por temor a que traficantes, dealers, o periodistas ingenuos se embarcaran en una cacería para desenterrar algunos ácidos añejos.

Al terminar de contar esta historia al fotógrafo en el pub, me miró y me dijo 'debemos ir' y le dije 'nah'. La historia ya había sido contada y no me sentía con el ánimo de vagar por un pueblo galés, con pala en mano, bajo la lluvia, buscando viejos rumores enterrados. Luego el fotógrafo dijo, 'No, en serio, tenemos que ir".

Gay Talese dijo una vez "La historia nunca muere. Siempre hay otra historia que puedes escribir veinte o cuarenta años después de la historia original".

Y aquí estoy, manejando sobre una vía que no es clase A, ni clase B, sino del tipo de no-trates-de-clasificarme, buscando con ansiedad señales que digan "CUIDADO: RANGO DE TIRO MILITAR", pitándole a las ovejas en las vías, que solo responden teniendo ataques de pánico, corriendo de cara a la defensa del Volkswagen rojo.

El GPS dice que estamos a 24 kilómetros de Llanddewi-Brefi; el velocímetro dice que esos 24 kilómetros tomarán una hora y diez minutos. "¡Ha! Esos son kilómetros galeses", me diría después un campesino de ojos tristes en el pub.

EL DESIERTO VERDE

Lo que no es el Norte de Gales, o el Sur de Gales, o el Este o el Oeste de Gales, es conocido como 'Mid-Wales' (algo así como Gales Central). Y en la mitad de Gales Central —atravesando los condados de Powys, Ceredigion, y Carmarthenshire— yace el lugar descrito por el folclor galés como el 'Desierto Verde', gracias a su falta de caminos o civilización, a su abundancia en montañas verdes, valles inclinados y antiguos arroyos. Encontré en mi página de astronomía que si miras al cielo en una noche clara, verás la Vía Láctea entera expandiéndose en el horizonte negro. Y por alguna razón, esta zona específica de Gales hipnotiza con frecuencia a las personas, seduciéndolas sin razón alguna.

"Estás tan lejos / de lo que llegarás a estar de la locura del mundo", escribió el poeta nacionalista galés, Harris Webb —quien fue el responsable de la popularización del "desierto verde"— sobre esta área en 1969. Los dealers debieron concordar con esto. Como lo hizo Salman Rushdie, quien consideró que esta área era un lugar apto para esconderse en los ochenta, después de que el ayatolá de Irán emitiera una fatwa en su contra. Muchos organizadores de festivales gratuitos para hippies también se sintieron atraídos por la zona en los años 70: principalmente por ser una zona remota, pero también por sus hongos mágicos, que aún crecen desenfrenadamente a través del valle.

Conducir por el desierto es como un trayecto sublime y serpenteante que va de arriba a abajo, al aparecer eternamente. Un bosque denso de picea Sikta descansa en los hombros del valle. Parches amarillos dentro del esponjoso verde se convierten en un dorado aterciopelado por la luz del sol. En la base hay un chorro de agua que nace en la cima de la montaña, y todo se parece a un gran anuncio de whisky.

Para alguien quien sólo ha viajado por la bulliciosa y apestosa ciudad de Londres, una exultante extrañeza se despliega más allá de la ventana del carro. Es como si el campo se estirara; vivo y respirando y no puedo evitar sentir que, de hecho, el campo sabe que manejamos por encima de él.

En lo profundo, pasamos por una capilla presbiteriana abandonada llamada Soar Y Mynydd. El expresidente estadounidense, Jimmy Carter, solía venir aquí en sus retiros de pesca. Carter podría haber ido a pescar a cualquier lugar del mundo, pero algo del Desierto Verde lo siguió llamando. Compró para su colección un cuadro de Soar-y-Mynydd. "Nunca he visto algo como esto en mi vida", dijo el expresidente.

El carro chapotea y se ahoga en una subida de 40 grados de inclinación (según el GPS, llamada La Escalera del Diablo) y gira solo para encontrar otros 365 metros de escaleras satánicas. Estos caminos no se hicieron para los Volkswagen Polos. Fueron rutas utilizadas en la Edad Media por los 'drovers' (especie de vaqueros), una casta de misteriosos y carismáticos hombres galeses que se ganaban la vida yendo de una granja a otra recolectando ganado para exportar, luego llevándolo a los mercados de Birmingham, Manchester y Londres. Algunos, incluso, transportaban ocas, poniendo pequeñas botitas de cuero es sus pies para que no escaparan. Los traficantes harían uso de estas mismas rutas para conducir su rebaño de LSD a unos mercados bastante diferentes, también en Inglaterra.

Justo en el corazón de este vasto y ondulante desierto, recostado al lado de una gran montaña, se asienta un pueblo de no más de 500 personas: Llanddewi-Brefi, una villa que se parece mucho a cualquier otra villa británica, y aún así, cuando escarbas bien bajo la superficie, encuentras las peculiaridades más extrañas que explican su misterioso magnetismo.

EL ASESINO DE LA COLINA

Llanddewi-Brefi

Llegamos a las 6:13 PM el martes en la tarde. Había un silencio sepulcral en el aire que sólo era realzado por la manera en que el cielo se combinaba con unas nubes de lluvia, inundando el pueblo en un azul grisáceo, como un cuadro de Turner. La calle estaba desierta excepto por una mujer en el cementerio que tendía unas flores en la lápida.

Aparte de unos cuantos callejones, este es un pueblo de prácticamente una vía, y todas las casas campestres, los pubs, el corredor del poblado y sus mercados, se construyen a su alrededor. Parece el tipo de lugar en el cual si no te has reportado a las 10AM, alguien tocará a tu puerta revisando que te encuentres bien.

Al este, la iglesia St. David tiene una vista espectacular que se alza por encima de cada casa. La capilla se asienta en un montículo artificial. Cuenta la leyenda que St. David, el santo patrón de Gales, venía a rezar aquí alrededor del año 560. En la medida en que agrupó a una mayor multitud de pobladores, algunos empezaron a quejarse porque no lo escuchaban o veían, así que hizo que la tierra plana se levantara formando una colina para poder ser oído y visto. La capilla se construyó después y le debe su nombre, Llanddewi-Brefi (que traduce algo como la Iglesia de David del río Brefi).

Hasta los 2000, la iglesia era el principal atractivo turístico del pueblo. Después, Matt Lucas y David Williams la utilizaron en Little Britain como la casa de Dafydd, también conocido como "el único gay del pueblo". Nunca dieron una explicación al respecto. La gente todavía llega durante los meses de verano para tomarse fotos con el signo del pueblo. En cuatro ocasiones distintas, ha desaparecido y reaparecido en eBay, a despecho de los policías locales. "Calculo que el noventa y nueve por ciento de los pobladores no han visto el show" dice un local a la BBC cuando ésta y otros medios populares se agolparon aquí por el rumor en 2004, "el resto lo encuentran divertido".

Un muro de The New Inn

Llegamos a la entrada del pub del pueblo, The New Inn. Este lugar acogió toda la acción durante la años psicodélicos de Llanddewi-Brefi. En una noche ajetreada, el pub podría haber sido una mezcla de locales, un dealer de LSD llamado Smiles (Sonrisas) y sus asociados, los dos policías encubiertos, cada uno sin saber del otro o escondiéndose del otro, aun cuando se enfadaban ruidosamente y jugaban dardos entre sí. Luego, todos podrían haberse apilado detrás de Smiles en su cabaña por porros, una línea de coca, e incluso, un trip.

Justo cuando abrimos la puerta del pub, un hombre salió a tropezones cantando "Feeling Good" de Nina Simone. Parece avergonzado así que le digo que tiene una gran voz y, mientras niega con su cabeza, nos pregunta "¿qué están haciendo aquí?". Olvido que la sutileza existe y le respondo que somos periodistas de Londres y hemos venido a desenterrar LSD.

"Bueno...", empieza, "mi madre se mudó aquí en 1972, y fue niñera del químico de LSD y su esposa. Una noche me llamó y me dijo 'John, esto está más extraño que nunca. No tienen muebles y tienen imágenes raras de...'". Inmediatamente bajó el tono de su voz al ver a una anciana pasar a nuestro lado por la calle. La vimos pasar y cuando nos dimos vuelta para encarar a John, ya había huido, desapareciendo de nuestra vista.

Entramos al New Inn con la predecible "¿Entonces quien está aquí?" Recibimos un silencio interrumpido sólo por el crujir de los cuellos al girar. Después todos volvieron a enfocarse en sus pintas y en el ambiente típico de un pub, con algunas conversaciones en inglés, pero la mayoría en galés. El lugar transmitía la sensación de estar en la sala delantera de alguien: todos sentados en la barra, nadie en las mesas, pero no había más lugar así que nos sentamos en una mesa, lo que inmediatamente nos aisló.

Un hombre sentado en un taburete llevaba un abrigo reflector, toda su cara estaba cubierta con mugre de la que sólo sobresalían sus dos ojos blancos. Terminó su cerveza y abandonó el lugar. "Siempre está mugriento" dijo alguien, "creo que debe ponerse mugre en la cara antes de venir".

Puedes imaginar lo fundamental que fue la existencia de este pub para la redada policial. Si no existiera, no imagino de qué otra manera se conocería la gente por aquí. Como en el resto de pueblitos británicos, lo que queda de ellos gira en torno al precario colegio, la iglesia y el pub. Pero con un colegio campestre como el de Llanddewi-Brefi siempre bajo amenaza de clausura, con la decreciente asistencia a la iglesia, la responsabilidad recae sobre el pub. Ahora, eso no quiere decir que the New Inn esté rebosante. Está medio vacío y, según dicen, en los años 70 también estaba medio vacío. Pero en comunidades de este tamaño no existe literalmente ningún lugar distinto donde la gente se acompañe de otra gente.

La paredes están cubiertas con fotos del equipo de futbol local, pinturas del artista local, Geoff, fotos de cómo solía lucir el pueblo, y noticias de eventos venideros. No es sólo un pub, es un museo de la vida en el pueblo. Antes de ser un pub era un hostal para los conductores, con un establo sobre su vía y un campo donde podían dejar su ganado.

Ya me siento extranjero, empiezo a conversar con un tipo con acento Cockney [persona del este de Londres], quien parece estar en sus cincuenta. Me cuenta que se mudó a este lugar cuando sintió que Londres se estaba poniendo muy arriesgado. Había estado sentado en un Harvester en Romford, comiendo su almuerzo de domingo, cuando un grupo entró, se sentó en la mesa de al lado de él y comenzó a maldecir y hablar acerca de cómo iban a apuñalar a alguien. "Eso fue suficiente" dice. "Se mudo aquí. Aire limpio, sin índices de crimen. Es como vivir en Romford hace cincuenta años". Ahora es dueño de la tienda del pueblo.

El tendero

Elaine está en el bar sorbiendo una bebida burbujeante a través de un popote negro. No se qué sea, porque fue pedido bajo el nombre de "lo usual". Ella nació en el pueblo y solía ser profesora en el colegio, ahora se encuentra retirada. Su abuelo era herrero y en sus horas libres, Elaine disfruta yendo de pueblo en pueblo a buscar rejas y puertas que tengan su firma. Dice que es su manera de conocerlo.

Cuando le dije que venía de Londres, dijo, "Alguien tiene que hacerlo". Y cuando saqué la grabadora, todos miraron como si acabara de sacar una granada y le hubiese quitado el seguro. Mientras hablamos, un hombre de cara roja regordeta, quien toma detrás de ella un Strongbow, me mira atentamente. "No a todo el mundo le gusta que se hable de la Operación Julie" dice.

Elaine era una adolescente durante el boom del ácido y lo recuerda vívidamente. "Éramos bastante ingenuos. Mirando atrás, creo que debió destacarse: un tipo con acento inglés, abrigo de terciopelo y pantalones acampanados, llamado 'Smiles'. No es que se escondieran tampoco. Smiles con frecuencia estaba en el pub, prendiendo sus cigarros con billetes. Una vez se quedó conversando con un tipo del pueblo quien le contó que no tenía televisor. Al día siguiente le compró un televisor. Como Llanddewi-Brefi estaba en punto de ebullición por entonces, nadie cuestionó su gesto".

Empiezo a contarle mi teoría de que si bien la mayoría de pueblos tienen una gran historia, este en particular atrae eventos extraños con un rango anormal. "Bueno, los 80 fueron años difíciles aquí..." empieza. "Fue en enero de 1983, cuando alguien vino a casa y le dijo a mi madre: 'Bueno, acabo de ver algo que nunca antes había visto, alguien está caminando por la montaña en la mitad de la noche..."

La figura había estado caminando cerca a Brynambor, una granja ovejera remota, propiedad de John Williams. El día siguiente, algunos granjeros vecinos fueron a revisar que John estuviera bien, después de que no hubiera respondido a su puerta. Lo encontraron en su habitación. Le habían disparado cinco veces con su propia arma. Poco después se descubrió que el asesino era un vagabundo inglés de 33 años llamado Anthony Gambrell, quien ahora era prófugo y se creía escondido en las colinas. Eso produjo escalofríos en el pueblo. John Williams era muy apreciado, el tesoro de la capilla Soar-y-Mynydd. Había sido descrito como "el hombre más feliz de Gales".

El asesino de las colinas había aterrorizado al pueblo por años. Nadie sabe por qué llegó aquí, pero parece haber desarrollado una suerte de obsesión con Llanddewi-Brefi. Encontró trabajo ocasional en pastoreo, y se sabe que a veces se subía a dormir a lo más espeso de la montaña. Seis años antes del asesinato, irrumpió en casa de John Williams y robó un arma. Después, secuestró a una pareja de ancianos con una hoz. Por siglos, el folclor británico ha petrificado a niños con sus advertencias sobre simbólicos perros negros, fuerzas malvadas y malignas que se esconden en las colinas trayendo el terror a los pueblos, pero ahora Llanddewi-Brefi vivía una pesadilla de verdad.

La policía temía que volviera a matar o a secuestrar a alguien, de nuevo. Advirtieron a los pobladores que se encerraran con seguro, que estuvieran pendientes de sus vecinos, y que no salieran en la noche. Les dieron un código secreto para ser utilizado en caso de peligro, y la policía empezó a llamar a las fincas más remotas, cada media hora, para garantizar que estuvieran bien. El miedo fue demasiado para muchos, y 12 granjeros se mudaron durante la cacería.

En algún momento, la policía rastreo a Gambrell: había huido a Hampshire. Fue judicializado y sentenciado a 30 años de prisión en el tribunal de Lampeter, a casi 15 kilómetros de Llanddewi-Brefi. Una multitud de pobladores se reunió a fuera del tribunal para expresar su rabia hacia Gambrell mientras lo metían a una camioneta. Una serie documental llamada Y Detectif revisó el año pasado el homicidio, descubriendo que Gambrell todavía envía cartas desde su celda en Durham, a algunos residentes del pueblo.

"Nunca recuperamos el arma, lo que es un problema", dice el exdetective John Lewis durante su entrevista en el documental. "Cuando quede en libertad tal vez devuelva el arma. ¿Quién sabe si regresará?"

EL MONSTRUO SAGRADO

El señor Ebenezer está sentado en el sofá de su sala, lleva una camisa morada de algodón y pantalones beige, mira a través de sus gafas rectangulares el Cambrian News, mientras el Sky News retumba en el fondo. Tiene un Daily Mail a su lado, que compra todos los días para "mantenerse al tanto de lo que el enemigo trama". Habla con voz teatral y con un acento de mid-Gales. Tiene una suave cadencia y da la sensación de que cantara, lo que te hace desear llevar el ritmo golpeando tus rodillas.

Pasando la sala está el comedor, donde el portátil del señor Ebenezer descansa cerrado, pero listo para ser abierto en cualquier momento. Desde 1967 ha sido un periodista y un celebrado autor local. Hace cuarenta años, alrededor de las 11 de la mañana, el fue uno de los primeros reporteros en llegar a la escena de la Operación Julie, vagando por el pueblo mientras los vecinos permanecían en sus pórticos observando el caos, declarando que sabían que algo andaba mal.

"No sabían nada" se ríe el señor Ebenezer. Se convirtió en la historia más grande de su carrera y escribió un libro sobre ella titulado Operation Julie: The World's Greatest LSD Bust. Me cuenta que no hay nadie aquí que tenga algo malo para decir de los tipos del LSD, Smiles, especialmente, era una especie de héroe local.

"Recuerdo pensar en aquella historia de cómo St David hizo que el suelo se levantara" dice el señor Ebenezer, "y pensar: esas personas haciendo y consumiendo todo ese LSD con seguridad han visto ese tipo de cosas pasar. Nada ha cambiado por aquí en lo absoluto".

Cuando le pregunto si cree que haya aún ácido enterrado en algún lugar del pueblo, sonríe con picardía. "Oh, ellos adoran esa conversación sobre el pueblo. La continúan. Pero no dudo que aún hayan cosas guardadas. Algunos dicen que está enterrada en la cantera pero creo que Smiles está detrás de ese rumor. Era un chico muy travieso".

Le pregunto al señor Ebenezer si conoce alguna otra historia extraña que haya ocurrido en Llanddewi-Brefi, sus ojos se iluminan mientras empieza a hablar de un hombre misterioso que apareció en el pueblo a final de los 60, una década antes del asunto con el LSD. "Era un hombre extraordinario. Un sanguinario, pero muy inteligente. Un fugitivo de los Krays, parece, tenía una cicatriz de oreja a oreja".

El tipo en cuestión era David Litvinoff, un personaje de la escena de los 50 y 60 de Londres, que tenía tantas conexiones con en el mundo del rock and roll, como con la aristocracia, y el mundo criminal de los Krays.

El cantante inglés de jazz y blues, George Melly, describió a Litvinoff como tal: "El más rápido hablador que hubiera conocido, con escandalosas historias de las cuales al menos la mitad, no eran ciertas, un dandy de la miseria, una cara que fea o bonita (no acabo de decidir) era cien por ciento judía, un catalizador autopropulsado que no le importaba hacerse daño mientras lograra que algo pasara. Un monstruo sagrado, de primera clase".

Una noche en 1968, Litvinoff tuvo un altercado con uno de sus socios gangsters y recibió una dura golpiza. Poco después de eso se desvaneció. Cuando reapareció pocos meses después, fue en la tienda de Llanddewi-Brefi, suplicando al tendero que le dejara llevarse unas provisiones fiadas porque aún no tenía ningún efectivo consigo. Se había mudado a una pequeña cabaña en el margen del pueblo, llamada Cefn Bedd (que traduce Tras la Tumba).

Pronto, amigos famosos de Litvinoff fueron llegando de Londres a visitarlo en el pequeño pueblo que llamó su "Celticlimboland", donde "nada es la norma y con razón". Entre los años de 1970-72, The Rolling Stones, Eric Clapton, Marc Bolan, John Lennon, Yoko Ono, y muchos otros, hicieron su visita a Llanddewi-Brefi, para el entretenimiento y confusión de los locales. Una vez, Litvinoff se rodeó de un grupo de ancianas emocionadas a las que les dijo que tenía a Cliff Richard en su carro, solo para dejarlas encogidas de hombros cuando descubrieron que se trataba de un desorientado Keith Richards.

Grandes fiestas se llevaron a cabo en su hogar, mezclando amigos londinenses y locales jóvenes atrevidos. "En los días soleados" escribió Keiron Jim en su biografía de Litvinoff, Jumpin' Jack Flash, "alzaría sus bocinas estéreo hasta las ramas de los árboles por su cabaña, y pondría música mientras el y sus amigos hacían inmersiones en el río, o permanecían echados en los sillones, fumando hachís".

Cuando el señor Ebenezer visitó a Litvinoff en su cabaña una tarde, notó la invitación del funeral de Jimi Hendrix en Seattle. Un dulce estaba atado a ella: el mensaje en su interior decía que el dulce estaba bañado con LSD y dejaba instrucciones para todo aquel que no pudiera asistir al funeral, lo tomara en ese mismo día. Una serie de eventos hicieron que Litvinoff abandonara el pueblo para siempre, en su partida ofreció el dulce a la policía que patrullaba en la tarde. El resto del día permaneció tumbado en el sofá de Litvinoff, alucinando y gritando incoherencias por su walkie talkie.

Durante los 60 y 70, se popularizó esta noción del campo como un escape idílico del caos y la guerra en que se sumergía el mundo. Muchos tenían una concepción nostálgica del campo como un lugar salido directamente de las pinturas paisajistas holandesas del siglo XVI, donde la vida era imperturbable y se vivía a ritmo lento. Particularmente existía la fantasía inglesa que veía el campo como un espacio más civilizado, y abastecedor, que la mugrienta y veloz realidad de las ciudades. Estas ideas están de regreso ahora que las personas buscan refugiarse de la híper conectividad metropolitana o una potencial guerra nuclear, y empiezan a soñar de nuevo con el absoluto aislamiento.

Pero, como observó el sociólogo Howard Newby, esos paisajes de las pinturas holandesas nunca representaron la realidad rural: era sueños utópicos de la belleza pastoril creados según un conjunto de reglas que señalaban qué hacía pintoresca a una obra. Cuando Litvinoff (y muchos de los hippies y buena vida que le siguieron) se mudó a un lugar como Llanddewi-Brefi, descubrió que la vida no era perfecta ni simple, y que el campo era un lugar implacable lleno de demonios únicos.

"Litvinoff era demasiado gregario y urbano" explica Keiron Jim. "Cuando visitaba Londres después de estar en Gales, solo podía hablar y hablar para compensar el tiempo que no había podido por estar solo. Era alguien que necesitaba gente a su alrededor. Finalmente, Llanddewi-Brefi lo volvió loco".

Litvinoff fue llevado a corte después de que su perro masacrara algunas ovejas. Poco después, se fue para siempre.

SER RECTO ES LO MÁS LOCO QUE PUEDES HACER

Smiles nunca salió en busca de Llanddewi-Brefi en julio de 1971, pero la encontró de todos modos. Su novia y su hija habían conducido alrededor de Gales buscando señales de propiedades a la venta. Cuando las esperanzas parecían perdidas vieron una oportunidad en Llanddewi-Brefi. La cabaña Y Glyn no estaba a la venta, pero era obvio que nadie vivía en ese lugar. El hombre que vivía al lado era su propietario, le pidió a Smiles 1,250 libras esterlinas. Smiles le hizo una contra oferta de 1,000, e hicieron un trato.

Smiles era uno de los primeros hippies que la comunidad veía de cerca. Otros habían ido de paso, pero la cabaña de Smiles quedaba en la calle principal. Frecuentaba el pub, se unió al grupo de dardos, y se paseaba por ahí con sus pantalones acampanados y sus perlas, con escarcha en la cara, pelo teñido con henna, y sombra en los ojos. Tenía el pelo largo y oscuro, y una gran barba. Al principio, algunos de los locales querían patearle la cara, otros especulaban sobre sus negocios; la mayoría asumía que era de pornografía o de robo de bancos.

Pero con su mezcla de ridiculez y amabilidad, pronto encantó al pueblo, el cual, hasta ese punto, había empezado a desarrollar una mirada excéntrica del mundo, o al menos una apertura a las cosas que pasaban a su alrededor que no parecían para nada normales.

Su cabaña tenía dos pisos arriba y dos abajo, aquellos que tuvieron el placer de visitarla, hablaron de una inmensa Parvati (diosa hundí de la fertilidad, el amor y la devoción) pintada a mano en la sala, y un gran Shiva azul, pintado en la pared trasera. Todas las cenefas estaban pintadas de tal manera que asemejaban hierbas y caracoles. Uno de los cuartos tenía una escultura en papel mache de Jimi Hendrix saliendo por la pared, su mano hecha con alambre de cobre. El cuarto de la hija había sido convertido en una cueva con papel mache, pintada toda de café claro y con trazos rojos y amarillos, decorada además con adornos vistosos. El techo de ambas habitaciones había sido convertido en el cielo, para que fuera posible dormir bajo las estrellas.

Durante su estancia en el pueblo, Smiles pasó de ser un narcotraficante menor, involucrado con la red de LSD, a uno que enviaba cientos de miles de tabletas de ácido por semana. Cuando los agentes encubiertos llegaron a Llanddewi-Brefi disfrazados como hippies vagabundos, Smiles era el blanco.

Stephen Bentley, uno de los detectives encubiertos, escribió un libro con su experiencia, Undercover: Operation Julie – The Inside Story, y es el responsable de la declaración que señaló la existencia de un cargamento aún enterrado. Me cuenta por Skype que se volvió muy cercano a Smiles durante los dos años que permaneció encubierto, y que estuvo muy cerca de contarle todo el fin de semana antes de la redada. Smiles jura que desde el momento en que conoció a Bentley, supo que era un policía, pero era un caso en el que se trataba de tener a sus amigos cerca, y a sus enemigos aún más cerca. Después, a las 5 AM del 26 de marzo de 1977, Smiles se despertaría con el sonido su puerta siendo pateada, y sabría que todo habría terminado.

Con los años, Smiles nunca participó en ningún libro, tele documental, ni nada sobre la Operation Julie, así que asumí que había preferido no volver a hablar sobre ese tema. Pero sabía que estaba por ahí: había escuchado de buena fuente que lo habían visto en el funeral de otro tipo condenado en los 70, y que había trabado a todos los de la zona de fumadores con su estela. Si alguien sabía de la existencia del LSD enterrado, ese sería Smiles.

Encontrarlo no fue demasiado difícil y después de un día de correspondencia, nos invitó a tomar el té. Había abandonado Gales y viajado alrededor del mundo, pero al final no terminó muy lejos de donde había empezado: en los bosques cerca de la frontera galesa, a dos horas de Llanddewi-Brefi.

Las ramas golpeaban el parabrisas y el pasto crecido en la mitad de la vía irrumpían en el motor. Mientras tanto, el Volkswagen Polo abordaba un paisaje aun más ajeno a su diseño: el oculto camino a casa de Smiles. Era obvio que nadie había visitado este lugar en carro por un buen tiempo. Después de un tramo y un giro en la esquina, descubrimos la casa.

Smiles responde a la puerta por el ladrido de los perros. Tiene una cara dominante pero amable, ojos azules, una gran boca, una nariz brusca y una melena larga de pelo gris que se extiende hasta sus hombros. Lleva una camisa azul pegada, unos pantalones de pana, calcetines rojos y mocasines. Sus mangas están enrolladas hasta su antebrazo, descubriendo un tatuaje de dragones y serpientes, que luego descubriría son cubiertas de tatuajes viejos de su época en el ejército. Lleva joyería que parece espiritual colgada del cuello y tiene el puño lleno de anillos de plata. Habla con un sutil acento de Manchester, matizado por los años en el exterior.

Caminamos por la casa y nos sentamos en una mesa de verano cerca a un estanque. Unas viejas y descoloridas banderillas colgaban de un olmo, y el leve sonido del viento llenó el ambiente. Sin una vía directa, con su propia reserva de agua, y un terreno para cosechar cualquier tipo de vegetal, una vez más había encontrado su pedacito de aislamiento.

Noto que el más pequeño de los perros arrastra alrededor una cadena extensible de perros, atada a la cabeza de un hacha. Smiles me descubre mirándolo. "No es cruel, honestamente" dice. "Es un corredor, ves. La última vez se fue casi por dos días y regresó muerto de hambre, con frío y sucio en la mitad de la noche. Tenemos que mantenerlo atado mientras no estamos por aquí".

Mi primera pregunta es la más obvia: ¿por qué Llanddewi-Brefi? "Esa es la pregunta ¿no es así, por qué? De seguro a mí me gustaría saber el por qué de todo lo que pasa ahí. Todo lo que sé es que nos sentimos muy atraídos". Segunda pregunta: ¿Cómo se sintió probar, seguramente, el mejor ácido jamás hecho? "Te volaba los sesos". Tercera pregunta: ¿queda algo enterrado? "No, lo siento, eso es mentira".

En este punto, Smiles sacó un largo porro enrollado en un papel de celulosa transparente, que prendió y Al que Le dio una serie de durAs y experimentadas fumadas, recordándome lo que se siente ver a un tenista profesional haciendo un servicio. Me ofreció un poco del porro. Yo, que realmente nunca fumo, pensé: cuándo más me va a ofrecer un porro un exnarcotraficante internacional. Así que fumé pero de manera torpe y novata.

"Llanddewi-Brefi era solo otro pueblo galés, en serio" comienza a contar Smiles. "No había nada que lo hiciera ser especial, pero después resultó ser muy especial. Ya sabes, convertí al panadero en consumidor de ácido, al lechero en consumidor de ácido, incluso al tipo que me vendió la casa, quien era religioso. De repente, empecé a escuchar un cantar que provenía de las paredes. Busqué y lo vi envuelto en costales, cantando himnos al tope de su voz. Después decidió que se estaba muriendo, así que sostuve su mano y murió varias veces. Te digo, la pasamos buenísimo".

Continuaba hablando pero mi cabeza había empezado a dar vueltas. Me enfoqué inmediatamente en no irme a la mierda, lo que me mandó a la mierda porque ya no escuchaba nada de lo que él decía. Mire arriba. Había parado de hablar. Revisé las preguntas que había apuntado en un notepad. No tenían ningún sentido. Miré al porro. Parecía un arma en la mano de un bebé. Lentamente lo devolví a la mesa esperando que él no lo notara. Lo notó. "Eres tu, ¿no?" dijo Smiles riendo. Desde mi limitado conocimiento de la hierba, voy a salirme por la tangente y diré que esa mierda estaba muy fuerte. Su mujer sale con una bandeja llena de pasteles, una mezcla de galletas de mantequilla y digestivos de chocolate. Me como ocho.

Smiles pagó cinco años por su parte en la red de LSD, pero no tiene arrepentimientos. "Tienes que vivir cada día al límite", dice. "Una de las cosas que el LSD te enseña es que es ahora. Esto es ahora. Esto es; la única realidad. El dinero no era muy importante para mí. Existía esta sensación de que lo que estábamos haciendo iba a cambiar el mundo para mejor. El ácido te ayuda a darte cuenta de que hay mejores maneras de lidiar con nuestros problemas que aquellos que usamos, porque pues mira donde estamos ahora".

A sus 70 años, Smiles habla ahora sobre la cultura de las drogas de Reino Unido, como algo a lo que ya no pertenece. Y se asegura en aclararme que hace tiempo se retiró. Pero que aún lo monitorea todo desde la distancia. El auge del éxtasis lo sorprendió. Para él no es más que una substancia inconsecuente y sin sentido. "Es un derivado de anfetamina, ¿no es así?... así que te hace querer estar parado en un campo mientras bailas, pero no estás molestando a nadie más que a tus vecinos inmediatos. No vas a cambiar la dirección de la sociedad drásticamente, ni alterar radicalmente la manera como piensas. Sólo vas a bailar y sudar cada fin de semana. Creo que eso nos ha hecho retroceder un poco. El mundo necesita otro distribuidor mayorista de LSD".

Le digo que todo eso suena bastante loco, esa idea de que el ácido puede cambiar el mundo, y entonces tira su mano al aire y dice: "Ser recto es lo más loco que puedes hacer, chico. Mira todo el mierdero que hacemos al ser correctos. Todo el tiempo, cada puto día, solo sigue pregonando".

ZOOM ZOOM ZOOM, BOOM BOOM BOOM

En nuestra última noche en Gales, viajamos de regreso a Llanddewi-Brefi por un último trago en el New Inn. Todavía quería conversar con la chica del pub, y la encontré exactamente donde la habíamos dejado, acomodada en una taburete detrás del bar, sacando pintas y ocasionalmente revisando un iPad.

Empezó a administrar el pub hace 27 años y nunca ha salido demasiado lejos. Conoce cada cara aquí, y conoce exactamente dónde viven. Cuando le pregunto si disfruta ser la encargada del pub, responde "me toca". Su parte favorita del pueblo es el signo porque cuando lo ve, sabe que ha llegado a casa. "El pueblo" admite, "parece tener algún tipo de atracción sobre las personas", y murmura algo sobre raves. ¿Cuáles raves? "fiestas ilegales que hacen arriba en la montaña".

Describe haber escuchado una conmoción la noche del sábado, del pasado junio, a las 10:30 PM; graznidos de cuernos, motores revolucionados y personas gritando. "Todo lo que podías escuchar era ZOOM ZOOM ZOOM!" dice. Miró afuera para encontrar partes de una escena de Mad Max, y dos partes de Only Fools and Horses, mientras una interminable fila de camionetas desfilaba por la montaña. "La música empezó y podías escucharla en el pueblo por días: ¡BOOM BOOM BOOM!"

Busqué en internet desde mi celular y encontré un video en YouTube titulado "UKTEK 2016 LLANDDEWI BREFI". Y ahí estaban: cientos de personas jóvenes bailando y gritando frente a un sistema de sonido, con un bosque de pinos de fondo, con globos en sus manos, drogados bailando entre sí mientras el DJ ponía una versión ruda del "Macarena". La música había cambiado, las drogas habían cambiado, pero en todos estos años la gente siguió sintiéndose atraída al mismo pueblo en vasto Desierto Verde de Gales.

Salimos del pub, llegamos al estacionamiento, miramos al cielo. La página de astronomía tenía razón: la vía láctea en todo su esplendor se despliega en el cielo como un helado caído. La estrellas no titilan, rugen, y la luna está tan hinchada y gorda que parece que se fuera a volcar. Es estúpidamente hermoso, y un pensamiento tan viejo como el tiempo atraviesa mi cabeza: debería venirme a vivir a Llanddewi-Brefi.

Algunos nombres han sido cambiados para mantenerlos anónimos

@joe_zadeh / @Cbethell_photo