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Cultura

Fui a comer peyote a Real de Catorce

Real de Catorce siempre ha sido el sitio donde los huicholes realizan sus rituales. Ahora se ha vuelto el centro de comercio del cactus sicodélico y un destino de peregrinaje para los posibles psiconautas.

por Laurel Tuohy
10 Diciembre 2014, 4:00pm

Foto vía Wikimedia usuario Hans B.

​En otoño de 2012 salí de mi departamento en la Ciudad de México y viajé nueve horas a través de un terreno accidentado hasta llegar al desierto de Chihuahua para obtener peyote ilegalmente.

Crecí en Connecticut y aunque había escuchado hablar sobre los alucinógenos, nunca supe de nadie que en realidad los consumiera. En ese entonces ni siquiera estaba segura de qué eran. Al igual que mayoría de los adolescentes, probé algunos sicodélicos antes de graduarme de la preparatoria. Sin embargo, el peyote era el único que aún me daba curiosidad.

Cuando mi amigo Luis mencionó que le habían contado sobre un lugar para conseguir el cactus sicodélico y tener un viaje en el desierto, no lo pensé dos veces.

Gama de peyote en México en 2008. Mapa vía el usuario de Wikimedia

​Xtabay​.

El nombre científico del peyote es Lophophora williamsii. En la superficie, lo único visible del peyote es la corona. Su sabor fuerte y amargo evita que los animales la coman. Sin embargo los huicholes la utilizan como un sacramento y como una forma de producir alucinaciones durante las ceremonias religiosas. Según el doctor Jay Files, profesor de antropología jubilado en la Universidad Yeditepe, ubicada en Estambul, los huicholes creen que el cactus les ayuda a desarrollar la capacidad de sanación y de comunicación con sus dioses. De acuerdo a sus creencias, todos los seres vivientes poseen alma, por lo tanto, la planta del peyote posee un espíritu y sabiduría que compartir.

Pero, ¿por qué te hace alucinar? El doctor John Halpern, profesor auxiliar de siquiatría en la Escuela Médica de Harvard y probablemente el doctor más distinguido que realiza estudios sobre el peyote en la actualidad, dijo que el cactus "contiene mezcalina, que es un clásico alucinógeno del grupo de las feniletilaminas sicodélico".

Los doctores occidentales identificaron y estudiaron al peyote por primera vez a finales de la década de 1890. No obstante, la planta fue prohibida en EU durante la década de los 70 gracias a la Ley general para la prevención y control de abuso de sustancias de 1970 en la que se determinaba que la planta no servía para ningún propósito medicinal. Según la ley mexicana, sólo los huicholes pueden extraerla y utilizarla, es ilegal que lo haga cualquier otra persona. Aunque esta ley no ha logrado impedir que los turistas la adquieran.


Un tejido huichol basado en las alucinaciones producidas por el peyote, realizado por José Benítez Sánchez. Foto vía el usuario de Flickr​Lynn (Gracie's mom).

Real de Catorce siempre ha sido el sitio donde los huicholes realizan sus rituales. Ahora se ha vuelto el centro de comercio del cactus sicodélico y un destino de peregrinaje para los posibles psiconautas. Está ubicado en el estado de San Luis Potosí, en un altiplano a 2,750 metros sobre el nivel del mar. Anteriormente era un pueblo minero abandonado. Su población disminuyó drásticamente de 40 mil a finales del siglo XIX (cuando la minería estaba en su apogeo) a menos de 1,000 habitantes después de que la plata de las minas se agotó en 1893.

El pueblo cuenta con una infinidad de paisajes desérticos y edificios al estilo del Viejo Oeste, tanto restaurados como abandonados. Pero son pocos lo que van a contemplar el paisaje de Real de Catorce. Muchas personas van al pueblo a conseguir el cactus local. El comercio único de Real de Catorce se ha dado a conocer en diversos medios, desde la radio pública estadunidense N​PR hasta National Geographic. Gracias a esta difusión, el comercio con los consumidores de cactus ha ayudado a mantener en pie cafeterías locales, hoteles y bares.

La fama mundial de Real y el peyote entre los experimentales comenzó tras una publicación en 1968 del libro Las enseñanzas de Don Juan: una forma yaqui de conocimiento escrito por Carlos Castañeda, antropólogo, autor y maestro del movimiento New Age.

En su libro, Castañeda afirma haber estudiado con un chamán yaqui que le mostró cómo se utiliza el peyote para explorar "una realidad separada" y descubrir verdades sobre la sociedad moderna y la infelicidad. En su libro cuenta cómo platicó con coyotes, se transformó en un cuervo y aprendió a volar. Muchos investigadores tradicionalistas han descartado su obra gracias a estos relatos fantásticos. Sin embargo, no cabe duda de que han despertado el interés en personas que quieren convertirse en cuervos y remontar el vuelo sobre el desierto.

Mi amigo Luis y yo decidimos ir a ver qué pasaba. Pocos días después de que me contara todo esto, nos subimos a su carcacha blanca y emprendimos nuestro viaje hacia Real de Catorce.

Las últimas dos horas del viaje fue a 15 km/h sobre uno de los caminos empedrados más disparejos y llenos de polvo que he visto. Apenas podíamos ver por la cantidad de tierra que se levantó del camino.

Después de atravesar un infierno destruye espaldas, nos formamos y esperamos afuera de un túnel de 2.3 km de longitud de un solo carril. Este túnel se llama Ogarrio, atraviesa la montaña y es la única forma de llegar a Real si viajas en auto.


Foto vía el usuario de Wikimedia ​Peter A. Mansfeld.

Hay una gran variedad de subculturas que se mezclan en las calles de Real de Catorce. Se pueden ver ancianos con barbas canosas y teorías sicodélicas conviviendo con adolescentes que van a divertirse el fin de semana tomando shots de mezcal con otros adolescentes que ya se aburrieron de la playa de Tulum.

Los turistas rentan pensiones por unos días o rentan departamentos por meses para vagar por el desierto comiendo peyote con la idea de que están en un viaje espiritual.

Puedes comprar el cactus en el pueblo o probar todas las formas en las que lo preparan, como en gelatina, bebida o en ungüento, que quizá te haga sentir algo o quizá no. Pero el punto de ir a Real de Catorce es ir al desierto y extraer el peyote tú mismo.

La mayoría del peyote crece en el desierto que rodea a Real de Catorce, en especial en un pueblito aledaño llamado Estación Catorce. Está a una hora en vehículo partiendo de Real de Catorce pero la bajada está demasiado empinada para un auto normal.

Por 140 pesos tomamos el "Willy", una camioneta todo terreno que funciona como autobús. Adentro caben ocho pasajeros y el techo soporta a otros ocho. Adentro es mucho más seguro pero la vista y la brisa son mejores en el techo. Nosotros nos fuimos en el techo y valió la pena porque los paisajes con los burros muertos a un lado del camino nos dejaron sin aliento.

Durante el viaje, platiqué con personas que tenían años planeando esta visita al desierto y tenían un conocimiento enciclopédico sobre el peyote y los huicholes. También habían personas como yo que estaban de viaje en México, escucharon sobre el desierto y decidieron ir a probarlo.


Real de Catorce. Foto vía el usuario de Flickr ​robin robokow.

Todos nos dispersamos al bajar del Willy. Ahí estábamos Luis y yo, solos en el desierto de Chihuahua sin saber qué buscar. Creímos que al llegar sería obvio lo que tendríamos que hacer pero no fue así. No traíamos herramientas ni víveres y no teníamos idea de qué hacer.

—¿Sabes cómo se ve el peyote?—, pregunté.

—No, ¿tú?— contestó Luis.

—Nop—, dije.

—Mierda.

Los conductores no te proporcionan información porque es ilegal que los turistas extraigan peyote. De hecho, fingen no saber a qué vamos al desierto.

Vagamos un rato como tontos. Después vimos a un grandulón con lentes de sol que estaba escarbando en la tierra con unos palos. Se llamaba Leon y era dueño de un hostal en Monterrey. Viaja con frecuencia al desierto de Chihuhua a extraer peyote para vendérselo a sus huéspedes. Como un auténtico experto, nos dio un tutorial de cómo extraer alucinógenos.

Los más jóvenes son del tamaño de una pelota de golf y tienen entre cinco y diez años. Los maduros son del tamaño de una bola de beisbol y probablemente tienen 20 años. Los cactus más grandes son más fáciles de encontrar pero los lugareños dicen que los pequeños son más potentes.


Peyote. Foto vía el usuario de Wikimedia ​Kauderwelsch.

Al principio, Leon sólo necesitaba ver la tierra para ubicar el peyote. Luis y yo estábamos con las manos y las rodillas en la tierra y aún así no encontrábamos nada. Cuando por fin encontramos una corona, Luis nos mostró cómo retirar la tierra y aflojar cuidadosamente el cactus con un cuchillo. Es imposible extraerlos con las manos porque la tierra está muy seca y muy sólida. El peyote está entre 5cm y 15cm bajo tierra. Leon sacó el cactus completo de la tierra y dejó la raíz intacta para que la planta pudiera regenerarse. Después de sacarlo, volvió a cubrir la raíz con tierra. Este paso es muy importante porque la gente suele cosechar los cactus a un ritmo mucho más rápido del que les toma crecer.

Leon nos dijo que teníamos que pelarlo y limpiarlo cuando quisiéramos comerlo porque se seca rápido. Cuando lo pelas, el interior se ve brilloso, verde y húmedo con una textura y un color similar a la del pimiento morrón.

Le quitamos la cáscara, lo lavamos con agua fría y luego Leon nos dijo que nos preparáramos porque era "mucho peor que los hongos". Aunque después de comer el primero no me pareció tan malo. A diferencia de los hongos mágicos, el peyote no huele ni sabe feo. Su sabor es un poco amargo. Sin embargo, nunca antes había sentido la boca tan seca.

Decidí no comer nada antes del peyote para tener una experiencia más intensa. Leon dijo que para tener un buen viaje, es necesario comer entre ocho y diez "botones". Me tragué 12 y sentía que ya no podía más.

Me di cuenta que ya había hecho efecto cuando escuchaba que Luis o Leon hablaban y tenía que analizar con detenimiento lo que estaban diciendo y lo que tenía que responder. Por suerte no hablamos mucho. Pero todo era mucho más intenso. Me sentía más sedienta, el desierto era más caluroso y la tierra se sentía más sólida. Estoy segura que el peyote mejoraría muchísimo una experiencia religiosa.

El doctor Halpern me dijo que el cactus "probablemente funciona de forma similar a otros alucinógenos. Se cree que afecta el receptor de serotonina llamado 5-HT2A, el cual es parcialmente agonista. Este receptor de serotonina específico tiene tres interruptores: apagado, prendido y funcionando-con-psicodélicos. Se cree que su funcionalidad es necesaria para la experiencia psicodélica. El periodo de semidesintegración de ese efecto dura entre ocho y 12 horas con una dosis completa, es decir, con 400 mg de peyote que contiene entre uno y tres porciento de mezcalina".

"Las emociones son muy fuertes cuando estás bajo el efecto del peyote", dijo el doctor Fikes. También me contó que una vez vio cómo sacrificaban un toro durante una ceremonia religiosa mientras estaba bajo el efecto del peyote y sintió que no podía respirar.


La estruc​tura química de la mezcalina, el componente psicoactivo principal del peyote. Imagen vía el usuario de Wikimedia ​Cacycle.

El peyote siguió haciendo efecto por seis horas.

A veces me sentía un poco mareada pero supongo que era debido al calor o la deshidratación y no sólo al peyote. Cuando los sentimientos estaban al máximo, me pasó lo mismo que con todos los otros sicodélicos. Creía que podía escuchar el vacío del desierto.

Las primeras horas parecían un sueño y no pude concentrarme en nada. Las últimas horas fueron un poco más lúcidas, aunque no podría definir el inicio, el clímax o el final de la experiencia. Al día siguiente aún sentía los efectos.

El willy de regreso a Real iba casi vacío, así que nos acostamos en el techo y contemplamos el cielo mientras nos sujetábamos con fuerza. Mi cuerpo estaba muy relajado y no tenía ganas de platicar. Sentía cómo mi piel se quemaba bajo el sol pero no le di importancia. No podía concentrarme más que unos minutos en un tema.

Odié cuando regresamos al pueblo y tuve que dejar atrás las buenas vibras que sentí en el techo de la camioneta. Intercambiamos teléfonos con Leon y nos invitó a quedarnos en su hostal cuando quisiéramos. Aunque sonaba bien, yo sabía que nunca lo volveríamos a ver.

Tras deambular por varias horas alrededor de las ruinas de Real, decidimos que era momento de regresar a la Ciudad de México. Teníamos peyote de sobra para comerlo después, pero de pronto Luis —al que se le ocurrió la idea de ir al desierto a comer peyote— comenzó a preocuparse de que nos fuera a parar la policía.

Al final me obligó a tirar por la ventana los pocos botones que nos quedaban. Experiencia religiosa o no, el peyote también te deja un poco paranoico.

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