Contra los hijos

Un libro que debería venderse en las farmacias, al lado del condón y la píldora.

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30 Septiembre 2014, 3:00pm

Traemos adelantos, reseñas y entrevistas sobre los libros que te ensartarán en las mesas de novedades.  

Contra los hijos es un grito de la autora chilena Lina Meruane contra el siempre creciente imperio de los hijos que ha convertido a sus progenitores en esclavos y ha devuelto a las mujeres (que recién conquistaban su libertad) a la reclusión de la crianza. La autora defiende el derecho a negarse a abastecer la industria filial mientras nos advierte sobre la emboscada y las presiones sociales que lubrican la máquina de procreación. 

El libro será publicado en la colección Versus de Tumbona Ediciones y se presentará este martes 30 de septiembre a las 8PM en el Bucardón (Donato Guerra No. 1, entre Bucareli y Reforma), con la presencia de Lina Meruane, Vivian Abenshushan y Luigi Amara. Habrá vino y preservativos de honor, además de descuentos en los libros de la colección Versus.

A continuación, te presentamos un pequeño fragmento del libro:

LA MÁQUINA DE HACER HIJOS

La máquina reproductora sigue su curso incesante: despide hijos por montones. Y muere gente por montones también, pero por cada muerto, por cada desahuciado, hay dos punto tres cuerpos vivos lanzados al mundo a probar suerte. Se rumorea que por todas partes la pulsión de los hijos es una respuesta instintiva contra la extinción que nos acecha. El llamado a sumar niños, que serán adolescentes, que se volverán algún día adultos, mantendría en marcha a la humanidad. Los hijos vendrían a ser entonces los escudos biológicos de una especie cuyo exceso consumista y contaminante en vez de proteger al planeta lo pone en riesgo: he ahí una paradoja.

No tiene sentido la congoja por la aparente “crisis de fertilidad”. Europa podrá acongojarse por el envejecimiento de su población, podrá fantasear con el surgimiento de una tropa de futuros europeos que active la industria, que sustente con sus ingresos la hiperactividad de los mercados y que sostenga, con sus prestaciones, un número desproporcionado de viejos que los decrépitos Estados poscapitalistas se niegan o se han vuelto incapaces de solventar. Pero Europa, si la miramos bien, si le ponemos encima una lupa y un ojo abierto, es apenas un pedacito de tierra con un puñado de gente. Un trozo minúsculo del globo que podría, si quisiera, si se creyera su propio relato apocalíptico y abriera sus vigiladas fronteras, solucionar el problema haciéndole hueco a tanta persona apretujada en otros lugares de la geografía.

He ahí otra paradoja.

¡Son tantos apretujados!

Ahí están las mujeres y los hombres del desborde poblacional de la India y de Indonesia y de China, que por ahora (me refiero a esta última) ha impuesto la cuota de un-hijo-por-pareja a su máquina de la fertilidad. Y están ahí también, no se pueden negar, los altos índices de procreación en las naciones menos industrializadas. Difícil no poner en la lista a algunos pueblos de América Latina. Imposible no pensar en África como un enorme país parturiento (aun cuando pensemos, igualmente, en su alta tasa de muertos).

El exceso de hijos en esos lugares forma parte de sus aprietos: ese es otro sinsentido.

Que nadie se engañe, sin embargo.

Aunque pudiera parecerlo, no abogo aquí por el cese absoluto de la industria filial. No suscribo las malpensadas tesis malthusianas. Ninguna clase de darwinismo poblacional. ¿Soluciones finales? ¡De ninguna manera! Y no es tampoco la intención de esta arenga defender el cruel arranque de un tal Herodes, ni el vengador filicidio de la tal Medea, que mató a sus vástagos como lo han hecho, también, fuera del mito y desde la antigüedad, tantas madres en los sufridos delirios del posparto (y tantas otras en su sano juicio).

No escribo a favor del infanticidio por más que el recién nacido de al lado interrumpa mi sueño, por más que los menores de arriba zapateen mi techo y mi trabajo diurno.

No defiendo la eliminación de ninguna vida (aunque estoy, eso sí, a favor de todas las formas imaginables de la anticoncepción que no pongan en riesgo la salud).

Y aunque no he experimentado nunca por los niños ninguna índole de devoción, tampoco estoy en contra de la niñez.

Es contra los hijos que redacto estas páginas.

Contra el lugar que los hijos han ido ocupando en nuestro imaginario colectivo desde que se retiraron “oficialmente” de sus puestos de trabajo en la ciudad y en el campo e inauguraron una infancia de siglo veinte vestida de inocencia pero investida de plenos poderes en el espacio doméstico. Estoy, insisto, contra la secreta función disciplinaria de los hijos-tiranos en estos tiempos que corren, veloces y desaforados como ellos. (¡Sobre mi cabeza y por el pasillo. A gritos escandalosos! Silencio, imploro, disimulando mi crispación: no hay quien trabaje en medio del bochinche.)

¿Sobra decirlo? No es sólo contra los hijos que escribo sino también contra sus progenitores. Contra los cómodos cómplices del patriarcado que no asumieron su justa mitad en la histórica gesta de la procreación. Contra la nueva especie de padres dispuestos a colaborar dentro y fuera de la casa pero que parecen incapaces de pronunciar un educativo ¡no más!, un certero ¡basta! a sus hijos rebeldes; sin inmutarse les permiten pasar por sobre la paz de sus desesperados vecinos.

Y por qué no agregar a mi perorata que estoy en contra de muchas madres. No de todas. Sólo contra las que bajaron el moño y renunciaron angélicamente a todas sus aspiraciones, contra las que aceptaron procrear sin pedir nada a cambio, sin exigir el apoyo del marido-padre o del Estado. Contra las que, en un reciclaje actual de la madre-sirvienta, se han vuelto madres-totales y supermadres dispuestas a cargar casa, profesión e hijos sobre sus hombros. Y no me olvido de las madres prepotentes que además de engendrar (y de darse importancia haciendo rodar el cochecito sobre nuestros pies) nos obligan a asumir a sus hijos como nuestros.

Es mucha contrariedad la mía, es cierto, pero no es gratuita. Observo con alarma que la cuestión de los hijos no ha prosperado. Todo lo contrario.

¿Qué ha sucedido?

¿No nos habíamos liberado, las mujeres, de la condena o de la cadena de los hijos? ¿No habíamos dejado de procrear con tanto ahínco? ¿No conseguimos estudiar carreras y oficios que nos hicieron independientes? ¿No logramos salir de la casa dejando atrás las culpas? ¿No nos independizamos económicamente? ¿No habíamos logrado que los progenitores asumieran una paternidad consecuente? ¿No dejamos de tolerar infelices arreglos de pareja? ¿Acaso no es cierto que son las mujeres quienes, en una aplastante mayoría, piden ahora el divorcio? ¿No conseguimos la custodia? ¿No pudimos decidir cómo criarlos? ¿No les pusimos límites? ¿Cuándo fue que los hijos se volvieron nuestros impunes victimarios y los de sus padres? ¿Qué los transformó en los impunes dictadores que ahora son? ¿Los ejecutores enanos de un imperativo de servicio doméstico que continúa más vivo y coleando que nunca?

A tantas preguntas agrego una última.

¿No habíamos concluido que ya estaba passé el feminismo, que podíamos olvidarnos de sus lemas porque habíamos vencido?

Craso error, señoras y señoritas.