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Cultura

Pasé un año escribiendo sobre muertos

Me hice adicta a revisar la nota roja cada mañana y caía como buitre sobre cualquiera que en mis redes publicará algún pésame.

por Caracol López
11 Marzo 2015, 4:00pm

El papá de la autora antes de necesitar un obituario.

Durante todo el 2013 me gané la vida escribiendo sobre gente muerta. Visité funerales, novenarios, capillas y hasta la Semefo. Me hice adicta a revisar la nota roja cada mañana y caía como buitre sobre cualquiera que en mis redes publicará algún pésame. No fue una obsesión mórbida, pero creo que ese año sí me cambió mucho.

Acababa de salir de la universidad y no tuve mucha oportunidad de escoger qué rumbo tomaría "mi carrera". Un día mi jefe vino y me dijo que además de hacer corrección de estilo tendría que escribir la sección de obituarios.

Para quien no lo sepa, los obituarios no son lo mismo que las esquelas luctuosas. No son una simple letanía de datos y una cruz. Los obituarios tienen una sólida tradición en la prensa anglosajona, pero no en nuestra cultura, tan aparentemente ligada con la calaca. Se trata de perfiles, casi crónicas de un recién fallecido, sea famoso o no.

Eso, claro, no lo sabía en ese momento. Tuve que aprenderlo mientras lo hacía y quizá la cagué muchas veces. Cada semana debía escoger a un muerto, investigarlo "personalmente", es decir, acercarme a sus deudos y sacarles datos, aunque estuvieran en pleno funeral, llorando o enojados. En ocasiones me sentí estúpida y sin tacto.

También tuve miedo. Como la primera vez: elegí hacer el obituario de un fotógrafo de Sociales que el narco levantó y devolvió hecho cachitos. Al bato lo estigmatizaron de inmediato; dijeron que era zeta pero chapulineó a otro cártel y por eso le pasó lo que pasó. Como es costumbre con la prensa y el gobierno, esas versiones no estaban ni investigadas y menos comprobadas.

Tuve miedo de preguntar algo "equivocado", pues la familia del fotógrafo podía estar vigilada. También temí ser insensible y poner algo que los hiriera. Nunca nadie me enseñó acerca de los compromisos que se tienen o no con los sujetos de los que escribes.

Otra vez fui al funeral de un luchador. Miré a los réferis, los exóticos, los técnicos y los rudos sin la máscara. Mi estrategia fue acercarme al entrenador (y tío del muerto) y entre pésame y pésame le hice preguntas idiotas como el color favorito del finado o la canción que lo hacía llorar. Entre las conversaciones oí que el luchador no había muerto de cáncer, como la familia declaraba, sino de un ataque cardiaco provocado por su uso de sustancias. Eso no pude ponerlo en mi texto porque no me consta, aunque hubiese antecedentes, y porque alguna vez leí que un obituario no es "un pretexto para matar por segunda vez al tipo".

A México le sobran muertos. Muchos, muchos. Ilustración cortesía de Oscher.

Aprendí cosas horrendas, esa es la verdad. Algunas otras tan obvias que me avergonzó comprobar que no las sabía antes:

—A México le sobran muertos, muchos, muchos, muchos. Tantos que la Semefo no se da abasto y deja de registrarlos bien. Todas las veces que marqué para preguntar los generales de algún ejecutado o muerto en vía pública, resultaba que su fecha de nacimiento era el 31 de diciembre.

—La gente nunca dice toda la verdad de un muerto. Ni aunque lo hayan odiado. Ambrose Bierce decía que la muerte concede virtudes retroactivas y es cierto. Primero me enojé mucho porque lo achaqué a la cultura cursi que hay en el país, pero luego aprendí, a la mala y personalmente, que hay razones para reaccionar así. Terminé aceptando que mis obituarios nunca serían un reflejo del muerto, sino mi relato de un relato.

—Saber de la muerte de alguien conecta con la comunidad más que cualquier otro evento de la vida. En alguna ocasión explotó una fábrica muy importante de Monterrey, así que busqué a la familia de algún obrero para hacer mi texto. Mis pesquisas tardaron casi un mes y recorrieron Facebook, la calle, notas periodísticas, comadres, equipos de futbol y hasta Locatel. Cuando encontré a la viuda del obrero, resulta que vivía a cinco cuadras de mi casa. De esa forma me enteré que la mayoría de mis vecinos eran obreros de la acerera y que los descuidos en seguridad llevaban bastante tiempo, incluso antes del accidente.

Uno de los muertos en la acerera de Monterrey.

—Los medios revictimizan (amos) y joden (emos) más al muerto. El periodismo nacional se ha convertido en una enorme fosa común. Eso lo aprendí cuando me tocó investigar el asesinato de un "hombre vestido de mujer, baleado en un motel de la calle Colón". No era un hombre, se trataba de una prostituta trans. Le decían Dianita "Bandas" y amaba bailar.

No siempre fui bien recibida y cuando me quería creer una redentora que "daba cara y dignidad a los fallecidos", la realidad me daba una patada en el culo. Las personas podían verme como un buitre o una oportunista. Casi pensaban que me alegraba. Un anciano me corrió de su casa gritándome que no quería acordarse ya de su esposa o del dolor. En un funeral me abrazaron cuando di el pésame, pero me sacaron cuando dije a qué iba.

El último obituario que escribí y que escribiré nunca fue el de mi papá. Cuando se murió llevaba un año sin hablarle aunque durante suficiente tiempo fuimos muy unidos y lo adoré. El último año de su vida fue un cabrón y se portó mal. Allí entendí por qué uno no dice toda la verdad sobre los muertos. También entendí que ya no quería hacer eso. Espero que alguien más se ocupe de hacer mi propio obituario.

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