Publicidad
Salud

Hablamos con una adicta a los laxantes

El consumo excesivo de laxantes es una manifestación común de los trastornos alimentarios de la que apenas se habla.

por Salvia Plath; traducido por Julia Carbonell Galindo
07 Octubre 2018, 2:30pm

Foto de la autora

Artículo publicado originalmente por VICE Reino Unido.

La caca forma parte de la vida. También es un buen referente de la salud de nuestro organismo interno. ¿Es regular, consistente y tiene buen color? Todo va bien. ¿Es negra y parecida al alquitrán? Seguramente te pasa algo. ¿Hace días que no vas al baño? Cómete un plátano o ve a la farmacia.

Los laxantes son una herramienta útil para luchar contra el estreñimiento, pero también esconden un secreto tóxico. Para aquellos que padecen un trastorno alimentario, los laxantes pueden convertirse en un apoyo, una adicción, un arma contra su propio cuerpo.

La anorexia y la bulimia son, como muchas enfermedades mentales, difíciles de tratar. Están rodeadas de un halo de vergüenza, estigmas y miedo a que te vean de forma diferente. Pero si hay un tema del que oímos o hablamos menos aún es el de esos hombres y mujeres sentados en el retrete que han abusado de los laxantes hasta el punto de sufrir dolor agudo, limpiando su colon buscando la delgadez. No hay datos exactos sobre cuánta gente se encuentra en esta situación, pero se ha descubierto que la mayoría de quienes padecen un trastorno alimentario han usado laxantes alguna vez.


Relacionados:


Durante seis meses de mi vida, yo fui una de esas personas.

Descubrí los laxantes Dulcolax a los 16, tras haber lidiado con la anorexia la mayor parte de los primeros años de mi adolescencia.

Era Navidad, la época en la que todo el mundo venera el altar de la comida abundante. No había ido al baño en unos tres días, lo que me provocaba ansiedad hasta el punto de no poder dormir. Daba igual lo mucho que intentara sacarme la comida del estómago a través de la garganta –arañándome las amígdalas en un vano intento de vomitar– no salía nada. Así que le pedí a mi padre que fuera a la farmacia a por algo que me ayudara a ir al baño. Y vaya que lo hizo. Mucho. No hace falta decir que me volví adicta y que cuando se me acabaron las provisiones del clóset de mis padres, empecé a comprarme yo los laxantes y los tomé todos los días durante seis meses.

Durante ese periodo, me cagué encima más veces de las que puedo contar. Dejé escusados en tal estado que parecían un páramo nuclear. Mi estómago era apocalíptico. Los retortijones eran devastadores. Me inventé docenas de excusas para escaparme al baño y sentarme en la taza para dejar que ese líquido oxidado me saliera por el culo. Había sudor, pedos espantosos y esa eterna sensación de que estaba llena de un “veneno” que tenía que salir.

Compraba laxantes en cualquier lugar que podía: farmacias, supermercados… están disponibles sin receta y no piden una edad mínima para comprarlos. Guardaba las pastillitas amarillas en la cartera o en el colchón. Las contaba en el pupitre de mi clase de Español —lo calculaba a la perfección, las tomaba diez horas antes de la hora a la que quería ir al baño, para que hicieran efecto en mitad de la noche y nadie me oyera.

Aún así llegó el momento en el que mis padres se enteraron; mi madre se dio cuenta de que diario lavaba el escusado que parecía que no se había limpiado en seis meses. En realidad, me sentí aliviada. Mis padres se portaron de maravilla y me ayudaron con la terapia hasta que me recuperé. Hoy en día, ya no dependo de los laxantes.

Entonces, desde este punto de observación en el que me encuentro, me pregunto: ¿Cuál era mi objetivo? ¿De dónde surgió todo? ¿Por qué la gente con trastornos alimentarios se vuelve adicta a los laxantes?

Personalmente, yo los tomaba porque pensaba que era una método de purga efectivo, que me estaba “sacando” las calorías antes de que mi cuerpo pudiera absorberlas, que estaba evitando cualquier tipo de grasa que hubiera consumido y el temido aumento de peso. La sensación de vacío era adictiva. Se volvió necesaria. Me daba miedo no tener mis leales pastillas conmigo por si mi cuerpo se aferraba a lo que comiera. Sin embargo, si echo la vista atrás, supongo que las razones eran mucho más complejas.

Un estudio médico de Estados Unidos abordó el uso indebido de los laxantes como una forma de autocastigo y concluyó que “la autolesión y sus posibles características ansiolíticas no deberían pasarse por alto”. Por supuesto que el uso abusivo de laxantes puede neutralizar el miedo a ganar peso y, para muchos —yo incluida— los factores físicos constituyen una forma de autolesión.

La triste verdad es que, por muy vacía o “segura” que te haga sentir una gran dosis de laxantes, su función en el proceso de pérdida de peso es completamente nula. En el momento en que cualquier alimento ha llegado al intestino grueso, que es donde actúan los laxantes, el cuerpo ya ha absorbido la mayoría de las calorías. Lo único que estás expulsando es agua, electrolitos, minerales y otra gran cantidad de residuos fecales.

Caitlin* empezó a tomar laxantes cuando los descubrió mientras trabajaba en una farmacia, pero ya lo ha dejado y ahora ve la inutilidad de tomarlos. “Los laxantes te dan una falsa sensación de seguridad. Crees que estás perdiendo peso, cuando en realidad todo lo que pasa es que estás perdiendo agua de tu sistema, y alterando significativamente el equilibrio de electrolitos, lo que tiene un impacto en tu corazón. Los laxantes no hacen que pierdas peso, para nada”.

También entra en juego el problema de la tolerancia. Una persona que abusa de los laxantes de forma crónica se arriesga a dañar el ciclo natural de su colon hasta el punto en el que no ya no pueden defecar sin una gran dosis de laxantes. Jordan, de veinticinco años, cree que el uso indebido de laxantes ha impactado de manera muy adversa en su salud. “Tengo muchos problemas digestivos y tengo que medicarme para poder ir al baño”, explica. “Es algo de lo que probablemente nunca me recupere”.

La deshidratación que conlleva el uso abusivo de laxantes también puede joderte los órganos —la pérdida de minerales como el potasio somete a un gran estrés al corazón, a los nervios y al colon. A veces se acaba en el hospital. “Debido a mi abuso de los laxantes”, explicó una chica a Watchdog, de la BBC, “me quedé sin revestimiento en el estómago. Me mandaron a Urgencias en varias ocasiones con espasmos estomacales y uno retortijones horribles”. Ahora su intestino se ha vuelto perezoso. Como ocurre con otras dependencias a cualquier droga, de alguna manera, tu cuerpo se olvida de cómo funcionar sin ella.

El problema es que los laxantes —que son, digámoslo claramente, una droga muy potente— son fácilmente accesibles. ¿Deberían los farmacéuticos negarse, o al menos dudar, a la hora de vender Senokot a una niña en uniforme? ¿Incluso si dice que es para su padre? Puede que sí. De mí solo dudaron una vez: el cajero preguntó a su jefe, que se negó a vendérmelos. Me acuerdo de cómo me ponía roja como un tomate y como la ansiedad me asfixiaba el estómago vacío mientras salía de la tienda. En realidad, más que avergonzada, estaba molesta por tener que ir a otro sitio para conseguir provisiones.

Lindsay, de veinte años, estuvo abusando de los laxantes durante siete años. Hace poco se dio cuenta de que en la droguería ahora venden las pastillas en cajas de cien unidades. “Sinceramente, lo pone más fácil”, comenta al explicar que los cajeros de los supermercados hacen oídos sordos al problema. “Nadie me ha puesto en duda o se ha enfrentado a mi cuando he comprado varias cajas”, dice Rebecca. Desde mi punto de vista, el hecho de que en las droguerías se vendan laxantes por centenas hace saltar las alarmas. Hace que para aquellos que padecen un trastorno alimentario sea más fácil ponerse en peligro.

Entonces, ¿qué se puede hacer?

B-eat UK, la ONG nacional del Reino Unido para los trastornos alimentarios, pide restricciones más duras en la venta de laxantes en este país. Lo que piden, más específicamente, es una edad mínima de dieciséis para poder comprarlos, una cantidad máxima por caja, una regulación estricta de las recetas y etiquetas en las cajas que especifiquen claramente: “Este no es un producto para perder peso”. Sin embargo, los supermercados y las farmacias siempre han guardado silencio a este respecto. Es una pena, porque restringir el acceso podría ayudar a prevenir de alguna manera los problemas derivados del uso indebido.

Parece que el uso abusivo de laxantes es uno de los últimos obstáculos a tratar en nuestros extensos debates sobre trastornos alimentarios —porque, sinceramente, la gente aún tiene todo tipo de prejuicios a la hora de hablar sobre caca. A pesar de la gran incidencia de esta manifestación de los trastornos alimentarios, aún es más probable ver u oír una historia de una chica o un chico que pasó hambre hasta llegar a pesar treinta kilos. Aún nos conmocionan las imágenes de jóvenes esqueléticos, tremendamente enfermos, con las costillas y las clavículas casi atravesando su piel de papel de fumar, pero estamos bastante acostumbrados a verlas. Eso es lo que asociamos con el término “trastorno alimentario”.

Pero solo porque alguien que abusa de los laxantes no encaje en esta imagen (en el punto álgido de mi adicción, estaba muy delgada, pero no lo suficiente como para impactar de la forma en la que lo hacen esas imágenes), no significa que no estén inmersos en un ciclo parecido de abuso, dolor físico, soledad y angustia emocional.

*Los nombres fueron cambiados.

Tagged:
VICE UK
anorexia
adictos
Salud Mental
abusos
traducción
trastornos alimentarios