Identidad

Las mujeres de este pueblo se pasaron 20 años asesinando a sus maridos y nadie dijo nada

Entre las asesinas se tejió una red de mujeres dispuestas a encubrirse las unas a las otras, no confesaban sus crímenes puesto que eso supondría también acusarse a sí mismas.
17 Marzo 2020, 9:44pm
Nagyrév mujeres asesinas arsénico veneno
Imagen vía Wikimedia Commons/CC 0

Artículo publicado originalmente por VICE España.

Fue la carta de uno de los vecinos de la pequeña población de Nagyrév (Hungría) lo que dio la voz de alarma: “las autoridades no hacen nada, y las envenenadoras prosiguen con su tarea tan tranqulilas”, escribía, “este es mi último intento. Si esto también falla, entonces será que la justicia no existe”. El texto fue publicado en un periódico local, la Gaceta de Szolnok, en junio de 1929, y sembró el caos: a pesar de que todos los vecinos de Nagyrév eran conscientes de que durante los últimos casi 20 años se habían producido muertes inesperadas e inexplicables, nadie había dicho nada. Entonces empezaron a señalarse entre ellos.

Los comentarios sobre el caso empezaron a extenderse, primero por toda Hungría y después por Europa, ante la estupefacción de la sociedad, ¿cómo era posible que hubiera quedado impunes hasta ese momento dos décadas de asesinatos? Y sobre todo, ¿cómo era posible que prácticamente todos los sospechosos fueran mujeres mayores de 55 años? ¿Es que acaso estaban ante la vuelta de las temidas brujas del S.XIII?

El contexto era el siguiente: Nagyrév era poco más que un lugar recóndito que ofrecía una vida dura y violenta, no había esperanzas ni oportunidades de mejora para sus habitantes. Las carreteras en la zona estaban en pésimo estado y no había ningún medio de transporte para acceder hasta allí, de hecho en el pueblo no contaban ni siquiera con un médico. Por lo general, la sociedad era hostil, dada a desconfiar del prójimo y de todo aquel que tuviera algo más con lo que alimentarse que uno mismo.

Si había un grupo social especialmente afectado por esta situación hostil eran las mujeres: sin ningún tipo de poder de decisión, estaban a merced de sus maridos, hombres casi siempre alcohólicos que habían interiorizado la violencia y tenían vía libre para maltratar y abusar de sus mujeres.

No está claro en qué momento empezaron los asesinatos, parece que los primeros casos registrados datan del inicio de la década 1910, pero la situación escaló con el retorno de los hombres del pueblo que habían participado en la I Guerra Mundial, quienes volvían heridos o mutilados y afectados por el síndrome de estrés postraumático, así como por una crisis agrícola producida por la falta de granjeros y campesinos.

En el Nagyrév de 1920 la muerte era algo tremendamente habitual —incluso algunas familias mataban a sus recién nacidos por no poder alimentarles—. Y fue precisamente esto lo que hizo que muchas mujeres pudieran envenenar a sus maridos y otras personas de su entorno sin levantar demasiadas sospechas. Entre las asesinas se tejió una red de mujeres dispuestas a encubrirse las unas a las otras, no confesaban sus crímenes puesto que eso supondría también acusarse a sí mismas.

Tal y como cuenta la periodista Tori Telfer en el libro Damas asesinas, no se sabe con certeza quien tuvo aquella maléfica ocurrencia inicial, pero “la idea del asesinato y los medios para llevarlo a cabo se diseminaron por Nagyrév como una niebla maléfica. Ninguna mujer mataba por su cuenta. Primero acudía a sus amigas en busca de consejo y ellas la animaban, ratificaban sus acciones y le proporcionaban los conocimientos y los suministros que necesitaba”.



Con estos conocimientos Tolfer se refiere a la que ha sido siempre el arma mortífera por antonomasia asignada a las mujeres: el veneno. La suministradora oficial era una vecina llamada Zsuzsanna Fazekas, la comadrona del pueblo, que gozaba de una gran influencia en la comunidad porque había cubierto el vacío del médico en Nagyrév. Después de divorciarse, empezó a fumar y beber en la taberna del pueblo, en la que nunca antes se había visto ninguna mujer. Fue también entonces cuando comenzó a pasearse habitualmente con una ampolla de arsénico metida en el bolsillo, por si acaso. En general, el asesinato sucedía sin grandes miramientos: una clienta acudía a ella con un problema que aquejaba a su marido —podía ir desde haber quedado ciego tras la guerra o un nivel de violencia insoportable— y ella les recetaba el veneno como si se tratase de un bálsamo sanador. Todas las mujeres sabían que ese remedio que les ofrecía Zsuzsanna llevaría tarde o temprano al hombre que lo tomase a la muerte, pero ninguna decía nada.

Una de estas mujeres, que acabaría teniendo una relación de amistad con la comadrona, fue Mária Kardos. Destacaba entre el resto por tener algo de dinero, vestir mejor, y como Zsuzsanna, haberse divorciado. De hecho no solo una vez, sino dos, siendo algo totalmente inusual. El caso fue que Maria se casó por tercera vez teniendo a cargo un hijo de 23 años, que había decidido no hacer nada, su madre ya le daba todo lo que necesitaba. Probablemente harta de jugar este rol de cuidadora, le compró arsénico a Zsuzsanna y empezó a poner gotitas en la comida de su hijo. Poco después estaba muerto. Sin embargo, cuando al fin Maria se vio libre de sus ocupaciones y pudo entregarse al amor, resultó que su nuevo marido bebía sin parar y tenía relaciones esporádicas con otras mujeres. Y ahí entra de nuevo Zsuzsanna, que casualmente detestaba también este hombre aunque por otros motivos. Unidas por el odio, le envenenaron durante todo el mes de abril de 1922 hasta que cayó muerto. Como resultado, entre ellas se creó una amistad que quedaría sellada con un ternero que Maria le regaló a la comadrona como agradecimiento por su ayuda en este macabro episodio.

Aunque el método no variaba, los motivos sí. “Algunas de estas mujeres asesinaban por pura desesperación, como aquella a que la que su marido golpeaban con una cadena doble”, explica Telfer, “otras, en cambios, asesinaban por venganza, como la mujer que envenenó al suegro que abusaba sexualmente de ella. Y muchas más recurrían al veneno para conseguir bienes materiales. La idea de que una podía mejorar su vida recurriendo al veneno se extendió como un oscuro reguero de pólvora entre los círculo femeninos de Nagyrév”.

Hay diferentes datos sobre el total de asesinatos que se produjeron en Nagyrév durante estos años, aunque la prensa de la época hablaba de alrededor de 300 muertes (cifra que acabará convirtiéndose en parte de las leyendas que surgirán alrededor de los ángeles de la muerte de Nagyrév, nombre con el que pasaron a ser conocidas), el investigador que más ha llegado a fondo en este caso, Béla Bodó, cuenta entre 45 y 50 asesinatos confirmados.

Pero la impunidad para estas mujeres no podía durar eternamente. En 1929 los medios de comunicación se hicieron eco de las denuncias de varios vecinos y la policía tuvo que intervenir. Después de varias semanas de caos, dieron con una principal sospechosa: Zsuzsanna Fazekas, que tras saber que iba a ser encarcelada fue pidiendo ayuda a sus antiguas amigas y clientas. A pesar de los favores que les había hecho en el pasado, ninguna le abrió la puerta de su casa y Zsuzsanna entró en pánico: cuando la policía fue a buscarla se tomó una de las ampollas de arsénico que llevaba en el bolsillo y murió pocos minutos después. Siempre se la señalaría más tarde como la que mujer que sembró el mal, aunque no fuera del todo cierto, puesto que, como cuenta Telfer “la fuente de estos crímenes era tan imperceptible y penetrante como el veneno en sí. La economía, la cultura y la infelicidad humana se entrelazaron para formar una intrincada tela de araña en Nagyrév, creando un ambiente caracterizado no por la locura de una única partera, sino por la silenciosa y prolongada desesperación de todas las mujeres”.

Fue a partir de entonces cuando el caso tomó un carácter sensacionalista que atrajo a la prensa y a las clases medias y altas de gran parte de Europa, encantadas de poder comentar el exotismo y la locura de estas campesinas desde su superioridad social y moral. Antes de comenzar el juicio dos de las mujeres encarceladas se ahorcaron en su propia celda, y aunque se interpretó como una forma de asumir su culpa, después se demostró que sencillamente estaban desorientadas en aquel escenario: casi ninguna de ellas se consideraba a sí misma una asesina. “No ahogamos ni apuñalamos a nuestros maridos. Solo han muerto envenenados”, le dijeron al tribunal, “para ellos fue una muerte sencilla, no un asesinato”. El público presente se mostró totalmente indignado ante el carácter de las 34 mujeres que se sentaron en el banquillo, las acusaron de tener dentro una maldad intrínsecamente femenina. No querían excusas que hicieran referencia a su pobreza o al modo de vida austero que llevaban, era más fácil pensar que estaban viendo al mismo demonio en aquellas campesinas.

Finalmente, las durísimas sentencias que se dictaron respondieron a estas insinuaciones: la gran mayoría fueron condenadas a cadena perpetua o largas penas de cárcel, siete de ellas (incluyendo a Mária Kardos) fueron condenadas a muerte y el resto, unas pocas, salieron en libertad porque no había suficientes pruebas. “Tras la lectura de las condenas, las campesinas elevaron un extraño y aguado plañido. Se trataba de un lamento que solían entonar en los funerales, e hizo que sus acaudalados espectadores se sintieran muy incómodos”, concluye Tori Telfer, “era demasiado crudo, demasiado tangible. Habían ido allí a disfrutar de un espectáculo público, no a enfrentarse a la insoportable intensidad de la desesperación humana. Y menos aún si esta procedía de unas meras campesinas”.