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Un día de clase con los niños migrantes en Calais

Desde hace tres semanas el centro Jules-Ferry, implementa un programa de clases dedicadas a los niños y adolescentes migrantes, bajo la supervisión del Sistema de Educación Nacional de Francia.

por Pierre Longeray
23 Junio 2016, 7:40am

Sylvain face à ses élèves (Pierre Longeray / VICE News)

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Para la mayoría de los estudiantes en Francia, el mes de junio es sinónimo de fin de año escolar. Pero este pasado martes, en el salón de clases del centro de refugiados calaisien Jules-Ferry, hay un ambiente de inicio.

Ubicado en el corazón del centro reservado a mujeres y niños, cerca de la "Jungla", un módulo doble cumple la función de salón de clases. Desde el 23 de mayo, recibe a cerca de 50 niños llegados de todo el mundo. El martes eran una decena, especialmente eritreos y sudaneses, sobre las 11 de la mañana.

Si la clase empieza tan tarde en Jules-Ferry, es porque los niños y sus padres pasan casi todas las noches tratando de abrirse camino a Inglaterra, pidiendo pasaje gratis a los vehículos que pasan por allí, o tratando de subirse a algún camión que esté a punto de ingresar en el túnel de a Mancha.

"¿Qué es eso? En inglés le decimos 'monkey [mono]'", contesta Constance, de unos 30 años. Ella es una de las dos profesoras en esta clase políglota. Señala con el dedo una tarjeta llena de dibujos de animales. "Un mono", responden al mismo tiempo los estudiantes sentados alrededor de ella en pequeños bancos grises.

En la clase de Constance y Sylvain, el otro profesor de 51 años, reclutados por el servicio de educación nacional, se habla francés el mayor tiempo posible. Pero constantemente se apoyan en el inglés para que los niños que hablan una diversidad de lenguas o dialectos, pero que hablan el "inglés de la Jungla", comprendan lo que se dice.

"Los niños son como esponjas"

Una vez que todo el mundo ha llegado, los estudiantes de entre 6 y 12 años se presentan un por uno, en francés, delante de sus compañeros. "Me llamo Idris*. Vengo de Eritrea, tengo 8 años, soy un chico", dice un pequeño risueño, delante de los demás.

Después, es el turno de los profesores. "Me llamo Constance y soy un tigre", dice la profesora. Los estudiantes se miran extrañados, y luego gritan todos: "¡No, es una chica!", después de pensarlo, y con algo de ayuda de Sylvain.

En apenas tres semanas de curso, entre las 11 y 15 horas y media de lunes a viernes, estos niños que no conocían una sola palabra en francés han hecho progresos impresionantes, señala al fondo de la clase Stéphane Duval, encargado del centro Jules-Ferry, a quien los migrantes llaman afectuosamente "Big Boss".

"Los niños son como esponjas", explica Sylvain, quien todavía se asombra de la facilidad con la que sus estudiantes se apropian del francés y las otras lenguas. "Después de la escuela, cuando los niños juegan juntos, se hablan en griego", informa un educador de La Vie Active, el organismo que administra el centro Jules-Ferry.

En efecto, la mayor parte de los niños que están ahora en el centro han pasado por Turquía y después por Grecia para alcanzar Europa, donde han sido periódicamente escolarizados. Tras ek acuerdo firmado entre la Unión Europea y Turquía, la mayoría de los nuevos llegados han pasado por Libia, arriesgándose en una travesía mortal en botes por el Mediterráneo.

Retomar el ritmo de vida

"Adam*, te calmas", dice firmemente Constance a un estudiante algo inquieto que no se queda en su lugar después de media hora de curso. "La idea es tratarlos como estudiantes regulares, sin importar los traumas que hayan sufrido. Todo el mundo es tratado de la misma manera, especialmente en cuanto a la conducta. Eso permite introducir cierta normalidad dentro de una situación que no es lo es tanto", confía Constance.

Regresar a la escuela permite a los niños encontrar un marco, un ritmo de vida que les hace mucha falta desde el comienzo de su viaje. "Antes de que comenzaran las clases, los niños jugaban hasta altas horas de la noche y dormían durante el día. Como resultado estaban totalmente desfasados", recuerda una educadora de La Vie Active. "Eso ha cambiado desde que empezamos con los cursos".

Después de una hora de francés y de matemáticas, los estudiantes pasan al salón de al lado y deben decir si las frases que son proyectadas en los muros son verdaderas o falsas. "Christine está en la clase", se ve en letras blancas sobre el fondo azul.

Christine es la inspectora que observa a los profesores desde el fondo del salón. Los colegiales confunden "dans" con "danse" [la preposición en, y el el verbo conjugado bailar]. La confusión invita a Christine a improvisar una pequeña danza en el aire con Sofía, una joven eritrea de doce años, mientras Sylvain toca la flauta.

El ambiente es relajado, los niños parecen olvidar su situación cuando están en clase. Pero otra realidad está a diario con ellos. El martes por la mañana, colegas de una cadena de televisión francesa estuvieron también presentes en el salón. Cuando sacaron su cámara, los niños se cubrieron con sus gorros, se voltearon y pidieron no ser grabados.

Igual que sus padres, los niños han aprendido que la protección de su identidad está en juego. En efecto, para poder ir a otro país, las autoridades no deben tener pruebas, como fotografías o videos, de que han estado en Francia. "Para los cursos solamente pedimos su nombre, no los apellidos", indica Sylvain.

Una clase única en Francia

A las 12:30 , Constance anuncia la hora del almuerzo "¡Oh, no!", exclaman algunos niños que hubieran querido quedarse un poco más en la clase. Mientras los pequeños se reúnen con su madre en la zona reservada para las mujeres en el campamento, los profesores se juntan con los educadores de La Vie Active.

En esa asombrosa sala de profesores, discuten sobre la leche para una residente del campo que dio a luz recientemente, así como de la dificultad para evaluar la progresión de los estudiantes y crear programas adaptados a esta "clase única en Francia", como señala Constance.

"Para mí es como enseñarle a una gran familia, algunos avanzan más rápido que otros. Podemos imaginar que los más grandes podrían ayudar a los pequeños, pero por el momento ellos quieren aprender por ellos mismos, lo que es normal".

Cerca de la 1:30 del mediodía, los niños del turno matutino regresan a clase, acompañados de dos menores afganos de 14 años, que residen en el campo de contenedores abierto el pasado enero, después de la evacuación de una parte de la Jungla de Calais. "Generalmente hay más adolescentes", dice Sylvain. Pero para ellos, la escuela no es de fácil acceso, ya que tienen que estar acompañados de un educador para entrar a las zonas reservadas para las mujeres y niños, donde está la escuela.

Percusiones resuenan a lo lejos y la clase empieza de nuevo. Sylvain dicta una frase en inglés que los estudiantes deben escribir en francés, un divertido ejercicio de gimnasia lingüística. "An apple is a fruit [La manzana es una fruta], lanza Sylvain. Las miradas se cruzan, las cejas se levantan. Un minuto más tarde, un pequeño logra el ejercicio y deja salir un gran "Yes!" de alivio.

Después de diversos ejercicios en francés, la sesión de la tarde termina con un ejercicio de matemáticas, inspirado en una emisión televisiva francesa. Se trata de llegar a una cifra multiplicando, sumando o dividiendo otras cinco. Los dos adolescentes afganos, en su segundo día de clases, terminan rápidamente y pasan a la pizarra a escribir el resultado.

A las 3.30 de la tarde terminan los cursos. Los niños se van y los profesores respiran. "Hay que confesar que es agotador físicamente, uno tiene que poder retener su atención", explica Constance. Es por eso que les ofrecemos pequeños momentos de locura, como cuando cantamos o bailamos".

Ya que los niños se han ido, Constance y Sylvain cierran su salón doble y se dirigen a sus automóviles mientras reflexionan sobre uno de sus más grandes retos: ¿Cómo avanzar en un clase donde los estudiantes pueden llegar e irse de un día a otro".

"Lo más importante es tener un núcleo duro como el que tuvimos hoy", explica Constance. "Eso permite integrar fácilmente a los nuevos estudiantes a la clase".

A lo largo de la jornada, hay un detalle semántico. En el centro Jules-Ferry no se habla de "escuela", sino de "clase". Como el centro de acogida, la clase tiene una vocación "transitoria" para acompañar a aquellos que pasan, y se espera que encuentren una situación y una "escuela" más continua.

* Los nombres han sido cambiados.

Todas las imágenes son de Pierre Longeray.

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