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Así es hacer música en la Venezuela de Maduro

En medio del régimen chavista, una nueva generación de músicos venezolanos oscila entre el desmoronamiento emocional, la abstracción artística y la lucha contestataria para mantenerse en pie ante las dificultades que supone evitar que su arte muera frente

por Sebastián Narváez Núñez
13 Agosto 2019, 11:25pm

Ilustración por Lenny Nuñez

Es jueves y son las 9:00 P.m. en Caracas, Venezuela. Afuera las calles oscuras y solitarias son una invitación para que los pocos que aún divagan en el asfalto se refugien pronto, pues una especie de delirio de persecusión, que se ha convertido en paisaje rutinario, no deja de sentirse como una amenaza latente. Félix Allueva, fundador del Festival Nuevas Bandas —uno de los más antiguos de la región (1991)— estando en casa, pospone su descanso para contestar una llamada de Whatsapp.

“Aquí el día a día se nos va en sobrevivir”, me dice después de saludarnos. “Cualquier abordaje que podamos hacer sobre la cultura y específicamente sobre los festivales entran como en un tercer nivel de importancia y prioridad”, dice como quien necesita poner en contexto a su interlocutor.

La situación actual no es fácil en el que, históricamente, fue considerado uno de los países más ricos de la región. Según el Fondo Monetario Internacional, en pleno 2019, Venezuela es el cuarto país más pobre de Latinoamérica, superado solo por Honduras, Nicaragua y Haití, que tienen un PIB inferior por habitante. Un informe del Parlamento venezolano, de mayoría opositora, publicado en julio de este mismo año, asegura que la inflación llegó al 445.482,2% a esto sumado que en diciembre de 2018 Venezuela se convirtió en el país más violento de la región, con una tasa de 81,4 homicidios por cada 100.000 habitantes.

Para Félix, como para los diferentes músicos de la diáspora y los que aún viven en el país, los locutores, activistas y jóvenes que prestaron sus testimonios para este reportaje, la crisis que atraviesa al país no es indiferente a las categorías en las que se suele separar temas de cultura y espectáculo con los de política y sociedad, porque después de todo estamos en medio de una coyuntura en la que todo está permeado, todas las crisis conviven juntas y en un punto la frustración es un factor común que los ha atravesado a todos por igual.

Esta es una radiografía de lo que implica ser joven, ser músico y vivir de la música en la Venezuela de Nicolás Maduro.


Una juventud en depresión

Ser joven nunca había sido tan difícil. O por lo menos es la impresión que queda después de escuchar a algunos de ellos. A los cambios hormonales y físicos, los confusos estados de ánimo, la incomodidad con todo y la falta de certeza por el futuro que supone la adolescencia, se le suma vivir un país donde nada de lo que te rodea pareciera estar bien.

“Son las 10 de la noche y no son horas de estar en la calle”, me dice por Whatsapp, Irene Rondón, una joven música de 26 años que se considera una persona optimista y que, según me cuenta, se rehúsa a dejar que el país le quite su juventud. “Yo quiero seguir saliendo y quiero disfrutar de mi vida en lo que pueda porque no me quiero deprimir. Aquí todos viven deprimidos”.

Deprimidos de que la inseguridad en la calle les haya arrebatado la tranquilidad de caminar después de cierta hora. “No hay Uber, ni taxi, ni Cabify. No hay paraderos seguros en los que te puedas hacer de noche y no te puedes ir a pie”, me dice Maria Teresa quien al igual que Irene se resiste a la idea de que estas condiciones se conviertan en impedimento. “Hoy en día hay un sentimiento de que si llevamos tantos años en crisis, y no se hace un esfuerzo por disfrutar, realmente no se va a poder hacer nada en este país” agrega.

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La pequeña revancha. Foto cortesía de la banda.

Deprimidos porque se les niegue un espacio de esparcimiento como la fiesta. Leonardo, un estudiante de medicina de 22 años, me dice que “normalmente si vas a salir tiene que ser una reunión con amigos en casa de alguien. Todo el mundo colabora con algo o llevas lo que vas a beber, porque si vas a un sitio son bastante caros. En una noche te puedes gastar entre 5 y 20 dólares”. Y no hay plata. En agosto de este año, el salario mínimo en Venezuela descendió a los 3,55 dólares, lo que en países como Chile, México y Colombia es equivalente a más o menos cuatro botellas personales de agua. Entonces, “vas a casa de tu amigo y muchas de las personas que van se quedan hasta que amanezca, porque hay mucha inseguridad, estás estresado de que te vayan a secuestrar”.

Deprimidos por tener que escuchar a sus bandas nacionales favoritas por Internet sin muchas posibilidades de verlos en vivo. Como dice Milagros Pabón, una estudiante de Comunicación Social de 20 años, “es triste ver como bandas y artistas de mucha trayectoria en nuestro país, se han visto forzados a buscar nuevos espacios afuera por un tema tanto de calidad de vida como por la proyección de su carrera”.

Deprimidos por no tener trabajo ni dinero, porque como dice Carlos ‘Mara’ González, integrante de la banda Anakena: “Si no tienes dinero para comer, obviamente no tienes dinero para ir a ver música en vivo”. Deprimidos, al final, por no tener una juventud medianamente parecida a la de cualquier persona de su edad en otro país.

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Cala Mazu. Foto por Andrea Mendoza, Wonderland.

Ante la incertidumbre, migrar

Hacer música hoy en Venezuela es vivir en un constante estado de incertidumbre. Da lo mismo si eres parte de una banda consolidada como Los Mentas o Desorden Público, o si tu proyecto lleva apenas un par de años, como Anakena o Cala Mazu. Para Carlos ‘Mara’ González, percusionista de Anakena “el principal reto que existe al crear una banda en Venezuela, es la constante migración que se vive en el país. Por buscar un futuro mejor, la mayoría de las personas terminan yéndose y a veces cuesta concretar un proyecto en el que todos estén en el mismo plano y se vayan a quedar”.
Según cifras de ACNUR a principios de julio de 2019, el número de venezolanos migrantes, refugiados y solicitantes de asilo reportados por los gobiernos anfitriones era de 4.054.870. Lo cual implica que una banda se puede desintegrar en cualquier momento. “Tiene que ser alguien que esté lo suficientemente cómodo para quedarse o que simplemente no tenga las posibilidades de irse”, dice tajante Irene Rondón, integrante de Cala Mazu quién hace un par de meses sufrió las consecuencias de la migración cuando su bajista se fue del país.

Puntualmente en cuanto a la música, Melanio Escobar, activista y co-fundador del sello Humano Derecho Records cuenta que las disqueras grandes se fueron por el tema del control del dólar, porque no podían operar. “Eso hizo que las mismas bandas decidieran irse del país, porque no hay industria, no hay espacios, la economía no les permite invertir en su música y el retorno es inexistente”. Por esta y otras razones que se suman a la crisis, buena parte de los artistas que surgieron en la primera década del nuevo milenio y que se han hecho un nombre desde entonces, han venido abandonando el país desde 2013. Rawayana, Okills, Viniloversus, La Vida Bohème, Apache, Akapellah, Los Mesoneros, Algodón Egipcio, Ulises Hadjis, son solo algunos ejemplos de bandas y artistas que hicieron de Colombia, México y Estados Unidos, principalmente, su nuevo hogar. “Hoy en día el arte venezolano en general se desarrolla fuera de Venezuela. Nosotros hacemos un concierto en el país y 17 en Estados Unidos. Nuestra audiencia es la diáspora, nosotros damos un concierto para venezolanos en Berlín, Londres, Bogotá o en Nueva York”, me dice en una cafetería de Bogotá Horacio Blanco, vocalista de la legendaria banda de ska Desorden Público.

“Estamos viviendo una generación que se quedó sin sus bandas favoritas, porque se fueron del país, mucha gente que hacía parte de la industria también se ha ido en estampida”, asegura Marco Santos DJ de la emisora LaMega en Caracas.

Incluso los músicos de la Orquesta Simón Bolívar, la más famosa del Sistema Nacional de Orquestas -el modelo más reconocido y exitoso a nivel mundial- han venido abandonando el país, aun cuando es la que más giras hace al año, la que más dinero gana y a la que el Estado le apuesta financiándola pues según me cuenta Geral ‘Chipi’ Chacón, trompetista venezolano quien durante dos décadas hizo parte de esta Sinfónica y ahora reside en Bogotá, “nosotros éramos los rockstars de la música clásica. Íbamos a Londres y agotábamos la taquilla seis meses antes. Eso fue un boom muy grande y el Gobierno le apostaba a eso porque estábamos mostrando una cara bonita del país. A pesar de las cosas que estaban pasando que ya eran noticia mundial, la orquesta seguía llenando teatros”.

“Estamos viviendo una generación que se quedó sin sus bandas favoritas, porque se fueron del país, mucha gente que hacía parte de la industria también se ha ido en estampida”

Aún así, en 2017, 40 músicos de la Simón Bolívar escogieron el exilio ante la crisis que empezó a vivir el país y que se ha venido intensificando. Según Chacón la joya creada hace más de cuatro décadas por el maestro Jose Antonio Abreu que logró sacar la música clásica de las élites y ponerla de manera gratuita a disposición de jóvenes de todo el territorio nacional, continúa tras la muerte del maestro Abreu, pero ya no es lo mismo sin él al frente. Y aunque desconoce el estado actual del Sistema Nacional de Orquestas asegura que sigue teniendo programación semanal y participando en festivales.

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‘Chipi’ Chacón, trompetista venezolano. Foto de Geremías Marquéz.


Hacer música: la opción inviable

Una voz ronca suena como distorsionada a través de un megáfono acompañada por una guitarra y una batería que suenan como impotentes, como disminuidas y crudas. En dos minutos la banda Holy Hands, con su canción “Nada”, hace una descripción básica, pero concreta de lo que sucede en su país:

“No hay efectivo,
no hay pan,
no hay comida,
no hay paz.
Dime qué gracia tiene vivir así.

No hay luz esta noche,
hay inseguridad.
Ahora te jodes, ahora te jodes
Cómo es posible vivir así, si nada funciona
Todo está mal, todo está mal”.

Toda situación por sencilla que parezca es al mismo tiempo una adversidad. “Todos los días se te puede ir el agua. Caracas es la única ciudad hoy en día en Venezuela que le dura la electricidad más de cuatro días. La gasolina es gratuita, pero no hay gasolina en casi todo el país. No existe el acceso a efectivo”, me dice por teléfono ‘Beto’ Montenegro, vocalista de Rawayana quien cuenta que incluso en alguna ocasión llegaron a perder un vuelo para presentarse con su banda en el Festival Vive Latino de México, porque ese día no había luz en el aeropuerto.

Hasta ensayar se puede convertir en un martirio, bien sea porque no tienes instrumentos y comprarlos no es una opción o porque los que alquilas en la sala de ensayo están en mal estado y quienes los arreglan o están fuera del país o cobran muy caro, o porque simplemente ese día hubo un apagón, algo que se suma a las muchas razones para escapar del país si eres músico y quieres eventualmente vivir de eso. Juan Olmedillo, vocalista de la banda de rockabilly Los Mentas, cuenta que incluso haciendo rentable su banda en el territorio nacional y reuniendo un buen público en los circuitos donde tocaban, empezaron a tener problemas técnicos “podías llegar a un concierto y no había luz. Eso sumado a que la gente empezó a priorizar ir a un concierto de su banda favorita o comer”, lo que los llevó a buscar nuevos rumbos.

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Juan Olmedillo. Fotografía cortesía del artista.

Absolutamente todo supone un reto y como me dice en una nota de voz la cantante Liana Malva, “vives en un país donde la estabilidad no existe. No existe la estabilidad mental, ni emocional, ni económica. Todo puede cambiar de un momento a otro, estás trabajando y de repente se va la luz y no vuelve hasta en tres días. Planificarse es prácticamente imposible, hay que ser muy persistente, muy resiliente y muy paciente para que las cosas pasen”.

Incluso el solo hecho de escuchar música a través de Spotify, Soundcloud, o algún otro servicio de streaming es una travesía, porque Venezuela es uno de los países en los que este tipo de plataformas no funcionan. “Tienes que descargarte un VPN (una red virtual privada por sus siglas en inglés) que sirve para registrarte con una red de otro país y ahí sí lo puedes usar”, según me cuenta Irene Rondón, vocalista de Cala Mazu. Y esto tiene sus implicaciones no solo en los jóvenes que escuchan música, sino en los músicos al momento de subir su trabajo a estas plataformas. ‘Mara’ Gonzáles me cuenta que actualmente ninguna compañía en Venezuela se encarga de la distribución de las bandas en plataformas digitales, por lo cual el catálogo de su banda Anakena lo maneja una compañía francesa llamada Belive, cuya oficina en México se encarga de mover su música en estos sitios de streaming y sumarlos a diferentes playlist dentro de los mismos.

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Ensayo de Cala Mazu. Fotografía por Smoll Berenjena.

Pero supongamos que en esta pista de obstáculos logras consolidar un proyecto cuyos integrantes se resisten a migrar. Con lo poco que ganan haciendo todo tipo de trabajos que no tienen nada que ver con la música —como le suele suceder casi que a cualquier artista en cualquier país antes de volverse mainstream y poder vivir únicamente de eso— puede comprarse sus instrumentos y a pesar de los apagones logran ensayar. El siguiente paso lógico es sacar un par de temas, tocar en un par de lugares, lograr llegar a la radio, pisar algunos festivales, salir de gira, ganar algo de dinero y volver con mucho más debido a la inflación.

Una utopía, casi.

En los últimos seis años los sitios para la música en vivo han venido cerrando a causa de la crisis económica, por lo que no hay dinero suficiente para invertir en algo que logre abstraer a la gente de su realidad. Los bares que sobreviven tienen unos precios impagables y han cambiado su estructura para poner música electrónica y urbana y se ha dejado por fuera a las bandas por la complejidad que requiere para un escenario y los costos que generan. Por otro lado están los teatros, que según me cuenta Félix Allueva, "cuando tu los vas a alquilar no te los alquilan, te hacen intercambio por comida para poderle dar al personal que está ahí”.

“el Gobierno como política lo que ha hecho es liberar el tema de los festivales privados, porque lo que había mayormente eran festivales de empresas de cigarrillos, de licores, etcétera. El Estado empezó a liberar los teatros, por un tema de inclusión, lo que llaman populismo, que ciertamente tiene de populismo, pero también de incluyente”.

Asistir a un concierto en los pocos lugares que aún existen puede rondar entre 5 y 20 dólares, —y recordemos que el salario mínimo son 3,55 y antes estaba entre 6 y 7— según el trato el lugar se puede quedar con una parte de la entrada y todo lo que se venda en la barra, o quedarse solo con la barra y dejarle el total de la boleta a la banda o compartir el valor de la entrada y parte de la barra con la banda. Un gana-gana en teoría pero que aplicado puede ser más complejo. ‘Mara’ Rodriguez de Anakena me cuenta que en alguna ocasión hicieron un evento en un centro cultural al que le caben 500 personas. Vendieron el ticket entre 3 y 4 dólares, ese día en total recaudaron 800, pero según él no les pagaron ahí mismo, sino un mes largo después “y eso terminó convirtiéndose en 300 dólares por la inflación. Te puedes dar una idea de lo frustrante que puede ser que ese tipo de cosas pasen”. Y eso cuando es un evento pago, porque según ‘Mara’ la mayoría son en beneficio de algo, "el 95% de los shows terminan siendo regalados porque al final uno necesita posicionarse y si no te expones, si no tocas, si no giras, terminas muriendo" asegura Rodriguez.

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Banda Anakena. Foto de Paola Zingg

En medio de la celebración de los 25 años del Festival Rock al Parque en Bogotá, Colombia, el argentino Gustavo Santaolalla dijo frente a unas 80.000 personas que “las alcaldías pasan, la gente pasa, pero el festival sigue”, como quien intenta desligar la política del mandatario de turno, en un evento cuya realización es el triunfo de una política pública y no de una persona cuyo cargo en el poder es efímero.

En Venezuela no sucede lo mismo. La que durante años fue parada obligada para cualquier artista internacional en su tour Latinoamericano, hoy se ha quedado sin la mayoría de sus festivales y cada vez son menos las grandes figuras que llegan a tocar al país, en parte porque la situación económica no es negocio para ningún promotor y porque poco a poco la empresa privada se ha visto obligada a dejar de patrocinar estos espacios. De un tiempo para acá el Estado ha sido quien financia eventos como el Suena Caracas o el Gillman Fest, que, según Félix Allueva “son eventos con un corte político, los mensajes que se dan en la tarima, son tipo ‘Chávez vive, la revolución sigue’ y los artistas que van allá saben que se están montando en un circo político”.

“En todo tipo de actividades del país el control lo tiene el Estado y por ende ellos eligen quiénes tienen poder sobre cada actividad. Chávez, a través de Paul Gillman, uno de los personajes más destacados de la escena metalera en Venezuela, empezó a dar plata para hacer los Gillman Fest, eventos donde venían bandas internacionales como Megadeth, pero las bandas nacionales que tocaban ahí tenían que estar alineadas con el Gobierno, ninguna banda que fuera de alguna forma contestataria, disidente o que tuviera una forma de pensar diferente al Gobierno, podía tocar en esos espacios”, cuenta Melanio Escobar. Para este reportaje quisimos tener el testimonio del músico Paul Gillman sobre el festival que organiza, sin embargo después de varios mensajes nunca hubo respuesta.

En medio de estas versiones también se encuentran las de bandas que han sido parte de estos eventos y cuya postura ideológica se ha visto juzgada por sus mismos seguidores. Gilberto Lazo, vocalista de Bigmandrake me cuenta que muchas de estas tarimas eran ofrecidas como “espacios culturales” donde al final resultaban siendo espacios políticos en los que se subía cualquier cantidad de personas a hacer proselitismo político y a comprometer a la banda con una postura que no era la suya. “En muchas oportunidades tuve que quitarle el micrófono a una persona que estaba presentando la banda y en su discurso intentaba ponernos al lado de ese discurso político. Debido a eso decidimos no participar en esos eventos que son promovidos por el Gobierno. Aparte los pagos se retrasaban o era muy poco”, afirma el cantante.

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Big Mandrake. Foto cortesía de la banda

Por su parte, Horacio Blanco de Desorden Público cuenta que su banda accedía a tocar en estos espacios siempre y cuando no se hiciera nada de proselitismo, ni se subiera nadie a hablar durante su show o se mostrara algo alusivo al Gobierno y durante un tiempo se les respetaron las exigencias. “Ahora el Gobierno ha radicalizado su posición, se ha hecho mucho más corrupto, agresivo y ahora es mucho más complejo, ellos ya no contratarían casi a nadie además porque no tienen mucha plata para eso, y creo que muy pocos artistas accederían, porque el público sí condena eso”. En otras palabras y como asegura el locutor de la emisora Circuito Líder, Lorenzo Martínez, “hay un rechazo por parte del público en general a ese tipo de festivales por la cantidad de presencia política que hay, casi todos los grandes afectos al Partido Socialista Unido de Venezuela, forman parte de ese festival”.

Para el cantante y constituyentista Sandino Primera, hijo del compositor, activista y militante Alí Primera, y quien define su postura como aspirante a revolucionario, “el Gobierno como política lo que ha hecho es liberar el tema de los festivales privados, porque lo que había mayormente eran festivales de empresas de cigarrillos, de licores, etcétera. El Estado empezó a liberar los teatros, por un tema de inclusión, lo que llaman populismo, que ciertamente tiene de populismo, pero también de incluyente”. Según Primera, que ha sido partícipe de varios eventos organizados por el Gobierno, el Estado hace festivales como el Suena Caracas y convoca a artistas de todo tinte político, inclinación partidista e ideológica, “lo que pasa es que mucha gente se ha cerrado a ser parte de eso por el rechazo tan fuerte y tan extremo que ha existido en distintos sectores musicales opuestos al Gobierno”. Escucharlo deja ver entrelíneas cómo existe también una polarización política que lo ha afectado y cómo por tocar en espacios brindados por el Gobierno lo ha excluido de otros espacios privados y sectores opositores que nunca lo han convocado por sus inclinaciones, aún cuando en canciones como “Desahogo y pa’lante”, ha sido crítico del partido de Gobierno.

La línea ética es muy delgada teniendo en cuenta que las tarimas en el país son muy escasas y hay bandas que simplemente quieren mostrar su arte sin entrar a ser juzgados por una postura política que puede o no ser la suya, pero no son muchas las opciones. El Festival Nuevas Bandas, que ha sido flexible y se ha sabido mantener desde 1991 hoy en día cuenta con un solo patrocinio cuando en su mejor época llegó a tener hasta cinco que lograban cubrir todos los gastos que esto implica incluyendo la boletería, por lo cual muchos eventos eran de entrada libre. Han tenido que adaptarse a las condiciones, haciendo canjes o logrando el apoyo de quienes han estado al frente con ellos durante casi tres décadas. En otros casos, como el de Melanio Escobar, para llevar a cabo el programa Música por Medicinas —compilados de varios artistas cuyos discos y eventos en vivo se dan a cambio de medicinas que son donadas a las zonas más vulnerables del país— es necesaria la inversión de organizaciones internacionales de Derechos Humanos. “Los recursos son limitados, sacamos 300, 400 discos, son sumas modestas. Lo importante es que cuando los sacamos le buscamos el mayor impacto posible”, cuenta Escobar.

Hacer música y vivir de ella hoy en Venezuela es un acto de rebeldía como dice el cantante Juan Olmedillo “porque básicamente se destruyó la actividad artística, cultural, nocturna. No queda nada, la gente a las 6:00 o 7:00 P.m. ya se quiere guardar porque la ciudad está a oscuras”.

Cantar es resistir

Históricamente la música ha tenido un papel fundamental en medio de las dictaduras: en Brasil con Chico Buarque, en Argentina con Charly García y en Chile con Los Prisioneros, solo por nombrar algunos de los muchos ejemplos que existen. De ahí que surja un poco la idea que las dictaduras provocan un cierto renacimiento en lo artístico y motivan la necesidad de expresar lo que la represión no les permite.

Durante las protestas que se llevaron a cabo en el primer semestre del 2017 y que algunos bautizaron como “la rebelión popular del siglo XXI”, la frustración dio paso a querer utilizar la música como herramienta de comunicación o por lo menos como catarsis. “Muchas bandas empezaron a moldear su música para de alguna forma aportar a la protesta, sin tener que ser los que están en la calle protestando, sino utilizando otros canales”, cuenta Melanio Escobar. Un año después, en 2018, apareció el primer compilado Rock contra la dictadura, Venezuela, volumen 01, publicado por el sello Humano Derecho Records creado por Rafael Uscátegui y Melanio Escobar, como una alternativa a la emisora independiente creada por ellos mismos y el apoyo de varias organizaciones llamada Humano Derecho Radio. Pero a diferencia de esta, el sello se creó para que las voces disidentes y el rock contestatario tuviera un espacio que trascendiera los medios tradicionales como la radio pública, la privada y las iniciativas independientes de internet.

En este momento se han publicado dos compilados de Rock Contra la Dictadura, cada uno con 16 temas de 32 bandas diferentes, todos con canciones que nacieron a raíz de la movilización masiva del pueblo, la crisis del país y la necesidad de rechazar a través de la música un régimen político con el que no están de acuerdo. De hecho, el primero de estos compilados se presentó en la Cumbre de las Américas que se llevó a cabo en Perú en el 2018. Según cuenta Melanio, “lo tuvimos que editar allá mismo por lo peligroso que resulta hacerlo en Venezuela. No los podíamos sacar en las maletas porque podría representar un riesgo de cárcel de ser encontrado cruzando la frontera”.

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Ministerio de la Suprema Infelicidad. Fotografía cortesía de la banda.

Justamente para este proyecto nació una banda anónima bajo el nombre de Ministerio de la Suprema Infelicidad. Uno de sus integrantes, que pidió no revelar su nombre me dice vía Whatsapp que “buen porcentaje de los que cantamos esas canciones somos reconocibles, pero quizás sorteando un poco la represión decidimos no revelar nombres”. Y aunque la principal motivación para hacerlo de manera anónima era básicamente que la gente se enfocara en el mensaje y no en quiénes eran los integrantes de otras bandas que se habían juntado para este proyecto, la fuente acepta que “ciertamente da temor manifestarse a nivel personal en Venezuela. Eso fue hace dos años y ya había bastante represión, hoy en día se elevó la cantidad de detenciones por protesta al doble. Uno se lo pensaría dos veces antes de sacar un proyecto así en Venezuela hoy”.

Solo para agosto del 2009, el Gobierno de Hugo Chávez había expropiado 34 emisoras de radio que supuestamente habrían perdido sus concesiones aunque también se destacaban por criticar su política. En 2017, el Gobierno de Nicolás Maduro expropió 46 emisoras

Alzar la voz siempre ha sido un riesgo en medio de cualquier dictadura, Juan Olmedillo me cuenta desde México que ahora mismo tiene un proyecto con muchas canciones que compuso estando en Caracas “y sí, hacen una crítica a lo que pasa en el Gobierno, pero generalizo para no correr el riesgo de que se metan conmigo”. También me dice que con La Pequeña Revancha, otro de los proyectos de los que hace parte, tienen un tema llamado “El aliento del cobarde” que básicamente habla de las bombas lacrimógenas que usa el Estado para arremeter contra la población en las protestas “utilizamos la metáfora un poco porque aunque yo esté en México hablando pestes de Maduro y quizás mi voz tome fuerza, me pasa lo de cualquier activista, corres riesgo tú y corre riesgo tu familia, por eso uno también se autocensura un poco”.

Recientemente un movimiento artístico liderado por Residente, Bad Bunny, iLe Cabra, Ricky Martin y cientos de artistas que con su voz motivaron al pueblo de Puerto Rico a tomarse las calles durante 11 días para exigir la renuncia del hoy exgobernador Ricardo Rosselló. Cuando le pregunto a Beto Montenegro, vocalista de Rawayana qué pasaría si se hiciera esto mismo en su país, me responde con un “si yo posteara en mis redes las cosas que ellos postean, si yo saliera y recomendara las cosas que ellos están recomendando y si yo hablara en público tomando el liderazgo político como lo están tomando allá, probablemente alguien de mi familia se vería afectado, me quitarían mi pasaporte para que no pudiera viajar y trabajar, cuidado si nos meten presos. Ellos están posteando cosas que en Venezuela tu no podrías postear”, porque ese es el tamaño de la represión y el miedo con el que tienen que vivir si quieren usar su voz para algo más.

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Gran Radio Riviera. Foto por Marian Aznar.

Pero también existe la otra cara, la de Juan Velasco, vocalista de Gran Radio Riviera que me cuenta que con su proyecto querían salir de esa costumbre de escribirle a la crisis, la diáspora y a los problemas que los envuelven todos los días, “queríamos ser una banda que en los shows fuera una especie de catarsis, que la gente pudiera ir, se olvidara de todo y que escapara de esta realidad que es tan grave”. Irene Rondón, de Cala Mazu, me dice que escribe de desamor porque “no tengo tanta cabeza para lidiar con los problemas que hay en Venezuela. Si yo permito que mis emociones con respecto al país y la situación se desmoronen por lo que pasa, entonces ahí sí me termino de desmoronar por completo y me destruyo, entonces estoy más enfocada en componer sobre cosas que realmente están bajo mi control”. Y aunque Anakena no sea una banda del corte contestatario, sus integrantes creen en el arte como resistencia, como una manera de escapar de lo cotidiano, de salir de la realidad por un rato y olvidarse de los problemas, sin embargo, su canción “El tiempo del silencio” cuenta la historia de un rey dictador que llega a un pueblo y por la fuerza obliga a todo el mundo a vivir en silencio, su manera de convertir en una especie de fábula la realidad que están viviendo.

Del otro lado de la música está la radio, tan censurada y expropiada. Solo para agosto del 2009, el Gobierno de Hugo Chávez había expropiado 34 emisoras de radio que supuestamente habrían perdido sus concesiones aunque también se destacaban por criticar su política. En 2017, el Gobierno de Nicolás Maduro expropió 46 emisoras, entre ellas la 92.9 una de las emisoras juveniles más frenteras con el régimen y que ahora su señal paso a ser parte del espectro radioeléctrico, tan repartido por el Gobierno para crear emisoras comunitarias financiadas por el Estado básicamente para pasar música tradicional venezolana y propagandas políticas en apoyo al Gobierno, como me dice Lorenzo Martínez de Circuíto Líder. Pero también resulta siendo un pequeño lugar de resistencia con todo lo que la censura implica, como asegura Marco Santos DJ de LaMega “hemos tenido que aprender a decir las cosas entrelíneas, quizás hablar con la música que suena. Hemos tenido que hacer el programa en pleno auge de protestas y no nos hemos quedado callados, hemos dejado que la música hable por nosotros, pero evidentemente yo no podría hacer algún comentario contra el Gobierno o denunciando algo, porque Conatel (la Comisión Nacional de Telecomunicaciones) tiene cosas muy puntuales para llamar la atención a los medios. Ya ha habido sanciones, entonces es preferible mantenerse al margen o hacerlo de forma inteligente”.

Al final, cada quien resiste como puede y como quiere, de manera frentera en otro país o través de metáforas, abstrayéndose en sus sentimientos de introspección desde los cuales les puede hablar a otros que sienten lo mismo, o con la música como un lenguaje en clave a través de la radio.


La crisis: una oportunidad

Las crisis esconden muy en su interior las oportunidades de reinventar, reconstruir y replantear el mundo como lo conocemos. Venezuela no es la excepción. En medio de lo frustrante que resulta hacer música, los últimos cinco años han dejado ver oportunidades para los músicos que se resisten a abandonar su arte o a hacerlo desde otras fronteras, aquellos que no tienen la posibilidad de salir del país y empezar de ceros, o quienes mantienen la idea de que mientras todo mejora, tienen que motivarse de alguna manera haciendo lo que les nace.

A falta de dinero, el modelo del trueque ha servido para llenar los vacíos que puede tener una banda, bien sea con un instrumento que hace falta o con una sesión de grabación. ‘Mara’ percusionista de Anakena me explica que lo del trueque es un intercambio de favores con lo que tu sabes hacer. “Le dices ‘préstame tu instrumento y si después necesitas grabar un tema tuyo y necesitas una percusión, voy yo y la grabo’. O con el estudio le pides rebaja y si son amigos o conocidos le pides ayuda o buscan algún tipo de intercambio, te dicen ‘mira si tú me ayudas a grabar tres temas a este precio, yo te presto músicos por si el estudio necesita para grabar’”.

También está el tema de la migración que, según Juan Velasco, integrante de Gran Radio Riviera, es una oportunidad para que esa diáspora logre que personas de otros países escuchen la música que se hace en Venezuela. Para la cantante Liana Malva, el hecho que muchas bandas estén en otros países ha dejado un vacío cultural lo cual ha generado que no haya tanta competencia, por otro lado afirma que “toda la crisis ha hecho que haya una explosión creativa y que hayan salido muchos artistas muy talentosos que con la explosión de las redes sociales pueden hacer su música de manera independiente”.

Y también está el tema del dinero que ha permitido que el costo habitual por grabar en un estudio profesional o grabar un video sea mucho más barato con una calidad muy alta. Un video que en apariencia puede superar los 15.000 dólares puede costar entre 1.000 y 5.000. Tanto las productoras como los artistas tienen la necesidad de mostrar su trabajo y están trabajando juntos, muchas veces por amor al arte y sin sacar un beneficio económico de esto. Y es que vivir de la música en Venezuela es tan complejo que han encontrado en el apoyo mutuo una manera de salir adelante haciendo cosas increíbles. Por otra parte la radio y los festivales tiene una mirada más local y su apuesta puede beneficiar a la emergente nueva generación de músicos venezolanos y al fortalecimiento de una escena construida desde la cortina de hierro de una dictadura cuyo fin, algunos tienen la esperanza, será pronto.

Mañana será otro día en Venezuela y no hay certeza de que los ensayos programados por las bandas se lleven a cabo o si por un apagón toque aplazarlos; o si la familia de algún músico decida migrar del país y descompletar la alineación; o si por alzar su voz en redes sociales y decir algo contra el régimen se lleven detenido a otro miembro de la banda, lo único cierto es que mañana será otro día en Venezuela.

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