Donde no hay nada, ¿Qué se puede robar? Así opera el cíbercrimen en Venezuela

Las cuentas de redes sociales se convirtieron en los nuevos blancos de la inseguridad que sigue aumentando en este país.

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nov. 22 2018, 9:55pm

VICE Colombia.

Artículo publicado por VICE Colombia.


Una de las peores economías del mundo azota la tierra que parió a Bolívar "El Libertador de América", un nombre fuerte que no le hace honor a su homónimo en papel moneda. La hiperinflación que ya alcanza más del 10'000.000 por ciento, ha sido provocada por diferentes medidas económicas, como un modelo económico susceptible a la monetización a partir del déficit fiscal de este país y los dogmas económicos de su dictadura, y ha obligado a los venezolanos a adoptar modelos de supervivencia cubanos como las remesas extranjeras, es decir, dinero que envían familiares y amigos desde el exterior a quienes siguen viviendo en el país.

Una vieja amiga cubana describía esta forma de subsistir como “Fe”. Pero no se refería a lo que conocemos universalmente como la esperanza o creencia en un Dios, la naturaleza o un político. Su Fe era tan solo una abreviatura de ‘familiares en el extranjero’.

La situación funciona más o menos así: el Estado controla las divisas con las cuales se puede comerciar dentro del país, dejando solo a la población con acceso a la moneda nacional sin ninguna oportunidad de obtener dólares, euros o cualquier tipo de peso de manera oficial, dando paso a la venta de dólares en el mercado negro. Con un salario mínimo que ronda un equivalente a 10 dólares mensuales en el mercado negro, la liquidez se escurre entre las manos: el salario se convierte en polvo, hambre y miseria sin siquiera haber sido cobrado.

A la ecuación toca sumarle el éxodo masivo de venezolanos, que no es invisible ya para ninguna nación vecina y ha permitido que en Venezuela reine la Fe. Así, cada mes, familiares y amigos que ganan moneda dura trabajando fuera del país, se acuerdan de quienes dejaron atrás y envían dinero para que el golpe de la crisis no pegue tan duro.

Debido a la situación, vender dólares a través de redes sociales en Venezuela ya es algo que hace parte de la rutina de todos: cuando entramos a Facebook, entre memes y fotos, podemos ver mensajes de venta de Dólares o Euros al cambio vigente en Bolívares, y la gente negociando en los comentarios el oro prohibido. Generalmente la transacción es rápida: una persona ofrece una cantidad de divisas bajo un precio, el interesado transfiere en Bolívares y el vendedor entrega o transfiere los dólares.

Así de sencillo. Tan sencillo es el proceso virtual, que empezó a presentar una oportunidad increíble para aquellos que tienen por oficio robar, sin esforzarse tanto ni tener que recurrir a la violencia, o mancharse de sangre.

Esto no quiere decir que las viejas mañas que han hecho famosos a los grupos delincuenciales de la región ya no existan. Todavía existen y cada vez con mayor efectividad. Por ejemplo, mientras escribo esto, en casa lidiamos con el secuestro del papá de uno de mis mejores amigos, uno de los pocos que me queda todavía en Venezuela. Pero la nueva época que estamos viviendo, la adaptación que hemos tenido que tener bajo el yugo de la hiperinflación ha obligado a que la creatividad sea mayor, a que los métodos tengan que ser, sí o sí, más infalibles y a que ya no estemos seguros ni siquiera cuando entramos a nuestros perfiles de Facebook.

Muchos consideramos que nuestra presencia en Redes Sociales es simplemente un juego. Una ventana para mostrarle a nuestros amigos y seguidores una versión fabricada a voluntad propia de nosotros mismos. Pero aquellos que nos quieren no son los únicos viendo: si esa ventana está abierta, a veces cualquiera puede entrar. Y la información que muchas veces publicamos en redes puede dar para que, si alguien se lo propone, averigüe casi todo sobre nosotros: qué nos gusta, dónde estuvimos, qué comimos, qué compramos, a dónde fuimos, a quiénes queremos, qué tenemos y a veces hasta cuánto dinero tenemos.

Es ahí donde la ingeniería social entra en marcha y, quien se lo proponga, podrá lograr quebrarte. Antes, para secuestrar a una persona, había que hacer un trabajo de inteligencia muy grande: seguir a esa persona por meses, aprenderse cada uno de sus horarios, su lugar de vivienda, las personas que lo rodean… hoy solo hace falta seguir al objetivo en Facebook o Instagram para obtener toda esta información y hasta más.

Robar donde no hay nada

Pareciera que en Venezuela hay poco o nada que robar, pero esos 50, 100 o 300 dólares que se envían desde el exterior a un familiar pueden ser la diferencia para muchos entre vivir o morir. De esta manera los criminales han expandido el uso que le han dado a las redes sociales de sus víctimas, no sólo alimentándose de la información necesaria para sus fechorías, sino también usurpando su identidad. Es así como, valiéndose de otro rostro, embaucan a las amistades de ese perfil hackeado con ventas falsas de dólares.

Sus objetivos principales son personas de la tercera edad, quienes casi siempre son más incautos con la tecnología. También ponen la mira sobre personas que viven fuera del país, que están con la guardia abajo por haberse movido a un contexto más seguro. Estos últimos son los que, generalmente, tienen más dólares y hacen más ventas con quienes lo necesitan. Así, bajo el móvil de la confianza, los delincuentes pasan desapercibidos en su oferta engañosa. Para cuando el comprador se da cuenta de que ha sido estafado, ya es muy tarde: el dinero ha pasado por varias cuentas y se ha perdido el rastro.

Esto lo vivió Luis Dascoli, un venezolano que desde hace varios años vive en Estados Unidos y que, como casi todos los que se han ido y forman parte del éxodo, tiene todavía familia y amigos en el país. Hace un par de semanas recibió en la noche un mensaje extraño a Whatsapp: era un amigo de la infancia, con el cual Luis mantiene contacto frecuente. En el mensaje su amigo le decía que al otro día le iba a hacer la transferencia para la entrega de los dólares. Ahí Luis se dio cuenta de que algo raro estaba pasando. Finalmente se percató de que su cuenta había sido intervenida por alguien que, valiéndose de su nombre, empezó a estafar a sus amigos y demás contactos en esta red social.

“Cuando recibí el mensaje no entendía nada, le pedí que me mandara las capturas de pantallas donde tenia la conversación, ahí tuve que dedicarme a explicarle que no había sido yo el de la oferta”, cuenta Luis. “Menos mal se le ocurrió contactarme porque le estaban ofreciendo 400 dólare y él estaba a punto de transferir el dinero”. Dascoli también conoció un caso cercano, donde unos criminales no solo se metieron al Instagram de una amiga de su mamá, cuenta él, sino que sus contactos la acusaron de estafadora, cuando fueron unos terceros los que dieron con su contraseña y realizaron la estafa.

Lucía Ramírez vivió un caso similar, la diferencia es que ella vive en Caracas todavía, y está ahorrando todo lo que saca de su negocio de diseño gráfico para emigrar a Chile antes de que culmine el año. “La realidad es que no gano tanto cuando llevo los bolívares a dólares, en un mes bueno puedo hacer 100 o quizá 120 dólares, todo depende de si cambio la plata rápido, porque la inflación se la come”, explica. “Había cobrado un trabajo fuerte, por eso cuando vi que un exnovio del colegio que vive en Estados Unidos estaba cambiando, no dudé en escribirle”.

Sin tomar muchas precauciones, Lucía preguntó el precio de cada dólar y estaba por debajo de los indicadores al momento del mercado negro, así que decidió aceptar el negocio. “Transferí 15.000 Bs Soberanos a una cuenta corriente que no era la de él, pero no le paré a ese detalle, ya que si cerraba el trato me darían unos 111$ a mi cuenta de Paypal”. Ese fue su error: a diferencia del amigo de Luis, ella no se encargó de verificar por teléfono si realmente era su ex el que le estaba ofreciendo el dinero. “Yo sí le pregunté por qué la cuenta no era de él, y me dijo que era para pagar una deuda en Venezuela, que así era más rápido salir de eso. Caí como una coneja por querer sacar más provecho de la plata y quedé jodida”.

Con la frecuencia de casos similares, cabe la pregunta de qué están haciendo los cuerpos de seguridad para combatir esta nueva ola de cíber crímenes que afecta a tantos ciudadanos. Sobre todo porque se ha perdido de manera generalizada la confianza en las instituciones, ya que muchas veces, como han demostrado organizaciones de derechos humanos, son ellas mismas las causantes de la compleja crisis humanitaria que atraviesa Venezuela.

Estuve las últimas semanas tratando de conseguir que una fuente oficial conversara sobre estos hackeos, hasta que pude dar con uno de los oficiales del CICPC (El Cuerpo de Investigaciones, Científicas, Penales y Criminalísticas), que decidió hablar de manera anónima. Esta persona cuenta que las denuncias no dejan de llegar a la sede de la policía científica, tanto de personas que han sido hackeadas en su Facebook o de su Instagram para vender de manera fraudulenta dólares a un tercero, como de quienes han caído en la trampa comprando. “Estas estafas son hechas algunas veces por individuos solos, pero por lo general son organizaciones integradas por gente que está presa y que se asocian con personas que están en libertad, para que estos puedan culminar la estafa” aseguró.

El comisario ha logrado identificar mediante el rastreo de las direcciones IP de las conexiones que se relacionan a las denuncias, que el sitio principal donde se gesta toda esta maquinaria es proveniente de la cárcel más grande de Venezuela, el Centro Penitenciario de Aragua, Tocorón. Un sitio donde, según medios locales e internacionales, los delincuentes no se quieren ir porque tienen piscina particular, una discoteca a la que nombraron ‘Tokyo’, área de estadía para sus familias, amantes y amistades; una banca privada que les permite hacer transacciones dentro y fuera del penal y a donde los jerarcas criminales se les conoce como pranes. Incluso algunos periodistas hicieron la denuncia de que hay un sembrado de marihuana dentro del penal.

A pesar de que en Tocorón cuentan con muchos recursos, el oficial asegura que no se basan en grandes avances tecnológicos para ejecutar estos ataques. “Utilizan la ingeniería social para dar con las claves fáciles de las víctimas”, afirma él. “Las denuncias las recibimos todo el tiempo, pero es poco lo que podemos hacer, porque ya estas personas están presas y cuentan con un manto de impunidad”.

Incluso, cuenta el oficial, han logrado detenciones de importancia, pero muchos de estos estafadores se encuentran en la cota 905, una de las “zonas de paz” impuestas por Maduro, un modelo creado en 2013 con el objetivo de desarmar a bandas delincuenciales en los barrios más peligrosos del país: la policía dejaba de entrar y hostigar en estas zonas seleccionadas, a cambio de que las bandas dejaran de actuar violentamente contra la población. Pero lo que ha sucedido con las zonas de paz es que se ha expandido un manto de impunidad en varios territorios, que le ha permitido a las bandas actuar a sus anchas y servir como brazos útiles de centros penitenciarios como Tocorón.

A pesar de lo crítica que suena la situación, hay esperanza, o al menos hay maneras de combatir estas estafas virtuales. Rogelio López, quien trabaja para Acces Now, una gran organización de Derechos Digitales, recomienda estar alerta, aprender a identificar señales, desconfiar de mensajes que piden información personal, descargar archivos o darle click a enlaces web sospechosos. “Estos mensajes engañosos (Conocidos como Phishing) por lo general buscan hacernos entrar en pánico o crear un sentimiento de urgencia para que realicemos acciones que normalmente no haríamos”, afirma Rogelio. Esto básicamente nos hace, sin darnos cuenta, entregar nuestra información más sensible a un tercero que la utilizará de la forma en la que mejor le convenga.

Rogelio también señala la importancia de tener una contraseña compleja e ingresar a nuestras redes sociales con dos pasos de verificación. Si bien estas medidas nunca serán efectivas en el 100 por ciento de los casos, nos brindan mayores probabilidades de mantenernos a salvo cuando un grupo delictivo quiera dar con nuestra información.

La actualidad nos exige un ojo más cauto con nuestra vida digital. Hace mucho tiempo internet dejó de ser el juego que nos aliviaba la calentura o donde nos refugiábamos en un baño de likes. Ahora, y desde hace un buen tiempo, también se convirtió en un terreno fértil para el crimen. Estos crímenes son nuestros propios príncipes africanos buscando un socio en Latinoamérica para cobrar una herencia, es nuestro propio veterano de guerra que hizo millones de dólares en Irak, nuestro paquete chileno… otra forma de usar la Fe, pero esta vez de manera criminal, desde lo más profundo de las cárceles.


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