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Cultura

Ferromodelismo: un simulador de otra época (con humor subido de tono)

El tren argentino ya no ocupa el mismo lugar que antes. Hablamos con el Circulo Ferromodelista Oeste, quienes recuerdan este medio de transporte con nostalgia, detienen el tiempo y simulan la eternidad

por Brian Gray
06 Noviembre 2018, 10:30pm

Artículo publicado por VICE Argentina

La sede actual del Círculo Ferromodelista Oeste se encuentra, casualmente, a pocas cuadras de la Estación Flores de la Línea Sarmiento. A intervalos de tiempo regulares se escucha a la máquina aullante sobre rieles que aún hoy despierta la fascinación de muchos, aunque hayan pasado más de dos siglos desde su invención en Inglaterra, y que sea hoy elemento común del paisaje urbano en todo el mundo. Fueron los ingleses también los que introdujeron el ferrocarril en la Argentina, medio de transporte que fue sinónimo de progreso, riqueza, expansión comercial y fundación civilizatoria.

Hoy muchos recorridos de la red ferroviaria están clausurados, circulan con frecuencia reducida o simplemente ya no paran en algunas estaciones. Así mismo, pueblos enteros del interior han quedado abandonados y cubiertos por la maleza a falta de conexión con los centros metropolitanos y puertos. Por décadas, el Estado se desentendió del ferrocarril y de su mantenimiento (por razones que no tiene sentido analizar aquí), entró en decadencia y con los años fue ganando mala fama; incluso hoy, habiéndose producido una notable modernización en las formaciones, el tren ya no ocupa el mismo lugar de prestigio que tuviera otrora en el imaginario de los argentinos.

Los miembros del Circulo Ferromodelista Oeste comparten este amargo diagnóstico, de alguna manera despliegan su pasión con resignación. No solo por la nostalgia de algo que fue y ya no es más, sino también porque la forma que encontraron para rendir culto a los trenes forma parte de un mundo analógico en franca retirada desde la emergencia de los entretenimientos virtuales y digitales.


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Es Arístides Ravazzini, tesorero y socio fundador, quien me abre las puertas del círculo y me cuenta su historia. Comenta que la agrupación se constituyó en el año 92 y que su nombre se debe a que el oeste fue el primer ferrocarril argentino, el que se proyectaba como un árbol con infinitas ramas desde el Río de la Plata hasta el campo insondable. Por ende, no hay una ligazón especial entre la institución y el barrio de Flores; de hecho el círculo comenzó a operar en la sede de una asociación civil de Parque Patricios, lugar del cual fueron invitados cortésmente a retirarse, con locomotoras y todo, por resquemores y suspicacias de los administradores que utilizaban la misma sede como club de escolazo, es decir, como casino clandestino.

A partir de ahí los miembros del círculo emprendieron una larga y triste peregrinación por distintos lugares, “intentando siempre mantener encendido el fuego”, hasta que finalmente lograron alquilar la sede actual, que si bien está lejos de ser la tierra prometida (tiene serios desperfectos en los techos y en el sistema de plomería, la casa de arriba está tomada por vecinos no muy amables, etcétera), al menos sirve para que desarrollen sus actividades tranquilamente. Ravazzini también es el encargado de prensa y difusión, es el único que me presta atención. Los demás (todos varones) continúan absortos manipulando sus miniaturas y cableados como si yo no existiera.

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“Yo soy el caradura que habla en los reportajes. Estos buenos señores, cuando viene un periodista, se cagan todo y rajan.”

Continúa explicando que el concepto círculo alude a un grupo cerrado de personas que se congregan con seriedad en torno a una actividad; distinto a lo que podría ser un club: no es hermético, pero tampoco admite a no iniciados. Además este no es un lugar en el que se admitan niños, sobretodo porque las reproducciones a escala son carísimas y delicadas, lo mismo que las vías y desvíos, o las escenografías que simulan paisajes rurales, ciudades o polígonos industriales.

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“Estos vagones son mis hijos, se me rompe uno y lloro igual que un pibe”.

Pronto comprendo que la actividad del ferromodelista implica manejar nociones intermedias (si no avanzadas) de electroconductividad. A eso hay que sumar la carpintería invertida en las mesas que sostienen las dos pistas de 8 a 10 metros de largo; lo mismo que el artesanado minucioso de las carrocerías de plástico, metal y madera que los propios socios construyen.

Por si esto fuera poco, las miniaturas rodantes que circulan por vías de corriente alterna son manipuladas desde una consola que primero debe ser programada con determinadas instrucciones (ir hacia adelante o hacia atrás, aumentar o reducir la velocidad, hacer sonar la bocina o un silbato de guarda, encender luces, echar vapor, etc.). Esta consola puede ser manejada directamente a través de sus controles, tiene entradas para conectar joyticks con alargue, e incluso puede ser manejada de forma inalámbrica y remota desde un celular gracias a una aplicación (Engine Driver Throttle) especialmente diseñada para estos pasatiempos.

Otra razón por la cual el ferromodelismo no es una actividad recomendada para menores de edad queda develada cuando observo con detenimiento el interior de los vagones o distintos rincones de las maquetas para ver qué hacen los micro seres de ese territorio: gestos procaces, escenas sicalípticas, en fin, que se trata de un juego para adultos que gustan del humor subido de tono.


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Ravazzini me propone que hagamos una pausa, me invita a merendar con el resto del grupo, quienes ya se han sentado a la mesa para compartir té, café, mate cocido y medialunas. Recordando la metáfora acuñada por Cesar Aira, pienso que estos hombres pertenecen no solo a otra época, sino también a otro mundo, uno en donde los juegos no solo consistían en manipular objetos, sino también en la elucidación del funcionamiento interno y secreto de los artefactos, en la comprensión profunda de la caja negra, como dice el escritor argentino.

Para ser iniciado en el círculo no basta con sentir pasión por los vagones y los rieles. Se trata de un hobby que no termina con la puesta en marcha de un tren, es decir, con su mero uso. Abarca desde la ingeniería a la arquitectura del trazado mismo, continúa con la práctica de técnicas que demandan la finura y la paciencia de un joyero; hoy en día se apoya en el diseño e impresión 3D, así como también del diseño en AutoCAD y el corte láser; se complementa con un trabajo de investigación documental y estético relacionado con las formas y colores de las carrocerías originales, prosigue con el mantenimiento de la red eléctrica que infunde vida a la maqueta, desde las vías a las luminarias; luego viene todo un tema aparejado al coleccionismo, ya que no todas las piezas son de factura propia, muchas de ellas son importadas y se compran; y así suma y sigue, pareciera que se trata de un juego que nunca termina.

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Después de la merienda los ferromodelistas continúan con sus maniobras sin un fin ulterior, y no me parece del todo ajeno el placer que experimentan. Después de todo, en la base de este juego se encuentra un estado psicológico muy antiguo que se ha trasladado al universo de los videojuegos y que sigue vigente hasta el día de hoy: es el viejo anhelo del demiurgo, el afán por construir sistemas cerrados sobre los cuales poder ejercer control, y al mismo tiempo hacerlos crecer, darles forma y belleza cual jardín japonés.

Es el mismo goce que nos otorga jugar, por ejemplo, Minecraft, o cualquier otro videojuego donde el objetivo sea construir indefinidamente, detener el tiempo, simular la eternidad. La única diferencia residiría en la manera en que los nuevos jugadores se relacionan con su caja negra, retomando la metáfora de Aira. Ravazzini y sus colegas no parecen estar pensando en una renovación generacional o en formar herederos que prosigan con la gran obra (por siempre incompleta). Me cuentan que ni sus hijos ni sus nietos muestran el menor interés por los trenes a escala, cosa que me sorprende muchísimo, ya que si bien crecí jugando Nintendo, también disfrutaba mucho de los juguetes analógicos.

Finalmente, no puedo sino encontrarles algo de razón: mi visión de las cosas no es tan pesimista, pero debo admitir que un ferromodelista es al mismo tiempo un programador, ya que él mismo diseña la estructura que luego utilizará, se trata de hablantes que inventan su propia lengua. ¿Habrá subestimado Cesar Aira a las nuevas generaciones? ¿Será verdad que hoy en día los chicos solo se comportan como jugadores usuarios y no como verdaderos programadores?


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“Ya no les interesa el trabajo manual, ni tampoco el armado de maquetas, solo la pantalla. Ahora vos cargás un videojuego y tenés todo listo. Esto, en cambio, te lleva un tiempo para diseñar la pista, tiempo para armar, tiempo para electrificar y tiempo para decorar. Siempre hay que agregarle algo o levantar una vía y cambiarla de puesto. La clave está en nunca terminar la maqueta.”

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