Μoda

El mestizaje ecléctico de J Balvin

Reguetón en español, moda desafiante y su propio desfile en Colombiamoda: J Balvin es nuestro mayor ícono de la música, la moda y la identidad latinoamericana.

por Vanessa Rosales
02 Agosto 2018, 8:30pm

Ilustración: Jimmy Palacio | VICE Colombia

Artículo publicado por VICE Colombia.


Karl Lagerfeld, quien diseña para la casa de Chanel desde 1983, está junto a los dos hombres de la imagen. La figura es más que reconocible: el característico pelo blanco, las gafas oscuras, los trajes ajustados de Hedi Slimane.

A la izquierda está José Álvaro Osorio Balvin, conocido por todos simplemente como J Balvin. Un fulgor en la mirada, chaqueta de paño (o tweed) —una de las piezas insignes de la casa de Mademoiselle Chanel—, pelo engominado, camiseta con estampado militar, cadenas, y a la vista la piel de los brazos, llena de tatuajes. Junto a él está Pharrel Lanscilo Williams, también enfundado en una chaqueta de la misma textura con brillos leves. La textura de una tela que suele encontrarse en el lado de lo femenino y que, además, significó la consagración definitiva de Coco Chanel como ícono de la modernidad al vestir.

La foto, tomada durante la presentación de la colección Métiers d’Art 2016/2107 ‘Paris Cosmopolite’, de Chanel en el Ritz, era una declaración. Y es que en el historial de la moda, la presencia de dos hombres en el desfile de Alta Costura de una de las casas que mejor personifica la moda del siglo veinte, no es poca cosa.

Uno latino y el otro negro, estaban los dos cantantes sentados en la primera fila de lo que hace unas décadas era un mundillo reservado para damas europeas y norteamericanas que no tenían que preocuparse nunca por dinero, cuyos roperos se hacían a la medida y para las temporadas sociales que les permitía su prosperidad.

Más allá de la polémica foto, la invitación de Lagerfeld a J Balvin revela la afinidad que el artista ha fabricado con la moda y la vestimenta expresiva. Y la chaqueta que usó ese día —de mujer, además— presenta dos de las características que definen sin duda su idioma estético: expresión y personalidad, dos lemas que no son comunes en la masculinidad convencional.

Dentro de esa forma de ser hombre en Latinoamérica, que dicta que los varones no invierten en su apariencia ni juegan con ella por ser “intrascendente” y porque esas son cosas de mujeres, J Balvin, heterosexual, ícono del género macho que, se estima, es el reguetón, expresa un sentido de virilidad que no cede ante esa normatividad. La atención que llama por sus atuendos es proporcional a la audacia con la que se viste.

Sin duda cierto número de colombianos han figurado recientemente en las cumbres de una moda global que hace unos años parecía inalcanzable. Pero ninguno de ellos provenía del los predios de este género musical.

En noviembre de 2017, Balvin fue convocado por la CFDA (el consejo de diseñadores de moda estadounidenses) como embajador de la Semana de la Moda de Nueva York. Un año antes, Vogue Latinoamérica lo tuvo en su portada de edición masculina. Su cuenta de Instagram —con más de 23 millones de seguidores— ofrece con frecuencia las composiciones que hoy marcan su estilo: abrigos de piel, cadenas largas de Chanel, estampaciones Gucci, trajes urbanos colmados de estampados, chaquetas con figuras de piel animal, cadenas, taches.

El ensamble de su aparición reciente en Colombiamoda incluía pantalones y chaqueta deportiva que combinaban con resplandor plata y una camiseta naranja, encendida, con el nombre de su más reciente álbum: Vibras. Eso sí, todo dentro del esquema masculino —pantalones, camisas, camisetas y shorts (no hay más)— pero notoriamente expresivo, vivaz, juguetón, dispuesto a atraer la mirada hacia sí. Atípico dentro de las normas de masculinidad que puede llegar a dictar una ciudad como Medellín.

Hace seis años, cuando entre sus hits estaba “Yo te lo dije” la estética era más convencional, más 'pulida', cómo dirían muchos. De negro, en trajes o con ensambles simples y casuales, las modificaciones empezaron a ser palpables hasta 2016, cuando en “Safari”, junto a Pharrell Williams, ambos evocaron esa sensualidad fogosa y esa atmósfera de danza urbana que es familiar en las ciudades latinas: luces rojas, aires caribe, referencias africanas, abanicos, pieles oscuras…

El de 2016 ya era un Balvin decidido a referenciar las vestimentas del hip hop, pero que al mismo tiempo le hacía guiños a lo que habría sido la atmósfera musical de su crianza en los noventa. Un arete en forma de cruz hace un guiño de luz desde una de sus orejas: ¿Es acaso un guiño que el artista le estaba haciendo a su gusto adolescente por Metallica?

Ese mismo año, perfilado por The New York Times, Balvin habló sobre lo cool de la cultura latina y sobre su intención diáfana de reeducar esas percepciones que a veces nos ubican en los predios de lo narco y el subdesarrollo cuando hablamos de este continente. Y esa habilidad, la de entender y personificar varias de las sensibilidades que hay en Latinoamérica, se hizo palpable en su más reciente colaboración con GEF, en la más reciente edición de Colombiamoda.

Rubén Blades decía: “usa tu consciencia, latino, no la dejes que se te duerma, no la dejes que se muera”. La de Balvin, por ejemplo, se hizo sentir cuando, en 2015, y ad portas de tener su primera presentación en vivo en la televisión estadounidense y masiva, canceló su performance en el concurso de Miss América debido a los comentarios que había hecho Donald Trump, reforzando estereotipos y alentando actitudes racistas hacia los latinos en los Estados Unidos. (Trump aún era copropietario del certamen). La decisión fue una contundente afirmación de identidad.

En términos energéticos, o de “Energía”, como diría él, hay algo sobre J Balvin que suscita una especie de gozo colectivo, una dicha en hacer parte de esta colombianidad, que a veces nos pesa. Y que la reconoce, además, como una identidad moderna y criolla, sabrosa y urbanita, colorida y diversa, folclórica e hipermoderna.

Sin embargo, mucha de esa sensibilidad estética de Balvin deviene de la cercanía geográfica con lo norteamericano. En los noventa Balvin escuchó grupos como Nirvana y, en su propio paso efímero como trabajador ilegal en los Estados Unidos, vivió el surgimiento de íconos como Jay Z y P.Diddy. Medellín sería el territorio de su propio reconocimiento, donde su nombre comenzó a resonar en 2008 dentro de la escena de un género que hoy por hoy sigue dominando al país.

Ubicuo, heredando algunos legados musicales del hip hop estadounidense y el reggae jamaiquino, y considerado una de las máximas expresiones musicales actuales de la cultura popular latina, el reguetón nace en los barrios bajos panameños a principios de los noventa y estalla finalmente a finales de la década en Puerto Rico, con exponentes como DJ Playero y DJ Blass, a los que le siguió la generación de Tego Calderón y Daddy Yankee, todos vigentes, con sonidos que han evolucionado de las entrañas del Caribe bajo hasta el ‘mainstream’ global.

El de Balvin, uno diseñado para conquistar audiencia global pero que al mismo tiempo tiene un carácter que cada vez se escucha más propio, ha sabido abrirse paso dentro de la industria reescribiendo con un diferencial en las letras, ritmos y arreglos, sus propias reglas para hacer reguetón en esta época. Bien lo dijo hace poco a la revista Billboard, que canciones como "Despacito" (cuyo video es el más visto en la historia de Youtube) y "Mi Gente" eran apenas “el inicio del dominio musical latinoamericano”. Pero ya nos ha hecho saber a todos que este dominio, el propio, lo va a escribir a su manera y a pulso, canción por canción, dembow tras dembow.

Así lo dejó de claro con su último álbum Vibras, un trabajo que incluye colaboraciones con reguetoneros de talla mundial, estrellas pop latinoamericanas y hasta la cantaora española del momento. Un álbum que le puso a preguntarse a medios como Pitchfork y Remezcla si la música anglo sigue siendo la que domina el mercado global y si no es la música latina la que está empezando a escribir la historia del ‘mainstream’. Y nuestro país está escribiendo por primera vez uno de sus capítulos.

En 2017, Balvin lanzó el video de “Mi gente”, una canción del Vibras y con un título que le hace guiño a Héctor Lavoe, otro patrono del imaginario latino. Visualmente, el video es alegre, potente y celebra la vivacidad de una Colombia y una Latinoamérica diversas. Hay pluralidad en los rostros de las mujeres y los hombres que lo protagonizan y aparecen paisajes comunes para el colombiano promedio: Medellín desde el aire, plazas de mercado llenas de frutas, tejidos de molas, una cancha de micro, fiestas… en poco más de tres minutos, Balvin visibiliza parte de lo criollo, lo mestizo y lo heterogéneo de nuestra identidad visual. La vestimenta del artista no desentona con el video: ecléctica, mezclando contrarios que resultan llamativos y descoordinados en atractiva armonía.

Esa onda magnética que parecen tener en común la escenificación con GEF en Medellín y este video musical evoca un sentir preciso: Balvin nos hace sentir orgullosos de ser de aquí. Lo hizo también cuando, este año, una de las reinas actuales del pop, Beyoncé, creó un mix con “Mi gente”, con un video que hacía eco, además, a la diversidad de prototipos que Balvin suele incluir en su discurso visual.

En Coachella, apareció unos breves instantes junto a la Reina B quien, forrada en charol, replicaba la canción en español. Mientras que el panorama común es el de los artistas latinos pasándose al inglés para ganar visibilidad, Balvin, se ha mantenido firme en su idioma, ganando la misma o mayor visibilidad, apelando quizá a algún tipo de conciencia latina.

Esa onda magnética que parecen tener en común la escenificación con GEF en Medellín y este video musical evoca un sentir preciso: Balvin nos hace sentir orgullosos de ser de aquí.

En el video de “Machika”, que plantea un escenario tipo Mad Max, desértico, postapocalíptico y hasta con referencias al festival Burning Man, Balvin sale al lado de Anitta, que aparece como una especie de diosa indígena. O en “X”, con Nicky Jam, aparece con gafas redondas de Chanel, sudadera y chaqueta que aluden a la cultura rasta y jamaiquina; y en algún verso se palpa su acento distintivo de Medellín.

Y en su colaboración con Bad Bunny para ‘Si tu novio te deja sola’, aparecen ambos, varones, latinos, bailando en un patio atiborrado de grafiti, rompiendo con sus vestimentas la masculinidad convencional —color rosa, pañoletas en la cabeza a lo Tupac Shakur, Gucci y la estampa marquillera que es frecuente en esta escena. Incluso el pelo colorido y las gafas blancas y redondas de Balvin pueden ser leídas como un pequeño homenaje al grunge, y a Kurt Cobain en especial.

A su vez, los bailarines de varios de estos videos, reiteran algo que también es evidente: que J Balvin reconoce y visibiliza la cultura afro en la colombianidad, un gesto que no es pequeño en un país cuyas estructuras racistas suelen inclinarse por modelos de belleza más foráneos.

En la estética de Balvin hay un reconocimiento de lo mestizo, pero con el sincretismo que implica vivir en la era digital. Porque Balvin, además, ha sabido leer el alcance de la pantalla y sus ritmos. Su naturaleza parece haberlo inclinado por otra fórmula de la actualidad global: el espíritu colaborativo. Algo que va en sintonía con quien canta y personifica el lema “mi ritmo no discrimina a nadie”.

El sociólogo y académico de la moda William Cruz Bermeo explica el fenómeno J Balvin, un artista con una serie de antecedentes que “lo legitiman como una persona que experimenta con su imagen, disfruta del cambio y está seducida por la ropa”, tres condiciones que para Cruz lo hacen todo un fashionable, y alguien que atrae marcas de todo tipo.

Los imaginarios de lo latino gravitan con frecuencia hacia lemas de soltura y sensualidad, de vigor y tropicalismo. Sin duda somos pueblos cimentados sobre el sincretismo. Y gran parte de lo latino se ha forjado, además, desde la habilidad para crear híbridos. Pero el eclecticismo mestizo de J Balvin logra canalizar el espíritu de la estética de nuestra hipermodernidad, colmada de signos mixtos y con un ingrediente extra para celebrar: un performance de masculinidad que refleja que la virilidad puede vivirse de manera diferente también a través de las ropas y el estilo.