Wanderers: el club de fútbol más venezolano de Montevideo

Se dice que en cuestión de pelota no es posible cambiar de pasión, ¿cómo fue entonces que un grupo de inmigrantes venezolanos se convirtieron en hinchas de un modesto e histórico club uruguayo?

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20 Septiembre 2018, 4:00pm

Wanderers cuando utilizaba su camiseta vinotinto en honor a su hinchada venezolana

Artículo publicado por VICE Argentina

Cuando Germán y Eugenia decidieron abandonar Venezuela, la manera que encontraron de convencer a su hijo de subirse al avión fue decirle que en Uruguay había una pizzería por cuadra y que todos los niños jugaban al fútbol. Todos hemos sido engañados flagrantemente por nuestros padres para que hagamos cosas que en un principio no queríamos, pero esta promesa que le hicieron sí se cumplió. Porque en Montevideo, en barrios como el Centro, los bares de pizza a la pala se diseminan en el mapa como una varicela infantil, y a los pocos días de comenzar las clases, Santiago, de nueve años, descubrió que por primera vez no era de los bichos raros que tenía la alegría atada a los pies, en vez de cerrada en un guante de béisbol.

En el enjambre de niños que corren detrás de la pelota durante un entrenamiento del club de baby fútbol Unión Vecinal, las camisetas son varias, algunas de Peñarol, de Nacional, o la infaltable azulgrana con la inscripción de Messi estampada en la espalda, pero Santiago es el único chico que está vestido de pies a cabeza con la indumentaria oficial del Montevideo Wanderers. El fanatismo hacia equipos pequeños, como “el bohemio”, suele ser transferido de forma casi genética, como la calvicie o una mancha de nacimiento. ¿Qué hace a un chico recién llegado a esta ciudad del Río de la Plata dormir, levantarse e ir al colegio con la misma camiseta albinegra debajo de la túnica?

La demografía insólita del fútbol uruguayo

La población de hinchas de Wanderers es una versión en miniatura de la curva demográfica de Uruguay: una institución formada por una red de linajes históricos, avejentada y sin demasiadas expectativas de recambio. Aun con la excelente campaña del 2014, en la que por unos minutos fueron dueños absolutos del campeonato uruguayo, Wanderers, cuna de jugadores como Enzo Francescoli, Tito Borjas y Pablo Bengoechea, siempre ocupó un lugar modesto en la mesa del fútbol uruguayo, el primo parco y responsable que prefiere sólo aparecer en las fiestas de una familia ruidosa y disfuncional.

Enzo Francescoli, uno de los más grandes ídolos del fútbol uruguayo y actual director deportivo de River Plate, durante su paso por Wanderers

Más allá del arraigo o desarraigo de un club, hay ciertas matemáticas que son necesarias a la hora de estudiar la realidad de equipos chicos como “el bohemio”. En un país de apenas tres millones y medio de habitantes (y con la mitad de la población concentrada en la capital), casi el 80 por ciento de la torta de los aficionados está repartida entre los dos grandes: Club Atlético Peñarol y Club Nacional de Football. El otro 20 por ciento se esparce entre el resto de los equipos, que se diseminan en la capital (con sólo un puñado de clubes del interior compitiendo en el fútbol profesional) de una forma que sería inconcebible en otros lados. Montevideo, contando primera y segunda división, tiene 24 equipos, casi la misma cantidad de clubes de Buenos Aires, la capital del país más futbolero del mundo. 24 equipos, 24 estadios para una ciudad que cabe diez veces en el Gran Buenos Aires y con una población que es 10 veces menor.

Bandera de la sede social por Rodrigo Márquez Tizano

Si hiciéramos un coeficiente entre la cantidad de equipos por km2, Uruguay sería el equivalente futbolístico de la ciudad amurallada de Kowloon. Algunos estadios son tan próximos que sus predios comparten medianera. Tal es el caso de Wanderers, cuyo estadio Alfredo Víctor Viera está tan próximo al de River Plate (y también a pocos pasos del de Bella Vista) que de no ser por el denso follaje de la zona un espectador podría atisbar a ver dos partidos al precio de uno.


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Proviniendo de un barrio no necesariamente populoso, de cuadras larguísimas y caserones con resabios de una aristocracia perdida, y sin una colección de palmarés deslumbrante (los tiempos de gloria de la institución se retrotraen más bien a la época del fútbol amateur) Wanderers no se ofrecería, en primera instancia, como el equipo más atractivo para convertir a un hincha extranjero.

Wanderers 1906

Sin embargo, dos años atrás la institución decidió implementar una medida inusitada que cambiaría la realidad, el canto y color de su hinchada: a raíz de la inmigración venezolana sin precedentes de los últimos años (donde Uruguay se convirtió en uno de los principales focos debido a su amigable política migratoria), el club decidió lanzar una campaña para conceder la categoría de socio a cualquier persona de dicho país que se presentara por la sede. En dos años, la cifra de hinchas venezolanos se extendió a más de 200 y la función del club dejó de circunscribirse meramente a la de habilitar la entrada a los partidos, para organizar otras actividades de integración, una suerte de centro neurálgico de contactos entre recién llegados.

Óscar Washington Tabárez, actual director técnico de la selección uruguaya, durante su paso como jugador en Wanderers

Yelitza: el puente menos pensado

Uno de los engranajes fundamentales de este recibimiento es Yelitza, periodista de Táchira, uno de los escasos focos futboleros de Venezuela, que comenzó a asistir por su cuenta a los partidos de Wanderers desde mucho antes de que la famosa iniciativa comenzara a rodar. Pronto se convirtió en el principal salvoconducto entre la institución bohemia y los recién llegados. En su pequeña casa del barrio La Aguada, con un termo de motivos animal print decorados por pegotines de Wanderers y el Caracas F.C., discute un penal ocurrido cinco partidos atrás, se queja porque la directiva dejó ir a uno de sus jugadores durante el campeonato pasado, y da un riguroso parte médico sobre evolución de la lesión del “Chapita” Blanco, goleador histórico de este equipo. Yelitza habla con la naturalidad de un hincha de tres generaciones.


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Pero antes que Wanderers, antes que el fútbol, Uruguay para Yelitza fue el frío. Cuatro años atrás, un día de invierno, llegaba con su por entonces novio a un Montevideo que en la semiluz matutina todavía no permitía delinear sus bordes. Lo único que se podía sentir era un frío completamente foráneo a la humedad cálida de Venezuela, todavía encapsulada en sus valijas sin abrir. En aquella llegada, el temblar no sólo obedeció al invierno. Ni bien pisaron tierra, Yelitza y su pareja se encontraron con una preocupante realidad: la uruguaya que los había convencido de emigrar no se presentó en el aeropuerto. Estaban solos: sin hospedaje, familia ni contactos. De ahí en más fue un trajinar por diversas pensiones, usualmente clandestinas y con costos que se abusan de la desesperación de los inmigrantes. Yelitza, empleada por la ONG Cotidiano Mujer, recuerda que el día siguiente de su llegada un extranjero le ofreció vivir con varios inmigrantes y trabajar, como ellos, haciendo limpiezas. “Mi pareja me miró y enseguida supimos que no queríamos eso, vivir encerrados en nosotros mismos, sin luchar para trabajar en lo que estábamos preparados. Uno no puede estar en un lugar sin saber lo que quiere. Para aquel entonces, era una pregunta que ni yo me había hecho, y si uno no se formula esta pregunta, posiblemente otro la responderá por tí”.

Eugenia: antes de que el agua se ensucie

Mientras ve a su hijo siguiendo las instrucciones en su práctica de baby fútbol, Eugenia recuerda que desde su llegada, fue cuidadora de niños, promotora y telemarketer, trabajó en una empresa de colocación de personal y ahora desempeña labores en un estudio de abogados. Los casi 4000 venezolanos que obtuvieron su residencia en los últimos dos años suelen trabajar en servicios, a pesar de que el 48% tienen estudios terciarios completos. En su vida anterior trabajaba en asesoría de asuntos parlamentarios y en el poder judicial, era experta en constitucionalidad y derechos humanos. La mera descripción de su especialidad la colocaba en el centro de la tormenta de una Venezuela cada vez más frágil en lo democrático, un proceso para el que ella fue tan lento y progresivo que todos se dieron cuenta cuando era demasiado tarde. “El 95 por ciento de mis compañeros de ese despacho ya están fuera del país. Casi todos nos fuimos por las mismas razones. Me dije: antes de que el agua se ensucie, mi formación no va a ser parte de lo que está destruyendo mi país”.

Eugenia, Germán, Santiago y Lucía

Sin embargo, el momento de quiebre en el que Eugenia y su esposo Germán decidieron apurar los trámites para venir a Montevideo ocurrió por otro tipo de suciedad en el agua. El diagnóstico que les había dado el médico sobre su hijo Santiago parecía sencillo: un simple caso de amibiasis, solucionable con la dosis prescrita de un desparacitante. Pero, ni bien salieron del hospital, Eugenia y Germán fueron recibiendo, una farmacia tras otra, la repetida noticia de que dicho medicamento no estaba en stock. El estado de su hijo empeoraba hasta que Germán por fin pudo dar con la dosis. Cuando le dieron el medicamento, Santiago lo vomitó, por lo que por un momento pareció que todos los esfuerzos habían sido en vano. “Me vino una crisis y me eché a llorar. Habíamos pasado todo el día buscando la medicina. El niño me decía “no lo vuelvo a hacer” y ¿cómo explicarle que no había hecho nada malo?”. Al final volvieron a la farmacia y compraron los pocos desparasitarios que quedaban, pero fue ahí que la decisión de enfilar para Uruguay quedó sellada.

Eleazar: hacerse hincha en un taxi

Santiago también es el nombre del hijo de María Corina y Eleazar. Su hogar queda detrás de la fachada de una casa sencilla del barrio de Villa Española. Uno atraviesa un silencioso pasillo bordeado por plantas y cemento y al entrar al living de paredes sin cuadros, se topa con María Corina tomando mate en una silla de playa, jogging y buzo de tela polar cerrado hasta el cuello, ligeramente encorvada por el frío, lloviéndole a su rostro los mechones de pelo rubio ceniza que no llega a taparle su gorro de lana. Los tres acaban de cenar tortas fritas, una de las uruguayísimas comidas preferidas por Santiago desde que llegó a Montevideo. Así, en silencio y plano general, podrían parecer una típica familia local, pero el frío —interior, furioso, tirano— los delata como un perro de aduana que les olfatea sus nucas.

Santiago (hijo de Eleazar y María Corina)

El punto de no retorno de la familia de Eleazar se dio por razones similares a las que empujaron a Eugenia y Germán. Si bien su situación venía complicándose más y más por un sistema de transporte cada vez más errático y lento, en el que el padre de familia solía demorarse más de cuatro horas para salir a trabajar, el quiebre sucedió cuando, tras una situación de peligro auténtico, Santiago les dijo: “No me están cuidando”. Eleazar y María Corina integraban un grupo vecinal que brindaba asistencia a militantes que estaban en oposición al gobierno de Nicolás Maduro. “Siempre hablábamos en clave entre la gente de Caracas y nuestro pueblo. Por ejemplo, decíamos “ahí vienen las latas chinas”, que son las tanquetas. O “pasaron los aguacates”, que era la guardia nacional, por el color verde de su ropa. Entraban y se metían en los edificios, rompían vidrios, no les importaba nada”. Corina agrega a lo dicho por su esposo: “Mi abuela nos pasaba esa información desde Caracas. Ahí, si el niño estaba conmigo, agarraba una mochilita y le ponía las pastillas que tiene que tomar, una muda de ropa, el cepillo de dientes y ahí nos íbamos. Nos íbamos por medio de un apartamento vecino, de ese apartamento podíamos saltar a otra casa, y así avanzábamos, a los saltos…”. El día que decidieron irse la Guardia Nacional llegó a las dos de la mañana, y no tuvieron tiempo previo para estar avisados.

Al contar estas historias, Corina se muestra fuerte, como si los nervios de lo sucedido le dieran un nuevo calor que la sacaran de su encorvamiento. A su esposo, por el contrario, la voz se le deshilacha, hasta quedar apenas audible, no pudiendo sostener la mirada, como si esta situación de indefensión fuera algo que le diera miedo hasta el día de hoy.

Luego de seis meses de trajín laboral, terminó consiguiendo un trabajo en la misma compañía telefónica que había dejado en Venezuela y su esposa e hijo pronto se sumaron a su vida montevideana. Mientras hablamos, Santiago, sin apartar la vista de un cuaderno en donde dibuja banderas de distintos países, emite algún comentario atinado a lo conversado por los mayores, muchas veces como lados b de frases o resonancias que escuchaba en aquellos tiempos. En situaciones como aquella, todo hijo se convierte en una caja negra de avión tamaño bolsillo.


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Eleazar, Corina y Santiago no eran particularmente futboleros antes de mudarse del país. Veían más que nada béisbol por televisión, por miedo de ir a los estadios, donde debían guardar intensa vigilancia por su hijo. El contacto con el club Wanderers se dio de una forma tan casual como tautológica. Dice Eleazar: “Yo trabajaba en el tablado del Prado, vendiendo arepas, y un día salí tarde, perdí el omnibus. Ya estaba trabajando en la oficina de ahorita y no podía llegar tarde, y aún perdiendo la paga del día, decidí irme en taxi. Me monto en el taxi y lo primero que me pregunta el conductor es “¿y tú de dónde eres?”. “De Venezuela, le digo”, y entonces dice “Ah, bueno, de Venezuela: entonces hincha de Wanderers”. Me hizo el contacto y luego de ahí se retomó todo el tema de los socios”.

Carlos Ham: Cómo construir una pasión

El hecho de que inmigrantes que en sus primeros tiempos de estadía deben saltar de una pensión a otra, alternando entre camas destendidas y pasillos descascarados, con todas sus pertenencias contenidas en una valija, se conviertan en una de las nuevas caras visibles de una institución cuyo título en inglés alude al vagabundismo, parece un guiño poético del destino. El mismo nombre del club uruguayo se debió, en primera instancia, a la ausencia de una cancha propia (tal como ocurriera con los Rovers de Inglaterra en que se inspiraron para bautizar al equipo) que lo obligaba trajinar entre distintos predios, pero se resignificó con la temporal migración a la ciudad de Las Piedras en la década de los setenta. Más allá de estas licencias poéticas y la buena disposición de una institución comúnmente ligada a buenas obras, la nueva política de apertura a los venezolanos alude a una de las múltiples estrategias de captación de nuevos socios de Carlos Ham, director de marketing y una figura claves de la directiva de Wanderers.

Yelitza y Andrés

Cuando Carlos Ham habla apenas pestañea. Es gerente de marketing del banco Itaú y traslada sus conocimientos al club de sus amores. Así, ideó distintas campañas para aumentar el número de socios y fidelizar a los hinchas, por ejemplo sorteando entre todos los socios la posibilidad de tener sus nombres estampados en las camisetas de los 23 jugadores del plantel. Así, durante los partidos de Copa Libertadores que Wanderers disputó, las cámaras registraron camisetas con nombres como Felipe Carlevaro, Camila Castro, Ana Benitez ondeando en el pecho de los futbolistas. El nombre de los socios elevados a la dimensión de una marca. Después se implementó el premiar a los hinchas que trajeran más socios a la institución con una plaqueta en el Parque Viera. El ganador de esta competencia tendría el orgullo de tener, durante un mes, al estadio rebautizado bajo su nombre. Los resultados fueron contundentes: en los primeros seis meses del 2015 Wanderers quintuplicó la cantidad de socios nuevos, y con la competencia elevada a la dimensión de una cruzada evangelizadora, la cifra se elevó a más aún.

Dice Ham: “La inclusión de los venezolanos proviene de una discusión muy vieja que suelo tener con Jorge Nin [ex presidente del club], que es un predicador, que quiere convertir a toda la gente en hincha de Wanderers. El tema es que vos no cambiás una pasión, o si lo hacés, es algo realmente excepcional. Es muy difícil que a través de comunicación y convencimiento logres sacarla. En todo caso, teníamos que conseguir gente que no tenga predisposición y no tenga un equipo. Eso, en un país como Uruguay, que prácticamente te hacen hincha desde la cuna, es muy difícil. Ahí fue que empecé a ver que había cada vez más venezolanos trabajando en distintos lugares. Y ahí le dije a Nin “¿Te acordás de tu idea? Encontré esto, que no es una pasión que hay que dar vuelta, sino que es un vacío que podemos llenar”. Y fue un boom. En su momento no me había dado cuenta, porque yo sólo quería traer nuevos hinchas, pero lo que sucedió fue que llegamos a la fibra más profunda de esta gente que está fuera de su país, que muchas veces están solos, o no conocen a otras personas y de golpe se encuentran con alguien que se preocupa por ellos”.

Uno no sabe cuántas estrategias más parecen enarbolarse detrás de los ojos celestes de Ham. En principio, se podrían avisorar nuevas campañas de concientización, o nuevas poblaciones susceptibles a ser captadas. O uno puede fantasear aún más e imaginarse a otros clubes siguiendo el ejemplo y buscando meter manojo en otras masas migrantes. Fantasías como un River Plate colmado de hinchas cubanos, un cántico cerrense adaptado a un reggaeton dominicano, barras peruanos de Rampla Juniors juntándose a comer arroz chaufa antes del partido, o quizá Defensor Sporting abriéndole las puertas al grupo de indios que juegan al cricket en la rambla de Punta Carretas. Una identificación tal en la que decir “venezolano” sea casi homólogo a decir “bohemio”, tal como lo decía con toda seguridad el conductor de taxi que llevó a Eleazar a las puertas del club.

Los nuevos hinchas celestes

En el partido Wanderers-Torque todas aquellas voces recopiladas confluyen en el mismo Parque Viera. Detrás del arco, parada entre bombos y platillos Yelitza se mezcla con la barra más quilombera de los bohemios, saludándolos a todos como si los conociera de toda la vida. Junto a ella está Andrés, otro venezolano estudiante de ciencias sociales que debajo de su equipo deportivo del Carabobo F.C, lleva una camiseta con el escudo de Wanderers. Y más lejos, en la sección de las más tranquilas tribunas generales, la familias de Eugenia y Corina. En el entretiempo se los ve calmos, mientras sus hijos juegan al fútbol detrás de las gradas, lejos de su vista, algo que ambas señalaban como inconcebible de hacer cuando iban a ver béisbol en Venezuela. No se los ve con el nerviosismo de muchos fanáticos que saben que dependen de una victoria para seguir soñando con clasificar una vez más a una copa sudamericana. Su asistencia es más una visita, elegir el partido como la excusa de un picnic, la posibilidad de sentir algo suyo en un terreno donde todo pareció empezar de cero.

Santiago (hijo de Eugenia)

Ahí resuenan las palabras de Carlos Ham: “Yo lo que siempre les digo a los nuevos venezolanos es: “no aspiro a que ustedes sean hinchas, yo aspiro a que sus hijos lo sean””. Sus palabras se entremezclan con las imágenes de Francia campeón del último mundial, el jovencísimo Mbappé elevando la copa junto a otros hijos de migrantes, sintiéndose igual de franceses que cualquiera.

Eugenia, días atrás, mientras en la práctica su hijo llevaba la pelota atada al pie, contó: “Fuimos al Estadio Centenario a uno de los juegos de las eliminatorias. Cuando Uruguay jugó el partido contra Venezuela, Santiago me tocó el brazo y me dijo al oído: “¿Mamá, no te enojas si yo le voy a la celeste?”.