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Sexo

Tengo 29 años y he decidido olvidarme del sexo

He aceptado el celibato voluntariamente. Sé de otra gente que ha hecho la misma elección. ¿Qué otras cosas nos unen?

por Jack Valentine; ilustración de Thomas Slater; traducido por Julia Carbonell Galindo
24 Febrero 2019, 4:30pm

Artículo publicado originalmente por VICE Reino Unido.

¿Cuándo fue la última vez que tuviste sexo? Es una pregunta delicada, sí, pero seguramente eres capaz de responderla en unos pocos segundos. ¿Esta mañana? ¿El viernes por la noche? ¿Puede que hace dos largas y sufridas semanas? ¿Y si tu última vez se remontara a tiempos tan remotos que ya ni siquiera lograras acordarte de nada? ¿Y si esa decisión de renunciar al sexo fuera algo completamente voluntario?

Bienvenidos al mundo del celibato millennial.

Más concretamente, bienvenidos a mi mundo: soy un hombre de 29 años que ha decidido aceptar el celibato voluntariamente. Soy consciente de que la palabra celibato seguramente evoca imágenes de sacerdotes y monjas, de jóvenes que quieren alejarse del pecado o de personas dedicadas en cuerpo y alma a la intelectualidad sin ganas ni tiempo de relacionarse con otros seres humanos. La idea de ser un joven voluntariamente célibe, especialmente siendo agnóstico, para muchos es incomprensible y triste, pero para mí es una realidad que quizá es más cercana a ti de lo que crees.

Hace ya algunos años que mi última relación sentimental se fue desvaneciendo, como suele pasar en estos casos. Dos personas tristes y estresadas solo pueden hacerse felices un tiempo y lo que resulta más triste de todo esto es que, a no ser que ambos estén equipados con la libido suficiente como para tener sexo mañana, tarde y noche, el componente sexual de la relación suele ser lo primero en desaparecer.

Por la noche, delante del tenue brillo de la pantalla de la computadora, ambos se desentienden uno del otro en silencio, cada uno mirando hacia un lado distinto. Por la mañana, uno de los dos se ducha mientras el otro revisa sus correos electrónicos, empezando el día al límite, haciendo que la vida sea algo imparable e incontrolable. Y luego intercambian esos roles.

Terminamos por romper. Se mudó a otro lado, luego yo me fui y los dos intentamos seguir con nuestras vidas.

Durante mucho tiempo después, estuve preguntándome cuándo el deseo —una palabra con la que nunca me he identificado en medida alguna— iba a volver a llamar a mi puerta. Al principio me invadió una constante sensación de duda y preocupación, pero entonces empecé a verme cómodo en la situación. Un par de meses después de lo que parecía un periodo de abstinencia impuesto, me di cuenta de que fuera del contexto de una relación, el sexo no era una parte importante de mi vida.

Por mucho sexo que tengas, seguramente no has podido evitar darte cuenta del cambio drástico que está experimentando la forma en que funciona el amor, el sexo y las relaciones interpersonales.

Salir con alguien, algo que, recordemos, debería ser divertido, cada vez lo es menos. Las omnipresentes aplicaciones que tanto usamos en el autobús o en los baños públicos nos conducen a un desalentador estire y afloje, y nos obligan a crear una versión cada vez más atractiva de nosotros mismos para ponernos a la venta en el mercado del amor. Las citas se han convertido en un trabajo, nuestros perfiles de Tinder, Grindr o Hinge han pasado a ser nuestro currículum, fotos que subimos a internet para intentar negociar y cerrar tratos que apenas tienen que ver con la idea de intimidad real. Hay objetivos que cumplir, reuniones que concertar, infinito papeleo que rellenar y reportes que dar en los chats de grupo ávidos de chismes.

Cuando tener una cita con alguien (la forma en la que mayoría acaba llegando al sexo) deja de ser divertido y pasa a ser una fuente de extrema ansiedad, entonces el propio deseo se llena de una sensación parecida a la tensión paralizante. Y si el deseo se convierte en una fuente de ansiedad, poco a poco también lo será la simple idea de desear o ser deseado. En poco tiempo, el sexo deja de ser una opción atractiva.

Los millennials son, supuestamente, la generación que menos sexo practica de la historia; incluso tu tataratataratataratatarabuelo, aquel hombre de las cavernas, lo hacía más que tú, que eres un inútil desastre obsesionado con las redes sociales. Y todos sabemos que la ansiedad, el azote de la sociedad moderna, tiene un papel cada vez más importante en todo esto.

Creo que la ansiedad es la razón principal por la que a los 29 años he decidido renunciar voluntariamente a luchar contra el deseo, porque ni éste ni el amor me suponen un consuelo ni una vía de escape. En vez de eso, parecen ser más bien un problema añadido a esta ola de neurosis transitoria que es la vida en la era digital, como todo lo demás.

Jack es un modelo de 26 años que vive en Londres. Justo después de la Navidad del año pasado también decidió hacer un voto de celibato voluntario, aunque sus razones no se paren a las mías. “Llevaba una racha de dolorosas rupturas y no conseguía superar a un hombre increíble en la cama, así que practicar sexo mediocre o corriente con otras personas lo único que hacía era empeorar el dolor de aquella pérdida”, me cuenta. “Tenía la sensación de que estaba intentando aferrarme a algo desesperadamente, así que borré todas las aplicaciones y decidí no acostarme con nadie por lo menos en un mes”.

"Creo que la ansiedad es la razón principal por la que a los 29 he decidido renunciar voluntariamente a luchar contra el deseo, porque ni éste ni el amor me suponen un consuelo ni una vía de escape"

Lo que empezó como un experimento acabó convirtiéndose en algo indefinido. Cuando le pregunto si lo considera un éxito, Jack asiente y dice: “Claro, he aprendido que en vez de intentar satisfacer esa imperiosa necesidad de sexo o intimidad, podía intentar reducirla a un nivel de deseo tolerable e incluso agradable”. Según Jack, el resultado es que tiene más tiempo para estar con sus amigos o para ir al gimnasio. No es que empezar voluntariamente un periodo de abstinencia consiga automáticamente disminuir el deseo totalmente, ni siquiera en parte. “He vuelto a ver porno y a masturbarme mucho”, admite. “¡Pero eso es bueno! Con eso me basta”.

Otra amiga, Mónica, ejecutiva de publicidad que vive y trabaja en Mánchester, está en un programa de recuperación de doce pasos. Parte de este programa incluye la decisión de abstenerse de mantener relaciones íntimas, tanto sexuales como sentimentales. Le pregunto si siente que el “celibato voluntario” es un concepto válido tanto para describir un periodo de sequía, como hace Jack, como para hablar de un estilo de vida, que es como yo utilizo el término. “Hay gente que se identifica como voluntariamente célibe y que sin lugar a dudas se beneficia de no tener ninguna actividad sexual”, pero yo suelo plantearme si es una forma de evitar la intimidad y todos los pensamientos, las situaciones hipotéticas y la vulnerabilidad que conlleva”.

Esto es algo que yo me planteo mucho y estoy seguro de que a otros jóvenes célibes les pasa lo mismo. Mis amigos se cuestionan mucho, como es lógico, si de verdad quiero ser célibe o si he decidido esconder todos mis miedos (al rechazo, al fracaso, a no ser bueno en la cama y a no saber enfrentarlo) en un personaje que puedo adoptar fácilmente cuando voy a un bar y que sirve de excusa perfecta para ocultar que no estoy esforzándome en lo más mínimo para volver a integrarme en el mundo de las relaciones y el sexo.

Entonces, tal y como piensan mis amigos, ¿de verdad no es una excusa? ¿Un medio para esconder la ansiedad que rodea al sexo y lo que implica que te guste, quererlo, pensar en ello y que otros piensen en ti de una forma sexual?

Pues sí y no. Claro que hay noches (o más bien mañanas, a decir verdad; mañanas de resaca en las que me doy cuenta de que anoche estaba rodeado de parejas y ahora estoy completamente solo con un libro y un celular; mañanas en las que me arrastro hasta el gimnasio y me siento en el sauna con otros hombres tristes y perdidos que no están disfrutando de la vida, hombres que se sientan con los puños cerrados y la cabeza agachada) en las que me obligo a plantearme si mi decisión de alejarme del mundo del sexo es realmente voluntaria.

Echo de menos la intimidad, eso no puedo negarlo, y también echo de menos ese vínculo que solo se crea al acostarte con alguien a quien quieres, pero no lo echo tanto de menos como para reconsiderar mi situación actual. Aunque a algunos les pueda parecer extraño, básicamente no echo de menos el sexo más de lo que echaría más de menos no tener esa sensación de ansiedad y fracaso que lo acompañan.

En fin, mientras tu disfrutas una noche de sexo, yo voy asumiendo que no se puede tener todo en la vida.