Beso negro: el vicio de besar anos

"Si tú eres capaz de vencer el asco por el culo, tu repulsión por el culo, vas a conquistar un erotismo extraordinario, celestial; eso fue lo que me sucedió", cuenta Pedro.

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28 julio 2017, 7:18pm

Fotos por Martina Balaban

"Si tú eres capaz de vencer el asco por el culo, tu repulsión por el culo, vas a conquistar un erotismo extraordinario, celestial; eso fue lo que me sucedió".

Pedro Vásquez tiene 54 años, es historiador, homosexual y le obsesiona el beso negro. Tras graduarse como historiador en la UNAM, intentó ser maestro pero todo el tiempo fantaseaba con que sus alumnos, "con esos culitos tan lindos", lo penetraran. Hoy Pedro vive con su mamá y labora para su tía en un despacho contable. Con ese trabajo puede satisfacer su más grande capricho: contratar a jóvenes prostitutos conocidos como chichifos para chuparles el ano amorosamente, como si se tratara de sus labios.

Conocí a Pedro en el gimnasio Juan Gorostiza de Coyoacán. Va todos los sábados y habla más de lo que se ejercita. Lo conocen como El Teacher por las conversaciones doctas que sostiene con los deportistas. Me explicó que la palabra clóset viene de la raíz latina claudere que significa "cerrar", y si un homosexual está enclosetado significa que está encerrado, amordazado: "es como respirar a medias". Luego me habló del holocausto contra judíos, de los testigos de Jeová, y de las leyes tanto escritas como no escritas que penalizan a los gays. Me contó cosas sobre el muro de Berlín y los Bolcheviques, sobre Octavio Paz, Fernando Vallejo, y de pronto, como otra opinión cualquiera, señaló:

"¡Me gusta chupar culos!", y la sonrisa se pintó perversa al fondo de su mirada ojerosa, una especie de locura forrada con tapiz de corazoncitos.

Pedro usa lentes de aumento rectangulares, de esos que se oscurecen dependiendo la resolana, shorts de corredor, una gorra, playera de algodón con la leyenda "I <3 Six Flags" y unas calcetas de licra blancas que se extienden por debajo de la rodilla para combatir una insuficiencia venosa producto de semanas y semanas de lectura sin actividad física.

Sus padres nunca se casaron. "¡Yo soy bastardo!", dice Pedro contento. Es el más chico de tres hermanos y de una serie de medios hermanos; El baby, se llama a sí mismo. Su difunto padre tuvo hijos con muchas mujeres y Pedro lo recuerda como un hombre distante pero de pensamiento centrado; a diferencia de su madre, de 92 años: "Es una vieja cabrona que se las da de santa, de mártir, de víctima y desamparada".

Su madre cree que la homosexualidad es un pecado. Nunca se lo ha perdonado a Pedro. Él la detesta, pero aún así vive con ella; la odia y la cuida, es una obsesión constante, contradictoria, que resume con una frase de Pink Floyd: "mamá hará realidad tus propias pesadillas".

"Pinche vieja méndiga desgraciada, que incluso cuando caga, quiere que la limpien, pudiendo ella hacer ese trabajo. Y la muy hipócrita le encarga consoladores a las sirvientas; se los mete en la vagina y en el culo. Mi madre más que creyente, fue una crédula, una cretina. Es una mojigata, una gazmoña que se vale de eso para espiarte".

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Zombis, Porky y payasos monstruosos, Batman y el gato Silvestre. Ésa es la nueva familia de Pedro; la que visita todos los domingos en Six Flags, el único sitio donde no tiene el coraje para salir del clóset. Una necesidad de afecto lo nubla y no puede descubrirse. Los jóvenes del parque lo quieren y a él le da miedo perder su cariño. "En el parque vuelvo a ser el niño que fui... o más bien la niña".

Los eventos que más busca es el Festival del Terror y Christmas in the Park; es capaz de estar a horario completo, unas ocho horas dentro de ese universo que le resulta catártico; así se envuelve en un tiempo en el que no lo juzgaban, en el que se sentía seguro y donde sólo recibía amor.

Pedro fue un sissy boy (niños que desde edad temprana son amanerados) y soportaba todos los crueles chistes infantiles: "vieja el último en llegar"; "te sientas para orinar"; o "ya va a llorar el maricón". Sufría, pero nunca se reprimió. Cuenta que en tercero de primaria le metió mano a un compañerito que llevaba intencionalmente la bolsa del pantalón rota; el objetivo era que Pedro jugara a "la mano ciega" con sus genitales. En secundaria se masturbó varias veces en grupo con sus amigos, y en preparatoria iba a los baños de Sanborns para chuparles el pene a hombres desconocidos.

Frecuentaba los Sanborns de Aguascalientes y Río Tiber. "Ahí empecé a masturbar, a mamar y a agarrar de manera más consciente".

A partir de 1998 comenzó a formar parte de las marchas del Movimiento Lésbico-Gay y también participó en el Centro Cultural de la Diversidad Sexual. Su libro preferido es Cristianismo, Tolerancia Social y Homosexualidad (John Boswell, 1980), sobre los gays en Europa Occidental desde el comienzo de la era cristiana hasta el siglo 14. Durante su juventud se interesó por acumular conocimientos que le permitieran defender la evidencia histórica de la homosexualidad como un acto natural: "¿Cuál es el mejor amigo del hombre? El perro. A la puta le dicen perra, ¡pinche perra!, amores perros. ¿Por qué al perro se le ve con tanto desprecio cuando es el mejor amigo? Bueno, porque es un animal osmático; el perro vuelve a sus vómitos. Cuántas veces has visto a un perro que le chupa el culo a otro. Siempre, ¿no?"

En la antigua Grecia había una corriente que se llamaba "Los Cínicos", la cual tiene una connotación negativa incluso en nuestra época. Cínico en griego es Kynikos, palabra que se deriva de Kynos que significa "perro", entonces cínico es un desvergonzado. Pedro afirma ser el hombre que más abiertamente ha hablado de su gran gusto por el beso negro en la historia del mundo; habla con la normalidad de estar contando la primera vez que aprendió a amarrarse las agujetas. Pedro lo presume como si fuese un general hablando de sus medallas de honor: "Me dije a mí mismo: Si tú eres capaz de vencer el asco por el culo, tu repulsión por el culo, vas a conquistar un erotismo extraordinario, celestial; y eso, fue lo que sucedió: me gusta lavar la cazuela, soy wawelo, un chupacabras, un lameculos, ¡hay que decirlo!"

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"Hay personas hipersexuales que no dejan de coger y otras que casi no tienen sexo porque tienen una libido muy serena", aclara Pedro.

La libido del Teacher es intensa sin llegar a ser hipersexual, aunque está cerca de esa categoría gracias a consumir Cialis, unas pastillas que el urólogo le recomendó para alimentarse de testosterona biodisponible: "eso me ha puesto como motor de ocho cilindros; tengo sexo hasta con 10 chichifos en un mes".

A Pedro le encanta ponerse a gatas. Se carcajea al describirlo. "Soy toda una tigresa: agua de las luces matas, tú me haces andar a gatas".

Sin embargo, su cuerpo no tolera ser penetrado, y eso lo entristece porque no puede experimentar eso que para él resultaría otra manera de disfrutar y vivir su cuerpo; lo intentó un par de veces y le resultó doloroso y traumático.

Compensa esta incapacidad chupando anos: El beso negro es su pasión predilecta. "Hablemos del beso polaco (po-la-co-la), no tiene que ver con Juan Pablo II, eh...", dice soltando una risa burlona; la reprime y luego confiesa: "¡me fascina, me enloquece! Aunque es curioso el nombre de beso negro, pues no todos los culos son de ese color".

La novela El vampiro de la colonia Roma de Luis Zapata Quiroz es para Pedro la obra más representativa de los homosexuales mexicanos. Ahí, aunque poco, sí se habla del beso negro, se le describe como algo exquisito; en el cine contemporáneo mexicano hay una película que también lo aborda: El Cielo Dividido de Julián Hernández, donde por unos segundos y de forma casi imperceptible, aparecen dos chavos dándose un beso negro. Pedro asume que el director no dio más tiempo a ese acto porque de lo contrario podrían tachar su película como pornográfica, cuando realmente le parece una obra de arte. "Hay censura, hay un silencio sepulcral sobre el beso negro", afirma.

La pasión del Teacher por el tema ha sido tanta que lo ha buscado en la literatura de la antigua Grecia y de la antigua Roma, y asegura que no ha podido encontrar nada que hablara de ello. "¿Por qué estará tan sancionado?", se pregunta.

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Pedro recuerda sus años de juventud y sexo salvaje en baños públicos. En los de La Finisterre, por el metro San Cosme, o en los San Juan, por metro Salto del Agua; atestiguó cómo el escusado se convirtió en símbolo de la represión homosexual.

Los baños eran los únicos lugares donde, en los 80, podía orear su sexualidad. En esos sitios, Pedro se relacionó con varios hombres, algunos homosexuales y otros que sólo iban a cotorrear y conocer la experiencia. En ocasiones le tocaban machines que desde que entraba le deslizaban la cabeza hacia la cintura, se desabotonaban sus jeans, se bajaban los pantalones y calzones y le decían: "¡mámamela!" Él lo hacía y les quería acariciar las nalgas, pero enseguida lo apartaban: "mis nalgas no. Pon tus manos en la cintura".

Pedro dice que no se dejaban tocar esas zonas por las cercanías con el ano y le resulta curioso que el concepto de macho vaya más asociado a defender la virginidad del culo que la del pene.

"Me llegaba un orgasmo estupendo; yo succionaba hasta el final para tragarme la última gota de semen. Después le robaba afecto, empezaba tiernamente a besarle su verga, su glande; le besaba los huevos, y el muchacho me dejaba tratar amorosamente sus genitales. Yo le agarraba las manos suavemente y él también apretaba con ternura las mías; no cruzábamos palabras, pero aun así, sé que me decía: 'Te comprendo, tienes necesidad de afecto'. Eso para mí era hermoso".

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La calle de Varsovia, en la Zona Rosa, es donde muchas veces Pedro elige a sus sexoservidores; regularmente le gustan veinteañeros, aunque también ha aceptado a hombres más maduros. Ahí me topé con Jaime, el único que quiso conversar conmigo unos minutos sin darme una cotización previa. Tan sólo quiso un café caliente ante la sorpresiva lluvia de primavera que comenzó a caer aquel día. Jaime tiene 25 años y fue militar; conoce al Teacher, un cliente educado según su opinión, "que sólo le agrada mamar y ser mamado", confiesa entre risas.

Cuando Pedro va por un chichifo —a los que paga entre 400 y 500 pesos, más propina—, les dice que quiere chuparles el culo; hay algunos que le dicen que les haga lo que quiera, pero sin el beso negro. Pedro lo respeta.

Cuando está en el hotel, mete al chico a bañar antes y después de sus relaciones; les enseña cómo tallarse, pues reclama que hay muchas personas que no saben limpiarse a fondo. Ha tenido un par de experiencias desagradables; en una, el muchacho le propino un pedo en el rostro, y en la otra, el ano de un muchacho se dilataba y comenzó a oler a cloaca.

"Cuando tengo sexo con un chichifo, he notado que cuando me acerco a su cara y le empiezo a besar con afecto sus labios, sus cachetes, sus orejas, el muchacho se siente incómodo. Parece tenerle pánico al amor". Como no le dejan besarles los labios, Pedro debe buscar en los chichifos algo equivalente a su boca, y eso es el ano. "El ano es el equivalente de sus labios", declara.

Pedro tiene novio y dice estar enamorado, pero subraya que siempre le deja en claro a su pareja que no le basta un solo hombre. Octavio Paz en La llama doble hacía una reflexión: "Todo amor, aún el más feliz, es trágico". Para el Teacher esto es algo muy cierto, ya que en el momento en que uno ama más que el otro, empieza la tragedia: El desequilibrio de los intereses y afines que puede llevar a la destrucción de una relación. Sin embargo hay una relación que ya le es imposible perder. Su devoción por el ano es la manera de encontrar afecto. El eje desde donde parte su forma de amar. El medio para convertir sus demonios en pájaros cantores. Su infierno en paraíso:

"Yo le beso el culo de la manera más amorosa que puedas imaginar, como si fueran sus labios. Le digo cosas bonitas; 'cómo me encanta esto, qué hermoso culo', y empiezo a chupar su ano con dulzura. Es ahí cuando empiezo a sentir una mística, una elevación, un sentir que estoy en el paraíso, el muchacho ya no se reprime, ya no siente conflicto, en ese instante puedo brindarle amor, aunque sea por ese sólo momento. ¡Grábate esto! El culito es hermosísimo, una de las partes más bellas de nuestros cuerpos, es sagrada, riquísima. Yo lo beso con toda la ternura que te puedas imaginar; el muchacho se deja, le gusta, y al final logro, tal vez con previa astucia, besarle la boca".

Este texto llegó a nosotros a través de la convocatoria Las Nuevas Voces del Periodismo. Consulta las bases acá.

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