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Crónica de un infiltrado en la Superfinal Boca-River

Soy de River y me metí en el medio de la Bombonera a la final de la Libertadores pensando que no sufriría tanto, casi me piso alentando a susurros y te lo cuento en VICE

por Marcos Crotto
12 Noviembre 2018, 4:00pm

Artículo publicado por VICE Argentina

Del fútbol no puede hacerse filosofía de ningún tipo, salvo una primitiva que no puede ir mucho más allá de los rituales que rodean el espectáculo: gente que se pinta la cara, que se junta a comer y a chupar, que peregrina y canta, que le tiene mucho cariño a una bandera y demás comportamientos preescritura, incluso prelenguaje. Por eso Pep Guardiola pone mucho empeño en que se sepa que lee poesía: necesita colgarse de la autoridad de una disciplina noble para camuflar que su trabajo no va más allá de diseñar tácticas de juego. No tengo nada contra las emociones que rodean lo popular, pasa que, cuando se alimenta sólo esa dimensión del espíritu humano, como hice yo muchas veces desde la adolescencia yendo a la cancha de River, otros estadios, o gritándole a la tele, nos sucede que tenemos al monstruo del Dr. Frankenstein caminando en noviembre por Buenos Aires. Esconderse para que no nos mate es la única alternativa. Así de simple. Pero ya es tarde para eso. Puede que esté poniéndome dramático. Y por eso escribo. River. River de mi alma. 180 minutos es demasiado.

Noviembre es el mes más cruel. Los hinchas van por la calle 10 días antes del partido y los jacarandás sacaron su flor azul. Falta que las tipas se pongan amarillas, pero por ahora sólo molestan con su baba a los autos estacionados debajo. Azul y amarilla será Buenos Aires, tantas flores para polinizar pero ningún árbol nace natural acá hace cien años, de modo que ¿a dónde va tanta fertilidad fuera del alcantarillado público?

Para equiparar los colores ajenos, mi mamá manda fotos de la tumba de su madre, mi abuela, en el día de los muertos: florecieron rosas blancas y rojas alrededor de la lápida. Noviembre es el mes más cruel, engendra rosas blancas y rojas de las cenizas de mi abuela, mezcla recuerdos y anhelos, indaga en las raíces de las almas cardíacas de los hinchas porque se han derrumbado las carnes de los demás equipos y quedaron ellos dos, River y Boca, sueltos al mundo como gemelos recién paridos en la tierra baldía, a ver quién la domina.

Mientras tanto, en el chat de primos el 1 de noviembre:

MC: un tipo que dice que de acá a 20 días no le importa nada solo riBer.... ¿qué esperas ?

MC: Yo prefiero pensar en mi familia, en mi trabajo.... pero bueno.....

NG: Martin, tu opinión me la paso por la verga pintada de River, cerrá el culo si no te gusta

NG: Pensá en lo que se te cante el ojete, me importa tres carajos, voy a seguir pensando en la final

¿Qué pasará con los que pierdan? Los jugadores derrotados serán de ahora en adelante un montón de partidos rotos y no podrán abrir los ojos porque la pelota seca no da agua, ni su propia sombra los seguirá mañana ni saldrá al encuentro en cada atardecer. Pero para aquellos que ganen su sombra siempre vivirá fresca en la memoria colectiva y flotarán por el espacio alrededor del sol hasta que la estrella se apague en cinco mil años y un agujero negro se degluta todo esto que somos.

El presidente argentino Mauricio Macri tuvo un sueño:

“Hoy me levanté y dije 'vamos a hacer que esta final tenga el condimento del fútbol argentino (...) sí vamos a permitir que vaya público visitante”

Hace años que no se juega con visitante, salvo en algunos partidos de menos trascendencia y que no le importan a nadie, y ahora, al bostero éste que manda se le ocurre que haya visitantes cuando todos sabemos que hay fugas de gas en cada pulmón de manzana.Y la Ministra de seguridad se entusiasma: “el que quiera estar armado, que esté armado”.

Mientras tanto, en el chat de primos de 2 de noviembre:

NG: Che QN [primo mayor, ajeno al fútbol pero fanático de la pólvora] pasá el contacto de algún vendedor de armas que quiero ir de visitante a la Bombonera

NG: Todos armados y si es necesario hay que tirar bebés prendidos fuego cuando salen los equipos. Es lo más cercano a una guerra que voy a vivir en mi vida y estoy dispuesto a morir en batalla

Bueno, los presidentes de River y Boca deciden que lo del presidente de la Argentina fue sólo un sueño y no habrá hinchas visitantes. Mi primo Nicolás no va a prender fuego a nadie. Pero yo sí tengo mi entrada, de infiltrado, el Negro, amigo del colegio, tiene el abono de su papá para mí. “¿Pero cómo no va tu papá Negro, es más enfermo que vos?” Bueno, en esos intentos que hace la gente mayor para reinventarse, el padre del Negro participa de un coro de canto gregoriano que se va de gira a Miramar (una ciudad costera en la Provincia de Buenos Aires, desierta todo el año salvo en las vacaciones de verano) a regalar música medieval en el mismo momento en que se juega el partido más importante de la historia del Homo Sapiens. Bueno, en verdad el partido iba a ser el sábado, pero el sábado fue líquido, llovió en dos horas lo que cae en todo el mes y entonces sí coincide la nueva fecha con el canto gregoriano en una capilla carcomida por el salitre.


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Noviembre es el mes más cruel. Porque hay mucho para perder (claro que el equivalente en peso para ganar), pero por algo hay un instinto de supervivencia que nos mantiene alerta desde que somos ese pez con patas que salió del agua. Felipe, el croto del barrio, se la pasa insultando o peleando contra gente que nadie ve, pero que anda en alguna dimensión de su cabeza. Va y viene por la vereda, fumando, la barba desprolija le come la mitad de la cara. Tiene algo de profeta, o del profeta que se necesita esta ciudad demente hoy. Me pongo cerca de él. Se ve que mi compañía lo fastidia porque agarra su manta y ya se mueve. Entonces le hablo por primera vez en 9 años:

“¿Quién gana, Boca o River?”

“Ni Boca ni River, son todas mentiras, andá a poner un parlante y que se vayan a soñar”.

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Ramiro

Me pasa a buscar el Negro en auto. Viene también su hijo Pedrito, de seis años, y Toto, amigo de Pedrito. Toto. Habré de recordar este hombre siempre. Seis años también, vestido de Boca y anteojos. Apenas verlo sé que será mi escudo esta tarde. A nadie se le ocurrirá lastimarme si lo tengo cerca. En el camino le cuento al Negro que después de estos dos partidos se acabó lo de ser hincha. Me resulta innecesario sufrir por algo que no depende en nada de mí sino de 22 bípedos. 180 minutos y ya está. Apostasía futbolística. Firmo un papel en la Asociación de Fútbol Argentino. Y que se vayan todos a soñar. Pero habrá que atravesar antes el mes más cruel.


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Llegamos a la Bombonera, a ese diálogo directo y vertical que impone al barrio. Porque la Bombonera le habla a su barrio como Dios a los profetas. Sin titubeos. Sin lugar a interpretaciones. No es un templo. Es el dios al que todo el barrio debe adaptarse. Y que nadie se le ocurra desafiar su autoridad divina. No importa que sea chica, incompleta y hasta poco simétrica. Y los fieles, en comunión, están en éxtasis. Hierven y cantan. Cantan contra River, contra las gallinas: que las van a matar, un sacrificio animal. Yo acaricio el calzoncillo blanco que esta mañana mi hijo Ramiro, de cinco años, decoró con marcadores. Dibujó el escudo y a jugadores de River, niños, de frente, sonrientes ellos, dándose la mano. Porque eso nos van a demostrar los jugadores de River. Que están unidos y felices. Rami es de River no por herencia sino, quizá, por destino. A mi hijo, los hermanos de mi mujer, que están en algún lugar de la Bombonera contrariando las leyes de Dios, le pusieron la remera de Boca una vez. Se la pusieron minutos antes de un superclásico, hace algunos años ya, y me mandaron la foto por chat. Sonreía Ramiro, con esa remera que le quedaba como camisón. Horas después, un tal Ramiro, que no conocía nadie, hizo callar a toda la Bombonera con un cabezazo. Funes Mori, de quien tanto se burlaban. Y desde entonces, contra Boca sólo festejamos. Siempre con Rami al lado. "Pintame los calzoncillos Rami, ¿querés?". Y con los calzoncillos de la suerte yo aliento a River, infiltrado, a susurros. Hay canciones que, reemplazando determinadas palabras, las uso a mi favor:

Yo te quiero Boca Junior Millonario / Yo te quiero de verdad / Quiero la Libertadores / y una gallina bostero, matar. O cuando saltan a la cancha: Boca River / mi buen amigo / esta campaña volveremo a estar contigo /te alentaremos de corazón /esta es tu hinchada que te quiere ver campeón / no me importan lo que digan qué me importan esas fotos / lo que digan los demás que saca la Federal / yo te sigo a todas partes / cada vez te quiero más.


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Sé que es importante alentar, aunque sea en susurros, en medio de la fiesta ajena, batiendo sobre mis faldas a Toto. Sé que no me será difícil no gritar los goles de River porque puedo resplandecer feliz en el silencio. Sí temo que algún hincha sospeche de mi manifiesta apatía si mete un gol Boca. Que huela debajo de la superficie, como los cerdos a las trufas. ¿Pero quién va a estar pendiente de mí? Además, tengo la excusa del niño Toto sobre mi falda para no levantarme en ningún momento. Acaricio a Toto como si fuera Ramiro. Le acaricio la cabeza. Vamos, digo, vamos carajo.

A veces charlo sin problemas con mis compañeros plateístas, esos que jamás volveré a ver. Me cae simpático un tal Juan Manuel, a mi derecha. Debe andar por mi misma edad y está sufriendo igual que yo. Hablamos de posibles cambios, me comenta que el próximo partido lo va a ver sólo, encerrado, y yo le participo de la apostasía y se ríe. Habrá que ver qué ambigüedad maneja nuestro lenguaje porque hablamos y hablamos sin que yo sienta en ningún momento que estoy traicionado su confianza. Yo no miento. Digo: “River está jugando mejor”; “el empate no le sirve a nadie”, “Pablo Pérez es un tronco”, “cómo se durmieron los defensores en el 1 a1”, “El Pity siempre se agranda acá”. Se ve que algún vínculo armamos porque cuando Boca mete el segundo gol, y yo me quedo duro, me acaricia, desde arriba, la cabeza, cuando salta en su asiento, su modo de abracarme. Luego se sella el empate, y cuando ya todo parece cerrado, hablando con Juan Manuel, me desconcentro y piso. Porque le comento, como si fuera mi hermano: “Este Palacios es un crack, qué pena que se lo lleven ahora del Real Madrid”. Trago saliva. Pienso posibles aclaraciones, que estoy en contra de cualquier venta de jugadores argentinos, aunque sean de River, que no puede ser que las potencias hagan lo que quieran y alguna lamentación guevarista pasada de moda y fuera de lugar. Me mira, sé que algo sospecha. Pero no dice nada y además tengo a Toto y a sus anteojos de repelente.

Ya está. Termina el partido. Ninguno se saca ventaja. Que nunca haya sufrido tanto carece de importancia. Extrañé a Ramiro y a mi hermano. Y creo sin ninguna lógica que mis susurros valieron la pena. Quedan sólo 90 minutos y luego la libertad, tan cerca. Que el fútbol sea sólo jugar con viejos amigos los lunes a la noche y con Ramiro. Sólo eso. Y eso será, lo juro, cuando se vaya este mes demasiado cruel.